Un acuerdo inocente 29
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L ucy

Me quito los zapatos en cuanto cruzo la puerta de casa.

En la pared que tengo delante cuelga un espejo con marco dorado que mi madre me compró cuando me mudé a este piso.

Nunca me ha gustado. Es anticuado, y no en ese sentido vintage tan chulo.

No es tanto «estilo abuelita chic» como estilo «abuelita, no, gracias».

Mi madre incluso eligió dónde colocarlo.

Decía que siempre era bueno tener un espejo cerca de la puerta de entrada para poder mirarse antes de salir.

Pero lo odio, y cada vez que entro en mi piso me acuerdo de que lo odio.

Sigue ahí, todos los días, a pesar de que lo aborrezco, aunque mi madre no haya vuelto a visitarme desde que vino cuando me mudé hace tres años.

Dejo caer mi bolso al suelo y alargo la mano hacia el espejo.

Se desengancha fácilmente y lo saco de la pared.

Me alejo un poco para mirar el espacio vacío donde estaba.

Parece un poco desolado, pero quizá podría encontrar un cuadro para ponerlo ahí en su lugar.

Vuelvo a colgar el espejo en el gancho y me sirvo un vaso de agua.

Se me está acabando el plazo para inscribirme en el examen de acceso si quiero presentarme antes de que se cierren las inscripciones para la facultad de Derecho en septiembre.

Además, tengo pendiente responder a un correo de Sharon en el que me pregunta si estoy interesada en que me proponga para una de las becas internas que se convocarán este año.

En nuestro bufete de abogados existe una regla no escrita según la cual los correos de los socios nunca deben esperar más de una hora, y eso solo si estás en una reunión o en una llamada por otro asunto.

El correo de Sharon lleva en mi bandeja de entrada desde las diez y cuarto de esta mañana, y todavía no le he respondido.

Si quiero una beca para la facultad de Derecho, tengo que contestarle antes de acostarme esta noche, o puedo olvidarme del tema.

Le doy un sorbo al agua. Pensaba que el trayecto a casa desde la oficina me aclararía las ideas y me permitiría pensar, que me ayudaría a tomar una decisión, pero no ha sido así. Tampoco lo hace el agua. Ni estar en casa.

Cojo el portátil y me siento en el sofá. Si le digo que quiero que me tengan en cuenta, eso no significa que vaya a conseguir automáticamente la beca, ¿verdad? Puede que no me admitan en la facultad de Derecho. Puede que ni siquiera saque una nota lo bastante alta en el examen.

El libro de preparación que Hunter y yo compramos —hace ya lo que parecen meses— está sobre la mesa de centro del salón. Dejo mi portátil a un lado, cojo el libro y voy pasando las páginas como si en alguna de ellas pudiera estar la respuesta al correo de Sharon.

He intentado resolver mentalmente algunas de las preguntas. No he puesto nada por escrito. Ni siquiera he reservado tiempo en mi agenda para estudiar. Aunque ahora tengo más tiempo libre, ya que Katherine y Ed están de luna de miel y Hunter ha dado un paso atrás.

Un paso atrás respecto a mí. Respecto a nosotros.

De la vida.

Quizá tenga razón. Desde luego, tengo más tiempo libre, ya que esta semana no he hecho las pausas para comer y me he pasado todas las noches en casa.

Las horas que he recuperado en mi agenda podría dedicarlas por completo al examen.

Es lo que haría Hunter, ¿no? Sin duda, en este mismo momento sigue en la oficina.

Preocupándose. Estresándose. Cargando con el peso del mundo sobre sus hombros.

No puedo culparlo. Teniendo en cuenta lo que pasó con su padre, es totalmente comprensible que no quiera que fracase otro negocio del que está a cargo, pero no parece darse cuenta de que, cuando se hizo cargo de la empresa de su padre, ya había quebrado.

Por lo que he podido averiguar, Hunter fue un mero espectador en toda aquella situación.

Nada de lo que hubiera hecho lo habría protegido de las consecuencias.

Y así sigue: protegiéndose de las consecuencias. Incluso ahora. Siempre está alerta, a la espera de que vuelva a suceder. Es lo único que tiene cabida en su mente. Me rompe el corazón no estar con él, pero también saber que está sufriendo y que no ve una salida.

Dejo a un lado el libro y vuelvo a ponerme el portátil en el regazo. Leo el correo de Sharon por décima vez. ¿Qué voy a decirle?

«¿Estás segura de que no me has confundido con otra persona?

Mi madre cree que no soy capaz ni de vestirme sola, y mucho menos de estudiar Derecho. ¿Cómo puedes estar tan segura de que sí lo soy?

Claro, me apuntaré a la beca, pero no te preocupes, nunca tendrás que pagar nada porque no van a admitirme ».

Mi teléfono vibra y me apresuro a sacar el móvil del bolso, que me había dejado en el pasillo.

Son fotos del chat de grupo que tenemos Ed, Katherine, Hunter y yo.

Katherine con un bikini rojo, sosteniendo una concha.

Katherine y Ed con unos cócteles en la mano.

Ed con un tubo y unas gafas de buceo puestas.

Parece que se lo están pasando en grande.

Es bonito que quieran compartirlo con nosotros.

Hunter y yo no hemos roto oficialmente porque, en realidad, nunca estuvimos juntos oficialmente.

No le he contado nada a Katherine porque no quiero que nada le estropee los buenos momentos que está pasando en su luna de miel.

Y quizá una parte de mí espera que la conversación que tuve con Hunter quede en el olvido ahora que él ha tenido la oportunidad de asimilar lo que Ed quería decirle.

A Ed le encanta trabajar con Hunter y no quiere echarse atrás en ningún sentido significativo. Lo único que ocurre es que no quiere trabajar todo el tiempo. Por otra parte, no tiene la trayectoria que tiene Hunter.

Mientras voy pasando las fotos, recibo una videollamada de Katherine.

—Belice tiene un aspecto horrible —digo con tono dramático cuando Katherine aparece en la pantalla. Está en la habitación del hotel y Ed está detrás de ella.

—Es horrible. Te echo de menos. Ojalá estuvieras aquí.

—Es nuestra luna de miel —murmura Ed a sus espaldas—. No puedes echar de menos a tu hermana durante la luna de miel.

—¿Me estás diciendo que no me echas de menos, Ed? —río.

Se vuelve hacia la pantalla y se acerca un poco más.

—¡Claro que no! Belice es increíble y se está de maravilla sin tener que organizar la boda ni preocuparse por… nada.

Se me inunda el corazón de alegría al verlos a los dos tan felices.

—¿Has visto mucho a Hunter desde la boda? —pregunta Katherine, esperanzada e ilusionada. Soy muy afortunada por tener a Katherine. Se alegra de verdad cuando yo estoy feliz. El sentimiento es totalmente mutuo.

La pregunta me provoca un dolor sordo y profundo en el interior.

—La verdad es que no —respondo con sinceridad—. Está muy ocupado. Y… preocupado por algunas cosas.

Ed cambia de sitio con Katherine, de modo que ahora él está sentado donde ella estaba y ella está en su regazo.

—¿Está muy estresado? —pregunta.

—Sí. Creo que sí.

—Recuerdo haberle dicho que teníamos que contratar a más gente para poder disfrutar de nuestras vidas.

No le sentó nada bien. —Suspiro. No hay nada que pueda decir para arreglar esto.

Entiendo por qué Hunter se lo ha tomado tan mal.

Ojalá pudiera hacerle ver que Ed está intentando ayudarlos a los dos.

No va a traicionar a Hunter. Lo sé pero lo único que ve Hunter es que la historia se repite—.

¿Puedes convencerlo de que no estoy intentando arruinar nuestro negocio?

Los dos hemos trabajado demasiado duro como para permitir que eso ocurra.

—No creo que esté en condiciones de escucharlo, Ed. —En su mente no hay espacio para la esperanza ahora mismo.

—¿Eso también ha tensado las cosas entre vosotros dos? — pregunta Katherine.

—Un poco —respondo—. Pero yo también he estado muy ocupada en el trabajo. Tengo que responder a una de las socias para decirle si quiero que me tengan en cuenta para una beca que ofrece el bufete para asistir a la facultad de Derecho.

—¿Qué? —pregunta Katherine.

Me estremezco por dentro al darme cuenta de que he expresado en voz alta lo que pensaba para mis adentros.

—¿No te había dicho que una de las socias se había ofrecido a ser mi mentora? Me comentó que debería plantearme estudiar Derecho por las tardes. —Intento que mi tono suene natural, pero se me da fatal fingir.

Katherine frunce el ceño y se acerca a la cámara como si intentara leer una letra pequeña.

—¡No! —exclama Katherine—. No me habías contado nada. ¿Cuándo fue?

—No lo sé. En algún momento antes de la boda. Todo fue muy confuso.

—¿Y qué te dijo? ¿Quieres estudiar Derecho?

Ahora que se ha descubierto el secreto, más vale que lo confiese todo.

—Ella cree que tengo mucho potencial y que debería presentar la solicitud.

Pero, por otra parte, soy una buena asistente jurídica.

¿De verdad quiero trabajar durante años sin saber siquiera si llegaré a ser abogada?

Quizá no se me dé bien, o quizá ni siquiera me gradúe.

Es una inversión de tiempo enorme, por no hablar de todo ese dinero. Podría echarlo todo a perder, y…

—Pero fue ella quien se puso en contacto contigo, Lucy. Cree que puedes hacerlo.

—Sí, pero es para ese nuevo programa que han puesto en marcha, destinado a animar a las mujeres de la empresa a desarrollar todo su potencial. Probablemente tengan que cumplir alguna cuota o algo así.

—Es increíble que hayan pensado en ti. ¿Por qué no me lo habías dicho antes? ¡Me alegro muchísimo por ti!

—Es que quería que te centraras en la boda. Y ni siquiera estoy segura de si voy a seguir adelante con ello.

—Lo siento mucho, Lucy —se lamenta Katherine—. He estado tan liada con los preparativos de la boda… Pero vas a hacerlo, ¿verdad? Siempre me ha parecido una pena que no estudiaras Derecho.

—¿De verdad? —pregunto.

—Sí. ¿Por qué al final no fuiste a la facultad?

—Era demasiado caro. Demasiado arriesgado. Es una gran responsabilidad si te quedas a mitad de camino.