Un acuerdo inocente 28
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Las tareas de padrino no son tan pesadas como pensaba.

He tenido que encargarme de los anillos, darle ánimos a Ed cuando se ha puesto más nervioso y bailar con su madre y su abuela.

Incluso mi discurso ha tenido una acogida muy cálida y la gente se ha reído en los momentos adecuados.

Aunque no he podido evitar fijarme en que Lucy se reía más fuerte que la mayoría.

Hasta donde yo sé, la boda ha sido todo un éxito.

Katherine estaba guapísima y, cuando se lo he dicho, no ha encontrado ninguna pelusa invisible que quitarme de la solapa.

Nadie se ha equivocado al pronunciar sus votos ante el altar y no he oído a la señora Jones citar a Jane Austen ni una sola vez.

Todo parece tan perfecto como Lucy podría haber imaginado para su hermana. Eso me hace más feliz de lo que jamás voy a admitir ante Lucy.

—Eres el mejor amigo que un tío podría tener —dice Ed, arrastrando un poco las palabras. Creo que nunca había visto a Ed borracho.

Le doy una palmada en la espalda.

—Tú también, amigo mío.

—Lo digo en serio. Te quiero muchísimo.

Me río entre dientes. Ahora nos estamos declarando nuestro amor. Esto es nuevo.

—Me encanta nuestra amistad. Me encanta nuestro negocio.

—Y quiero que seas el padrino de nuestro primer hijo — balbucea.

Se me hace un nudo en el estómago.

—¿Katherine está embarazada?

—Todavía no, pero cuando llegue el momento, ¿me dirás que sí?

Me mira como si me estuviera pidiendo matrimonio y lo aterrorizara que lo rechazara, porque ya ha comprado el anillo y se lo ha contado a su familia.

—Sí, claro que seré el padrino.

—Lucy será la madrina, por supuesto. Esto es perfecto. Todo está saliendo bien. Ahora solo tenéis que comprometeros.

Lucy y yo no nos hemos estado ignorando, pero tampoco nos hemos visto mucho hoy.

Esta mañana estábamos todos ocupados en nuestras respectivas suites del hotel.

Desde la ceremonia, cada vez que miro a mi alrededor, ella está hablando con otra tía o tío mayor, haciéndolos felices a todos.

Supongo que así es como debe ser en una boda cuando ella es la dama de honor, pero está claro que esto es a lo que Lucy está acostumbrada.

Ansía con desesperación ser la hija que sus padres desean.

Y por mucho que lo intente, nunca estará a la altura de Katherine a sus ojos.

Porque ella no es Katherine y ni siquiera debería tener que intentar serlo.

Ella es suficiente, aunque no se dé cuenta.

—Bueno, eso no va a pasar en un futuro próximo. Quiero centrarme en el trabajo. Ya lo sabes —respondo.

—El negocio va genial, tío. No tienes por qué preocuparte tanto.

—Alguien tiene que hacerlo.

—De verdad que no. El negocio se lleva solo.

—No, Ed. No es así. Tenemos que asegurarnos de que ofrecemos a nuestros clientes lo que les prometimos. Tenemos que asegurarnos de que cumplimos con la nueva normativa que va a entrar en vigor, y nosotros…

—Tengo una propuesta para ti —me interrumpe Ed.

—Siento decírtelo, tío, pero ya estás casado.

Ed se ríe como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo.

—No, pero en serio, creo que tenemos que contratar a alguien. Quizá a un par de personas. Una puede encargarse de la normativa y su cumplimiento. Y necesitamos un responsable de oficina muy bueno.

—Pero yo me encargo de los asuntos normativos y de su cumplimiento…

—Claro, y tú estás trabajando sin descanso. Sé que has cubierto mi ausencia durante los preparativos de la boda. Necesitamos más gente. Pero si contratamos a más personas, tendrás que estar dispuesto a soltar un poco las riendas.

¿Soltar un poco las riendas? ¿Eso era lo que hacía mi padre cuando empezó a perder el rumbo en su negocio? Probablemente llegó a un punto en el que pensó que el negocio se gestionaba solo y que podía relajarse un poco. No quiero caer en la misma trampa.

—Ya hablaremos de esto en otro momento. —Estoy seguro de que cuando Ed esté sobrio cambiará de opinión. Sabe que hay que dirigir los negocios con mano firme.

—Lo digo en serio, tío. Debes tener una vida. Los dos la necesitamos.

—No me importa trabajar duro —replico.

—A mí tampoco. Pero también quiero pasar tiempo con mi mujer, y pronto vamos a tener hijos. Quiero trabajar, pero también quiero poder disfrutar de vacaciones en familia y de las barbacoas de los domingos.

Esto era justo lo que me temía: las prioridades de Ed han cambiado.

Ya no piensa en el trabajo ni en llevar un negocio.

Solo piensa en las vacaciones y en no trabajar.

Y eso que aún no tiene hijos. Quizá debería ofrecerme a comprarle su parte de Portis, pero no me lo puedo permitir y, además, fue idea suya desde el principio.

Siento un hormigueo en la nuca y muevo la cabeza de un lado a otro, intentando liberar la tensión que se va acumulando, pero no sirve de nada.

—Seguro que quieres pasar más tiempo con Lucy —continúa Ed—. Ir a buscar antigüedades o lo que sea que hagáis vosotros dos cuando salís juntos.

—¿Ir a buscar antigüedades? —repito, preguntándome si me conoce en realidad. No soy de los que van a buscar antigüedades, joder.

—O quizá podrías volver a pescar —sugiere Ed—. Necesitamos equilibrio en nuestras vidas. Tenemos que disfrutar.

La idea de ir a pescar me provoca una opresión en el pecho y es como si la temperatura del salón de baile hubiera subido diez grados; hasta me pregunto por qué no se han quitado más hombres el esmoquin. Lo último que me apetece es volver a pescar de nuevo.

—Ya comentaremos todo esto cuando regreses de la luna de miel. —Le doy una palmada en la espalda. Necesito tomar el aire.

Mientras me dirijo hacia la salida, veo que las chicas se han reunido para coger el ramo de Katherine. Lucy se ha hecho a un lado, a pesar de que Katherine le ha rogado que se ponga en el centro.

En algún momento me permití creer que todo iba a salir bien. Era solo un atisbo de esperanza, la más mínima pizca de optimismo de que no iba a ser un completo fracaso, y ahora pasa esto.

Que le den a esta gente. Que les den a las bodas. Que le den a la pesca. Que le den a todo.

Llego a la salida cuando estallan los vítores a mi espalda. Alguien ha atrapado el ramo.

Pero yo solo necesito respirar, salir de aquí, escapar.

Quiero posponer un poquito más la realidad de lo que Ed acaba de decir.

Necesito poner en orden mis ideas. Quiero pensar en lo que Ed quiere decir en realidad…

y en lo que no me ha dicho; en lo que está ocultando.

¿Quiere salir del negocio de todo? ¿O tal vez solo quiere ser un socio en la sombra?

Estamos ganando mucho dinero, pero tampoco el suficiente para que él no vuelva a trabajar nunca más.

Sobre todo si Katherine y él tienen pensado formar una familia.

¿Tiene otros planes? Quizá quiera trabajar para la competencia.

O quizá no quiera ser su propio jefe y solo quiera trabajar de nueve a cinco.

Me acerco a trompicones al banco que hay debajo del manzano que tengo delante y me apoyo la cabeza en las manos.

La música ha vuelto a sonar y me pregunto si podría irme al hotel.

¿Alguien se daría cuenta de que me he ido?

Necesito tiempo para pensar. Siempre he sabido que Ed y yo somos diferentes.

Él proviene de una familia adinerada de Boston.

Mi familia es de una buena estirpe irlandesa de clase trabajadora.

No somos tan refinados como Ed y esperamos tener que trabajar.

Quizá Ed tenga alguna herencia de la que yo no sé nada.

Mis pensamientos son un caos, y lo único que quiero es quitarme este estúpido esmoquin y respirar.

—Oye —dice alguien. Tengo la cabeza entre las manos y no levanto la vista.

Sé que es Lucy. No necesito verla para saberlo.

Se sienta a mi lado en el banco—. He cogido el ramo.

Bueno, Katherine me lo ha pasado. No sé si cuenta.

—Se detiene—. ¿Estás bien? Te he visto hablando con Ed.

—Asiento, pero no encuentro las palabras oportunas para responderle.

Me acaricia la espalda y, por fin, me relajo—.

¿Qué te ha dicho para que te hayas venido abajo?

—Necesito dar un paso atrás —suelto sin pensar.

—¿En el negocio?

Niego con la cabeza.

—En todo lo que no tenga que ver con el negocio.

Voy a tener que ser yo quien se encargue de todo esto.

No puedo contar con Ed. No quiero incorporar a gente nueva.

Si él va a dar un paso atrás en el negocio, yo tengo que dar un paso adelante.

Tengo que trabajar más duro. Más duro de lo que ya lo estoy haciendo ahora mismo.

Tengo que mantener las cosas en marcha. La miro de reojo y parece como si le hubiera dado un puñetazo.

Me odio a mí mismo, pero no tengo otra opción. Tengo que volver a centrarme.

—¿Qué te ha dicho? —pregunta Lucy.

—Quiere distanciarse de Portis. Quiere que yo «suelte las riendas». —Mi mente va a mil por hora, intentando encontrar soluciones, dar con la fórmula mágica que resuelva este problema.

—Joder —suelta. Sabía que esto iba a pasar. ¿Por qué no estaba más preparada?—. Pero no te ha dicho que quiere dejarlo, ¿verdad? —pregunta ella.

Por lo que parece, sí.

—No —respondo—. Solo quiere llevar una vida más equilibrada. Hacer barbacoas los fines de semana y cosas así. No lo sé.

—¿Y eso no es lo que tú quieres? Tú trabajas muy duro, Hunter.

—La razón por la que tenemos un negocio próspero es porque yo trabajo muchísimo.

Ella suspira a mi lado.

—Si tú lo dices…

—¿Qué? —pregunto. Estoy absorto en mis propios pensamientos, pero tengo la sensación de que ella me está transmitiendo alguna sabiduría importante que no quiero perderme.

—Si crees que tienes éxito porque trabajas muchas horas, entonces tienes éxito porque trabajas muchas horas.

¿Está diciendo que mi éxito no se debe a lo mucho que me esfuerzo? Ella sabe a qué hora llego a la oficina y a qué hora me voy.

—Dirigir tu propio negocio te ocupa toda la vida. Así son las cosas.

—Si te lo crees, es verdad. —Se levanta y se estira el vestido, como si ya hubiera terminado.

—¿Qué significa eso?

—Significa que, a menos que te des cuenta de que tu éxito es algo más que las horas que le dedicas, nunca vas a trabajar menos horas.

—No tiene sentido responder. Lucy nunca ha trabajado por cuenta propia y no lo pilla.

No entiende lo que supone ser responsable de pagar los sueldos y asegurarse de no incumplir el contrato de alquiler.

Ella juguetea con una de las flores del ramo—.

La cuestión es que, si eso fuera cierto, el éxito tendría un límite.

No existirían Warren Buffett ni Steve Jobs.

La gente tendría un límite en lo que podría lograr, porque el día solo tiene un número determinado de horas.

—Intento entender lo que dice, pero es como si estuviera hablando de física cuántica.

No consigo comprenderlo y ya tengo demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza.

No puedo asimilar nada más—. Te voy a dejar que des un paso atrás para apartarte de mí y me voy a disfrutar de la fiesta.

Esta es mi oportunidad. Podría decir que no era mi intención alejarme de ella, porque no quiero perderla, pero no tengo otra opción. Tengo que dejarla marchar.

Se da media vuelta y vuelve a entrar en la carpa. Una parte de mí quiere enterrar todo lo que siento tras mi conversación con Ed y seguirla. Quiero bailar, reír y abrazarla con fuerza. Quiero pasar la noche desnudo y en sus brazo, sintiendo su aliento en mi piel y sus dedos entre mi pelo.

Pero sé que ahora no es el momento de perder los nervios ni de ceder a la tentación. Estamos en un punto de inflexión. Ed ha dado un paso atrás y yo tengo que dar un paso adelante. Tengo que salvar este negocio.

Tengo que salvarnos.