27 #2
—Sí —dice mi padre—. Será la novia perfecta.
La conversación deriva hacia la boda. Veo la oportunidad de alejarme de la mesa unos minutos y recomponerme.
Sabía que esta semana de la boda iba a estar llena de comparaciones entre Katherine y yo, comparaciones en las que, inevitablemente, salgo perdiendo.
Me había preparado mentalmente. Pero a veces sigue siendo duro.
Salgo del del restaurante para poder contemplar el agua e inspirar hondo un par de veces. Antes de darme cuenta, Hunter está a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos de su traje de lino.
—Conocer a tu familia es… Es. —Nos apoyamos contra el pequeño muro de ladrillo que hay frente al restaurante.
—¿Te estás dando cuenta de lo mucho mejor que es Katherine en todos los sentidos?
—Para nada. Pero empiezo a entender por qué eres tan dura contigo misma. ¿Cómo no ibas a serlo si tus padres son aún más duros contigo? ¿Todas las reuniones familiares son así?
—¿Te refieres a las bromas sobre lo desastrosa que soy? ¿A las comparaciones poco halagadoras entre mi hermana y yo? ¿A los desaires? ¿A los comentarios maliciosos? —Asiento—. Más o menos, sí.
—No me extraña que te mudaras a Nueva York. —Se agacha y me da un beso en la cabeza, y yo me reclino contra él.
—Sí. Pero ahora que Katherine se va a casar, todos esperan que vuelva a casa. La mejor amiga de mi madre me acaba de preguntar, literalmente, cuándo voy a regresar para quedarme.
—¿Como si estuvieras fingiendo tener una vida en Nueva York? El hecho de que eso sea lo que esperan no significa que sea lo que debas hacer.
—Lo sé. Pero es otra cosa más contra la que tengo que pelear. Las comparaciones con Katherine. Las historias sobre cómo lo eché todo a perder y lo mal que me iba cuando era pequeña. Y ahora todos me dicen que es hora de mudarme a Boston.
—¿Quieres hacerlo? —pregunta él.
—¿Me estás tomando el pelo? Nueva York forma más parte de mí de lo que Boston jamás lo hizo. ¿Y por qué demonios me quieren aquí si soy un auténtico desastre con patas?
—Creo que solo es una historia fácil por la que se han dejado llevar.
—Creo que siguen creyéndoselo. Aunque organicé el fin de semana de despedida de soltera perfecto. Nada de eso importa. Solo ven lo malo.
Hunter me rodea la cintura con el brazo.
—¿Les has contado que tu jefa quiere que estudies Derecho?
—Ni hablar. Probablemente me preguntarían si lo había entendido mal, o pensarían que miento para impresionarlos.
De todos modos, no es que pueda hacerlo de verdad.
No puedo estudiar, trabajar y convertirme en abogada.
—Me cruzo de brazos y levanto la cabeza del hombro de Hunter—.
Quiero mucho a mi hermana, pero estoy deseando que termine esta boda.
—Te quitarás un peso de encima.
—Mis padres volverán a lo que fuera que estuvieran haciendo, y yo podré irme a Nueva York. Ed volverá a centrarse en el trabajo, y…
—Y entonces Katherine se quedará embarazada, y Ed estará distraído con el embarazo de Katherine y, al final, con el bebé; y luego vendrá el segundo bebé, la varicela, los distritos escolares y todo lo que se te pueda ocurrir.
Intento asimilar lo que dice Hunter. Le preocupa la continua distracción de Ed. No es solo la boda lo que le frustra, sino la idea en sí misma de lo que la vida matrimonial supondrá para su negocio.
—Pero a Portis le va bien, ¿no?
Hunter asiente.
—Sí. Sin duda. Pero la oficina de Boston es, en realidad, el feudo de Ed.
—¿Vuestras cuentas están separadas?
—No, pero no sé qué pasa allí en el día a día.
—¿Quieres decir que no conoces a los clientes de Boston?
—De los grandes me encargo yo. De la mayoría, de hecho. Pero a medida que crezcamos, no voy a poder seguir controlándolo todo como lo hago ahora. No voy a poder ocuparme de todo.
—¿Hay que vigilar a Ed? —pregunto.
—Sí, si va a bajar la guardia.
—No parece propio de Ed.
—No. Pero la gente cambia. ¿No es eso lo que te gustaría que viera tu familia? Tú has cambiado para mejor. Pero Ed… Se ha perdido una reunión con un cliente.
Su voz no denota resentimiento, sino preocupación. Pero ¿por qué? Ed es el hombre más de fiar del planeta. Entonces me doy cuenta de que su preocupación está muy arraigada. Se remonta a décadas atrás. Me vuelvo hacia él.
—Ed no es tu padre.
Frunce el ceño y da un paso atrás, casi como si le hubiera dado un puñetazo.
—Nunca he dicho que lo fuera. Pero no voy a cometer el error de volver a confiar ciegamente en alguien.
Sus palabras me hacen estremecer y siento un nudo en el estómago. Creer en tu padre y descubrir que era un mentiroso debe de ser la peor traición posible. Al menos mis padres siempre han sido coherentes en su decepción hacia mí.
—Puedes confiar en Ed —le señalo—. Y en mí.
Suspira.
—Ya veremos.
Por primera vez desde Martha’s Vineyard , siento que se abre una distancia entre Hunter y yo, en lugar de que el horizonte se cierre sobre nosotros.
—Deberíamos volver dentro —digo.
—Sí. —Se aparta de la pared—. No queremos que seas la hermana que desaparece durante la cena de ensayo.
—Sin duda, esa será la anécdota del Día de Acción de Gracias —digo con un suspiro. Hunter me coge la mano y me da un beso en los nudillos; la frialdad que había entre nosotros se disipa como la niebla de la madrugada.
—Estoy aquí para ti, Lucy.
—Y puedes confiar en mí. —No estoy segura de que me haya oído, porque ya se está dirigiendo de nuevo al restaurante y me lleva a rastras tras de sí. Aunque me hubiera escuchado, no estoy segura de que me creyera. No estoy segura de que Hunter vuelva a confiar en alguien.