Un acuerdo inocente Epílogo
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Epílogo

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Cuando Ed me dijo que no le había comprado un regalo de boda a Katherine, supe al instante cómo resolver su problema.

—¿Crees que les gustará? —Bajo los tres escalones del porche y me giro para mirar la propiedad que acabamos de visitar.

Estamos en septiembre, pero dentro de la casa todavía se respira un ambiente veraniego.

Quizá sea por el amplio cielo que está sobre nosotros o por el océano que se extiende ante nuestros ojos, pero se respira una atmósfera un tanto mágica.

—Creo que primero deberíamos enseñárselo a ellas — responde Ed—. No quiero hacer una inversión como esta sin hablarlo antes con mi mujer.

—Tienes toda la razón. Tienen que verlo antes de que lo compremos. De todos modos, va a estar a nombre de todos nosotros.

—Claro —aprueba Ed—. Pero por un momento he pensado que creías que deberíamos comprarlo para darles una sorpresa.

—Les tengo mucho cariño a mis pelotas —bromeo—. No voy a tomar decisiones económicas como esta sin hablar primero con Lucy. —Mi móvil empieza a sonar—. Y hablando de eso…

—Hola —saluda ella—. Hemos vuelto a casa y el coche no estaba. ¿Dónde estáis?

—Estamos a una milla más o menos de aquí. ¿Está Katherine contigo? —Le echo un vistazo a Ed, buscando su visto bueno para invitar a las chicas a acercarse. No hay mejor momento que el presente, ¿verdad?

—Sí, claro. ¿Quieres que te la pase? —pregunta ella.

—No, no es eso. Pero ¿podríais venir a donde estamos? Tenemos algo que enseñaros.

—Suena un poco inquietante.

—Para nada. Ya lo verás. —Le doy indicaciones, lo cual no lleva mucho tiempo porque estamos justo al final de la calle.

Ed me mira fijamente, como si estuviera a punto de decirle algo que no acaba de oír por teléfono.

—¿Qué les vamos a decir? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Podríamos hablar de que aquí empezó la historia de amor entre Lucy y yo. Que Martha’s Vineyard fue la cuna de nuestro amor y que queremos que ese ambiente cálido, acogedor y seguro nos acompañe en nuestro viaje…

Me callo de golpe, en parte porque parece que a Ed le va a dar una hernia de tanto intentar no reírse, y en parte porque Lucy entra con el coche en el camino de acceso.

Ella y Katherine agachan la cabeza para poder ver la casa a través del parabrisas.

Se miran e intercambian unas palabras antes de salir.

—¿La compramos? —pregunta Lucy de inmediato, dejando mi romántico discurso sobre nuestro amor hecho trizas a sus espaldas—. ¿Está en venta?

—Vaya, está justo en la playa —comenta Katherine, contemplando el mar—. La ubicación es sencillamente perfecta.

Miro a Ed. ¿Por qué estaba tan nervioso pensando qué decir? No teníamos que decir nada en absoluto.

—He pensado que quizá podría ser mi regalo de boda —le dice Ed a Katherine .

—Pero para los cuatro —apunta Katherine sin perder el ritmo—. Quiero decir, los cuatro tenemos que comprarla juntos, ¿no?

Ed se ríe.

—Exacto. De hecho, hay terreno suficiente en esta parcela para ampliarla. Así que, más adelante, si quisiéramos construir una segunda vivienda o derribar esta y empezar de cero para hacer algo más grande…

—Pero es una monada. Al menos por fuera —interviene Lucy.

El exterior de la vivienda necesita un pequeño retoque.

Parte de la pintura se está descascarillando y hay que volver a barnizar la terraza.

Si le gusta el exterior, el interior le va a encantar—.

¿Podemos entrar? —Se le ilumina la cara.

Nunca me canso de verla feliz. Entramos todos y, como Lucy no dice nada, me doy cuenta de que está impresionada.

Me coge de la mano y me la aprieta—. Mira estas encimeras —dice, fijándose en el mármol claro de la cocina—.

Desde fuera, pensaba que sería una casa para reformar.

—La familia que vivía aquí estaba dando los últimos retoques cuando tuvieron que mudarse por motivos de trabajo. Todo está recién reformado, salvo el exterior.

—¿Y cuál es el plan? —pregunta Lucy—. ¿Con quién tiene que acostarse Ed para que nos consiga esta casa?

Me echo a reír mientras Ed nos mira, con la boca abierta y una expresión de horror.

—Ed dice que aún no ha encontrado el regalo de boda adecuado para Katherine, y yo también voy a tener que encontrar uno para ti. Así que… se nos ocurrió lo de la casa.

—Vamos a echar un vistazo —dice Lucy. Recorremos la casa mientras ella y Katherine no dejan de admirar las vistas y la distribución. Arriba, los cuatro dormitorios son preciosos: los dos principales tienen baño en suite y entre los otros dos hay un baño compartido.

Ed y yo estamos en el rellano cuando oímos la voz indignada de Lucy procedente de una de las habitaciones de invitados.

—No me lo puedo creer —protesta—. ¡Ya está bien! Ni de coña me voy a quedar en esta casa. —Entramos a trompicones en la estancia para ver dónde está el problema, esperando encontrarnos con un nido de víboras, un techo derrumbado o algo por el estilo.

Echo un vistazo a la habitación. No sé qué pasa. Katherine parece preocupada y Lucy, furiosa.

—¿Dónde está el problema? —le pregunto. Ed y yo hemos revisado a fondo los anuncios inmobiliarios durante los últimos meses para encontrar algo en la playa. Propiedades como esta no salen a la venta muy a menudo. Esta casa es perfecta, y además tiene espacio para crecer.

—En serio, Katherine. No puedes obligarme. No lo soporto.

—¿Qué? —pregunto, intentando entender qué está pasando.

—Lo desmontaremos todo antes de mudarnos —propone Katherine.

—¿Qué? —insisto, mirando a mi alrededor en busca de las tuberías de plomo o las baldosas de amianto. ¿Qué demonios habrá visto Lucy que Ed y yo no vimos en nuestra primera visita por aquí?

—Bueno, más vale. No voy a volver a poner un pie en esta casa mientras ese papel pintado siga aquí.

—¿No te gusta el papel pintado? —le pregunto, intentando atar cabos entre su reacción y el inocuo motivo playero de las paredes. Hay tres faros distribuidos a intervalos regulares en él. La verdad es que no sé qué pasa.

—Claro que no me gusta el papel pintado —replica Lucy, como si su reacción fuera totalmente racional. Echo un vistazo a las paredes, intentando averiguar qué es lo que le resulta tan desagradable.

Katherine y Lucy intercambian una mirada. Lucy se vuelve hacia mí. Katherine se vuelve hacia Ed.

—Es perfecto —dicen al unísono.

No tengo ni idea de qué demonios está pasando, pero siento un gran alivio y me echo a reír.

—Siempre me sorprendes, Lucy Jones. Pero me alegro de que te guste.

—Pero en serio, tenemos que cambiar ese papel pintado — dice Lucy.

—Si eso es lo que te hace feliz, pues eso es lo que haremos. —La felicidad de Lucy es ahora mi prioridad. Y yo soy su prioridad. Nos cuidamos el uno al otro. Somos el refugio seguro del otro. El timón del barco del otro. Nunca me he sentido tan seguro y convencido respecto a nada en mi vida.

—Pero hay una condición —dice Katherine—. Nadie puede usar la casa a menos que estemos aquí. No podemos dejar que nuestros padres estén aquí sin nosotros, o mi madre va a empapelar toda la casa con este papel pintado o algo peor.

—De acuerdo —decimos todos a la vez.

No sé si es solo porque paso más tiempo con ella o porque parece que ha cambiado un poco, pero Katherine me cae mejor ahora que cuando ella y Ed solo salían juntos o estaban comprometidos.

Quizá sea yo quien haya cambiado. Ahora ya no es la persona que impide que Ed esté encadenado a su escritorio las veinticuatro horas del día.

Ahora es la mujer que hace feliz a mi mejor amigo y la hermana del amor de mi vida.

—Este es nuestro sitio —sonríe Lucy, rodeándome la cintura con los brazos—. Es donde empezó nuestra historia de amor. Es donde empecé a creer que podía querer a alguien y que esa persona podría corresponderme.

El corazón se me hincha en el pecho y la abrazo. Estar con Lucy me ha hecho ser más yo mismo. Una versión mejor de mí mismo. Una versión capaz y digna de la mujer que tengo entre mis brazos. Y voy a poder estar con ella para siempre. Creo que eso me convierte en el hombre más afortunado del mundo.

—Y es aquí donde pasaremos el resto de nuestras vidas, disfrutando de nuestra historia de amor.