Un acuerdo inocente 24
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L ucy

Cada minuto que paso con Hunter, me gusta más. No es el hombre que creía que era cuando nos presentaron. Ni siquiera es el hombre que creía que era antes de nuestra cita de esta noche. Es dulce y sensible, y se subestima a sí mismo. Y lo quiero todo para mí.

—No hemos cenado —comento cuando entramos a trompicones en su piso.

—Tienes razón —responde—. Voy a tener que darme un festín contigo.

—Tiene una boca muy sucia, pero nunca se pasa de la raya.

Siempre sabe qué decir y cuándo. Me agarra de la muñeca al pasar junto a su lado y me pega a él—.

Quítate los vaqueros —susurra—. Ahora mismo.

Quiero verte con nada más puesto que esa camiseta blanca que me ha estado volviendo loco toda la noche.

Bajo la mirada hacia mi sencilla camiseta blanca.

—¿Esto? —digo, tirando de ella. Sus ojos se iluminan, como si llevara braguitas con la entrepierna abierta y pezoneras. Me estremezco bajo su mirada y se me ocurre una idea. Si le gusta lo de la camiseta, le va a gustar mucho más si me quito los accesorios.

— Espérame en el dormitorio —le digo, ladeando la cabeza de una forma que parece decir: «Por favor, haré que merezca la pena».

Él me sostiene la mirada, empieza a desabrocharse los botones de la camisa y luego retrocede hacia el dormitorio.

Con rapidez, me bajo los vaqueros, me quito las bragas y el sujetador, pero me dejo la camiseta, que es bastante larga y, si llevara ropa interior, no se vería.

Correteo por el salón y entro en la habitación de Hunter, que está en la cama, desnudo.

Justo como lo quería—. Hola. —Me apoyo en el marco de la puerta, con la camiseta por las caderas.

No estoy segura de si puede ver que no llevo bragas, pero está estirando el cuello para averiguarlo.

Ha dejado la ropa tirada por el suelo, ansioso por desnudarse lo antes posible.

Le doy la espalda y, sin doblar las rodillas, me agacho para recoger su camiseta—.

Cariño, se te ha caído algo. —El aire fresco que me acaricia entre las piernas me dice que ahora sí que lo ve todo.

—Joder, Lucy —espeta Hunter—. Esa camiseta debería ser ilegal.

Me enderezo y me vuelvo hacia él.

—¿Esto? —digo, acariciándome el pezón endurecido. Él gruñe y se agarra el pene—. No la uso muy a menudo porque se me ve todo.

—¡Joder! —Me agarra por la cintura y me tira sobre la cama.

Va a ponerse encima de mí, pero yo me siento y le señalo con el dedo.

Cuando se detiene, cojo los bordes de la parte delantera de mi camiseta y los ato con un nudo, con lo que se ciñe a mis pechos.

Al instante, se echa encima de mí y se mete uno de mis pezones en la boca a través del algodón.

La tela es una barrera entre Hunter y su lengua.

En todo caso, debería reducir las sensaciones, pero, en cambio, se intensifican.

Me roza los pezones endurecidos con los dientes y arqueo la espalda.

Es abrumador sentir cuánto me desea. Mueve la boca, la lengua y los labios, y yo no puedo hacer otra cosa que pasarle las manos por su sedoso cabello.

Estoy tan mojada que debo de estar chorreando sobre las sábanas.

Nunca me he sentido tan sexy, tan desenfrenada, tan seductora…

Siento crecer el orgasmo en lo más profundo de mi ser, pero no quiero correrme así. Quiero quedarme aquí un rato más.

Me muevo y Hunter se aparta. Con suavidad, lo empujo hasta que queda boca arriba y me siento a horcajadas sobre él. Él busca un condón en la mesilla y yo le quito el paquete, pero no lo abro enseguida; lo guardo debajo de la sábana. Por ahora, disfruto de la provocación, de los juegos preliminares.

Paso mi sexo empapado por su pene sin apartar la vista de él, que tiene la suya clavada en las dos manchas húmedas de la camiseta que se pegan a mis pezones erectos.

—Joder, Lucy. Nunca voy a olvidar esta imagen mientras viva. —Muevo las caderas hacia delante y hacia atrás, provocándolo. Podría correrme así; me tiembla el cuerpo entero y se me aguzan todos los sentidos; mi necesidad es implacable; mi deseo, urgente—. Estás completamente mojada.

—¿Lo notas? —le pregunto, echando la cabeza hacia atrás—

. Creo que nunca he estado tan mojada. Incluso más que la última vez contigo.

Él gime debajo de mí. Nunca he sido muy habladora en la cama, pero él me hace sentir tan deseada que eso desata algo en mi interior, como si pudiera decir cualquier cosa que se me pase por la cabeza y eso solo fuera a conseguir que me deseara aún más.

—Soy yo quien consigue eso —gruñe.

Asiento.

—Sí. Tú. —Levanto la barbilla—. Nadie más. Nunca.

—Joder —maldice; me arranca el condón y lo abre de un tirón.

Estoy tan temblorosa que no creo que pudiera ponérselo por mucho que lo intentara.

Cuando acaba, se agarra el pene por la base.

Nuestras miradas se cruzan y se establece una conexión entre nosotros: esto es sexo.

Es sexo del bueno. Pero también es algo más.

Nunca me he sentido tan a gusto, tan conectada, tan completamente unida a otra persona.

Me echo hacia delante y él me penetra con la punta mientras me agarra un pecho con la otra mano. Cierro los ojos con un parpadeo perezoso. Me hace sentir tan bien, es tan grande… Encaja tan perfectamente dentro de mí… No quiero que esto termine nunca. Quiero que Hunter y yo follemos para siempre.

Sus manos se deslizan hasta mis caderas y, como si supiera que estoy sumida en una especie de neblina cargada de lujuria, empieza a moverse desde debajo de mí, empujando hacia arriba.

Clavo los dedos en su pecho y él empuja hacia arriba, arriba, arriba, muy dentro de mí, estirándome, llenándome, poseyéndome.

Estoy flotando, con las extremidades débiles, el cuerpo en llamas. Lo único que puedo ver, pensar y sentir es a él. A Hunter. Me hace bajar las caderas hasta que quedan pegadas a las suyas, y gimo al sentir lo profundo que llega. Lo llena que estoy. Lo completamente en paz que estoy con él.

—Hunter —jadeo. Sus dedos se clavan en mi carne casi hasta hacerme daño.

—Eres tan sexy —jadea, empujando de nuevo—. Quiero follar contigo toda la noche. Todo el día. Para siempre.

Contoneo las caderas para corresponder aunque sea solo un poco a lo que él me está dando. Sus gemidos me provocan una oleada de satisfacción.

Se aferra a mis brazos y me los sujeta con fuerza contra el cuerpo para que no pueda moverlos, utilizándolos como ancla para poder penetrarme sin tregua. Una y otra vez, cada vez más hondo.

—¡ Hunter! —grito . Es demasiado. Es demasiado bueno.

Es como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

Me derrumbo al alcanzar el orgasmo. Él sigue embistiéndome y lo único que puedo hacer es recibirlo mientras alcanzo el clímax, ciñéndome a su alrededor.

Él suelta un rugido y empuja hacia arriba una última vez, y los dos llegamos al final al mismo tiempo.

Me desplomo hacia delante sobre su pecho. No sé qué latidos acelerados son los suyos y cuáles son los míos.

Siento su aliento entrecortado en mi oído, y me rodea con fuerza con sus brazos.

Nunca había llegado a un orgasmo así. Nunca me había sentido así. Nunca me habían adorado como lo hace Hunter.

—¿Estás bien? —me pregunta cuando nos relajamos.

—No lo sé —respondo con sinceridad—. No sé cómo voy a…. —Es como si mi vida hubiera cambiado un poco. La conexión física que tengo con Hunter es nueva y sorprendente, y ya me preocupa que, en algún momento, deje de tenerla.

Me siento vulnerable.

—Es muy intenso, ¿verdad?

Alzo la cabeza para ver la expresión de sus ojos. Su mirada azul brillante muestra preocupación.

—Sí.

Suspira lentamente.

—Vamos a…

—¿A qué? —Me aparto un poco de él para tumbarme a su lado, y él me pega a su costado.

—No lo sé, Lucy. Esto es territorio desconocido para mí.

—Dijimos que no nos involucraríamos porque acabaríamos odiándonos y tendríamos que ser cordiales durante las fiestas, y…

—Lo sé —me interrumpe—. Pero no creo que pudiera odiarte jamás.

—Lo intentaste con todas tus fuerzas cuando nos conocimos.

Se ríe entre dientes y me da un beso en la cabeza.

—No te conocía. No sabía lo jodidamente bien que te quedaba una camiseta blanca y nada más.

—Juega con el nudo de mi camiseta hasta desatarlo y luego me la quita.

¿Para él esto es solo sexo? Porque para mí no lo es.

No quiero admitirlo porque no quiero provocar un momento incómodo, pero él ve partes de mí que nadie más ha visto jamás.

Para demostrarlo, me aparta el pelo de la cara y se agacha para darme un beso en los labios—.

Y además de ser la chica más sexy que ha existido jamás, también eres inteligente, divertida, tenaz y tan amable que me vuelves loco.

—Aprieto los labios para que no pueda verme sonreír—.

Y cuando intentas no sonreír… —Desliza la mano por mis piernas hasta que sus dedos encuentran mis pliegues— .

Me dan ganas de hacer esto. —Me mete dos dedos y me acaricia el clítoris con el pulgar, escudriñando mi rostro.

—Hunter —susurro.