Un acuerdo inocente 23
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El sábado por la noche me ofrezco a ir a recoger a Lucy a Brooklyn, pero ella insiste en quedar conmigo en un bar del SoHo.

Me habría encantado quedarme en casa, pedir pizza y ver Netflix, pero no quiero que piense que solo me interesa el sexo.

Tampoco es que no me interese el sexo, claro que sí.

Concretamente, el sexo con Lucy. Pero también me gusta pasar el rato con ella.

Es divertida. Y es dulce y atenta. Me hace reír. Me hace pensar.

Entro en el bar y saco el móvil del bolsillo trasero.

Todo el mundo va vestido como si fuera del siglo XIX .

¿Me he perdido algo? Echo un vistazo a la sala y encuentro a Lucy.

El corazón se me dispara. Está impresionante.

Incluso con vaqueros y camiseta parece una puta visión.

Lleva el pelo suelto y ondulado sobre los hombros.

Tiene las mejillas sonrosadas y sus ojos verde mar son deslumbrantes.

Me acerco con paso firme hasta donde está sentada en un taburete de bar, y su sonrisa se hace más amplia; cuando llego a su lado, hago lo único que puedo: le acaricio la cara y le doy un beso en los labios.

Dios, ojalá estuviéramos aquí solos los dos y el resto de la gente de este bar desapareciera sin más.

Quiero estar solo con ella. Aquí, en público, siento que tengo que compartirla un poco.

—Oye —digo con un pequeño suspiro cuando me aparto—

. Estás guapísima.

—Hunter —responde, como si me hubiera vuelto loco—, estaba estudiando. Se me ha pasado la hora, así que esto es lo que he llevado puesto todo el día. Me he soltado el pelo y ya está.

—Creo que nunca has estado más guapa.

Sonríe, pero no es una sonrisa segura. Sonríe como si no acabara de creerse lo que le digo, y esa idea me encoge el corazón.

De verdad que no entiendo por qué se menosprecia tanto.

Sé que admira a Katherine, pero ella y Katherine son simplemente diferentes.

Katherine es profesora y vive en las afueras de Boston.

Lucy es asistente jurídica en Nueva York.

Llevan unas vidas tan opuestas que es imposible compararlas, pero Lucy sigue pensando que no está a la altura de Katherine.

—Este sitio es una locura —comenta, cambiando de tema.

—Sí. He estado en bares clandestinos donde los camareros llevan disfraces, pero no en un… ¿qué? ¿Un local de estilo victoriano? —Levanto la vista—. ¿Por qué hay un lobo en el techo? —Me siento en el taburete junto a ella.

—Me estaba preguntando lo mismo —dice con total naturalidad—. He llegado a la conclusión de que debe de ser un sabueso.

Entorno los ojos, preguntándome si habré perdido la noción del tiempo en algún momento, lo que podría explicar mi confusión.

—¿Un sabueso?

—Como en Baskerville. El local se llama Baker Street, ¿verdad?

Es un bar temático de Sherlock Holmes. Al menos eso creo.

Los cócteles parecen inspirados en los libros de Sherlock Holmes.

O algo así. Mi padre tenía los libros y solía leerlos los domingos después de comer.

—Coge una carta que está colocada en posición vertical sobre la barra—.

Cinco semillas de naranja. Eso era un relato, ¿verdad?

—En todo lo relacionado con Holmes, me fío de ti.

Deja la carta sobre la barra y me sonríe.

—¿Es raro que sepa estas cosas?

Niego con la cabeza.

—Me gusta que me las cuentes. Es… sexy.

Abre mucho los ojos.

—¿En serio?

Me encojo de hombros.

—Sí. Eres una tía dura. No te dejas pisotear por nadie. Proteges a la gente que quieres. Sabes cosas sobre literatura victoriana. Todo eso es muy sexy.

Se echa hacia delante en su taburete. La camiseta se le tensa, dejando ver el contorno de sus pechos. Es solo una sencilla camiseta blanca, pero desde donde estoy sentado, su atuendo roza lo obsceno.

—Yo también creo que eres sexy. —Deslizo una mano temblorosa por su cintura y bajo por su muslo. Solo quiero estar más cerca de ella. Por muy cerca que esté, siempre quiero estar aún más cerca. Entrelaza sus dedos con los míos y miramos la oferta de cócteles—. Yo voy a pedir un Vampiro de Sussex.

—Suena sangriento. Yo me tomaré un Último Juramento — decido, nombrando otro cóctel que hace referencia a un relato de Conan Doyle.

—¿Quieres hacer una foto para enviársela a Katherine? —le pregunto cuando llegan nuestros cócteles.

Nuestras miradas se cruzan y, tras una breve pausa, ella niega con la cabeza.

—Creo que no. No, mejor no.

Le doy un sorbo a mi copa para evitar sonreír. Hace tiempo que dejamos de fingir, y los dos lo sabemos.

—¿Te van a salir colmillos? —le pregunto cuando toma un trago de su bebida roja, servida en una copa de martini coronada con espuma blanca.

—Ah, sería genial —replica, moviendo las cejas con picardía—. ¿Te gustaría que te mordiera?

Le recorro el cuerpo con la mirada. A mí sí que me gustaría morderla por todas partes.

—No es mi rollo —contesto—. Pero creo que eso ya lo sabes. Tú sabes todo lo que me gusta.

—¿De verdad? —pregunta ella—. Estoy segura de que hay un montón de cosas sobre ti que no sé.

Inspiro hondo.

—Pues yo no me siento así. —De hecho, siento todo lo contrario.

Es como si ella lo supiera todo sin que yo tenga que decírselo.

Me siento como si conociera a Lucy desde hace mucho más tiempo del que ha pasado en realidad, como si nuestra relación ya durara una década o algo así.

Quizá sea porque al principio nos odiábamos y no perdimos el tiempo intentando mostrar una versión cuidadosamente seleccionada de nosotros mismas.

Quizá sea porque las personas más cercanas a nosotros se quieren.

Quizá sea porque creo que ella me ve; que me ve de verdad.

—No hablas mucho de tus padres. ¿Tenéis una buena relación? —Me encojo de hombros.

—La teníamos —respondo.

—¿Y a tu padre le gustaba pescar?

—Sí. Todavía sale a pescar.

—Pero a ti no te gusta ¿Te gustaba cuando eras niño? Parece que se te da bastante bien, al menos por lo que dicen Ed y los chicos.

Me río entre dientes, pero con un toque cínico.

—Muchas cosas cambian a medida que te haces mayor. Tu forma de ver el mundo puede dar un vuelco completo.

—¿De verdad? —pregunta ella.

—Sí, como la mayoría de los chicos, idolatraba a mi padre.

A él le encantaba pescar, así que a mí también me encantaba pescar.

A él le gustaba cultivar verduras, así que yo intentaba cultivar las zanahorias más grandes y la mayor cantidad de patatas posible.

—Mis mejores recuerdos de la infancia giran en torno a los momentos que pasé con mi padre—. Era mi héroe. Quería ser igual que él.

—¿Y cuándo dejó de ser tu héroe? —susurra.

Nunca hablo de Bain Insurance. Se lo conté a Ed antes de que nos asociáramos, pero ahí se acabó todo. Sin embargo, hay algo en Lucy que me hace querer contárselo. Quiero que lo sepa todo sobre mí. No quiero ocultarle nada.

—¿Te he contado que me hice cargo de su negocio?

—Ella niega con la cabeza—. Fui a la universidad a estudiar finanzas para poder hacerme cargo de su negocio de seguros de vida.

Como ya te he dicho, quería ser igual que él.

Cuando terminé la universidad, trabajé en su empresa durante cuatro años antes de que él se jubilara y me dejara al mando.

—Vaya —se sorprende—. Eras muy joven cuando te hiciste cargo. ¿Era un negocio grande?

Asiento.

—Sí. Era una gran responsabilidad. Pero estaba preparado.

Llevaba mucho tiempo preparándome. Me aseguré de trabajar en todos los aspectos del negocio antes de hacerme cargo de él.

Creía que estaba listo. —Su expresión preocupada me llega al corazón—.

Y lo habría estado. —Inspiro hondo—. Pero el negocio estaba al borde de la bancarrota.

No generaba ningún beneficio: nuestros gastos eran demasiado elevados.

El alquiler, las nóminas. Todo, en realidad.

Estábamos a unas semanas de la quiebra cuando por fin comprendí el follón que mi padre me había dejado.

—Hunter… —dice ella y me aprieta la mano.

—Hice todo lo que pude por salvarlo. De verdad que sí.

— La miro a los ojos, intentando averiguar si me cree.

Me esforcé muchísimo: negocié con el casero, intenté recortar gastos, despedí a gente.

Fue una época muy dura—. Quizá debería haberle dedicado más tiempo a hacer crecer el negocio.

Si hubiera sido mejor en el desarrollo empresarial, quizá las cosas habrían ido de otra manera.

Hay gente que solo quiere tratar con personas con más canas.

Si mi padre siguiera al mando, entonces… .

—Hunter —repite Lucy, esta vez con más firmeza—, te conozco. Sé que te esforzaste más que nadie para salvar ese negocio. Querías que saliera adelante.

—De verdad que sí —suspiro.

—Si empiezas con unos costes elevados y una montaña de deudas, estás librando una batalla perdida. ¿Qué dijo tu padre?

Cojo mi copa. Solo pretendía darle un sorbo, pero la apuro de un trago para intentar alejar la sensación de fracaso que me revuelve las tripas cada vez que recuerdo aquella época.

—Mi padre no dijo nada.

—¿Qué quieres decir? ¿No te avisó de las deudas?

—No, lo que quiero decir es que no dijo nada.

Nada en absoluto sobre la situación financiera de la empresa.

Por lo que a mí respectaba, cuando me hice cargo, era un negocio familiar que nos proporcionaba una vida cómoda.

Tenía pensado ponerme manos a la obra y hacerlo crecer.

Ofrecer productos diferentes. Centrarme en personas con un elevado patrimonio.

Pero no pude hacer nada. Nada más llegar, me pasé el tiempo tapando agujeros.

El mero hecho de intentar evitar que el negocio se hundiera ya era un trabajo a tiempo completo.

—Y después de que se hundiera, ¿qué dijo él?

Sabía que me iba a hacer esa pregunta, pero eso no impide que sienta una punzada de dolor en las entrañas, porque admitir que mi padre no asumió su responsabilidad es como…

Es como si ese día hubiera perdido a mi padre.

Dejó de ser el hombre que se habría puesto delante de un autobús por mí.

Dejó de ser el hombre al que acudir en busca de ayuda y consejo.

Dejó de ser un hombre en el que pudiera confiar.

—Me dijo que no debía sentirme mal y que debía aprender de mis errores.

—Ay, Hunter… —No dice nada más, y tampoco hace falta.

No busca excusas ni apunta que debió de tratarse de un malentendido, que son las racionalizaciones que yo mismo he intentado hacer a lo largo de los años—.

Te abandonó cuando más lo necesitabas —deduce con sencillez.

Se baja del taburete y me acaricia la mejilla.

Es tan reconfortante, tan cálido… Es justo lo que me hacía falta.

Sí, ya era adulto cuando me hice cargo de Bain Insurance, pero necesitaba que mi padre diera un paso al frente en ese momento.

Aunque no me hubiera contado de antemano cómo estaban las cosas.

Quizá se sintiera avergonzado o pensara que yo podía arreglarlo.

Pero cuando todo acabó por derrumbarse, me habría venido bien que me dijera que no había sido yo quien había fallado, que dejara a un lado su ego, su orgullo o lo que quiera que fuese que le impedía comportarse como un padre en ese momento, y que diera un paso al frente como mi padre.

Que asumiera su responsabilidad—. Creo que eres el hombre más valiente que conozco.

—No digas eso. No es verdad.

—Es cierto. Tu padre te echó la culpa de su falta de visión para los negocios y te dejó tirado. Y tú lo aceptaste y cargaste con ese peso sobre tus hombros. Luego volviste a empezar. Para eso hace falta valor.

Sus palabras son como amarras en un barco, que me sujetan a su orilla, que me mantienen a salvo.

—No, ese fue Ed. Si no hubiera sido por él, nunca habría fundado Portis. Estaría trabajando en algún banco.

Me mira como si no se lo pudiera creer del todo.

—Te recompusiste y te buscaste un trabajo. Yo me habría quedado tirada en el sofá con una botella de vino. Ed no pretendía hacerte un favor al pedirte que te asociaras con él.

Ed es un tío estupendo, pero no es tonto. De ninguna manera le habría sugerido asociarse a un inepto que abandonó los estudios y que hundía los negocios. Sabía que eras inteligente y de confianza, y que estabas muy motivado.

—Lo sé, pero él me dio una oportunidad —digo.

—Claro que lo hizo. Pero no fue por lástima ni por caridad.

Lo hizo porque sabía que encajaríais bien el uno con el otro.

¿Y sabes qué? Te mereces todo el reconocimiento por haber dicho que sí.

Porque si lo que te pasó a ti me hubiera pasado a mí, no creo que hubiera confiado lo suficiente en nadie como para que me preparara una Big Mac con patatas fritas, y mucho menos para montar un negocio conmigo. Enhorabuena por arriesgarte.

Sus palabras resuenan en mi interior y rellenan todos mis vacíos.

Ella ha visto las cosas desde otro ángulo: siempre he considerado a Ed la persona que me salvó, pero Lucy tiene razón.

He aprendido mucho sobre Ed desde que me asocié con él.

No es un hombre que tome decisiones empresariales basándose en las emociones.

Me parece que sí creía en mí. Quizá sabía que yo asumiría la responsabilidad cuando él decidiera dar un paso atrás.

—Me gusta tu forma de ver el mundo —le digo.

—Ay, no sé. Estaba dispuesta a descartarte la primera vez que te vi. Se me da muy bien sacar conclusiones precipitadas.

A pesar de todas las emociones que me recorren el cuerpo, me las arreglo para reírme.

—Estabas protegiendo la felicidad de tu hermana. Se te da muy bien eso.

Ella sonríe.

—Gracias. —Desliza las manos por mis muslos y el aire entre nosotros se carga de electricidad—. ¿Sabes en qué más se me da bien?

Si no estuviéramos en un bar lleno de gente, habría hecho que se diera la vuelta, le habría bajado los vaqueros de un tirón y me habría hundido en ella hasta el fondo antes de que tuviera tiempo de decírmelo.

—Vámonos de aquí —digo, sacando la cartera. —Gran idea.