22
L ucy
Me siento como si hubiera participado en una de esas competiciones Ironman de las que hablan los chicos del trabajo, solo que yo no me había preparado.
Joder, aunque me hubiera entrenado, no creo que me hubiera ido mejor.
Las cosas que hice con Hunter anoche deberían estar prohibidas.
Deberían ponernos bajo arresto domiciliario.
Me he despedido de él esta mañana a regañadientes, pero ni de coña iba a ir al trabajo con la ropa del día anterior.
Regresar a Brooklyn a las cinco de la mañana también nos permitió evitar un desayuno incómodo o cualquier conversación sobre que sería mejor dejarlo mientras estamos a tiempo, porque las cosas podrían complicarse con Ed y Katherine o porque él no está preparado para una relación exclusiva.
Porque no pienso compartirlo con nadie.
Prefiero no volver a verlo nunca más. Y esta última opción me parece aterradora en este momento.
Normalmente no saco el móvil del bolso hasta la hora de comer, pero lo he tenido conmigo toda la mañana en modo vibración. Tampoco es que espere que me envíe un mensaje, pero por si acaso se pusiera en contacto conmigo…
¿Quién soy? ¿En quién me he convertido?
Me he vuelto una adicta al sexo con él.
Adjunto a un correo una versión con anotaciones de un acuerdo de confidencialidad que he estado revisando esta mañana y lo envío. Doy un respingo en mi asiento cuando veo el nombre de Hunter en mi bandeja de entrada.
—¿Estás bien? —me pregunta la asistente jurídica que tengo enfrente.
—Sí, estoy bien. Es solo que… Sí, estoy bien. —Le dedico mi mejor sonrisa forzada.
Que sigue siendo horrible.
¿Qué demonios hace Hunter enviándome un correo al trabajo? Abro el correo.
12:30. Stranger than Fiction
Eso es todo lo que dice. Por un lado, me molesta un poco que me haya citado, dando por hecho que no tengo planes o que no estoy demasiado ocupada en el trabajo como para poder ir. Pero, por otro lado, estoy encantada.
Miro el reloj. Son las doce pasadas. Ni siquiera me ha avisado con antelación. Qué capullo tan arrogante. Borro el correo y cojo el móvil para enviarle un mensaje diciéndole que quizá llegue tarde.
Respondo a un par de correos y luego me voy corriendo al baño para comprobar que no parezco tan cansada como me siento. Seguro que necesito al menos un kilo de corrector de ojeras.
Siento un cosquilleo en el estómago mientras bajo en el ascensor hasta el vestíbulo.
Me pongo las gafas de sol al salir por la puerta giratoria hacia la luz del sol.
Fuera, me encuentro con Hunter, que sonríe con aire burlón, cruzado de brazos y esperándome frente a la puerta.
Está increíblemente guapo bajo el sol del mediodía, con la piel más dorada de lo habitual y una sonrisa más amplia.
¿Será por mí? ¿O es que ahora lo miro con otros ojos?
—Hola —dice, levantando la barbilla.
—Hola —respondo, intentando reprimir una sonrisa. Da un paso hacia mí, me rodea la cintura con las manos y me besa en los labios—. Hola —repito cuando se aparta, y él se ríe, expresando con eso la misma alegría que siento en mi corazón.
—Vamos a comer. Creo que hemos quemado suficientes calorías como para pedir uno de cada.
Se me enrojecen las mejillas al oír cómo se refiere —¡en público!
— a nuestra maratoniana sesión de sexo de anoche.
No sé por qué. Estamos en Nueva York. A nadie le importa lo que hicimos anoche, y estoy segura de que nadie puede oírnos por encima del pitido de los cláxones, los gritos de los vendedores ambulantes y los auriculares de todo el mundo.
Me coge de la mano y yo le echo un vistazo como diciendo: « ¿De verdad me estás cogiendo de la mano?» . Él sonríe como para confirmarlo en silencio: «Claro que sí. ¿Y qué vas a hacer al respecto?» .
Suelto una carcajada que él acompaña con una propia y vamos hasta Stranger than Fiction .
—Creo que es mejor que, si estoy en el trabajo, me mandes un mensaje o un correo a mi cuenta personal —digo cuando nos ponemos a la cola.
—¿Qué? ¿Vs a acusarme de estar todo el día jugando al Candy Crush Saga ? Ni hablar. Lucy Jones, tú no miras el móvil durante el horario laboral. Si quiero ir a comer contigo, ¿cómo hacerlo si no?
Niego con la cabeza, pero no puedo borrar la sonrisa de mi cara.
—¿Qué vas a pedir? —pregunto.
—Uno de cada —responde—. Ya te lo he dicho.
—No, de eso nada. Ni hablar.
—¿Me estás retando?
—No. Si te fuera a retar a hacer algo, no sería a pedir comida de más.
Sería algo mucho más… emocionante. —Enarca las cejas como si por su cabeza solo pasaran los pensamientos más obscenos—.
Y no tendría nada que ver con estar desnuda — añado, entrecerrando los ojos.
Se lleva mi mano a la boca y me besa los nudillos.
Es un gesto pequeño, pero me parece significativo.
Como si todo ese tira y afloja que había entre nosotros antes se hubiera olvidado y ahora fuéramos dos personas completamente diferentes el uno para el otro.
Mi móvil vibra en el bolsillo y lo cojo con la mano libre.
—Es Katherine —explico— . Ya ha terminado con lo de la boda y van de camino a Boston.
Hunter suspira.
—¿Crees que esto supone el fin de las interminables reuniones y decisiones sobre la boda? Es que llevan muchísimo tiempo…
—Dudo que esto se quede ahí —respondo—. Pero solo faltan unas semanas. Entonces todo habrá terminado.
—Después vendrá la luna de miel. Luego, la mudanza. Y después se quedará embarazada.
—Así es la vida.
—Claro —dice Hunter. Su estado de ánimo ha cambiado. Ahora se le nota una tensión que no tenía hace unos minutos.
Llegamos al principio de la cola. Hunter insiste en pedirme el bocadillo y en pagarlo, y nos sentamos a una mesa de la placita que hay frente a la tienda.
Con mucho cariño, me desenvuelve mi sándwich de pollo «Asar a un ruiseñor» y me abre la lata de agua con gas.
—Eres muy mono. Gracias.
—Tú sí que eres mona —responde.
—Gracias.
Se echa hacia delante y me da un beso en los labios, con naturalidad, como si lo hiciera todo el tiempo. Tengo que contener una sonrisa.
—¿Podemos hacernos una foto y enviársela a Katherine? — le pregunto—. Anoche, mientras ibas a por las copas, me echó un buen sermón. Dice que tengo que dedicarte más tiempo, esforzarme más.
Hunter se ríe entre dientes.
—Claro.
—Levanto el móvil y me acerco un poco más a él.
—¡Sonríe!
Lo hace, pero en el último momento se gira y me da un beso en la mejilla. Me río y saco la foto. Ha quedado muy bien. Estoy radiante y Hunter tiene un aire melancólico y pensativo y… parece que le gusto un poco.
Se la envío a Katherine con un mensaje contándole que estamos comiendo juntos y, a continuación, pongo el móvil en silencio. Sé que va a montar un escándalo y no quiero discutir con ella. Solo quiero disfrutar de este momento.
—Es muy raro que trabajemos en edificios contiguos — comenta él.
—Muy raro —coincido.
—¿Siempre quisiste vivir en Nueva York? —pregunta.
Lo pienso un momento.
—No estoy segura. Solo sabía que tenía que irme de Boston. Quería ir a un sitio donde la gente no me conociera.
Entrecierra los ojos.
—¿Querías reinventarte?
—Supongo. Quiero mucho a mi hermana, es mi mejor amiga y es increíble. Pero solo quería irme a algún sitio donde pudiera ser yo misma en lugar de la hermana fracasada de Katherine.
Él se aparta.
—¿Qué? ¿En qué sentido eres una fracasada?
—Deberías haberme visto en el instituto. —Le sonrío, pero él no corresponde al gesto.
—¿Tenías problemas con las drogas? ¿Te metiste en líos con la policía? ¿Faltabas mucho a clase?
—¡No! Nunca falté a clase y no he consumido drogas en toda mi vida.
—Ah, entonces, ¿has estado en la cárcel? —Sabe perfectamente que no he estado en la cárcel.
Me echo a reír.
—Por supuesto que no.
—¿Y por qué crees que eras una fracasada, Lucy Jones?
Gruño.
—Ya sabes. Comparada con Katherine, la mayoría de la gente es un desastre. Yo era un poco desorganizada. Mis notas no eran tan buenas como las suyas. No era tan popular. No tuve ningún novio en el instituto.
—Eso fue en el instituto. Esto es Nueva York. Una socia acaba de decirte que tienes mucho potencial y que quiere que te plantees estudiar Derecho. A mí no me pareces una fracasada.
He investigado un poco sobre la posibilidad de estudiar Derecho.
Todo me parece muy intimidante. El examen de ingreso y, si es que consigo entrar en alguna facultad, años y años de estudio.
Y luego el examen de acceso al colegio de abogados de Nueva York, que dicen que es casi imposible. Me encojo de hombros.
—Probablemente sea solo algo que dicen para cumplir con una cuota o algo así. No creo que esperen que acepte.
Me coge de la barbilla y me hace girar la cabeza para que lo mire.
—Sabes que eso es una tontería, ¿verdad? La gente no pierde el tiempo con tonterías. Me da la impresión de que quizá te da miedo la carrera de Derecho.
Me suelta y yo pincho mi bocadillo con el tenedor.
—Sí, bueno, quizá un poco. A la facultad de Derecho van personas superinteligentes.
—Claro —dice.
—Y supone mucha presión intentar estar a la altura de gente así.
—Quizá tú seas gente así. ¿Alguna vez lo has pensado?
— La verdad es que nunca me he considerado alguien que fuera a estudiar Derecho.
Al menos desde la universidad. Dejé esas ideas en un segundo plano y seguí con mi vida como asistente jurídica—.
Y, de todos modos —continúa Hunter—, tienes que presentar la solicitud.
Tampoco es que dejen entrar a cualquiera.
Haz el examen de ingreso para saberlo. Si no vas a poder seguir el ritmo, no conseguirás una plaza.
—Sí, así que probablemente no me admitirán.
—No lo sabrás hasta que lo intentes.
Parece que se lo toma muy en serio, y no sé muy bien por qué.
Suspiro.
—Pero no quiero pasar por todo el rollo de decírselo a mis padres y todo eso para luego no entrar.
—Pues no se lo digas.
Me río.
—¿Crees que debería tomar la decisión de estudiar Derecho y no decírselo a mis padres? Probablemente tengan que avalar mi solicitud.
—Lo dudo. Eres adulta. Y sí, puedes tomar la decisión sin decírselo a nadie. —Coge su bocadillo—. ¿Por qué no vas paso a paso? Empieza por estudiar para el examen de ingreso, hazlo y comprueba si tu nota es lo bastante alta. A partir de ahí, ya se verá.
Le doy un mordisco a mi bocadillo mientras dejo que su sugerencia cale en mi mente. Lo hace parecer tan fácil… Como si alguien como yo pudiera acabar estudiando Derecho y eso fuera lo más normal del mundo.
Me mira fijamente un instante y luego le da un mordisco a su bocadillo. Parece tan seguro de sí mismo… Aunque sé que tiene preocupaciones e inquietudes, ahora mismo no veo nada de eso en su expresión mientras habla de mí.
—Supongo que podría conseguir una guía de estudio. Ya sabes, para el examen. Podría pedir una y echarle un vistazo.
—Claro —dice—. De hecho, hay una tienda que las tiene a un par de manzanas, en la esquina de la 46 con la 5. Podríamos dar un paseo hasta ahí cuando terminemos aquí.
Le doy otro mordisco a mi bocadillo para ganar algo de tiempo.
¿De verdad quiero hacerlo? No he hablado de esto con Katherine ni con mi madre, ni siquiera lo he pensado detenidamente por mi cuenta.
Pero solo voy a comprar un libro, ¿no? Tampoco es como si estuviera rellenando un formulario de solicitud para entrar en Fordham.
Hunter me mira como si estuviera esperando una respuesta. Como si pensara que es perfectamente normal que vayamos juntos a una librería a comprar un libro para preparar el examen. Al mirarle a sus ojos azules, empiezo a pensar también que quizá sea perfectamente normal.
—No he tenido tiempo de meditarlo bien —digo con un suspiro—. «Pero ¿por qué no aprovechar el placer de inmediato? ¡Con qué frecuencia destruyen la felicidad los preparativos, los insensatos preparativos!». Eso es lo que diría mi madre. Bueno, ella no lo diría. Lo diría Jane Austen en Emma.
Hunter niega con la cabeza, incrédulo.
—Nunca he leído nada de ella.
—¿En serio?
—No. Pero no le falta razón. A veces hay que lanzarse sin pensarlo demasiado.
—Recoge la basura y la vuelve a meter en la bolsa en la que venían nuestros bocadillos—.
Vamos a buscar ese libro. —Tira la basura al cubo y nos dirigimos hacia el este— .
Esta noche voy a trabajar hasta tarde. Pero ¿te apetece tomar algo más adelante esta semana? ¿O quizá este fin de semana?
—¿Para que podamos enviarle pruebas a Katherine? — pregunto, entusiasmada. A ella le encantaría que pasáramos más tiempo juntos.
Hunter pone los ojos en blanco.
—No, para que podamos pasar un rato juntos. Para charlar… Una sonrisa se dibuja en las comisuras de mis labios.
—¿Me estás invitando a salir?
—Supongo —dice, mientras observa el tráfico que se dirige hacia el norte y espera a que cambie el semáforo del paso de peatones.
—¿Una cita de verdad en vez de una falsa? —pregunto.
—Sí, Lucy. Una cita de verdad.
—Podemos hacerlo —acepto.
—Bien —responde él.
—Bien —repito en tono burlón.
El tráfico se detiene y él me coge de la mano mientras cruzamos la calle, de camino a comprarme el libro.
No tengo claro cómo Hunter y yo hemos llegado hasta aquí.
Está muy lejos de ser el hombre que conocí al principio, borracho en casa de mis padres.
Es amable, me apoya y me anima a sacar a relucir una versión de mí misma que tiene potencial…
No sé si alguna vez he sido tan feliz de estar al aire libre bajo el sol de Nueva York. De la mano de Hunter.