21 #3
Ella abre los ojos cuando vuelve a descender flotando, y ese contacto rompe el último lazo que me separaba del clímax. La penetro, sin apartar la vista de ella ni un instante.
Joder. Joder. Joder. ¿Qué ha sido esto?
Lucy pasa una pierna por encima de mis caderas y me recorre el brazo con la punta de los dedos, de arriba abajo. Lo único que puedo pensar es que no quiero que esto termine nunca, que quiero quedarme en mi cama con ella para siempre.
—¿Estás bien? —me pregunta. Murmuro una respuesta afirmativa y ella suelta una risita que no le había oído antes. Me doy cuenta de que quiero escuchar todas sus risas, ver cada sonrisa, cada lágrima. Lo quiero todo—. Para que conste, puedo confirmar que no era pura apariencia.
Le sonrío al oír su referencia a mi pene.
—Es bueno saberlo —digo.
Sus dedos deambulan por encima de mi hombro, por mi clavícula, bajan por mi pecho.
Todo esto es demasiado bueno y me hace sentir tan bien… Toda ella es excepcional.
Le toco los pechos. He estado tan absorto en el deseo que he pasado por alto los detalles.
No tengo ni idea de cómo es posible, cuando tiene los pechos más perfectos que he visto en mi vida.
Los aprieto uno contra el otro mientras yace de lado, y los pezones sobresalen, afilados y puntiagudos, rojos y sensuales.
Deslizo las manos por su suave piel, con el pulgar trazando círculos alrededor de su pezón, mientras ella me recorre con las manos el cuello, la mandíbula y los brazos.
Gime cuando le pellizco los pezones. Noto cómo se me vuelve a poner dura. No sé cómo es posible tan pronto.
Ella se da cuenta y desliza la mano por mis testículos y la sube por mi miembro.
Todo cambia en un instante. En lugar de una exploración lenta y lánguida, todo se vuelve más urgente.
Le amaso los pechos, la provoco y le doy golpecitos en los pezones.
Su pierna sigue sobre mi cadera, y ella se arquea para acercar nuestros cuerpos.
—¿Más, cariño?
—Siempre más —responde. No hace falta que me lo repita. Alargo la mano para coger otro condón y ella me lo quita—. Está muy ceñido —dice mientras me lo pone—. Casi eres demasiado grande. —Sabe exactamente qué decir para ponerme duro como el acero.
Me agarra por el tallo y me mira. Suspira y cambia de postura.
Los dos nos movemos, de modo que yo quedo tumbado de espaldas y ella a horcajadas sobre mí.
Sigue sujetándome la erección y desliza el glande entre sus pliegues.
Ojalá pudiera sentirla sin nada entre nosotros.
Quiero estar más cerca. Desearla más, si es que eso es posible.
Coloca la punta de mi miembro en su entrada y me hunde lentamente en su interior.
Cierra los ojos, como si sentarse sobre mí fuera lo más maravilloso que le haya pasado nunca. De verdad espero que lo sea. Quiero regalarle hasta el último momento de felicidad de su puñetera vida. Quiero estar a su lado cuando le pase algo bueno para poder ver la felicidad en sus ojos.
Arquea la espalda y sus pechos se levantan, y yo los agarro. Su peso en mis manos es perfecto. Deslizo las manos hasta su cintura y ella empieza a moverse, balanceando las caderas hacia delante y hacia atrás, empujándome cada vez más y más dentro de ella.
Verla así, encima de mí, con el pelo sobre los hombros, ver sus pechos, su vientre, sus piernas a los lados de mi cuerpo…
No puedo imaginar nada mejor. Por un fugaz segundo, me pregunto por qué no lo hicimos antes.
¿Por qué no nos acostamos juntos cuando estábamos en Martha’s Vineyard ?
Entonces me doy cuenta de que no habría sido posible.
Si hubiéramos estado así toda la noche, no habríamos querido parar nunca.
Habríamos querido quedarnos desnudos, explorándonos el uno al otro durante todo el fin de semana.
Estar con Lucy es adictivo, incluso sin el sexo.
Cuanto más tiempo paso con ella, más quiero pasar con ella.
Me pregunto si ese sentimiento desaparecerá alguna vez.
—Ay, Hunter —susurra Lucy. Su tono es vulnerable y sincero.
Soy plenamente consciente de que no hay mucha gente que vea este lado de Lucy.
No tiene tiempo para mostrarse vulnerable cuando está demasiado ocupada intentando hacernos felices a todos.
Está tan preocupada por la felicidad de los demás que, con demasiada frecuencia, se olvida de quién es y de lo que quiere.
Le rodeo el trasero y la pego más a mí, y la penetro más profundo y más fuerte.
Ella jadea, se echa hacia delante y pone las palmas de las manos sobre mi pecho.
Cuando levanta las caderas hago que descienda de nuevo sobre mi miembro.
Su estrechez me tiene totalmente hechizado.
Me provoca un cosquilleo que recorre mi cuerpo en zigzag, haciendo que la desee aún más—.
¡Ah, Dios! —exclama. No le falta mucho para correrse otra vez.
Mi pecho se hincha y empujo hacia arriba para encontrarme con su estrecho sexo. Sí, va a correrse otra vez.
Me incorporo para estar más cerca de ella. Sus rodillas están a los lados de mi torso, apretándome, tensas. Sus pechos están pegados a mí y no deja de moverse, haciendo que me hunda e ella una y otra vez.
La rodeo con mis brazos y le doy besos en la clavícula. Es tan suave, tan buena, tan estrecha, tan perfecta… Todo en ella es absolutamente perfecto.
Me rodea el cuello con los brazos. Estamos tan cerca que sus movimientos son más limitados, pero todo es más intenso.
—Me encanta… Me encanta follar contigo —me susurra al oído.
—A mí también me encanta follar contigo —le respondo. Pero no es eso lo que quiero decir. Al menos, eso solo no. Hay más. Es solo que no encuentro las palabras adecuadas.
Pone su frente sobre la mía y nuestras respiraciones se entremezclan cuando alcanzamos el orgasmo; es como si estuviéramos compartiendo el mismo clímax. Sus gemidos entrecortados prolongan los míos, me dan ganas de que este momento se alargue para siempre, que dure horas.
Se aferra a mí mientras su respiración vuelve a la normalidad.
Me dejo caer sobre la cama, llevándola conmigo.
Sigo abrazándola con fuerza porque quiero que estemos lo más cerca posible el mayor tiempo posible.
No quiero que esta noche termine nunca. No quiero tener que dormir y perderme ni un solo momento con ella.
Quiero saborearla. Mantenerla a salvo. Que siga siendo mía.