21 #2
Me echo un poco hacia atrás y le recorro la columna vertebral con el dedo. Me detengo en el cierre del sujetador y lo desabrocho. Trago saliva, le bajo el encaje y se lo quito.
Menos mal que ahora mismo no estoy mirándola de frente. No creo que pudiera soportar ver sus pechos; eso podría ser mi perdición.
Deslizo las manos por su cintura y por su vientre.
Subo poco a poco, y ella se echa hacia mí y apoya su suave espalda contra mi pecho.
Me agacho y le voy dando un beso tras otro en el cuello.
Sus manos se posan sobre las mías y me guían hasta sus pechos.
Gemimos al unísono. Son pesados y firmes, y cuando mis dedos encuentran sus pezones, me dan ganas de gritar a voz en cuello lo bien que me siento al tenerlos entre mis dedos.
Lo bien que encaja conmigo. Que esto es mejor de lo que jamás podría haber imaginado, y apenas hemos empezado.
Bajo una mano y acaricio el encaje de la parte superior de sus braguitas.
Me lo estoy tomando con calma porque no quiero que se sienta decepcionada.
Quiero que esté empapada, que me desee con locura.
No sé muy bien cuándo empecé a desear tenerla así, entre mis brazos, pero sea cual sea el tiempo que haya pasado, ha sido demasiado.
Si el sentimiento no es mutuo —si no la encuentro húmeda y ansiosa—, sé que me hará más daño de lo que debería.
Ella se retuerce contra mi mano, impaciente por sentir mi tacto. Deslizo los dedos bajo el encaje. Me da vueltas la cabeza al llegar a esa sedosa humedad. Echo la cabeza hacia atrás y suspiro.
—Joder, estás empapada —jadeo—. Como si llevaras una eternidad esperándome…
Ella se contonea contra mis dedos como si quisiera más. Así que le doy lo que quiere. Paso por su clítoris y me adentro entre sus pliegues.
—Hunter —gime ella. Se le doblan las rodillas y yo la rodeo con el brazo por la cintura para mantenerla en pie.
Deslizo los dedos por sus pliegues, acariciando y describiendo círculos, con los dedos empapados de su deseo por mí.
Nunca en mi vida me he sentido tan poderoso.
Mi pene se aprieta contra su espalda en respuesta, duro, turgente y más que listo para ella—.
Ah, Dios. —Lo dice como si nunca hubiera sentido nada parecido a mis dedos.
Como si fuera algo nuevo y mágico y estuviera viviendo una realidad desconocida—. Ah, Dios, Hunter.
—Eres maravillosa, joder. Y te noto tan perfectamente húmeda entre mis dedos, eres tan perfectamente suave, estás tan perfectamente preparada…
Su respiración es entrecortada y su cuerpo, cálido y suave, se ciñe contra mí justo donde debe.
—Te deseo… —Gimo al oír su confesión. Sí, hemos compartido cosas que nunca pensé que compartiríamos. Hemos hablado, nos hemos besado, pero esto… esto parece ser algo para lo que hemos nacido. Como si fuera nuestro destino o algo así—. Por favor. Te deseo —repite.
No puedo más. No puedo contenerme. Damos unos pasos hacia delante y le apoyo las manos contra la pared.
—Me estoy volviendo loco. Necesito estar dentro de ti con todas mis fuerzas. Llevo tanto tiempo pensando en esto, imaginándome cómo sería estar dentro de ti, los sonidos que dejarías escapar cuando te penetrara… —le susurro al oído.
Le bajo las bragas de un tirón, cojo un condón, abro el envase de un tirón y me lo pongo en un tiempo récord.
La necesito ya mismo.
Llevamos preparándonos para este momento desde Martha’s Vineyard , quizá incluso desde antes de eso. Y ahora, por fin, ha llegado.
Le separo las piernas con un empujoncito y pongo mi miembro contra su entrada. Ella gime como si fuera lo más maravilloso que haya sentido jamás, pero está desesperada por más. Tengo que tensar la mandíbula para evitar maldecir una y otra vez.
Apoyo una mano en su cadera y la otra en su hombro, y me deslizo dentro de ella.
Contengo la respiración y me hundo hasta el fondo, intentando no fijarme en su calor, en la presión, en cómo se le derrama la melena por la espalda.
Sus piernas se doblan y la agarro por las caderas.
—No, cariño. Tienes que ser fuerte. Porque ahora vamos a follar con fuerza. Y tienes que mantenerte en pie.
—Hunter . Por favor. —Su tono es dulce y suplicante. Sé que oiré su voz en mis sueños, suplicándome que follemos, durante el resto de mi vida.
Estoy oficialmente perdido.
Me retiro lentamente y luego me clavo en ella con fuerza, con los dedos hundidos en su piel, intentando mantenerla en su sitio.
Es tan perfecta, tan suave, tan cálida, tan increíble…
Miro hacia abajo y contemplo la imagen perfecta de mi pene rodeado por su sexo húmedo.
Aparto la vista. Es demasiado. La penetro una y otra vez.
Parece como si estuviéramos en una burbuja de felicidad.
Como si estuviéramos bajo un hechizo en el que todo se hace más intenso: los colores son más brillantes; los olores, más fuertes; sus gemidos, la nota perfecta.
La agarro del pelo y hago que eche la cabeza hacia atrás.
—Eres tan guapa… —le digo, empujando hacia delante—. Y tan estrecha, joder…
Su cabeza se ladea como si ya no tuviera fuerzas para mantenerla erguida.
—¡Hunter! —grita— . ¡Hunter! —Ah, Dios, oír mi nombre en sus labios me proporciona un nivel extra de placer que nunca antes había experimentado.
Quizá sea porque sé lo difícil que es impresionar a esta mujer.
Quizá sea porque sé que se esforzó mucho por odiarme.
En cualquier caso, saber que está a unos dos minutos de correrse, de alcanzar el orgasmo gracias a lo que hacemos, es como si me hubieran dado las llaves de un reino.
Es una sensación de euforia que nunca había experimentado— . ¡Hunter! —exclama—. No puedo…
Ahora está indefensa. Esta mujer es mía. Apenas puede hablar. Apenas puede mantenerse en pie.
—Estoy aquí. Puedes correrte. Te tengo. —Ella grita y se retuerce debajo de mí, y no puedo evitar pensar en cómo se está entregando en este momento.
Ese pensamiento me empuja al borde del precipicio, la penetro con fuerza y, por fin, me corro.
Con los brazos rodeándole la cintura, jadeo, intentando recuperar el aliento, intentando mantenernos a los dos en pie.
Dios mío. Ella. Lo. Es. Todo. Tiro el condón, la cojo en brazos, la llevo a mi dormitorio y la tumbo en la cama—.
¿Quieres agua? —Le doy un beso en la frente; ella se sonroja y niega con la cabeza—.
¿Con lo que acabamos de hacer es un beso en la frente lo que te hace sonrojar?
—Se encoge de hombros y extiende la mano hacia mí.
Me acurruco a su lado y nos quedamos tumbados, abrazados, mientras recuperamos el aliento.
Me dibuja círculos en el brazo con el dedo y mi pene empieza a ponerse duro.
Esta mujer podría destripar peces en un barco de pesca con mal tiempo y eso me pondría a cien.
No hay nada en ella que no me dé ganas de volver a follar.
Ella mira mi erección como si fuera una niña en una tienda de golosinas.
Luego, conmigo tumbado a su lado, abre las piernas.
Me río entre dientes—. ¿Otra vez? ¿Tan pronto?
¿Estás preparada para no poder andar mañana?
—Estoy dispuesta a no volver a andar nunca más si eso significa que vamos a follar de nuevo.
Gimo y cojo otro condón.
Quiero disfrutar de su cuerpo, chuparlo, morderlo y jugar con él; ahora mismo no puedo ni pensar; solo necesito estar dentro de ella, follar con ella. Es como si estuviéramos recuperando el tiempo perdido o algo así. Debo tenerla.
Me arrodillo para ponerme el condón y ella se mueve en la cama. Levanto la vista y veo que sus dedos se deslizan hacia su sexo.
Gimo al verla tocarse. En otro momento me habría bastado con sentarme aquí y contemplarla. Pero ahora mismo lo que hago es agarrarle la muñeca y meterme sus dedos en la boca; los chupo y saboreo su deliciosa humedad.
—Quiero tener el derecho exclusivo de hacer que te corras esta noche —mascullo. Una sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios.
—Sí, señor.
—Joder, Lucy —maldigo; la agarro por los muslos y tiro de ella hacia mí—. ¿Estás intentando que me corra antes incluso de que te haya penetrado?
Ella aprieta los labios formando una línea fina.
—¿Crees que podría…, señor?
Me acerco a ella y me echo sobre su cuerpo.
—Creo que podrías conseguirlo solo con mirarme.
—Entonces, ¿ya no soy una bruja demoníaca? —pregunta.
Vuelvo a penetrarla y sus uñas se clavan en mis hombros.
—Ojalá siempre seas una bruja demoníaca, Lucy Jones. No me verás quejándome.
—Si yo soy una bruja, tú eres el mismísimo diablo —dice entre risas.
—Pero soy tu diablo —respondo.
Nuestras miradas se cruzan. Nos estamos provocando, pero al mismo tiempo nos estamos diciendo algo profundo. La acepto tal y como es. La conozco. Y soy suyo.
En este momento, todo eso es verdad. Me siento completamente conectado a ella, completamente abierto a ella y completamente entregado a ella.
—Hunter —susurra, esta vez con tono reverente.
Acerco mis labios a los suyos, y nuestras lenguas se entrelazan como si estuviéramos sellando una promesa. Como si esto ya no se tratara tanto de un polvo urgente, de una necesidad física o de una liberación desesperada, sino más bien de una unión. Una unión de mentes, cuerpos y almas.
El placer va in crescendo como un coche que sube a la cima de una montaña rusa. Nuestros besos se vuelven descuidados y desenfrenados. Hay demasiado en lo que concentrarse, demasiado que sentir.
Ella abre más las piernas y yo la penetro más profundamente, deseando estar más cerca. Deseando formar parte de ella. Sus dedos recorren mi espalda y su respiración se vuelve más agitada mientras su cuerpo se contonea debajo de mí.
—Hunter, estoy a punto.
—Yo también —susurro—. Déjame verte.
Su mirada se vuelve vidriosa y yo me clavo en ella, que llega al orgasmo de golpe. Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida.