21
H unter
Me subo al Uber y jadeo como si estuviera respirando por primera vez en horas.
—No ha sido nada divertido —se queja Lucy—. Cenar con Katherine siempre es estupendo, pero esta vez no lo ha sido.
—Sí, esta noche se respiraba un ambiente raro. Ed estaba muy tenso. Pero, sinceramente, me ha alegrado saber que le cuesta mantenerse al día con el trabajo. A veces me pregunto si se da cuenta de que ya no está tan comprometido como antes.
—Por favor, Dios, cuando celebremos nuestra boda falsa, que no sea una fiesta de cuatro días en el lugar que elija mi madre.
Me echo a reír.
—Podemos fugarnos.
—La verdad es que el fin de semana en Martha’s Vineyard fue tan perfecto que me gustaría hacer algo así.
—Estoy convencido de que deberías pasar a trabajar a tiempo parcial antes de que te pida matrimonio. —Le sonrío, y ella me da un golpecito en el brazo con aire juguetón—. No le has contado a Katherine lo de la facultad de Derecho…
Se endereza en su asiento.
—No hay nada que contar —replica.
—¿Crees que no lo aprobaría?
—No lo sé. —Se lo piensa un momento—. No creo que a mi madre le gustara.
—¿Y eso importa?
Suspira.
—Sería más fácil si le pareciera bien. Así no tendría que aguantar que me diga que estoy demasiado centrada en mi carrera y que a los hombres no les gustan las mujeres demasiado independientes.
—¿Crees que eso es lo que diría?
—Probablemente.
—Bueno, para que conste, a mí me chiflan las mujeres ambiciosas, decididas e independientes.
Lucy aprieta los labios para reprimir una sonrisa.
No puedo resistirme: alargo la mano para acariciarle la cara y me agacho para darle un beso en esos labios carnosos y suaves.
Estamos en el asiento trasero de un coche y lo único que deseo ahora mismo es salir de aquí y tocarla.
Cuanto más la conozco, más la deseo. De verdad.
Me encanta cómo intenta proteger a Katherine.
Es una hermana muy cariñosa, pero me duele el corazón al ver que no puede ser sincera con ella.
Y quizá eso le impida ser sincera consigo misma.
El taxi pasa por un bache y la sacudida nos separa.
—¿Qué estamos haciendo? —pregunta ella—. ¿Por qué seguimos besándonos? Sabemos que esto no va a llevar a ninguna parte.
Tengo que rebuscar en lo más recóndito de mi mente para recordar por qué. Ah, sí, porque no queremos que la situación se vuelva incómoda cuando, inevitablemente, lo nuestro termine.
—Me gusta besarte —confieso, estirándome por encima del asiento para entrelazar mis dedos con los suyos.
—A mí también me gusta besarte. También me gustan los Hershey’s Kisses , pero tengo que resistirme a comerlos o me pondré enferma.
—Besarme no te va a sentar mal.
Reprime la sonrisa una vez más y mira por la ventanilla, pero no me suelta la mano; me invade una sensación de alivio.
No quiero que me suelte. No creo que vaya a querer jamás que me suelte.
Me gusta que me toque. Me gusta besarla.
Quiero más. Quiero conocerla mejor. Besarla más.
Escuchar hasta el último de sus pensamientos.
Nos dirigimos hacia mi piso, que queda más o menos de camino a su apartamento en Brooklyn.
He insistido en reservar el Uber con mi cuenta, así que ya está pagado.
Pero ella no tiene por qué cruzar el puente.
Podría quedarse en mi casa. Podríamos besarnos durante horas.
Podría sincerarse y hablarme de ella. Podríamos cogernos de la mano el resto de la noche.
—Eres consciente de que estamos mintiendo para proteger a tu hermana, ¿verdad? Y en realidad no estamos saliendo para proteger a tu hermana…
—Sí —dice ella con recelo, como si supiera que ahora va a venir alguna idea descabellada. No se equivoca.
—Bueno, he pensado que, dado que somos tan buenos mintiendo porque, al fin y al cabo, tenemos a Ed y a Katherine engañados, si fuéramos a…
No sé, a cenar de verdad, y las cosas salieran mal, podríamos mentir al respecto fácilmente.
Fingir que todo va bien. No tendrían por qué saber que nos odiamos.
Solo tendríamos que cambiar una mentira por otra.
Ella entrecierra los ojos como si realmente estuviera intentando concentrarse en lo que le estoy diciendo.
—¿Crees que deberíamos salir juntos?
Hago una pausa de un segundo o dos, pero solo para darle un toque dramático. Las palabras las tengo ahí, en la punta de la lengua.
—Pienso en ti todo el tiempo —confieso—. Aunque lleve semanas sin verte. Y ahora que por fin nos hemos visto, me lo he pasado genial. Me caes bien. Me gusta pasar el rato contigo. Me gustaría hacerlo más a menudo.
Esboza una lenta sonrisa.
—Tienes que prometerme algo. —En este momento, podría hacer que le prometiera prácticamente cualquier cosa—.
Que no habrá mentiras entre nosotros. Tienes que prometerme que siempre nos diremos toda la verdad.
Siempre. Sin mentiras por omisión, sin ocultarme cosas porque creas que van a hacer que te odie, o porque no quieras complicar las celebraciones que hagamos juntos.
Si me dices la verdad, siempre te respetaré, y si te respeto, no podré odiarte.
Puede que no me caigas bien, pero no podré odiarte.
—Trato hecho. —Es la promesa más fácil que he hecho nunca. Ella me sonríe.
—Entonces, vale.
—Vale.
—¿Te apetece que pasemos más tiempo juntos esta noche? —pregunta.
—Por supuesto.
El Uber se detiene delante de mi edificio con una sincronización perfecta, y salimos del coche.
—Pero tendré que irme a mi casa antes del trabajo. No tengo ropa para cambiarme —dice, práctica como siempre.
—Dejemos eso para mañana.
—¿Ya lo pensaremos mañana? Vale. —Se ríe—. Me vuelves loca, Hunter Bain.
Le cojo las manos entre las mías y la empujo contra la pared de mi edificio.
—Ah, ¿sí? —Le doy un beso en el cuello. Huele tan bien… a rosas y, no sé por qué, a aire marino.
Me agarra por los hombros y yo hundo la cabeza en su cuello.
—Sí. —Me separo y la levanto en volandas para llevarla al interior de mi edificio—.
Como si estuviéramos de luna de miel —ríe ella, echando la cabeza hacia atrás—.
Menos mal que he decidido trabajar a tiempo parcial.
—Su risa alegra el espacio que nos rodea.
Cuando entramos en mi piso, la dejo en el suelo, pero ella no aparta la vista de mí.
Esperaba que quisiera hacer un recorrido completo, que inspeccionara cada armario y cada cajón, pero tengo toda su atención.
Es como si me estuviera inyectando testosterona pura gota a gota—.
Bueno, ahora que ya estamos aquí, ¿qué planes tienes?
Dejo escapar un profundo gruñido que me sale del pecho. Ah, los planes que tengo para esta mujer.
La pego más a mí y la beso en los labios.
Nuestras lenguas se entrelazan y siento como si hubiéramos traspasado una línea.
Sí, ya nos hemos besado antes. Pero en todas las situaciones hasta ahora, hemos estado juntos porque alguien más exigía nuestra presencia.
Aquí y ahora, ella está en mi piso porque yo quiero que esté aquí y ella quiere estar aquí.
Las cosas han cambiado. Los dos lo sabemos.
Intento acercarme aún más a ella. Intensifico el beso porque necesito más, y mi autocontrol se va desvaneciendo.
Quiero desnudarla y lamerla de la cabeza a los pies, pero ya sé que me lo voy a tomar con calma.
Se merece todo mi respeto. Se merece el mejor sexo de su vida.
Y algo me dice que yo tampoco he disfrutado nunca de una experiencia como la que voy a tener con Lucy Jones.
Le agarro el trasero y la estrecho contra mi cuerpo. Ya estoy empalmado y quiero que sepa lo mucho que la deseo. Ella desliza la mano entre nosotros. Cuando su palma toca mi erección, gimo contra su boca.
Siento cómo me laten las venas del cuello mientras me restriego contra su mano.
No recuerdo haber deseado nunca a una mujer tanto como deseo a Lucy.
La he deseado desde aquella vez en Martha’s Vineyard .
Si Ed no fuera tan importante para mí, no habría podido contenerme y reclamar lo que me corresponde.
Y ahora estoy tan perdido que ni siquiera recuerdo el nombre completo de Ed. Ella forcejea con los botones de mi camisa. En cuanto la abre, desliza las manos por mi pecho. Su suave calor lo invade todo, templándome a su paso.
Me suelta y se da media vuelta.
—La cremallera —dice; levanta las manos y se retira el pelo de la espalda. Tiro hacia abajo de la lengüeta metálica y ella va soltando la melena, como si persiguiera mis dedos.
—Me encanta tu pelo —le digo—. Me encanta tu espalda.
—Le abro un poco más el vestido y le recorro la columna vertebral con los nudillos.
Ella se estremece, y yo le bajo el vestido hasta que se amontona a sus pies.
Se gira para mirarme, pero no son sus ojos lo que capta mi atención: estoy contemplando el encaje azul.
Las curvas. Los zapatos de tacón negros de charol.
Me deleito con la perfección absoluta de todo ello—. Eres preciosa.
—No paso tanto tiempo en el gimnasio como tú. —Señala con la cabeza en mi dirección.
—Tú. Eres. Perfecta.
—Ya te he enseñado lo mío. —Levanta la barbilla—
.Quítatelo todo. —Sonríe. Sabe que está siendo descarada y que a mí me gusta.
Demasiado. Hago lo que me pide: me quito la camisa y me bajo los pantalones y los calzoncillos a la vez.
Echa un vistazo a mi pene, hinchado y grueso contra mi vientre—.
Espero que no sea solo para aparentar —dice ella, ladeando la cabeza.
—Dejaré que seas tú quien lo juzgue —respondo, acariciándome. Da un paso hacia mí, pero, cuando intenta alcanzarme, la agarro de la muñeca—. Creo que vamos a empezar así. —La hago girar, de modo que su trasero me roza los muslos.
El corazón me late tan fuerte que me pregunto si ella podrá notarlo contra su espalda. Me siento débil. Las piernas apenas me sostienen y mis rodillas podrían ceder en cualquier momento.