20
H unter
Son casi las seis y media y todavía no he tenido noticias de Lucy.
¿Me habrá bloqueado o algo así? Nos llevábamos bien la última vez que nos vimos.
O eso creía yo. He estado hasta arriba de trabajo estas últimas semanas.
Tampoco es que Lucy no se me haya pasado por la cabeza.
Sí que se me ha pasado. Todos los días. Pero no he hecho nada al respecto.
La situación no ha cambiado. No podemos empezar lo que no podemos terminar.
Mientras bajo por la escalera de incendios de mi edificio, el móvil empieza a vibrar en mi mano y aparece el nombre de Lucy. Menos mal.
—¡Lucy! Te he enviado un mensaje hace horas.
—Estoy en el trabajo. Tengo cosas de verdad que hacer aquí. No me paso el día jugando al Candy Crush Saga , como tú.
Dios, cómo he echado de menos a esta chica. No puedo quitarme la sonrisa de la cara.
—Me alegro de oír tu voz, Lucy.
—Bueno —dice ella, con un tono ligeramente nervioso—, acabo de recibir el mensaje de que Katherine y Ed están en la ciudad. ¿Lo sabías?
—Me he enterado al mismo tiempo que tú. Ya sabes que estamos en un chat de grupo.
—Espera, ¿eso es un chat de grupo?
Mi sonrisa no hace más que crecer ante su tono cada vez más histérico. Llego al final de las escaleras y abro la puerta para salir al calor de la tarde neoyorquina. Hay mucha luz y tengo que protegerme los ojos con la mano, como si fuera un topo que ve el sol por primera vez.
—Han decidido venir esta noche en avión para poder cenar con nosotros y tener mañana todo el día libre para… algo relacionado con la boda. Me desconecto en cuanto empieza a hablar de los preparativos de la boda.
—Necesitamos un plan —dice Lucy—. Deberíamos vernos antes. ¿A qué hora es?
Me doy la vuelta y miro hacia el edificio en el que Lucy me dijo que trabajaba cuando nos encontramos por casualidad en Stranger than Fiction .
—¿A qué hora sales del trabajo?
—Ahora mismo. Tenemos que quedar con ellos a las siete, ¿verdad?
—Y no querremos llegar tarde —murmuro—. Entonces, ¿qué tienes pensado, Lucy Jones?
—En ese momento, la veo saliendo por la puerta giratoria del edificio que está al lado del mío.
Me quedo mirándola mientras levanta la cara hacia el sol, como si esperara hacer la fotosíntesis o algo así—. Estás guapísima —le digo.
Gira la cabeza bruscamente y me ve al instante. No me desagrada comprobar que la sonrisa le ilumina todo el rostro cuando nuestras miradas se cruzan.
Se acerca y tengo tiempo de fijarme en su figura de reloj de arena y en cómo consigue que la ropa de oficina resulte tremendamente sexy.
—Hola, forastero. ¿Cuánto tiempo llevas aquí fuera esperándome?
—Solo tres o cuatro horas.
Ella se ríe, y yo solo puedo quedarme ahí plantado, contemplándola. Es sencillamente preciosa.
—¿Y cuántas veces nos hemos visto estas últimas semanas? —pregunta. Por un momento me quedo sin saber qué responder, pero luego me doy cuenta de que quiere inventarse una excusa.
—He estado muy ocupado en el trabajo. Tú también has estado muy ocupada en el trabajo. Quizá hayamos quedado para comer un par de veces.
—Bien. Eso cuela. Katherine me ha preguntado un par de veces si te había visto. He sido bastante vaga, pero he mencionado lo de comer, así que eso cuadra.
Cogemos un taxi y, al cerrar de un portazo, me doy cuenta de lo pequeños que son estos coches. Lucy y yo no hemos estado tan cerca desde Martha’s Vineyard . Se estira la falda del vestido.
—Bueno —dice—. ¿Qué tal todo?
Me echo a reír ante su intento de entablar una conversación trivial.
—Como te he dicho, muy liado en el trabajo. ¿Y tú?
—Igual que tú. Y…
—¿Y?
—No lo sé. Hoy me ha pasado algo raro. —No respondo, porque quiero que me lo cuente solo cuando esté preparada— . La jefa de mi jefa, una de las socias junior, me ha llamado a su despacho y me ha dicho que quería ser mi mentora.
Intento cruzar la mirada con ella, pero mira por la ventanilla, al conductor, a su falda… A cualquier sitio menos a mí.
—Suena genial —apruebo—. ¿No te parece?
Lucy suspira.
—Creo que sí. Me ha dicho que tengo mucho potencial. — Se echa a reír, aunque su risa no tiene la misma energía desenfrenada de siempre—. Incluso me ha hablado de que fuera a la facultad de Derecho, a tiempo parcial, por las tardes.
—¡Vaya! —exclamo.
—¿Verdad? —Por fin me mira—. Es una idea descabellada.
—¿Lo es? ¿Quieres estudiar Derecho?
Se muerde el interior de la mejilla.
—No lo sé. Es que hace mucho tiempo que no pienso en ello. Ahora soy mayor. Y está la deuda. Quizás… —Niega con la cabeza—. Pero tenemos que hablar de otras cosas. Ya sabes, cosas de pareja.
—Creo que eso es lo que estamos haciendo.
—Me dedica esa mirada de «no me vaciles » que le queda tan bien, y no puedo evitar sonreírle.
Me alegro de verla—. Quizá deberíamos quedar para comer de verdad en algún momento entre ahora y la boda.
Así no tendremos que inventarnos nada: ya tendremos una lista.
Vuelve a morderse la mejilla.
—Tal vez. Pero necesitamos una coartada para ahora mismo antes de las diez próximas manzanas.
—Nos lo estamos tomando con calma. No nos hemos quedado a dormir en casa del otro; eso hace que sea más fácil que mentir y que no nos metamos en un lío. Hemos quedado para comer un par de veces en Stranger than Fiction y una vez para cenar.
—Es mejor que no hayamos conseguido quedar para cenar. Fijamos una hora, pero o bien tú trabajas hasta tarde, o bien lo hago yo, y tenemos que cancelarlo.
—Me parece bien —acepto—. ¿Eso te ha enfadado? —No sé por qué añado esa pregunta. Supongo que quiero saber si se enfadaría si cancelara la cena porque tengo que trabajar.
—¿Enfadada porque tuvieras que cancelar una cita por el trabajo?
Ni hablar. Tienes tu propio negocio. Entiendo cómo funciona.
Es una ocupación a tiempo completo, veinticuatro horas al día.
Me gusta tu dedicación. —Busca algo a tientas en su bolso.
Debe de notar que la estoy mirando, porque levanta la vista—. ¿Qué?
—¿De verdad piensas eso, o es parte de…?
—De verdad. La determinación y la ambición son cualidades atractivas, ¿sabes?
—Lo sé. ¿Qué opina Katherine de que vayas a la facultad de Derecho?
Saca un tubo de brillo de labios y se lo aplica con destreza en un par de pasadas.
—No lo sabe. No se lo he contado a nadie más que a ti.
— Chasca los labios y vuelve a guardar el brillo en el bolso.
El corazón me late con más fuerza en el pecho y me entran ganas de cogerle la mano entre las mías o de acariciarle las piernas.
Quiero tocarla—. Ya hemos llegado —dice cuando el coche se detiene—.
Recuerda, en caso de duda, cíñete lo más posible a la verdad.
—Entendido —respondo.
Katherine y Ed ya están sentados a la mesa, y los dos nos sonríen al vernos llegar. Katherine da un gritito al abrazar a su hermana.
—Habéis venido juntos. Es tan tan bonito salir en pareja.
— Se me revuelve un poco el estómago. Odio mentirle a Ed.
Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Pero todo está cambiando.
El trabajo ha pasado a un segundo plano para él desde que se ha comprometido en serio con Katherine, y yo lo noto—.
Acabo de pedir unos bellinis —anuncia Katherine—.
Los que tomamos en Martha’s Vineyard estaban increíbles. ¿A que nos lo pasamos de maravilla?
Pongo el brazo sobre el respaldo de la silla de Lucy. Fue un fin de semana estupendo.
—No me puedo creer lo grande que era esa lubina rayada — comenta Ed—. Era enorme.
Lucy se vuelve hacia mí.
—¿Pescaste algo? No me lo habías dicho. —No añade nada más, pero su expresión parece decir: «Pensaba que no te gustaba pescar».
—Pesaba unos dieciséis kilos —explica Ed antes de que yo pueda responder.
—¿Dieciséis kilos? —se sorprende Lucy—. ¡Era grande como un camión! Vaya bicho. —Se vuelve hacia mí—. ¿Lo llevaste bien? —Quiere saber si me mareé.
Asiento, y voy a contestar cuando Ed me interrumpe de nuevo.
—Ninguno de nosotros ha cogido nada ni de lejos del tamaño del de Hunter.
—Qué interesante —dice Lucy.
—Bueno, habladnos de vosotros dos. ¿Cómo os va?
—Estamos aquí para hablar de ti —replica Lucy—. ¿Qué hacéis aquí?
—Ah, hemos venido a la prueba del traje de Ed. Y hay una tienda de bodas por aquí que hace unos centros de mesa muy chulos. Tiene muchísima repercusión en Instagram. Phe pensado que, si lo acompañaba, podría echarle un vistazo.
—¿Y tú no tienes que trabajar? —le pregunto a Katherine. Sé que Ed tiene mucho que hacer. Pero Katherine también tiene trabajo.
—Desde Navidad estoy a tiempo parcial —suspira—. Me facilita mucho la vida. No sé cómo habría podido hacer frente a toda la organización de la boda si hubiera seguido a tiempo completo.
Se me tensa la mandíbula e intento que mi expresión no delate el estrés que me invade.
Sé que no debería sentirme molesto por lo que ha dicho Katherine, pero así es.
Aunque ella se esté encargando más de los preparativos de la boda que Ed, que sintiera la necesidad de pasar a trabajar a tiempo parcial para poder compaginarlo dice mucho de sus prioridades… y de las de Ed.
Lucy se mueve en su silla y me apoya la mano en la pierna. Es algo inesperado, pero reconfortante. Su cálido contacto me tranquiliza. No sé si es por saber que ella entiende lo que estoy pensando, o por sentir que tengo a alguien de mi lado, pero me relaja; mi mandíbula se relaja.
—¿Ya está todo listo? —pregunta Lucy—. No puede quedar mucho más por hacer, ¿verdad?
Katherine se ríe.
—Ay, estoy deseando decirte lo mismo cuando te cases. No se acaba nunca. Creo que es porque vamos a tener cuatro días completos de cenas, comidas y todo eso. Es mucho.
—Sí, ¿por qué hacéis eso? —le pregunto.