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L ucy
Siempre llevo una variante del mismo conjunto para ir al trabajo: vestido y chaqueta, zapatos de tacón medio, el pelo recogido y apartado de la cara.
Es mi uniforme. Mi armadura. Desde la pandemia, el estilo business casual se ha convertido en la nueva normalidad, pero tras el confinamiento volví al trabajo vestida exactamente igual que el último día que estuve en la oficina: preparada.
Me tomo mi trabajo muy en serio y quiero que la gente me tome en serio a mí.
No quiero distraerme pensando en qué me voy a poner para ir a la oficina cada día.
Siempre lo tengo claro. Porque siempre es lo mismo.
La jefa de mi jefa, Sharon, se acerca a mí desde su despacho.
—Ah, Lucy, estás aquí. Gracias por el informe que me has enviado. ¿Podemos comentarlo?
Iba a ir al baño, pero estoy segura de que puedo aguantarme.
—Claro. —No sé por qué quiere hablar conmigo.
Era un informe sencillo sobre el equipo de asistentes jurídicos que dirijo: en cuántos casos estamos trabajando, los casos en curso y el importe facturado.
Era un informe estándar del sistema, pero añadí información sobre quién trabaja en cada caso y cuáles son sus tarifas.
Sigo a Sharon hasta su despacho y me siento frente a su escritorio.
No llevo bloc de notas, pero saco el móvil del bolsillo de la chaqueta.
Soy bastante estricta con el uso del móvil en la oficina.
Ni siquiera lo cojo a menos que sea una emergencia.
Cuando deslizo el dedo para abrirlo y acceder a mi aplicación de notas, veo que tengo un mensaje de mi hermana y otro de Hunter.
Siento un cosquilleo en el estómago y tengo que luchar contra las ganas de abrir los mensajes y averiguar por qué Hunter se ha puesto en contacto conmigo.
Hunter y yo no nos hemos visto desde que compartimos un taxi de regreso a la ciudad desde LaGuardia, tras el viaje a Martha’s Vineyard .
Él me subió la maleta las tres plantas de mi piso sin ascensor en Brooklyn y nos despedimos con un abrazo, como viejos amigos.
Durante unos días, quizá incluso unas semanas, me pregunté si iba a llamarme o a enviarme un mensaje.
Me pregunté si debía llamarlo o enviarle un mensaje.
Pero él no lo hizo y yo tampoco. Cada día me ha resultado un poco más fácil contenerme y no ponerme en contacto con él.
—¿Querías añadir algo al informe? —le pregunto—. La mayor parte de la información la puedo obtener fácilmente del sistema.
—No —responde, y se sienta detrás de su escritorio.
Es una de las socias más jóvenes, así que su despacho no es grande, pero sigue siendo un despacho, y tiene ventana—.
El informe estaba bien. Quería hablar contigo de otra cosa.
—Se me encoge un poco el corazón. Siempre me meten en nuevos proyectos.
Me consideran una apuesta segura, y eso me gusta, pero también significa que mi carga de trabajo puede dispararse un poco—.
¿Alguna vez has pensado en ser abogada? —me pregunta.
Es lo último que esperaba que me dijera. Nunca me habían hecho esa pregunta. La gente da por sentado que, si eres asistente jurídica, no eres lo bastante inteligente como para ser abogada.
Trago saliva, intentando ganar algo de tiempo para pensar en una respuesta convincente.
—Supongo que en algún momento lo pensé…
—Porque eres muy inteligente. He consultado tu expediente académico. Sacaste buenas notas en la universidad.
—Sí —respondo.
—¿Pero nunca te planteaste estudiar Derecho?
Sonrío, intentando mantener la compostura.
—Lo pensé. Pero ya tenía una buena deuda por los préstamos de estudios, y el mercado laboral para los licenciados en Derecho por aquel entonces no era muy bueno. Pude conseguir un trabajo como asistente jurídica enseguida, así que… al final ese proyecto no salió adelante.
—Eso les pasa a muchas mujeres —murmura ella, como si estuviera hablando en clave—. Creo que todo se reduce a que, a veces, las mujeres no creen en sí mismas tanto como los hombres.
Las palabras quedan flotando en el aire, a la espera de que alguien las recoja.
No hace falta que sepa nada de las conversaciones que tuve con mis padres sobre la facultad de Derecho.
No hace falta que sepa que mi madre me dijo que sería muy caro, que la mayoría de la gente no aprueba el examen de acceso y que la mayoría de los que lo aprueban no consiguen trabajo y acaban en Starbucks.
No hace falta que Sharon sepa que mi madre me sugirió que me hiciera asistente jurídica y que «viera cómo me sentía al respecto dentro de un par de años».
—¿Conoces nuestro programa de mentoría para las mujeres jóvenes de la empresa? Está orientado a que lleguen a ocupar puestos de responsabilidad —pregunta.
—Creía que era para las abogadas —respondo—. Para las asistentes jurídicas no.
—Puede ser… ¿Sabías que el cincuenta y dos por ciento de los licenciados en Derecho que se incorporan a nuestro bufete son mujeres, pero que solo el once por ciento de esas abogadas llegan a ser socias?
—Bueno, no he analizado las estadísticas, pero me parece bastante acertado. —No hace falta contar cabezas para darse cuenta de la discrepancia en este y en cualquier otro bufete de Nueva York.
Sharon sonríe.
—Sí, bueno, todas lo vemos, porque todas lo vivimos. Pero se necesitan estadísticas para convencer a algunos de los hombres de esta empresa de que hay un problema. En fin, estamos intentando abordar esta disparidad de diferentes maneras. Me gustaría ser tu mentora, si te interesa.
—¿Para ayudarme a… progresar? ¿A conseguir un aumento de sueldo? ¿Ese tipo de cosas?
—Lucy, lo has hecho muy bien en este bufete. Eres inteligente y organizada, y sabes tomar la iniciativa. Pero creo que eres capaz de más. De mucho más.
Siento un cosquilleo de emoción en el vientre.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad. Creo que te han subestimado.
No sé muy bien por qué. Pero he pensado que podríamos trabajar juntas para ayudarte a desarrollar todo tu potencial.
—Se me hace un nudo en la garganta. No recuerdo haberme sentido nunca como algo más que un número en el trabajo.
Así son las cosas. Te pagan un sueldo y tienes que hacer un trabajo.
Pero estamos hablando de potencial y de apoyo, y no recuerdo haber tenido antes una conversación como esta con nadie.
—Me gustaría mucho —consigo articular con voz ronca.
—Obviamente, no quiero empujarte hacia un camino con el que no te sientas cómoda —dice ella—.
Pero mi antigua universidad tiene un programa nocturno en el que los estudiantes pueden cursar la carrera de Derecho a tiempo parcial.
Es cierto que así se tarda más en terminarla, pero quizá te interese informarte sobre el programa.
—Ah, ¿en serio? ¿A qué universidad fuiste?
—A Fordham.
Se me salen los ojos de las órbitas.
—¿Fordham? Bueno, es imposible que yo entre en un programa en Fordham.
—¿Por qué no? —pregunta.
—Bueno, porque… es una universidad de élite, y…
—He visto tus notas. He visto tus trabajos. Tendrías que presentarte a las pruebas de acceso a la facultad de Derecho, pero no la descartes tan rápido ni te des por vencida antes siquiera de haberlo intentado.
—Aunque, en algún mundo mágico de fantasía, lograra entrar en Fordham, nunca podría permitírmelo.
No te ofendas, pero el sueldo me da para cubrir los gastos básicos y poco más.
Desde luego, no es suficiente para hacerles frente a las tasas de la Facultad de Derecho de Fordham.
Ni siquiera con un plan de pago de esas tasas.
Espero que esté de acuerdo conmigo y acepte que no soy la persona adecuada para ser su protegida. Que entiende que sería una pérdida de tiempo. Pero no lo hace.
—Como ya he dicho, el bufete ha creado este programa para que las mujeres puedan acceder a puestos de mayor responsabilidad.
Contamos con los medios económicos para hacerlo.
Tampoco estoy diciendo que podamos pagar la matrícula completa, pero, dependiendo de tu nota en el examen de acceso y de la facultad en la que entres, sin duda consideraríamos pagar una parte.
Y, por supuesto, tendrías garantizado un puesto de trabajo aquí como abogada cuando te gradúes.
Me quedo con la boca abierta.
—¿Me darías una beca o algo así?
—Depende de las circunstancias. Como ya he dicho, tu nota en el acceso y el programa en el que entres serán factores a tener en cuenta, pero lo consideraríamos. Yo mediaría en tu favor. Y, obviamente, podría ayudarte a conseguir otras ayudas económicas. Conozco a mucha gente en esta ciudad.
Me da la sensación de que debe de haber alguna trampa. Quizá me haya confundido con otra persona. Quizá mi expediente se haya mezclado con el de alguno de los otros asistentes jurídicos.
—¿Sabes que estudié en la pública de Massachussets? —le pregunto, por si acaso me ha confundido con otra persona.
—Sí, lo sé. Mi marido estudió allí. ¡Vamos, Beacons! — Levanto los puños en el aire como si estuviera agitando unos pompones—. Sé que no esperabas algo así, y quizá tengas otras prioridades, pero me gustaría que le dieras una vuelta.
—Tienes razón, es toda una sorpresa. Pero sin duda me gustaría estudiarlo.
—Hazlo. —Asiente—. Luego reserva un rato en mi agenda dentro de un par de semanas y lo hablamos. No hay ninguna presión, así que, si decides que estudiar Derecho no es lo tuyo, no pasa nada. Voy a seguir apoyándote en tu puesto actual, si eso es lo que quieres.
—Gracias. —Me dan ganas de darle un abrazo.
Solo la idea de que ella se haya fijado en mí y haya pensado que merecía la pena reunirse conmigo para hablar de mi carrera es más de lo que jamás podría haber esperado.
¿Que quiera ser mi mentora y crea que tengo potencial?
No recuerdo que nadie haya pensado nunca que tuviera potencial.
En el colegio me comparaban constantemente con Katherine, y siempre salía perdiendo.
Con mis padres pasaba lo mismo. Estoy segura de que, en algún momento u otro, intentaron apoyarme y animarme, pero no lo recuerdo.
Que Sharon me haya elegido entre mis compañeros me hace sentir un poco incómoda, como un vestido precioso que encuentras en las rebajas y que te queda un poco pequeño.
Sabes que, si perdieras cinco kilos, te quedaría estupendo, pero ahora mismo, quiero ese vestido, sin importar los cinco kilos de más.
Estoy emocionada y aterrorizada a la vez.
Pero mi corazón está lleno de esperanza.