17
H unter
Cojo una bandeja con bebidas del bar, ya que estaba tardando demasiado en llegar a nuestra mesa, y regreso con nuestro grupo.
—Aquí está Hunter Bain, la Lengua. —Ed cree que se le ha ocurrido el apodo más divertido del mundo, ¿y quién soy yo para aguarle la fiesta?
Besar a Lucy Jones ha sido… Bueno, desde entonces no he podido dejar de sonreír.
Todos cogen un chupito de tequila de la bandeja, y Ed levanta su botella para brindar con los chicos—.
Ya sabes que ahora tienes que casarte con ella.
— Tenso un poco la mandíbula. Sé que está bromeando, pero aun así, es demasiado.
No quiero pensar en nada más que en este momento—.
No hay forma de que podáis romper —continúa.
—¿Por qué ibas a hacerlo? —dice Fisher, como si ya se hubiera decidido en comité que me voy a casar con Lucy Jones—. Está buenísima y parece que te mantiene alerta.
—Lo dice el soltero empedernido —respondo.
Fisher se limita a encogerse de hombros y a sonreírme.
—Haz lo que digo, no lo que hago.
—Tienes que dejar de adelantarte a los acontecimientos — le respondo a Ed. Si tan solo supiera que hoy ha sido nuestro primer paso hacia el terreno romántico y que hasta ahora todo había sido una farsa… ¿O quizá nada ha sido una farsa? Al menos lo que sentíamos…
—Pero lo digo en serio —replica Ed—. Somos una familia: tú, yo, Katherine y Lucy. —Hay una vulnerabilidad en su tono que me hace un nudo en la garganta—. No puedes estropearlo todo, Hunter. No quiero tener que elegir entre invitarte a ti o a Lucy a las fiestas y celebraciones.
—Ya lo has dicho —le recuerdo.
—Y lo digo en serio. Tienes que portarte bien.
Como para darle la razón, alguien me da un golpecito en el hombro. Cuando miro a mi alrededor, veo a una chica rubia muy guapa a mi lado, sonriendo.
—Me preguntaba si estás soltero y si quieres mi número — dice frunciendo la nariz de una forma que probablemente me habría parecido adorable hace unas cuarenta y ocho horas—. ¿Te conozco? ¿Eres famoso?
—Desde luego que no soy famoso. Y tampoco estoy soltero.
Pero gracias por preguntar. —Se le ensombrece un poco el rostro, y no sé muy bien si es porque no soy famoso o porque no estoy soltero—.
Pero tengo un par de amigos que están muy solteros, aunque tampoco son famosos.
—Le echa un vistazo a nuestro grupo—. Fisher, te presento a…
—Lindsay —dice, olvidándose de mí al instante. Fisher se levanta y se van juntos a la barra.
No solo se trata de que tenga pareja oficialmente ni de que, extraoficialmente, no me interese Lindsay, sino que además soy un casamentero. Me siento bastante bien.
—A eso me refería… —se lamenta Ed—. Estás acostumbrado a espantarlas como moscas. Tienes que ponerte manos a la obra de verdad, porque si rompes con Lucy, lo que ya es totalmente inaceptable bajo cualquier circunstancia, está claro que no puedes engañarla.
—Entendido —respondo. Nunca he engañado a nadie. La verdad es que nunca he entendido a los hombres que engañan. Si quieres a otra mujer que no sea la que tienes, rompe con ella y quédate con la nueva. No hace falta ser un capullo.
—Considérate advertido —añade Ed.
Entiendo que esté preocupado. De verdad que sí.
Si lo pienso un poco, yo también lo estoy.
No quiero estropearlo todo y acabar viendo a Ed aún menos de lo que lo veo ahora.
Si lo hubiera pensado con claridad, me habría mantenido alejado de Lucy, pero ya es demasiado tarde.
Y, sinceramente, Lucy y yo hemos ido avanzando en esta dirección desde que nos vimos por primera vez.
No me atrajo de inmediato, pero sí me interesó desde el primer momento.
Me llamó la atención, y eso dice mucho cuando, el noventa y nueve por ciento de las veces, toda mi atención se centra en el trabajo.
Hay un alboroto al otro lado de la barra. Cuando levanto la vista, veo a Katherine y al resto del grupo de la despedida de soltera dirigiéndose hacia nosotros. Katherine va hacia Ed, y cuando Lucy pasa a mi lado, la agarro de la mano y hago que se siente en mi regazo.
—¿Pensabas que podías pasar de largo sin más?
Me sonríe, con los ojos brillando a la luz de las velitas de la mesa.
—¿Por qué estoy sentada en tu regazo?
—¿Hay algún otro sitio en el que prefieras estar? —le pregunto.
Intenta no sonreír, pero se le da fatal. Las comisuras de sus labios se le mueven y sus ojos verdes brillan. Levanta la vista y echa una ojeada a la fiesta, pero nadie nos presta atención. Todos están absortos en sus propias conversaciones.
—¿No nos odiamos? —me susurra al oído.
—No sé tú, pero yo no te odio —le digo, sin apartar la mirada de la suya.
—Yo tampoco te odio. —Cierra los ojos con fuerza, como si le costara demasiado admitirlo.
Me río entre dientes.
—Estoy impresionado. —Deslizo las manos por sus piernas—. Esto no me desagrada tampoco. —Le recorro los labios con el pulgar—. Ni esto. —Deslizo los dedos desde su clavícula, entre sus pechos, hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo—. Nada de esto me desagrada.
Sus mejillas se tiñen de rosa.
—Pero se supone que deberíamos odiarnos…
Niego con la cabeza.
—Las cosas cambian. Cuando empiezas a adentrarte más allá de la superficie, ves cosas que antes no estaban ahí.
—¿Como qué?
—Como el amor que sientes por tu hermana. Lo mucho que deseas que tu madre te quiera.
Ella me mira con el ceño fruncido.
—Mi madre me quiere.
—Claro. Pero te preocupa que no lo haga a menos que todo sea perfecto.
—Me voy dando cuenta de ello mientras hablo.
Todos los fragmentos sobre Lucy van encajando, y la mujer que es empieza a tomar forma.
Solo quiere que la quieran y la acepten.
Como todo el mundo. —Me mira como si fuera un perro que habla o algo así—.
Y ahora veo más allá de tus reprimendas hacia mí —continúo—.
La necesidad de controlarlo todo y a todo el mundo, el deseo de complacer a Katherine y a tu madre y… a todo el mundo.
—Hunter —dice ella, con voz tranquila y frágil. No sé si me está pidiendo que pare.
Alzo las manos.
—Estabas preciosa con ese vestido amarillo. Eres adorable. Amable. Generosa.
Apoya sus palmas contra las mías y entrelazamos los dedos. Se echa hacia delante y me da un beso en los labios. Es suave y ligero, y al instante me hace desear más. La quiero toda para mí. Se aparta, sin dejar de mirarme fijamente.
—No creo que nadie me haya visto nunca así —susurra—. Según tú, soy…
—¿Guapa? —sugiero—. ¿Abnegada? ¿Considerada?
—Iba a decir… que estoy bien.
Hay algo en la forma en que se describe a sí misma como solo «bien» que me llega directamente al corazón. Me dan ganas de cogerla en brazos y llevarla a algún lugar donde pueda protegerla de todo.
—Eres mucho más que alguien que está bien sin más, Lucy Jones.
Quizá pueda verla tal y como es, o al menos más de lo que jamás ha mostrado a nadie antes.
Tiene las mejillas sonrosadas y mira mi copa, que está sobre la mesa, como si estuviera contemplando un cuadro famoso o algo así.
—¿Qué estás bebiendo? —pregunta con voz cantarina.
—Tequila —digo, moviéndome en mi asiento—. Voy a buscarte una copa. ¿Qué te apetece?
Nuestras miradas se cruzan y no puedo evitar preguntarme cómo será en la cama.
Qué le gusta en la cama.
Quiero quedarme aquí mismo, así —dice, y me tiende la mano—. ¿Me das un sorbo?
Me acerco de nuevo a ella y la pego a mí.
—¿A ti? Por supuesto. Lo que sea. Cuando quieras. —Cojo el vaso y se lo pongo en la mano. La observo mientras saborea el líquido ámbar, sin poder apartar la mirada de su boca y de sus labios húmedos. Quiero lamer el tequila de cada centímetro del cuerpo de esta mujer.
Me devuelve el vaso.
Acaricio con los labios el mismo lugar del que ella ha bebido y le doy un trago. Vuelvo a dejar el vaso sobre la mesa y le doy un beso. Este podría ser el día más perfecto de mi vida.