16
L ucy
Recorro con la mirada la mesa de la terraza, observando todas las conchas, la cartulina, los trocitos de cordel y las tijeras, y luego vuelvo la vista hacia mi creación, que tengo delante.
He dispuesto las conchas sobre un trozo de cartulina negra de modo que formen un corazón.
No sé si es por el contraste de los colores de las conchas con ese fondo tan inusual o porque brillan de lo relucientes que están, pero el resultado es impresionante.
Soy prácticamente la puta Martha Stewart .
—Me encanta, Lucy —dice Katherine. El resto de las chicas exclaman «Oh» y «Ah» en señal de aprobación y admiran sus propias creaciones.
Katherine ha hecho una campana de viento con sus conchas.
Alison ha pegado las suyas en círculo sobre un fondo blanco.
Luna ha dejado de lado su proyecto para prepararnos a todas el segundo cóctel del día—.
¿Se lo vas a regalar a Hunter? —pregunta.
Giro la cabeza bruscamente para comprobar si la he oído bien.
—Por supuesto que no. Voy a buscar un marco y lo colgaré en mi piso. En la cocina, tal vez.
—¿Hay sitio en tu cocina? —pregunta Luna, dejando una bandeja llena de bellinis sobre la mesa.
—Probablemente no. En el baño, entonces. O en mi dormitorio.
—Coge una copa —ofrece Luna—. Brindemos. — Dejamos a un lado lo que estábamos haciendo, cogemos una de las copas altas y nos colocamos en círculo para brindar—. Por Katherine y Ed —añade, alzando la copa.
Katherine sonríe, radiante, y noto una sensación de calidez en el estómago. Me alegra mucho verla tan feliz. Ha merecido la pena todo el esfuerzo para organizar este fin de semana.
El ruido de los coches al aparcar delante de casa capta nuestra atención.
—Ay, Dios —digo—. Van a oler a pescado.
—Creo que se han duchado, se han cambiado y luego han salido a comer —aclara Katherine.
—Un poco más civilizado. Lo cual es sorprendente. —Pongo los ojos en blanco, pero luego recuerdo que se supone que estoy saliendo con Hunter, en lugar de convencerme a mí misma de que es repugnante.
Solo espero no sentir ese cosquilleo desconocido en el estómago cuando lo vea. No quiero enamorarme de un chico así. Y menos aún de uno con el que comparto la cama.
Las charlas de los chicos llenan el ambiente. Son ruidosos y están llenos de vida. Quizás el almuerzo incluyó un par de cervezas.
Cuando doblan la esquina de la casa y nos ven, prorrumpen en vítores, y no puedo evitar soltar una risita al ver cómo hacen el tonto.
Ed sube corriendo los escalones hacia Katherine y saca del círculo levantándola en volandas.
Hunter es el siguiente: sube los escalones de dos en dos y se abalanza hacia mí como si fuera a atravesarme. Doy un paso atrás para que no choque contra mí, pero él sigue avanzando, y yo me alejo de él y del grupo.
—Dime que me has echado de menos. —Me sonríe como si acabara de ganar la lotería.
—¿Qué? —pregunto, pero en mis labios aparece una sonrisa.
—Dime que has estado pensando en mí todo el día. —Su tono es arrogante, y una parte de mí quiere darle un puñetazo para que se le pase. La otra parte de mí nota cómo se me endurecen los pezones contra la camiseta.
Entrecierro los ojos. ¿Lo dice en serio? Estamos demasiado lejos del resto de nuestro grupo como para que nadie nos oiga.
—¿Pensando en ti?
Reduzco el paso y él se acerca todo lo que puede sin tocarme. Nuestros pies están uno contra otro, y él agacha la cabeza hasta que su rostro queda a un centímetro del mío.
—Dímelo —exige con tono desafiante. El corazón empieza a latirme con fuerza y no consigo recuperar el aliento. El calor de su cuerpo me envuelve. Su sonrisa me hace sentir mareada. El aroma de su piel recién lavada inunda mis fosas nasales. Todo esto me abruma—. Dímelo —repite.
—Me has venido a la mente al pensar en cómo me has torturado al no decirme que tenías las pelucas. —Él sonríe y desliza la mano desde mi cadera hasta la parte baja de la espalda—. ¿Por qué no me lo dijiste? Sabías que estaba enfadada contigo.
—Creo que, en el fondo, te gusta estar enfadada conmigo.
—Pongo los ojos en blanco. Como si a alguien le gustara enfadarse—.
Yo sí he estado pensando en ti. —Me da un beso en la coronilla.
¿Se habrá dado un golpe en la cabeza ahí, en el barco, y habrá vuelto convencido de que estamos saliendo de verdad?
—¿Estás bien? ¿Cuántas cervezas te has tomado? —le pregunto.
—Quiero besarte —responde.
—Ah. —Estoy demasiado sorprendida como para pensar en una buena contestación.
—He estado pensando en cómo sabrás. En cómo será sentirte.
—Hunter —susurro.
—Lo digo en serio. De verdad.
Nuestras miradas se cruzan, y lo único que veo es a un hombre que sabe lo que quiere.
Decidido. Seguro de sí mismo y tremendamente sexy.
Le hago un ligero gesto con la cabeza. Es todo lo que necesita.
Me pasa la mano por el pelo y me mira los labios antes de agacharse y besarme. Mi mano se desliza tímidamente por debajo de su camiseta y casi gimo cuando mi palma toca su cálida piel. Abro un poco la boca y su lengua se desliza entre mis labios, con urgencia. Presionando. Posesiva.
Lo noto en las rodillas, en la base de la columna, entre las piernas: es un ligero cosquilleo. Deseo. Anhelo. Necesidad.
Es el mejor beso que me han dado nunca y quiero más.
Él debe de sentir lo mismo, porque me pega a él. No hay espacio entre nosotros. Nuestros cuerpos se estrechan con fuerza mientras nos exploramos mutuamente. Una de sus manos desciende hasta mi trasero y hunde la otra en mi pelo.
Mis pensamientos empiezan a difuminarse y el sonido de las conversaciones de nuestros amigos se va desvaneciendo. Es como si alguien estuviera bajando el volumen de todo lo que no sea la sensación del cuerpo de Hunter contra el mío. Y esa se hace cada vez más fuerte más fuerte y más fuerte.
Vaya. Este chico se toma muy en serio los besos.
Un chillido detrás de Hunter nos interrumpe y nos separamos de un salto.
Hunter se da la vuelta y aparece Katherine, sonriendo como si fuera la novia más feliz del mundo en su despedida de soltera.
—Perdón por interrumpir —dice, antes de llevar a Ed a rastras junto a los demás.
Los vemos marcharse los dos, y voy a decir algo, pero antes de que pueda articular palabra, Hunter mete su pierna entre las mías y me acaricia la cara. Como si el primer beso no hubiera sido suficiente… Como si necesitara más.
La barba incipiente me roza la piel, y es como si fuera una cerilla que raspara contra la franja de encendido de una caja. Voy a estallar en llamas si sigue así.
Mis pezones se tensan contra el encaje de mi sujetador, nuestras respiraciones se entremezclan y su boca vuelve a posarse sobre la mía.
Él gime, y ese sonido recorre mi cuerpo, haciendo que se me ponga la carne de gallina.
Sus manos se deslizan por mi cuerpo, recorriendo el contorno de mis pechos, la curva de mi cintura.
Quiero que nuestra ropa se desvanezca, que todo el mundo desaparezca y quedarme solo con su calor, este beso y el sonido de las olas.
Al final, se aparta y apoya la frente sobre la mía.
—Llevo todo el día queriendo hacer eso —suspira—. Bueno, desde anoche, en realidad.
Me muerdo los labios para no sonreír.
—Bueno, pues ya está. Ya me has besado.
—Y tú has correspondido. —Me río de nuestro tira y afloja, jugueteando con el cuello de su camiseta—. ¿Sabes qué me gustaría? —pregunta.
—No me lo puedo ni imaginar. Ya me has sorprendido bastante hoy.
Se aparta un poco y apoya el brazo en el poste del porche que hay detrás de mí, de modo que sigue echado hacia mí.
—¿En serio? ¿No estabas pensando eso…?
—Vuelve a la parte en la que ibas a decirme lo que te gustaría.
Se ríe entre dientes.
—Ojalá estuviéramos aquí solo tú y yo. Solo por esta noche. Podríamos pasar el rato en el porche. Ver cómo rompen las olas. Tú podrías darme la lata por ser…, no sé…, yo. Yo haría como si nada. Y luego te sentaría en mi regazo y te besaría hasta el fin de los tiempos.
Tengo que apartar la vista y clavarla en el mar. La imagen que está describiendo es demasiado vívida. Demasiado tentadora como para poder mirarlo mientras la describe. Deslizo la mano por debajo de su camiseta y engancho los dedos en la cintura de sus pantalones.
—Eh —digo, dándole vueltas a la idea. Tampoco es que no haya pensado en Hunter de esta manera.
De hecho, he pensado en él así muchas veces en las veinticuatro últimas horas, pero no me esperaba esto.
Y menos tan pronto y de forma tan pública.
Y aunque me gusta sentirme… conectada con él, estoy asustada—. Suena bien.
Él sonríe y da un paso atrás.
—Claro. Pero las obligaciones de la despedida deben tener prioridad.
De verdad quiero que Katherine pase el mejor fin de semana de su vida. Pero justo en este momento, ojalá pudiéramos poner en pausa «El programa de Katherine y Ed» y desaparecer, solo nosotros dos, para ver si podemos vivir la velada que Hunter acaba de describir.