15
H unter
No hay una sola cosa que tenga que ver con la pesca que me resulte agradable.
Para empezar, el puto barco es un problema.
A pesar de haberme tomado las pastillas para el mareo que me ha dado Ed, no me encuentro muy bien.
Tengo el estómago revuelto desde que he pisado el embarcadero.
Y luego está el hedor a pescado. ¿Por qué se supone que esto es relajante?
Lo único que huelo es a pescado, y lo único que veo son cadáveres con los ojos vidriosos mientras el horizonte baila como si estuviéramos en Coachella. Una pasada.
Echo un vistazo hacia la playa. Juro que estoy a punto de tirarme al agua desde el barco y nadar hasta la orilla.
Me tienta muchísimo. Me pregunto qué habrá organizado Lucy para las chicas esta mañana.
Anoche, mientras hablaba con ella, sentía que las cosas estaban muy abiertas entre nosotros.
Como si, a pesar de nuestra pared de almohadas no hubiera entre nosotros ninguna de esas barreras emocionales que suelen existir entre las parejas al principio de una relación.
Quizá sea porque en realidad no estamos saliendo, pero no creo que sea eso.
Creo que es porque Lucy no puede ocultar sus sentimientos.
Y saber quién es de verdad en lo más profundo de su ser me hace sentir como si yo también pudiera mostrarle todo.
No creo haber tenido nunca algo así con nadie.
Quizá por eso me contuve y no me lancé por encima de la pared de almohadas que nos separaba para besarla.
No creo haber practicado nunca sexo combinado con intimidad emocional, y no sé adónde nos llevaría eso.
Algo empieza a tirar de mi caña, interrumpiendo mis pensamientos.
Suspiro y lo ignoro. La verdad es que no quiero pescar ningún pez.
Es asqueroso. Que esas malditas cosas sigan nadando a sus anchas, disfrutando de la vida, y vamos a tomarnos una cerveza.
Esa es mi filosofía sobre la pesca, pero a nadie le interesa porque todos se lo están pasando en grande.
Ed ya ha pescado dos lubinas pequeñas. Una tuvo que devolverla al agua.
La otra era grande y está en el cubo que tengo detrás.
—Oye, Hunter. ¿Han picado? —Ed señala con la cabeza hacia mi sedal, que cuelga de la popa de la barca.
—Ah —digo, como si me acabara de dar cuenta—. ¿Quizás?
Se acerca Brice, el guía de pesca.
—¿Puedes subirla tú? ¿O necesitas una mano?
Aunque no me gusta pescar, lo he hecho lo suficiente como para saber cómo sacar un pez del agua.
Me pongo manos a la obra, levantando la caña y manteniendo la tensión mientras enrollo el sedal.
Por el tirón, me doy cuenta de que va a ser uno grande.
El pez sale a la superficie y vuelve a sumergirse, pero me da tiempo a vislumbrarlo; es una lubina rayada.
—Parece una vaca y da la misma sensación —digo.
—¿Una vaca? —pregunta Ed.
—Una lubina rayada de más de veinticinco libras —responde Brice—.
Sabes de peces, hijo. —Brice coge una de las redes más grandes y la coloca sobre la borda.
Yo tiro de la caña. El pez se retuerce en el sedal, intentando liberarse, pero mi cerebro está programado para hacer esto.
Pesqué mi primer pez a los cinco años. No voy a dejar escapar a este cabrón.
Es uno grande, y quiero poder decirle a mi padre que lo he pescado antes de soltarlo.
Vuelvo a tirar; Brice ya tiene la red preparada.
Enrollo el sedal como un loco y lo saco del agua.
Brice lo recoge con la red—. Es un buen pez.
Hacía tiempo que no veía a un turista sacar uno tan grande.
Brice se pone manos a la obra para sacarlo de la red y colocarlo en la báscula. Calculo que debe de pesar al menos trece kilos.
—¿Es un lenguado? —pregunta Ed—. ¿Habías pescado antes?
Me encojo de hombros.
—Un poco. Con mi padre, cuando era pequeño.
—No lo sabía. La verdad es que pensaba que te daba un poco de asco.
No voy a decirle a Ed que me alegraría no volver a coger una caña de pescar en toda mi vida. No quiero que se sienta mal; está claro que se está divirtiendo, y ese es el objetivo de este fin de semana, ¿no?
Brad se pone a gritar.
—¡He pillado uno! Es fuerte.
Brice deja mi lubina retorciéndose en la cubierta del barco y la atención de todos se centra en Brad.
Debería devolver el pez al mar, pero no me importaría pesarlo primero.
Brad pierde lo que fuera que se le había enganchado en el sedal, y Brice regresa junto a mí. Al menos, desde luego, parece lo bastante grande.
—Debe de pesar unos quince kilos —comenta mientras lo coloca en la báscula. Observo cómo se estabiliza la aguja de la báscula. Dieciséis kilos. Mi mayor captura hasta la fecha. Reprimo una sonrisa. No debería sentirme tan satisfecho—. Coge este bicho y te haré una foto —propone Brice.
¿Por qué no? Siempre puedo borrarla. Quizá a Lucy le apetezca verla. Le paso el móvil y cojo el pez. Su tacto —su olor— me recuerda los veranos que pasé en el barco con mi padre.
Lo sostengo y miro a la cámara.
—Podemos comérnoslo esta noche —dice Ed—. Gran captura, Hunter.
—No. Tenemos un chef contratado para esta noche. —Echo un vistazo al reloj. Han pasado poco más de cinco minutos desde que lo cogí—. Será mejor que se lo devuelva al mar.
—Si vas a hacerlo, hazlo ya —dice Brice.
Lanzo la lubina por la borda del barco y observo cómo cobra vida al caer al agua. Apuesto a que pensaba que no iba a tener una segunda oportunidad. Espero que sobreviva.
Antes de que pueda echarme atrás, le escribo un mensaje a mi padre y le envío la foto en la que salgo con la lubina. Hace unos meses que no hablamos. Esto le alegrará el día.
A regañadientes, vuelvo a ocupar mi sitio junto a Ed.
—Eres impredecible —comenta Ed—. Primero sales en secreto con Lucy y ahora eres pescador.
No puedo evitar sonreír.
—No es ningún misterio. Solía ir a pescar con mi padre cuando era niño.
Hace años que no lo hago. —Salíamos todos los fines de semana.
Me encantaban esos fines de semana, a solas con mi padre.
Tenía muchas ganas de crecer para ser como él.
Por eso estudié Finanzas en la universidad.
Quería hacerme cargo del negocio familiar.
Quería convertirme en el hombre que él era.
Y entonces todo cambió.
—¿Has hablado con él últimamente? —pregunta Ed.
—¿Con mi padre? Claro. Hace unas semanas. —Es mentira. Pero una pequeña.
—No me refiero a eso. ¿Has hablado con él sobre el negocio?
Contemplo el mar.
—No. ¿Para qué? O bien sabía que el negocio iba a la quiebra y me dejó hacerme cargo de un barco que se hundía, o bien no lo sabía, lo que lo convierte en un idiota.
En cualquier caso, no tiene ningún sentido hablar con él sobre ello.
—Mi padre se jubiló por fin cinco años después de que yo me graduara en la universidad.
Había pasado esos cinco años aprendiendo el negocio de arriba abajo…
o eso creía. Conocía a los clientes. Entendía los requisitos normativos. Estaba preparado.
Pero no era así. Mi padre había mantenido en secreto los resultados financieros de la empresa.
Me había contado algunas cosas, pero no llegó a darme suficiente información como para hacerme una idea completa.
No puedo evitar pensar que fue a propósito.
Tenía que saber que Bain Insurance se encontraba en una situación financiera desesperada.
El contrato de alquiler de nuestras oficinas era demasiado caro y estaba redactado de forma tan estricta que era imposible rescindirlo, mudarnos o subarrendar.
Los sueldos de muchas de las personas que llevaban allí mucho más tiempo que yo estaban enormemente inflados, pero poseían un gran conocimiento de los entresijos de la empresa, por lo que era imposible despedirlos. Y no llegaban nuevos clientes.
Hice todo lo que pude para salvar el negocio. Era un caso perdido.
—Pero quizá tenga una explicación…
—Ha tenido tiempo de sobra para dármela. Han pasado casi seis años desde que nos acogimos a la ley de Quiebras.
Pasé mucho tiempo culpándome a mí mismo.
Mi padre había dirigido Bain Insurance durante la mayor parte de su vida profesional y había proporcionado a nuestra familia mucha estabilidad.
Teníamos una casa de vacaciones junto al lago.
Una vivienda en uno de los barrios residenciales más bonitos de Filadelfia.
Nunca nos faltó de nada. Era una vida idílica.
Una que yo quería replicar para mi propia familia.
—Quizá le dé vergüenza.
—¿Y por eso está bien que su hijo cargue con la culpa?
—Nadie cree que la quiebra de Bain tuviera nada que ver contigo.
Suelto una risa cínica.
—Claro que sí. Todos analizan la situación y ven que Brian Bain dirigió un negocio próspero toda su vida y que, al cabo de un par de años después de que su hijo tomara las riendas, todo se esfumó. Y él ha sido un cobarde todos estos años y nunca le ha dejado las cosas claras a nadie.
—Pero las razones por las que entró en concurso de acreedores se debieron a las decisiones que tomó tu padre.
Me encojo de hombros.
—Nadie lo ve así.
—Yo sí lo veo así.
—Porque te lo he contado, eres mi amigo y me crees.
—Entonces, ¿por qué no se lo cuentas a los demás?
—¿Y dejar en ridículo a mi padre?
Ya fue bastante duro darme cuenta poco a poco de que no era el hombre que yo creía que era.
En los primeros meses, cuando me hice cargo del negocio, solía ir a la ciudad y almorzábamos juntos o dábamos un paseo.
Pero sus visitas se fueron haciendo cada vez menos frecuentes.
Quizá fuera porque se estaba haciendo mayor.
Quizá tan solo se aburría. O quizá veía en mis ojos la decepción total y absoluta.
En primer lugar, porque no había construido el negocio próspero que yo creía que tenía.
Pero también porque me lo había cedido y, al hacerlo, me había colgado una losa al cuello.
Estaba condenado al fracaso. Había empezado con entusiasmo y lleno de energía, y para cuando cerré las puertas de Bain Insurance, estaba destrozado.
Había perdido la confianza en mí mismo, y cualquiera que pudiera ofrecerme un trabajo en Boston había dejado de atender mis llamadas. Era un fracasado.
—No sé por qué sigues protegiéndolo —dice Ed.
—No lo hago. Él sabe lo que pasó.
—¿Pero lo sabe de verdad?
—Si no lo sabe, es un hombre de negocios aún peor de lo que yo creía.
Ed niega con la cabeza. Entiendo que esté enfadado por mí. Pero no va a convencerme de que hable con mi padre sobre eso.
—Lo que de verdad me cabrea —continúa Ed— es que una parte de ti piense que es culpa tuya. Y eso es una tontería.
Estoy harto de pescar. Quiero bajarme de este barco. ¿Qué hora es, por cierto?
—¿Estáis listos para recoger los sedales? —nos pregunta Brice. Agradezco la interrupción.
Solo quiero regresar a tierra firme. Y ver a Lucy. He sido un cobarde al no haberla besado todavía. De ninguna manera voy a seguir siendo un cobarde. Le diré que quiero besarla, y podré saber por su expresión si ella también quiere.