14
L ucy
Cuando me despierto, el corazón me late con fuerza contra las costillas al recordar dónde estoy y con quién comparto la cama. Pero Hunter no está a mi lado. Me dirijo en puntillas al baño, y tampoco está allí.
Se habrá ido a pescar.
Claro. Se ha ido temprano. No he oído nada, y eso que suelo tener el sueño ligero. Miro el reloj: son las siete y media. Es hora de preparar el desayuno.
Me pongo una sudadera y estoy a punto de bajar las escaleras cuando casi tropiezo con las dos cajas que le llegaron ayer a Hunter. Las ha dejado justo al lado de la puerta. Encima hay una nota garabateada, firmada por Hunter, en la que me dice que las cajas son para mí.
Estoy muy confundida. Le pregunté qué había en las cajas, pero no me respondió. ¿Por qué querrá que las abra ahora?
Cojo la primera y enseguida me doy cuenta de lo que hay dentro: las pelucas.
Le di un montón la lata por haberse olvidado de ellas, y ya había hecho los arreglos necesarios para que las trajeran aquí.
¿Por qué no me lo dijo? Sonrío para mis adentros, compruebo que haya el número correcto de pelucas y luego bajo las escaleras.
Tengo que preparar el desayuno antes de que la gente se despierte.
Al llegar abajo oigo a alguien moviéndose por ahí y dejo escapar un pequeño gruñido. Quería ser la primera de nosotras, las chicas, en levantarme para poder poner la mesa y dejarlo todo bonito.
Pero cuando doblo la esquina hacia la cocina, Katherine está junto a la encimera, mirando su móvil, con una taza de café delante. Se vuelve, me ve y se le iluminan los ojos.
—¡Buenos días! Llevo despierta desde que Ed se ha ido a pescar. No he podido volver a dormirme. Estoy demasiado emocionada por poder pasar todo el día en este lugar tan bonito. No podrías haber elegido nada mejor.
Le doy un abrazo.
—Me alegro mucho de que seas feliz. Pero no puedo atribuirme ningún mérito por la casa ni por la ubicación.
Todo ha sido cosa de Hunter. —A Katherine le brillan los ojos.
Al instante, me arrepiento de haber mencionado su nombre.
Me sirvo una taza de café y enciendo el horno, como si no me hubiera dado cuenta de que Katherine está deseando hablar de Hunter.
—Parecéis muy a gusto juntos —deja caer Katherine. No es una pregunta y no requiere respuesta. Voy a la nevera y saco algo de fruta para preparar la ensalada—. ¿Os sentís a gusto? —pregunta Katherine, al darse cuenta de su error al no haberme hecho una pregunta directa.
Saco una tabla de cortar y empiezo a preparar la piña.
—Aún es pronto. Muy pronto y no va nada en serio. Él está ocupado con Portis. Yo estoy ocupada con mi trabajo. Probablemente se acabará el próximo miércoles…
—No digas eso. Sería perfecto que pudiéramos salir los cuatro.
—Tienes que dejar de obsesionarte con lo del cuarteto. Hunter y yo coincidimos por casualidad para organizar este fin de semana. Si no fuera por eso, ni siquiera nos conoceríamos.
—Eso no es cierto —protesta ella—. Tú eres mi hermana y él es el mejor amigo de Ed.
Los dos formáis parte de nuestras vidas para siempre.
—Le sonrío. Por mucho que yo quiera que todo sea perfecto para ella, Katherine desea mi felicidad con la misma intensidad.
¿Era eso lo que Hunter quería decir anoche?
¿Cree que lo dejo todo por Katherine y que ella no lo valora? — . Es muy guapo…
—Ya me lo has dicho —le recuerdo.
Pone los ojos en blanco y se baja del taburete.
—¿Quieres que te eche una mano?
—No. Voy a meter los cruasanes cuando el horno esté caliente y luego pondré la mesa. Ya tengo las magdalenas, pero creo que algunos querrán huevos…
—Si quieren huevos, que se los hagan ellos mismos — responde Katherine—. Tú no eres el chef contratado. —¿Ve Hunter este lado de Katherine? ¿El lado protector? ¿El lado que no quiere que yo haga tantas cosas?
—Estoy deseando que llegue el chef esta noche —respondo.
—Y yo también. Y hoy, durante el día, solo quiero pasear por la playa, recoger conchas y quizá ir un rato de compras después de comer, con un cóctel.
—Perfecto —respondo—. Solo para que lo sepas, he traído un par de pistolas de pegamento y otros materiales de manualidades, además de algunas ideas de Pinterest para cosas que podríamos hacer con las conchas que recojamos.
Ella sonríe.
—Siempre vas preparada para todo. ¿Cuál es el plan? ¿Pegárnoslas en el culo?
—Si eso te mola, estoy aquí para apoyarte.
—¿Hunter es un poco pervertido? —pregunta—. Me da esa impresión.
Se me revuelve el estómago y estoy segura de que me he puesto roja como un tomate.
—¿Te da la impresión de que es un poco pervertido?
¿Qué significa eso? —Mi mente vuela hacia Hunter anoche, en la cama, a mi lado.
La forma en que su camiseta se ceñía a su cuerpo como si le quedara una talla pequeña.
El vello que asomaba por el cuello. Me pregunto cómo sentiría su piel contra la mía.
Caliente. Dura. Áspera.
—¿Sabes? —dice ella—. Me imagino que en la cama debe de ser bastante dominante.
—¿Has estado fantaseando con eso? —río.
—¡Basta! No, pero no era virgen cuando conocí a Ed. He tenido otros amantes.
—¿Amantes? —pregunto—. ¿Te refieres a novios?
—Novios con los que me acosté. —Katherine tuvo exactamente dos «amantes» antes de Ed, y uno de ellos fue un rollo de una noche.
—¿Y los que eran como Hunter eran un poco pervertidos? —pregunto.
—Tampoco estoy diciendo que me haya acostado con alguien como Hunter. Es solo que… ¿Lo es?
Me río de nuevo.
—No lo sé. Todavía no nos hemos acostado. —No sé por qué lo digo, se me escapa sin más. Quizá la línea entre lo que es real y lo que es falso se ha difuminado y ahora estoy diciendo la verdad.
No nos hemos acostado. Todavía.
Todavía.
Todavía.
La palabra retumba en mi cabeza.
—¡¿En serio?! —chilla Katherine—. ¿Y por qué leches no lo habéis hecho?
Podría haber dado el paso anoche. Estábamos los dos tumbados uno al lado del otro, casi desnudos. Pero ni siquiera lo intentó. Quizá no le gusto. Aunque creo que sí. Al menos, a veces le gusto.
Me encojo de hombros.
—No hay ninguna razón en concreto.
—Bueno, no es por falta de química. Porque anoche, alrededor de la hoguera, todos vimos que había de sobra.
Me sorprende que vosotros dos no os hayáis incendiado.
—Me muerdo los labios para no sonreír. Sí, yo también había notado algo de esa química.
Pero él no dio el paso—. Y vais a compartir cama. Quizá esta noche… ¿Tienes condones?
Gruño.
—Katherine, por favor, no le cuentes nada de esto a Ed. Sé que a Hunter no le gustaría que todos estuviéramos hablando de…
—¿De por qué vosotros dos aún no os habéis acostado?
—Nos lo estamos tomando con calma. ¡Está siendo muy respetuoso! —digo, medio en broma, medio en serio.
Ella niega con la cabeza.
—Más le vale que esta noche sea menos respetuoso.
Unos pasos en las escaleras interrumpen nuestra conversación, y me llevo el dedo a los labios. No quiero de ninguna manera que mi vida sexual —o la falta de ella— sea tema de conversación mientras tomamos la ensalada de frutas.
Después del desayuno, nos duchamos y nos dirigimos a la playa. Nuestro tramo de arena no es privado, pero no hay mucha gente por ahí, solo alguna que otra persona paseando a su perro o corriendo. La brisa evita que haga demasiado calor, pero no hay ni una nube en el cielo.
Nos ponemos a buscar en la playa conchas de todos los tamaños. Cuando les enseño mis ideas de Pinterest, todas se entusiasman mucho. El entusiasmo sube un peldaño cuando sugiero tomar una mimosa a media mañana para acompañar nuestras pistolas de pegamento.
He traído unas tarjetas para pegar conchas, junto con papel de seda y un poco de cordel para el que aún no tengo un uso concreto. De momento.
—¿A que es precioso? —pregunta Katherine mientras paseamos por la orilla; está mirando hacia el horizonte y me detengo a su lado.
—Es un lugar precioso.
—Prométeme que podremos seguir haciendo cosas como esta cuando me haya casado…
Le paso el brazo por la cintura.
—¿A qué te refieres? ¿Cosas como buscar conchas en la playa?
—Solo quiero decir que pasemos tiempo juntas. No quiero que sea como con mamá cuando la vemos. Como si lo hiciéramos por inercia y solo estuviéramos allí porque tenemos que estar. No quiero que nos distanciemos.
La abrazo con más fuerza.
—No nos vamos a distanciar.
—Pero me voy a casar y probablemente me quedaré embarazada pronto, y todo el mundo dice que una cambia después de tener hijos.
Sigo queriendo ser tu hermana. Quiero salir contigo, tomarme unas copas a mediodía y hablar de chicos y esas cosas.
—Las palabras salen a borbotones, como si hubiera abierto la puerta de un armario lleno de trastos acumulados durante una década que ha estado intentando ocultar.
—Yo seguiré siendo tu hermana —la tranquilizo.
—Pero si tu relación con Hunter se pone seria, quizá os caséis el próximo verano, y entonces las dos seguiremos la misma trayectoria.
Intento no agobiarme ante la idea de casarme con Hunter en cualquier momento, pero sobre todo dentro de un año.
—No hace falta que sigamos el mismo camino para ser hermanas.
—Sabes que me voy a convertir en una pesada con el bebé, y vas a odiar venir a visitarme. Y con un bebé pegado a mi pecho, no voy a poder ir a Nueva York tan a menudo.
—Ya encontraremos una nueva normalidad —digo, intentando serenarla.
—Pero no quiero que nuestra nueva normalidad consista en que nunca te vea. Tú odias ir a Boston porque tienes que ver a mamá, y si yo no puedo ir a Nueva York por culpa de los bebés, las cosas se van a complicar.
Pienso en lo que dijo Hunter anoche sobre mi madre, sobre complacer a la gente y sobre los límites que no hay que traspasar.
—Yo también quiero que sigamos siendo siempre la misma clase de hermanas, Katherine. Puedo visitarte en Boston sin ver a mamá. —Katherine se aparta y me mira como si no hubiera oído bien lo que he dicho—. No tengo por qué verla cada vez que voy a Boston.
—¿De verdad vendrías a Boston y no la verías? Ella…
—¿Explotaría? —sugiero.
—Quizá. O te echaría un hechizo o algo así. —Se queda en silencio un momento, con la vista clavada en el mar—. Hunter te sienta bien, si de repente estás dispuesta a plantarle cara.
—¿Por qué crees que tiene algo que ver con Hunter?
—Bueno, ¿no es así? ¿Qué más ha cambiado?
Puede que Katherine tenga razón. La conversación que tuvimos anoche sobre los límites que hay que marcar no ha dejado de darme vueltas en la cabeza desde entonces. ¿Por qué me paso todo el tiempo sacrificándome por mi madre a costa de mi propia felicidad?
—Quizá solo necesite averiguar exactamente qué haría ella. De todos modos, tiene más sentido quedarme en tu casa. Tienes una habitación de invitados más bonita, y tú eres…
Katherine suspira .
—Ed quiere mudarse.
—¿Mudarse?
—Más cerca de la ciudad. Quiere llegar al trabajo más rápido y tener acceso al aeropuerto para ir a Nueva York. Dice que no quiere perder tiempo en los desplazamientos cuando tengamos hijos, o no podrá verlos durante la semana. Podríamos permitirnos algo bonito cerca de buenos colegios, y…
—Ay, Dios, Katherine. ¿Por qué no me has contado nada de esto?
Ella niega con la cabeza.
—Mamá se va a enfadar muchísimo porque nos vamos de Duxbury. Ya está hablando de que podrá venir a cuidar de los niños.
—¿Y tú qué opinas?
—Estoy asustada. Pero también ilusionada.
Siempre he querido vivir en Somerville. Es más animado que donde vivimos ahora, que donde crecimos.
Estoy preparada para algo diferente. Estoy preparada para darles a mis hijos una vida diferente a la que tuvimos nosotras.
Creo que es bueno que los niños crezcan rodeados de esa vida.
Abrazo fuerte a mi hermana. Todo está cambiando.
—Tienes razón. Mamá se va a poner como loca.
Katherine suspira otra vez.
—Lo sé. Pero con Ed de mi lado, no me importa.
—Estoy muy orgullosa de Katherine. Creo que jamás he hecho a propósito algo que supiera que nuestra madre no iba a aprobar.
Solo pensar en ir a Boston y quedarme con Katherine me da náuseas.
Hay algo en mí que es como un interruptor de seguridad que corta el circuito si alguna vez intento hacer algo que no se ajuste a los deseos de mi madre—.
Probablemente intentará convencerte de que regreses a Massachusetts —dice Katherine.
—Si lo hace, vas a tener que ayudarme a plantarle cara — mascullo—. No quiero irme de Nueva York.
—No voy a dejar que te vayas de Nueva York.
Tu carrera está ahí. Tus amigos están ahí.
Hunter está ahí. —Se ríe. Sabe que está haciendo el tonto, pero, aun así, tiene razón.
Tengo una vida en Nueva York. Ahora que Katherine se va de Duxbury y ya no estará tan cerca de nuestros padres, es posible que mi madre empiece a fijarse en mi situación, pero lo último que quiero es marcharme de Nueva York.
Es que no se me ocurre nada peor que regresar a Boston.
Entonces, ¿por qué me da tanto miedo la posibilidad de hablarlo?
Puedo responder enseguida «Eso nunca va a pasar, mamá» rápido.
O, al menos, así debería ser. Si supiera poner límites, como dijo Hunter anoche, no estaría perdiendo el tiempo pensando en que mi madre va a presionarme para que me mude de nuevo a Massachusetts.
Pero nunca he visto esos límites, nunca los he buscado.
Nunca he sido capaz de justificar anteponerme a mí misma o mis necesidades a mi madre o a sus necesidades.
Sin embargo, pensar en irme de Nueva York hace que ese límite se ilumine con un neón resplandeciente.
De ninguna manera podría marcharme de Nueva York.
Jamás.