13
H unter
No sé qué tiene el aire del mar, pero me relaja.
De verdad que debería plantearme buscar un sitio en los Hamptons para el próximo verano.
Entre los turistas y la humedad, los fines de semana de verano en Nueva York pueden resultar agobiantes.
Al final acabo yendo a la oficina porque no hay nada más que hacer.
Quizá necesite más brisa marina en mi vida.
Apago la luz del baño y abro la puerta del dormitorio.
La luz de la mesilla de noche está encendida y las cortinas corridas. Pero la cama está vacía.
—¿Lucy? —pregunto.
—Estoy aquí —responde en un susurro.
Ha hecho la cama delante del sofá y está arropada con la manta de la cama.
—Ah, no. De eso nada. Levántate del suelo.
—No estoy en el suelo. He quitado los cojines del sofá.
—Sí, bueno, da igual. No vas a quedarte ahí —¿Qué se le ha pasado por la cabeza? Como si fuera a dejar que durmiera en el suelo.
—Es culpa mía que compartamos habitación. He sido yo quien le ha dicho a Katherine que estábamos saliendo. No pasa nada. Probablemente voy a dormir mejor que nunca.
—Lucy, levántate ahora mismo y métete en la cama.
—¡No! Estoy bien aquí. —Se tapa hasta el cuello con la manta, como si fuera un escudo.
—No, no estás bien. Levántate. —Es la mujer más testaruda que he conocido en mi vida.
No hace ningún gesto que indique que va a obedecerme, así que me agacho y la cojo en brazos.
Se retuerce, intentando escapar, pero no es rival para mí, y la tiro sobre la cama—.
Vas a dormir en la cama. Si crees que dos adultos no pueden compartir la cama sin desnudarse, yo me quedaré encantado con el sofá.
—Le echo un vistazo al pequeño sofá y me lo replanteo—. Estaré bien en el suelo.
Lucy se incorpora en la cama hasta quedar sentada.
—No puedes dormir en el suelo. —Aprieta los labios hasta formar una línea fina—. Tendremos que compartirla. —Me hace un hueco—. Pero necesitamos una pared de almohadas.
Me río entre dientes.
—¿Crees que no voy a poder resistirme a ti?
Ella no me mira, y yo disfruto un poco de su vergüenza.
Sin duda, hemos estado coqueteando en la playa.
Cuando no está tan tensa, intentando que todo sea perfecto, es divertida, guapa y…
sensible. Es todo lo que yo no habría dicho para describir a Lucy cuando la conocí.
Además, hace unos s’mores increíbles. Me pregunto si todavía le sabe a chocolate la boca…
¿Qué? ¿De dónde ha salido ese pensamiento?
—Tú ayúdame y listo —ordena, esquivando mi mirada.
En silencio, colocamos unas almohadas en el centro de la cama y luego nos metemos bajo las sábanas.
—¿Estás bien ahí? —le pregunto con tono dramático.
—Qué tonto eres —responde ella.
Tiro de la almohada que hay en la cabecera y la lanzo detrás de mí para poder ver a Lucy. Está tumbada de cara a mí. No pone ninguna objeción.
—Quizá sí lo sea —respondo.
—Lo del fuego ha salido bien. Tal y como quería Katherine.
—Tal y como quería Katherine —repito. Pero ¿qué quería ella?
¿Disfrutar esta noche? Seguro que no todo gira en torno a Katherine.
—Mañana hay sesión de pesca. Para vosotros, al menos.
—Claro —contesto, y me doy cuenta de que no me he traído las pastillas para el mareo—. Mierda.
Lucy se apoya en las manos para incorporarse.
—¿Qué? ¿Te has olvidado de confirmarlo o algo así?
Niego con la cabeza.
—No me he traído las pastillas para el mareo.
—¿Te mareas? —pregunta.
—Sí, no se me da bien viajar en barco.
Se ríe entre dientes, y suena tan joven, tan despreocupada y tan íntima que lo noto en la entrepierna. Es como si esta versión de Lucy fuera la auténtica. A la que no le importa lo que piensen los demás. La que puede ser ella misma. Esta es la que me gusta. Y me gusta de verdad.
—¿Por qué puñetas has organizado una excursión de pesca para este fin de semana si te mareas?
—¿Tú qué crees?
Se encoge de hombros y se deja caer de nuevo sobre la cama.
—Supongo que porque a Ed le gusta mucho pescar.
—Exacto. Todos hacemos cosas que no queremos hacer por las personas a las que queremos. —Abre mucho los ojos—. Pero hay un límite. O debería haberlo. No tienes por qué renunciar a ti misma para hacer felices a los demás. Hay una línea que no se debe traspasar.
Si echo la vista atrás soy consciente de que me hice cargo del negocio de mi padre porque sabía que eso lo haría feliz, que se sentiría orgulloso de mí.
Y seguí adelante, seguí intentando reavivar el negocio cuando debería haber declarado su muerte meses antes.
No lo hice porque quería hacer feliz a mi padre.
No volveré a cometer el mismo error. No me había dado cuenta hasta este momento de que mi mayor error fue no ver dónde estaba el límite.
En aquel entonces no sabía que tenía que buscarlo, pero la experiencia me enseñó una dura lección que no voy a olvidar pronto.
—¿Una línea?
—Una línea entre hacer feliz a alguien a quien quieres y sacrificarlo todo para conseguirlo.
Lucy parpadea; y vuelve a parpadear.
—¿Crees que cruzo esa línea?
Me encojo de hombros.
—Creo que quieres a tu hermana. Quieres que este fin de semana sea perfecto y lo entiendo. Pero creo que Katherine estará contenta de estar con sus amigos y su familia. No creo que le importen las mantas de colores que no combinen.
Ella suspira.
—Sí. Quizá.
Reprimo una sonrisa.
—¿Quizás? —Casi puedo ver cómo le da vueltas a la cabeza—. Quizás te quede bien el amarillo, aunque tu madre no opine lo mismo.
Tiene un aspecto tan fresco y abierto que tengo que contenerme para no acercarme y acariciarle la cara. Se la ve tan cálida y relajada…
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Junta las manos cuidadosamente bajo la cara.
—Claro —acepto.
—¿La que sea? —Esboza una sonrisa, una sonrisa pícara que ilumina esos ojos verdes.
—La que sea.
—¿Y me dirás la verdad?
—Sí —respondo antes de que pueda poner en duda la idea de ser totalmente sincero con la mujer que tengo al lado.
—¿Te gusta Katherine?
Ha lanzado una granada por encima de la pared de cojines, y los dos estamos esperando a que explote.
—¿Me estás preguntando si me gusta tu hermana? — pregunto para ganar tiempo.
—Has prometido decirme la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. —Su tono no es el insistente e indignado al que me he acostumbrado en los días previos a esta escapada de fin de semana juntos. Es juguetón y sin segundas intenciones.
—Sí, me gusta Katherine. —Me mira fijamente, sabiendo que hay algo más.
—Pero… —insiste con dulzura.
—Me cae muy bien tu hermana. Es muy simpática y le va muy bien a Ed. —Abre mucho los ojos, instándome a dar más detalles—. Si te soy sincero, me da igual con quién se case Ed. Solo quiero asegurarme de que tanto él como yo estamos igualmente comprometidos con el futuro de Portis.
—¿Crees que casarse con Katherine significará que estará menos comprometido en el futuro?
Gruño y me doy la vuelta para quedarme boca arriba.
—Por favor, no se lo cuentes a ninguno de los dos. No quiero meterme en ese lío.
—Parece que sí que tienes que meterte en ese lío —dice ella—. Si crees que Katherine está…
—Esto no tiene que ver con Katherine —la interrumpo—. Como he dicho, daría igual con quién se casara. Es un gran cambio en la vida, y los grandes cambios suelen alterar las prioridades.
—Y te preocupa que las prioridades de Ed cambien. —Me encojo de hombros—. Entonces, ¿no es que estés celoso? ¿No te preocupa el fin de las noches de chicos tal y como las conoces?
Me vuelvo hacia ella
—Por Dios, no, no estoy celoso. ¿Esta noche te ha parecido que estaba celoso?
Se le sonrojan las mejillas, pero no responde a la pregunta.
—Entonces, te preocupa que vaya a fastidiar el negocio. ¿Que cometa errores y cosas así? ¿O que se tome demasiado tiempo libre?
Inspiro hondo.
—Quizá. En el pasado formé parte de un negocio que fracasó. No quiero que otro se hunda bajo mi responsabilidad.
Parece sorprendida por mi confesión.
—Ed siempre parece muy dedicado a su trabajo.
Sonrío al ver cómo lo defiende.
—Sí. Es solo que, desde que empezaron los preparativos de la boda, he tenido que echar una mano. Y luego, si tienen hijos pronto…
—No querrás quedarte solo al mando de todo.
Es cierto. Me metí en esto porque quería hacer negocios con Ed. No quiero llevar el negocio yo solo.
—No quiero ser injusto…
—Deberías hablar con él —propone—. Es tu amigo, y quizá se dé cuenta de que no ha estado a la altura. Quizá cambie de actitud.
—Mmm. Es fácil decirlo. Pero es como la caja de Pandora. Una vez abierta, ya no se puede volver a cerrar. Si le digo que me preocupa que no esté comprometido al cien por cien, eso podría minar nuestra relación.
—Pero ya está minando vuestra relación —me contradice—
. Te estás comiendo solo el problema y no lo estás compartiendo.
Tiene razón, pero hay algo en decírselo a Ed que no me gusta. Por ahora, lo estoy manejando yo. Él tiene muchas cosas entre manos. No pasa nada. El negocio va bien. Pero no quiero que esto siga así para siempre.
—No quiero decirle nada todavía.
—¿Quieres que se lo comente a Katherine?
—¡No! —le espeto—. Me lo has prometido.
Ella no me responde con su habitual sarcasmo. Ni siquiera se mueve.
—He prometido que no lo haría, y no lo haré —dice con mucha delicadeza.
La creo. Suelto el aire, sintiéndome mejor tras compartir mis preocupaciones con ella.
—Gracias —respondo. Ella asiente—. Que duermas bien, Lucy Jones.
Me dedica una sonrisa tímida que me parece una victoria, y cierro los ojos. Repaso la velada en mi mente como si fuera una película. La hoguera. Los s’mores . La manta.
Lucy. Lucy. Lucy.
Su boca rodeando mi pulgar. Mis labios sobre su suave cabello, que olía a brisa marina y a humo de leña. La sensación de su cuerpo entre mis brazos mientras la cogía en volandas y la acostaba en la cama.
Abro los ojos y la veo mirándome fijamente.
—Hola —le digo.
—Hola —responde ella.
—Estaba pensando en esta noche.
—Yo también —dice.
—¿Te lo has pasado bien?
—Demasiado. —Pero cierra los ojos antes de que pueda preguntarle qué fue lo que más le ha gustado de la noche… y si han sido las mismas cosas que a mí.