Un acuerdo inocente 12
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L ucy

Cojo un paquete de malvaviscos, brochetas de bambú, chocolate y galletas Graham de la despensa y lo meto todo en mi bolso.

Cuento de verdad con que Hunter se encargue de la parte del fuego de nuestra fiesta. Sé hacer s’mores, pero el fuego me supera.

—Lucy —me llama Katherine—. ¿Dónde te has metido? ¿Estás lista?

—Estoy aquí —respondo. Nos encontramos en la puerta de la despensa—. Estoy cogiendo algo para picar en la playa. Abro el bolso y Katherine asoma la cabeza al interior.

—¿ S’mores ? Eres la mejor hermanita del mundo.

—Esta noche el listón está muy bajo —replico, y las dos nos echamos a reír a carcajadas.

Durante toda la cena, nuestras primas se han dedicado a lanzarse pullas unas a otras.

Katherine y yo nos hemos sentado en el extremo opuesto de la mesa, lejos de ellas, de mi madre y de nuestra tía, y gracias a eso hemos pasado una velada estupenda.

Al menos en dos ocasiones, Genny, la mayor de las primas, se ha levantado de un salto de la mesa porque Gretchen había dicho algo desagradable.

En nuestro lado de la mesa no ha habido más que cariño, buena comida y demasiado vino. Ahora que nuestras familiares se han ido, me siento un poco menos tensa. Los tres martinis que me he tomado sin duda ayudan.

—¿Qué hacéis vosotras dos en la despensa? —Ed aparece de la nada.

—¡Ya estás aquí! —chilla Katherine y le echa los brazos al cuello a Ed—. Vamos a hacer s’mores en la playa. ¿Puedes encender una hoguera?

—Ya me encargo yo de eso —interviene Hunter. Su voz me hace sentir un pequeño cosquilleo en el pecho. Sin duda, porque no he tenido que darle la lata trescientas veces para que se encargara de la hoguera.

Todos nos dirigimos a la playa. Los hombres discuten sobre la mejor forma de encender un fuego, mientras que las mujeres del grupo eligen las mantas de la cesta que he dejado allí antes.

No nos metemos en el proceso de encender el fuego, y que conste que no es porque no podamos hacerlo, a pesar de no tener ni pizca de experiencia.

No, lo observamos porque no hay mejor espectáculo en Netflix.

Ver a estos chicos intentando demostrar su dominio discutiendo sobre cómo colocar los troncos es ridículo y divertidísimo, y yo estoy aquí para disfrutarlo al máximo.

Cuando por fin arde la hoguera, las llamas titilantes le dan al ambiente un toque mágico. Todo el mundo sonríe y se ríe mientras voy repartiendo brochetas y malvaviscos. Y a nadie le importa ni lo más mínimo que le haya entrado arena en la bolsa de malvaviscos.

—¿Me has guardado uno? —pregunta Hunter; se acerca y se sienta a mi lado.

Le tiendo una brocheta con dos malvaviscos.

—Preparado y listo para la hoguera.

Me llevo las rodillas al pecho y extiendo el pincho; las llamas lamen el azúcar como si estuvieran hambrientas.

Hunter está sentado tan cerca que nos tocamos. Está con las piernas cruzadas, con la rodilla metida debajo de las mías. Su hombro roza el mío.

Le echo un vistazo, lanzándole una mirada que dice «Te estás tomando esto de ser pareja muy en serio», pero él se limita a sonreír.

Fisher saca una guitarra de Dios sabe dónde y empieza a tocar los acordes de una canción que no consigo identificar y se pone a cantar.

Todo el mundo está aturdido por el alcohol y la brisa marina. Me siento tan a gusto, tan libre, tan relajada… Por primera vez desde que hemos llegado, puedo desconectar un poco. No tengo que aguantar las pullas de mis primas ni de mi madre. No tengo que pelearme con Hunter.

El malvavisco se queda pegajoso y dorado por fuera. Pongo un trozo de chocolate sobre una galleta Graham, el malvavisco entre el chocolate y otra galleta, y lo desengancho del pincho. Le doy un nueve con dos a la ejecución, si se me permite decirlo.

—Está impresionante —dice Hunter.

—Gracias por valorar mi destreza con los s’mores . Es el resultado de toda una vida dedicada a mi arte.

Él se ríe entre dientes y le ofrezco el dulce.

—¿Quieres que nos los intercambiemos? —digo, haciendo ademán de coger su brocheta.

—Claro. —No sé por qué, pero me gusta que haya aceptado. Me gusta que no me guarde rencor. Que acepte mi ofrenda de paz. Quizá haya hecho un pequeño agujero en mi armadura y vea algo que le pueda gustar.

Desvío la mirada del fuego y de su malvavisco sin asar hacia Hunter, que está dándole un mordisco al s’more. No me había fijado antes en lo bonitos que son sus dientes. En lo grande que es su boca. En lo masculinas que son sus manos. Reprimo un escalofrío y vuelvo a centrarme en mi brocheta.

Me pongo manos a la obra para prepararme mi propio s’more con la misma destreza de siempre. Hay muchas cosas en las que no soy buena —como vestirme de amarillo—, pero sé preparar un s’more como si lo hubiera inventado yo misma.

Hundo los dientes en él y cierro los ojos de golpe. Qué delicia… Cuando vuelvo a abrirlos veo que Hunter me está mirando.

—Parece que lo estás disfrutando —bromea.

—¿Qué le voy a hacer? Hago los mejores s’mores del mundo .

Se echa hacia mí y, por un momento, creo que va a robarme el dulce, pero en lugar de eso me pasa el pulgar por debajo del labio inferior y me lo muestra. Tiene un enorme trozo de malvavisco pegado.

—Toma —dice.

Debo de haberme puesto roja como un tomate.

¿Quiere que le lama el pulgar? Entrecierra los ojos, como si me estuviera retando.

Abro un poco la boca y él desliza el pulgar dentro.

Por dentro me derrito como si fuera azúcar al cerrar los labios alrededor de él.

El corazón me late con fuerza en el pecho y los ojos de Hunter brillan intensamente.

Fisher empieza a tocar otra melodía, y el cambio de tempo rompe el hechizo que había entre Hunter y yo. Volvemos la vista hacia el fuego como si nos hubieran pillado a los dos haciendo algo que no debíamos.

Hunter está marcando el ritmo con el pie al son de la nueva canción de Fisher y, de repente, empieza a cantarla con él.

La letra habla de azúcar, especias y todo lo bueno.

Hunter tiene una buena voz —grave y ronca— y las vibraciones se propagan entre nosotros.

Fisher rasguea más fuerte mientras él y Hunter cantan sobre Sally Cinnamon.

No es una canción que haya oído antes. Hunter se vuelve hacia mí y yo le dedico una sonrisa.

Él sonríe y me pasa la mano por la espalda.

Antes se tocaban los codos y las rodillas; partes de nuestros cuerpos que entraban en contacto casi por accidente.

Pero esto no es un accidente. Hunter me está tocando como si fuera mi amigo, como si fuera mi novio.

Pero no dejo de sonreír. Su mano grande y cálida recorre mi espalda, manteniéndome firme.

La canción termina y nos miramos el uno al otro.

Si fuera otro momento —si fuéramos otras personas, no puedo evitar pensar—‚él me besaría ahora mismo.

Me pega a él y dejo que mi cuerpo se derrita contra el suyo, como si estuviéramos acostumbrados a hacer cosas así.

Como si nos conociéramos desde hace mucho.

Como si fuera mi novio. Me da un beso en la cabeza y las chispas del fuego salen disparadas como pequeñas estrellas fugaces.

¿Estamos actuando? ¿Está llevando su papel de mi novio de mentira al siguiente nivel?

—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja, para que solo yo pueda oírlo. Fisher ha guardado la guitarra y, alrededor del fuego, se escuchan pequeñas conversaciones en voz baja.

—Sí —digo, apartándome de él para sentarme erguida.

Coge una manta de la cesta y me la envuelve alrededor de los hombros.

—Por cierto, qué bien combinan las mantas.

—Me dedica una sonrisa, y ni siquiera puedo enfadarme con él.

Quizá me haya vuelto insensible a los insultos por haber pasado la tarde con mis primas.

O quizá es porque sé que no lo dice con mala intención.

Quizá incluso sea un cumplido. Él entiende que es importante para mí y lo acepta.

Al darme cuenta de ello, siento cómo el calor se extiende por mi pecho.

—Gracias por la manta. —Su mirada se posa en mis labios y luego vuelve a mis ojos—. No sabía que supieras cantar.

Se ríe entre dientes.

—En realidad, no sé cantar. Es que me gusta esa canción.

—Nunca la había oído antes.

—Es poco conocida. —Asiente—. Es de los ochenta, de un grupo británico que nunca triunfó en Estados Unidos. Fisher es británico, así que supongo que tiene sentido que la conozca.

—¿Te gusta la música británica? —le pregunto.

Hemos pasado mucho tiempo enviándonos mensajes estas últimas semanas.

Bueno, yo he pasado mucho tiempo enviándole mensajes estas últimas semanas, y él empezó a responderme en algún momento.

También hemos pasado mucho tiempo discutiendo.

Pero no conozco muy bien a Hunter. Y me gustaría conocerlo mejor.

—En parte, supongo. Mi padre era un gran fan de los Beatles. —Su expresión cambia un poco, y no consigo descifrarla, pero me hace extender la mano y rodearle el brazo.

Su mirada se posa en mi mano y luego vuelve a mi cara.

—¿Estás muy unido a ellos? ¿A tus padres?

Se encoge de hombros.

—Sí. No. Quizás.

Suelto una risita. Conozco esa sensación.

—La vida es complicada —apostillo.

—Y ese vestido amarillo te quedaba muy bien.

Le suelto el brazo y dibujo un pequeño círculo en la arena entre nosotros.

—En realidad, el amarillo no es mi color. Creo que hay que ser una maldita reina de belleza para lucirlo. No sé ni por qué lo intento.

Con esmero, Hunter dibuja su propio círculo, superponiendo los bordes con los del mío, como un diagrama de Venn.

—Estabas genial.

Alzo la vista hacia él y nuestras miradas se cruzan. Hay una parte de mí que quiere restarle importancia a su cumplido, hacer como si fuera una broma, pero no lo hago. Me doy cuenta de que es sincero.

—Gracias.

—Es la verdad. Supongo que estarías guapísima con cualquier cosa, pero el amarillo limón resalta las motas ámbar de tus ojos.

Me sonrojo, y no tiene nada que ver con el fuego.

Nadie está prestando atención a lo que dice Hunter sobre mis ojos o sobre cómo me queda el amarillo.

Pero ahí está él, diciéndolo de todos modos; siendo amable conmigo, a pesar de que yo a veces no soy tan amable con él.

No se parece en nada a cómo me lo imaginaba cuando lo conocí.

No se parece en nada al hombre que yo creía que era.

Es mucho más que eso.