Un acuerdo inocente 11
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A los chicos nos han asignado la sala de juegos como lugar de encuentro y, al parecer, las chicas se quedan con el resto de la casa. Pero tenemos una mesa de billar, una barra y una máquina de pinball retro, así que diría que hemos salido ganando.

Las cervezas han llegado bien frías, y me las he arreglado para desembalar todo lo que había pedido antes de que empezaran a llegar los chicos. Choco mi botella contra la de Ed y le doy un trago. Le paso una cerveza a Fisher, el único que ha llegado de momento aparte de nosotros.

—Lucy y tú —comenta Ed—. Sinceramente, eso no me lo esperaba.

—Yo tampoco, hermano —respondo—. Yo tampoco.

—Pero está buenísima —interviene Fisher.

Asiento, sin querer decir demasiado. De todos modos, no puedo negar que Lucy está buenísima.

Lo está. También está tensa siempre y es una pesada.

Pero sé que está así por culpa de este fin de semana.

Es obvio que le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo, y para ella es muy importante que Katherine se lo pase bien.

No puedo culparla por eso. No se está comportando como una bruja malvada porque sea egoísta y egocéntrica: se está centrando en una sola cosa, hasta el punto de dejar de lado la amabilidad.

Si fuera un chico, probablemente me lo tomaría a la ligera.

¿En qué me convierte eso? En un capullo. Al menos se ha disculpado.

—¿Cuándo empezó todo? —pregunta Ed.

Suspiro. La verdad es que no me apetece nada empezar a hablar de mi no relación.

—¿Vamos a quedarnos aquí sentados hablando de nuestros sentimientos?

—No, pero estamos hablando de la hermana de Katherine. Tu historial con las mujeres no es precisamente tu mejor baza.

—Pero mi culo sí que lo es, ¿verdad? —Me doy la vuelta y les enseño el trasero a Ed, Fisher y George, que acaba de unirse a nosotros.

—Lo digo en serio, Hunter —replica Ed—. No le tomes el pelo.

—No voy a hacerlo. —Tampoco es que pueda odiarme más de lo que ya lo hace—. Y no vamos a anunciar nuestro compromiso a corto plazo. Así que, si pudieras hacer todo lo posible por gestionar las expectativas de tu prometida al respecto, te lo agradecería.

Ed hace una mueca.

—No puedo prometerte nada. Lo único que le he oído desde que hemos llegado es lo genial que es que los cuatro podamos hacer cosas juntos. Lo genial que será que nuestros hijos crezcan juntos.

—¿Qué? —intento que mi tono no delate la histeria que siento—. ¿Hijos? Por Dios, tío. Si solo llevamos saliendo como una semana.

—¿Y ya sois pareja en exclusiva? —pregunta Fisher—. Eso ha sido rápido.

Me encojo de hombros.

—No pasa nada. De todas formas, tampoco tengo mucho tiempo para salir con gente. —Al menos, eso es cierto.

—Pero debe de gustarte mucho —indaga Fisher; Ed asiente con entusiasmo detrás de él.

—Claro. ¿Os apetece una partida de billar?

—¿Qué te gusta de ella? —pregunta Ed.

Me llevo la mano a la nuca. No se me da muy bien mentir. Se me nota la verdad en la cara, digan lo que digan mis palabras.

—No lo sé —respondo—. Como dice Fisher, está buenísima.

Y es cariñosa y tiene buen corazón. —Nada de eso es mentira.

Muchas veces roza lo demoníaco porque se preocupa mucho por su hermana—.

Y me gusta que no sea siempre…. —Quiero decir esto sin ofender a Katherine.

Me cae bien Katherine . Es simpática y Ed la quiere.

Parece buena para mi amigo. Todo eso está bien.

Pero Katherine da la impresión de estar siempre feliz, como si la vida fuera siempre un camino de rosas.

Pero la vida no es así—. Es auténtica, ¿sabes?

Tienes que ganarte a pulso sus sonrisas.

Ed suelta una risa entrecortada.

—Sí, eso es cierto.

Se oyen voces en el pasillo y el resto de los invitados a la despedida de soltero aparecen en la sala de juegos.

La gente se pone a charlar, y Ed y Fisher aceptan jugar al billar.

Apuesto a que Lucy está estresada por tenerlo todo listo antes de que lleguen su madre y el resto de su familia para pasar la noche.

Quizá debería salir un momento a ver cómo está…

Me la encuentro en la cocina, con un delantal puesto y colocando cosas en bandejas. Me echa un vistazo.

—Debería haber contratado a un servicio de catering para que se encargara de esto.

—¿Puedo ayudarte? —pregunto.

—¿Lo dices en serio?

—¿Qué necesitas?

—Solo tienes que untar esta salsa de tomate en las tostadas y ponerles una aceituna. Yo me encargo de los blinis . —Me pasa el cuchillo que ha estado usando y cruzamos la mirada cuando nuestros dedos se rozan.

Me pongo manos a la obra, sacando la mezcla de tomate del bol mientras Lucy va de un lado a otro por la cocina. Es como si estuviéramos en una escape room y el tiempo se nos estuviera acabando.

—Estoy seguro de que a la gente le habría bastado con unas patatas fritas y un par de salsas —digo—. No hacía falta tomarse tantas molestias.

Lucy resopla.

—Ya conoces a mi madre, ¿no? Al menos solo estaremos aquí unos cuarenta y cinco minutos antes de que vengan a recogernos.

—Sin duda, todo sigue un horario muy estricto. —Lucy me mira, decepcionada—. No es una crítica. Sé que solo intentas tener contento a todo el mundo.

—Exacto. Y teniendo en cuenta que mi madre va a estar por aquí esta noche, no es una tarea fácil.

Suena el timbre y Lucy da un respingo evidente.

—¡Katherine! —grita, y Katherine baja corriendo las escaleras como si estuviera esperando a que la llamaran.

—¿Es mamá? —pregunta al llegar abajo.

—Mierda. —Lucy baja la vista hacia el delantal y se lo quita rápidamente—. Estás guapísima —le dice a Katherine.

—Tú también —responde Katherine , y van juntas a la puerta principal.

—Queridas —saluda una mujer mayor vestida de azul marino. —Me alegro mucho de poder celebrar por fin una de vuestras próximas bodas.

Esta debe de ser la tía. La madre de Katherine y Lucy es la siguiente en entrar por la puerta y saluda a sus hijas, seguida de dos mujeres más jóvenes —las primas pesadas, sin duda—.

Todos se saludan en una avalancha de abrazos y besos al aire.

Todo parece muy cordial. Quizá sea porque sé que Lucy está estresada, pero hay algo en esa escena que no me parece del todo auténtico.

—Ah, pensaba que ya estarías lista para recibirnos — comenta la madre de Lucy, mirándola de arriba abajo—. ¿Necesitas más tiempo para arreglarte?

—Eh… Es que estaba preparando unos aperitivos y unas bebidas —responde Lucy, visiblemente nerviosa.

—Bueno, pues déjanos encargarnos de eso mientras tú vas a cambiarte para la cena —ofrece su madre—. No nos importa ensuciarnos las manos, ¿verdad, Gracie?

No estoy segura de si la madre de Lucy sabe que Lucy ya se ha cambiado para cenar y solo está dando la lata, o si de verdad es tan insensible como para no darse cuenta de cómo sus palabras afectan al estado de ánimo de Lucy.

—Mamá —protesta Katherine—, Lucy está guapísima. No hace falta que se cambie.

—¡Lo siento, cariño! Si eso es lo que quieres ponerte, está bien. Es solo que siempre he sido un poco cautelosa con el amarillo limón, eso es todo.

Lucy se desanima visiblemente.

—Puedo cambiarme. De todos modos, no estaba muy segura de este conjunto.

—A mí me parece precioso —apunta Katherine, y eso hace que me caiga aún mejor. Me gusta que sea tan protectora con Lucy. No recuerdo mucho de la madre de Katherine de la fiesta de compromiso, pero me sorprende que sea tan crítica con una hija que se esfuerza tanto por hacernos felices a todos.

Lucy se acerca rápidamente a mí.

—¿Te importa si voy a cambiarme y te dejo solo con esto? —susurra.

—No hace falta que te cambies —digo, sin apartar la vista de los canapés para poder salir de esta cocina lo antes posible— . Es un vestido bonito.

—Pero es amarillo. Se me había olvidado lo mucho que mi madre odia el amarillo.

—Te queda bien. —Tenso la mandíbula, porque Lucy es una mujer adulta a la que le queda genial el amarillo, y su madre debería darse cuenta de eso.

Ella inspira hondo.

—Gracias, Hunter. Solo tardaré unos minutos.

—¿Nos servimos algo de beber? —propone la señora Jones. Quizá sea cosa mía, o quizá esté siendo cruel, pero incluso esa pregunta me ha parecido una crítica.

Lucy regresa a la cocina y empieza a sacar botellas de champán de la nevera.

—Yo me encargo de eso —le digo—. Ve a cambiarte si quieres.

—Gracias, Hunter. Te debo una —suspira.

Nunca la había oído hablar con tanta vulnerabilidad como ahora. Siento la necesidad de decirles a la señora Jones y a su grupo que se sirvan lo que quieran de beber mientras yo me retiro a la sala de juegos. Pero no voy a hacerlo porque con eso solo le ocasionaría más estrés a Lucy.

Ya se han acabado todos los canapés. Cojo un plato en cada mano antes de dirigirme hacia los invitados.

—Katherine, ¿puedes abrirme la puerta? ¿Las bebidas están en el porche?

—Gran idea, Hunter —responde Katherine— . Mamá, ¿te acuerdas de Hunter, de la fiesta?

La señora Jones se gira y me dedica una sonrisa encantadora.

—Ah, eres el socio de Ed. Sí, claro que me acuerdo de ti.

—Se las ha arreglado para conseguirnos la casa para el fin de semana.

—Es una propiedad preciosa —dice la señora Jones, y me pone la mano sobre el brazo—. Ha sido muy amable por tu parte hacer esto por Ed y Katherine.

—Yo me he encargado de la parte fácil —explico—. Lucy ha hecho todo lo demás. Lo ha planeado todo a la perfección.

La señora Jones ladea la cabeza, como diciendo «Bueno, todo no».

—Se sentirá mejor cuando lleve otro color —dice, sin hacer caso en absoluto a lo que he dicho sobre los esfuerzos de Lucy.

Por suerte para mí, Ed y el resto de los invitados a la despedida de soltero se unen a nosotros.

Empiezo a servir champán y una de las primas se ofrece a ayudarme.

—Puedo ser tu ayudante. Me llamo Genny. ¿Eres amigo de Ed?

—Sí. Somos socios. Y amigos. Nos conocemos desde siempre —respondo, tendiéndole una copa de champán a la madre de Genny.

—¿Pero vives en Nueva York? —insiste.

—Así es —contesto, y sirvo la siguiente copa.

—Yo voy mucho a Nueva York por trabajo. Quizá deberíamos darnos los teléfonos y tomar algo algún día.

El corazón me va a mil por hora en el pecho. Se está insinuando. Aparte de que no me interesa —en absoluto—, se supone que estoy saliendo con su prima. Solo que ella no lo sabe. ¿Debería decírselo? Bueno, a la mierda, todos los demás de la casa ya están en el ajo.

—La verdad es que estoy saliendo con Lucy —comento.

—¿En serio? —se asombra.

—¿Lo sabías? —le pregunta Genny a su hermana—. Está saliendo con Lucy.

No estoy muy seguro de por qué lo dice así.

—¿Lucy no sigue siendo virgen? —replica su hermana—. Nadie sale con Lucy.

Se me pone la carne de gallina y tenso la mandíbula. Lucy tenía razón, sus primas son unas petardas.

Les dedico mi sonrisa más falsa de todas. Cuando termino de servirle champán a todo el mundo, me disculpo para ir a ver cómo está Lucy.

Entro en el dormitorio, pero está a oscuras. Lucy está sentada en la cama, envuelta en las sombras. Se ha cambiado y lleva un vestido blanco. Está mirando por la ventana.

—Oye, ¿estás bien? —Entro en la habitación y cierro la puerta.

—Creo que me estoy poniendo enferma.

No creo que esté enferma. Más bien está harta de que su propia familia se porte tan mal con ella.

—Tenías razón. Tus primas son unas capullas.

—Sí.

Quiero añadir que su madre tampoco es mucho mejor, pero no hace falta que se lo diga.

—Les he dicho que estamos saliendo —anuncio.

Lucy vuelve la cabeza de golpe.

—¿A quién se lo has dicho?

—A tus primas. Una de ellas me ha ofrecido salir a tomar una copa y se lo he contado.

Ella suspira.

—Mejor no me cuentes lo que han respondido.

Sabe, incluso sin que yo se lo diga, que sus primas se han portado fatal al enterarse de la noticia, y eso me parte un poco el corazón.

—Estás muy guapa. Y no hacía falta que te cambiaras.

Se pone de pie, pero noto que le cuesta, como si le pesara… ¿la opinión que los demás tienen de ella? ¿Sus propias expectativas? No sé qué es, pero desde aquí puedo sentir que eso no le pega nada.

—Gracias. Es más fácil ponerse un vestido blanco que quedarme con el amarillo y aguantar los comentarios maliciosos de mi madre toda la noche.

Cuando conocí a Lucy, si alguien me hubiera dicho que hacía algo para tener una vida más fácil, no le habría creído.

Daba por hecho que hacía todo lo que estaba en su mano para complicarse la vida a sí misma y a todos los que la rodeaban.

Ahora veo que ella no es así. Creo que solo es alguien que intenta desesperadamente evitar las críticas de las personas a las que quiere.

—¿Quieres que le diga a la gente que no te encuentras bien? Quizás te venga bien acostarte ya. —No sé por qué, pero noto cómo se me calienta la nuca cuando la imagino en la cama. Quizá sea porque compartimos habitación.

—Ni se me ocurriría decepcionar así a Katherine —replica. Coge su bolso y se acerca a mí, que sigo junto a la puerta—. Gracias. —Su mano se desliza sobre mi brazo y nuestras miradas se cruzan. Deja caer la mano, pero yo la cojo entre las mías.

—Vamos. Asegúrate de sentarte al lado de Katherine o de alguna de sus amigas.

Mantente alejado de… —No termino la frase.

¿Qué voy a decir? ¿«Mantente alejada de tu propia madre»?

Aunque eso es lo que quiero decir. ¿Quién iba a imaginar que iba a sentirme tan protector con una mujer con la que ni siquiera salgo de verdad?

No puedo negarlo, mi primera impresión de Lucy ha cambiado.

Tampoco digo que estemos de acuerdo en todo, pero ahora la entiendo mejor.

Y cuanto más la voy conociendo, más cosas veo: su lealtad hacia su hermana; la forma en que aguanta las críticas de su madre y del resto de la familia; la forma en que antepone a los demás a sí misma.

Todo ello la convierte en alguien… extraordinario.