10
L ucy
Todo lo que ha pasado en este viaje hasta ahora es insoportable.
No me puedo creer que le haya dicho a Katherine que Hunter y yo estamos juntos.
¿En qué estaba pensando? Y luego todo el mundo ha armado un gran alboroto para cambiar de asiento y que pudiéramos sentarnos juntos.
Hasta juraría que Katherine le ha chistado a Ed para poder escuchar lo que hablábamos Hunter y yo.
Pero la cosa es que ninguno de los dos sabía qué decir.
El trayecto desde el aeropuerto de Martha’s Vineyard parece que va a durar cuatro horas y media. Nuestro grupo va repartido en dos todoterrenos, y nuestro conductor nos ha asegurado que tardaríamos menos de quince minutos. Nuestro conductor es un mentiroso.
Nos desviamos de la carretera y atravesamos unas verjas en las que hay un cartel con el nombre « G ableview ».
Intento no dejar demasiado claro que estoy estirando el cuello para ver la casa.
Vale, las fotos que me enseñó Hunter eran increíbles, pero él nunca ha estado ahí.
Puede que todo fuera un montaje. Pero cuando el camino de entrada gira a la izquierda, se me escapa un grito ahogado.
La casa es aún más bonita que en las fotos. Me vuelvo hacia Hunter, pero está absorto en su móvil. Le doy un codazo y señalo la casa con la cabeza. Entrecierra los ojos, como si no entendiera lo que intento decirle. Así que, de forma exagerada, le hago un gran gesto de «Me gusta» con el pulgar.
Se ríe entre dientes, y ni siquiera yo puedo evitar sonreír ante lo ridícula que estoy siendo.
—Ay, es preciosa, Lucy —dice Katherine—. ¿Cómo la has encontrado?
—No he sido yo —reconozco—. No puedo atribuirme el mérito. Hunter conocía a alguien que conocía a alguien.
—Jack Alden —apunta Hunter, como si se supusiera que todos supiéramos quién es Jack.
—¿Esta es la casa de Jack? —pregunta Ed. Supongo que Ed sí lo sabe.
—Más o menos. Su familia tiene una casa en la misma parcela de terreno que sí utilizan. Esta solo es una inversión inmobiliaria.
El coche se detiene frente a la preciosa casa de dos plantas que parece sacada de un plató de cine.
El revestimiento blanco y el tejado de tejas grises hacen que la edificación se funda con el inmenso cielo que la cubre.
Las hortensias blancas rodean el porche delantero, tal y como aparecían en las fotos: abundantes y suaves, en contraste con las líneas nítidas de la arquitectura.
Una bandera estadounidense ondea al viento en el lateral de la casa.
Casi no me atrevo a entrar, por si se rompe el encanto.
—Creo que no voy a querer marcharme nunca —suspira Katherine. Yo no lo habría dicho mejor.
Ed es el primero en subir los escalones que llevan al porche y a la puerta principal.
—¿Tenemos las habitaciones asignadas? —pregunta—. ¿O cada uno elige la suya?
Hunter se ríe entre dientes. No acabo de entender por qué.
—Ya he asignado las habitaciones —respondo—. Ed y Hunter están en el segundo dormitorio de invitados, en la tercera planta. Luego tenemos…
Katherine me interrumpe .
—Sé que Ed y Hunter iban a compartir habitación, y que tú y yo también, pero como ahora Hunter y tú sois pareja…
¡Vosotros dos podéis compartir una, y Ed y yo también!
— Sonríe, radiante, y por el rabillo del ojo veo a Hunter negando con la cabeza.
Está claro que no quiero compartir habitación con él.
Pero no se me ocurre ninguna excusa. La sugerencia de Katherine me ha puesto en un brete.
Esto no es lo que había planeado—. Cualquier otra cosa sería absurda.
Y ahora odio dormir sin Ed. De hecho, hace un par de meses, cuando se quedó a pasar la noche en Nueva York, no pegué ojo sin él.
— Siento un peso en el estómago. No tengo escapatoria—.
Y eso significa que vosotros podréis pasar un poco más de tiempo juntos —sonríe Katherine.
Correspondo a su gesto.
—Claro. Si eso es lo que quieres, Katherine…
Katherine da un gritito.
—Gracias. Esto es absolutamente increíble. Tengo muchas ganas de que llegue este fin de semana. Organizar la boda ha sido muy estresante. Me vendrá bien desconectar y relajarme.
Mi sonrisa fingida se convierte en una auténtica al ver a Katherine tan feliz.
De todos modos, tampoco es que vayamos a pasar mucho tiempo en nuestras habitaciones.
Solo estaremos ahí para dormir, y Hunter y yo somos lo bastante maduros como para que funcione.
O eso espero. Al menos sé que yo soy lo bastante madura como para que funcione.
Hunter me sigue hasta la habitación que nos han asignado, cargando con nuestro equipaje.
—Ya sabes que solo vamos a quedarnos dos noches — comenta, y deja mi maleta grande junto a la cama.
La habitación está decorada en tonos azules claros y blancos, y tiene vistas al mar.
En una de las paredes hay una cama con dosel, con una muselina blanca envuelta alrededor del armazón que se ondula suavemente con la brisa del ventilador de techo.
Es como algo sacado de un cuento de hadas—.
¿Qué tienes ahí dentro? — espeta Hunter, estropeando el momento.
Ojalá no tuviera que compartir esta habitación con él.
—Hay espacio de sobra para un cadáver —respondo.
—Me da igual —contesta Hunter con la respuesta más patética que me ha dado nunca—. ¿Te has parado a pensar en lo que esto significa? Tú y yo vamos a estar en un espacio reducido durante más de cuarenta y ocho horas. ¿Por qué demonios has dicho que sí?
—No te he oído poner ninguna objeción.
—Esperaba que pusieras alguna excusa. Como que nuestra relación aún no había avanzado tanto o algo así. A la mayoría de los tíos nos da igual dónde dormimos. Son las mujeres las que les dan tanta importancia a esas cosas.
—Al menos no estás generalizando —digo; abro la cremallera de la bolsa que está en el suelo.
—¿Quieres que te la suba a la cama? —pregunta.
—¡Uf, no, gracias! Esa maleta ha pasado por el aeropuerto. No puedes ponerla sobre esa preciosa ropa de cama.
—Solo intentaba ayudar —protesta Hunter.
Suspiro, agotada, en parte por la expectación que me genera este viaje y en parte por darme cuenta de que voy a tener que dedicar tiempo y fuerzas a discutir con Hunter cuando lo único que quiero es asegurarme de que Katherine pase el mejor fin de semana de su vida.
—Bueno, pues aquí estamos y tendremos que sacarle el máximo partido. Yo me quedo con el sofá. —El sofá azul marino y blanco no es grande, pero si cojo los cojines y los pongo en el suelo, me las arreglaré.
—O podríamos fingir una pelea y yo podría dormir abajo — repone él.
—¡No! No puedes hacer eso. Katherine se enfadaría.
Hunter niega con la cabeza.
—Y eso no puede pasar, ¿verdad?
—Esta es su despedida de soltera, por si se te ha olvidado. La va a recordar como uno de los mejores momentos de su vida.
—Pues nada, sin presión —dice Hunter—. Me voy al baño.
—Yo voy a por algo de beber.
—Adelante, haz lo que quieras.
Probablemente lo dice al pie de la letra. Sin duda, cree que ahora mismo me merezco una buena conmoción cerebral. Pero tiene que saber que yo no he elegido compartir un dormitorio con él. Ni aquí ni nunca.
Bajo las escaleras de puntillas y echo un vistazo a la cocina.
Me han traído un pedido enorme de comida a primera hora y me han dicho que la empleada doméstica lo guardaría.
Más vale que aproveche el tiempo para comprobar que ha llegado todo.
Mientras hago un inventario mental de la nevera, Katherine baja.
—¿Tu habitación está bien? —le pregunto.
—Ay, Lucy, es genial. Y has dejado unos bombones junto a la cama…
Ha sido el ama de llaves, tal y como le pedí.
—De hecho, tengo por aquí unas gominolas para Ed. —El ama de llaves me llamó para decirme que las chucherías estaban en las encimeras de la despensa. Solo tengo que encontrar la despensa.
—Eres tan amable y detallista… —comenta Katherine. Su elogio me sienta de maravilla, como calentarse las manos frías frente al fuego.
—Solo quiero que te lo pases bien. —Abro una puerta y me encuentro con la despensa; en ese momento llaman a la puerta y se me revuelve el estómago.
Espero que no sea mi madre, que llega antes de tiempo.
No estoy para nada preparada para recibirla.
Quiero darme una ducha. Quizá tomarme un chupito de tequila.
Pero aún faltan horas para que llegue. No puede ser ella.
Atravieso la cocina y abro la puerta principal. Es el repartidor.
Hay dos cajas apiladas junto a él en el porche. Me tiende la tableta para que firme la recogida.
Le echo un vistazo a Katherine. ¿Sabrá ella de qué va todo esto? Tiene la cabeza metida en la nevera y no me presta ninguna atención.
El conductor regresa a su furgoneta y yo salgo al porche para examinar los paquetes. Las dos cajas están dirigidas a Hunter Bain.
Intrigada, vuelvo a subir las escaleras.
Hunter ya debe de haber salido del baño.
Me detengo en la puerta de nuestra habitación.
¿Debería entrar sin más? ¿Y si todavía está en el baño?
¿Y si está desnudo? Mi traicionero estómago da un vuelco ante esa idea.
No hay duda de que Hunter es, objetivamente, atractivo.
Pero eso no significa que a mí me resulte atractivo.
Asiento, como dándome la razón a mí misma, y giro el pomo.
Y entro justo en el momento en que se abre la puerta del baño, de donde sale una nube de vapor, y Hunter aparece envuelto en ella.
Lleva una pequeña toalla blanca alrededor de la cintura. Aparte de eso, está completamente desnudo.
Suelto un chillido y me tapo los ojos. La risita de Hunter me saca de quicio.
—¿Te estás riendo de mí? —le pregunto, con las manos aún sobre la cara.
—¿Me estoy riendo de que hayas gritado al verme? Sí, sí que me estoy riendo. Porque es absurdo.
—Estás desnudo. No me lo esperaba.
—Acabo de salir de la ducha.
—Pensaba que estabas… haciendo otra cosa. No he sabía que te estabas duchando. Y tampoco me había dado cuenta de que ibas a andar desnudo por la habitación; si no, te habría dado más tiempo.
—Perfecto. Bueno, para que lo sepas, tengo toda la intención de andar desnudo por aquí todo el tiempo, así que quizá deberías buscarte otra habitación.
Me desplomo en el sofá e intento concentrarme en el mar. Estoy abrumada.
—No puedo estar discutiendo contigo así todo el fin de semana —digo, sin apartar la mirada del horizonte. A mis espaldas, oigo la cremallera de una maleta y el ruido de una toalla mojada al caer al suelo.
—Pues deja de discutir conmigo —replica Hunter.
—Tengo que cambiarme y preparar los canapés. Luego vendrá mi madre con mi tía y nuestras dos primas tan pesadas. Es que… No puedo.
La adrenalina que ha estado corriendo por mi cuerpo desde esta mañana se está desvaneciendo. Estoy cansada. Muy muy cansada.
—Pues deja de discutir, Lucy. Ni siquiera sé por qué estás tan enfadada conmigo. Quizá estés enfadada con todo el mundo.
—Te has olvidado de las pelucas…
—Cierto. Y nadie se ha muerto. Todo el mundo se lo ha pasado bien en el avión, y a Ed le seguirá pareciendo genial que mañana por la noche os vistáis todos como Uma Thurman.
Supongo que eso es cierto.
—Las pelucas habrían sido el toque perfecto.
Pero tienes razón. He exagerado. Es que últimamente estoy muy tensa con todo esto.
Me he desquitado contigo y lo siento. De verdad que lo siento.
—El sofá se mueve a mi lado y giro la cabeza de golpe.
Hunter está sentado junto a mí. Le echo un vistazo rápido para asegurarme de que no se le ve nada que no deba verse.
Lleva un polo azul marino y unos pantalones cortos de color caqui, y todavía tiene el pelo un poco húmedo por la ducha.
Se le riza por todas partes y, cuando lo miro, intenta domar los mechones rebeldes con los dedos—. Ya te has vestido.
—Te perdono. Cuéntame lo de tus primas.
—Son unas pesadas y son nuestras primas. No hay mucho más que decir.
Hunter se ríe, y esbozo una sonrisa sin querer al oír lo cálido que es ese sonido.
—¿Así que a Katherine le caen bien, pero contigo son unas pesadas?
Niego con la cabeza.
—No. Son unas pesadas con las dos. Pero nuestra tía está aquí, y a ella y a mi padre les molestaría que no las invitáramos.
—Así que lo único que supera la felicidad de Katherine… es la de tu madre —resuelve con aire de sabelotodo. Vuelvo a sentir ese suave empujón contra mi armadura. Es como si intentara comprenderme. No estoy segura de merecerme otra cosa que su odio.
—Solo quiero que todo el mundo sea feliz.
—Eh, eso no es del todo cierto… No creo que te importe un comino si yo soy feliz o no.
—No te conozco —protesto.
—Bueno, Lucy, te guste o no, este fin de semana vas a tener que conocerme.
—Me da una palmadita en la pierna—. Venga.
Firmemos otra tregua y disfrutemos de este fin de semana.
Nunca se sabe, a lo mejor compartir habitación conmigo te resulta divertido.
Puede que incluso acabemos haciéndonos amigos.
—Arqueo las cejas y él se ríe. Esa sensación cálida en el estómago vuelve a despertarse—.
Bueno, mientras no sea yo el cadáver que lleves a la vuelta en esa maleta, lo consideraré un triunfo.
Voy a bajar para dejaros a solas y que podáis…
hacer lo que sea que las chicas se pasan horas haciendo antes de salir por la noche.
—Eso me recuerda algo —digo—. Me han traído unas cajas mientras estaba abajo. Todas están dirigidas a ti.
—Ah, genial. Me preocupaba que las muñecas hinchables no llegaran a tiempo. Uf. —Se pasa la mano por la frente de forma exagerada, como si acabara de esquivar un desastre.
—¿Qué? —pregunto, muy consciente de no gritar a pesar de que las alarmas no dejan de sonar en mi cabeza.
—¿Te supone un problema? —dice él.
—Eso es…
—Tranquila, es broma —me interrumpe, sonriendo.
Antes de que pueda balbucear una respuesta, sale de nuestro dormitorio y me deja sola. La habitación parece diez veces más grande sin Hunter Bain aquí dentro. Pero también mucho más… vacía.
Hasta que llevo un buen rato en la ducha, no me doy cuenta de que no ha llegado a decirme qué hay en esas cajas.