Un acuerdo inocente 8
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L ucy

Katherine me coge la mano con entusiasmo mientras seguimos a nuestra madre a la tienda de vestidos de novia.

Todavía no he visto su vestido y tengo muchas ganas.

Sí, eso significa que he tenido que salir de Manhattan y regresar a Massachusetts, pero Katherine tenía muchas ganas de que estuviera aquí.

Y también voy a probarme mi vestido de dama de honor.

—Espero de verdad que te guste —dice Katherine—. Tanto mi vestido como el tuyo.

—Estoy segura de que me encantarán los dos. Tienes un gusto fantástico.

—Lo que opine ella no importa —replica mi madre, irritada—. Es un vestido precioso y pareces una novia de cuento de hadas. Y los vestidos de las damas de honor están bien.

Katherine y yo nos miramos. Mi madre parece un poco más tensa de lo habitual.

El aire acondicionado de la tienda está a una temperatura gélida, así que rebusco en mi enorme bolso hasta encontrar mi cárdigan rosa favorito, que compré hace tres años en Zara y que todavía me encanta.

Una de las dependientas nos acompaña a mi madre y a mí a una sala de espera y nos ofrece champán, mientras que otra se lleva a Katherine para que se cambie de ropa.

—¿Cómo van los preparativos de la despedida de soltera? — pregunta mi madre.

—Bien —respondo. Ahora que ya tenemos la casa organizada, ha sido fácil planificarlo todo en torno a ella.

He encargado que nos lleven leña, por si acaso no hay suficiente madera seca a la deriva para encender una hoguera en la playa.

Tengo galletas Graham y malvaviscos para hacer s’mores en la playa, y una fuente de fondue de chocolate para picar de vez en cuando durante el fin de semana.

Tras intercambiar unos cuantos mensajes con Hunter, hemos reservado mesa en un restaurante para el viernes por la noche, cuando se unirán a nosotros algunos familiares, y hemos contratado a un chef privado para que vaya a la casa el sábado por la noche.

Tenemos vuelos directos reservados al aeropuerto de Martha’s Vineyard , así que la llamativa idea de Hunter de ir en helicóptero no ha sido necesaria.

Hunter y yo nos hemos tratado con mucha cortesía en esos mensajes. Y, la verdad, él se ha mostrado bastante receptivo. Nuestra tregua se mantiene.

—Espero que no resulte de mal gusto —comenta, removiéndose en su asiento, a mi lado.

—No va a ser de mal gusto, mamá —respondo—. Es Martha’s Vineyard . Es imposible que algo resulte hortera en Martha’s Vineyard .

—Seguro que encontrarías la manera. Katherine y tú tenéis ideas muy diferentes de cómo debe ser una despedida de soltera.

—No, no es así —respondo. Si tuviera que organizar mi propia despedida de soltera, quizá no habría elegido Martha’s Vineyard , pero no hay nada de este fin de semana que no me haga ilusión.

Y, de todos modos, me he centrado por completo en darle a Katherine el fin de semana que ella quiere.

Cualquier idea contradictoria que pudiéramos haber tenido, la he dejado a un lado.

—Me dijo que tú querías que fuéramos todas a Nueva York.

—Solo dije que tenían los mejores spas, por si acaso era eso lo que ella quería. Fue solo porque nos estaba costando mucho encontrar una casa de alquiler para el fin de semana.

Ella pone los ojos en blanco, como si estuviera exagerando lo difícil que ha sido encontrar el lugar.

—Estamos a principios de junio.

—Exacto, y todo está reservado con meses de antelación.

—No te vas a llevar ese cárdigan, ¿verdad?

—No lo sé —respondo—. ¿Por qué? —Me pone una cara que parece decir «¿De verdad tengo que contestar?»—. Es un color muy bonito.

—Pero ha visto días mejores. Ya que estás por aquí, deberías ir a ver a Felicity.

Tiene unas prendas de punto en color lavanda preciosas para la temporada de primavera-verano.

—Felicity es una de las amigas de mi madre.

Es la dueña de una boutique de ropa que lleva su nombre, cerca de la casa donde crecimos.

Por muy bien que me caiga Felicity y admire que lleve tanto tiempo al frente de su propio negocio, ni loca me pondría nada de lo que vende en su tienda.

Mi madre debe de haber notado el escepticismo en mi mirada porque añade—: Pregúntale a tu hermana.

Esta semana se ha comprado ahí un precioso jersey de manga corta.

—Se me revuelve el estómago ante la posibilidad de que mi hermosa y perfecta hermana haya comprado algo en Felicity’s.

La ropa de esa tienda está dirigida a mujeres de más de cincuenta años.

Puede que Katherine esté a punto de casarse, pero no tiene que renunciar por completo a su juventud, ¿verdad?

Por suerte, la conversación se ve interrumpida cuando Katherine sale del probador.

Ya me había enviado fotos antes, pero nada podría haberme preparado para verla con ese vestido de color blanco roto y el velo.

Se parece a las princesas de cuento de hadas de las que nos disfrazábamos cuando éramos pequeñas.

Solo que más guapa y mil veces más sofisticada.

Me levanto de un salto, incapaz de evitar que se me llenen los ojos de lágrimas.

—Estás increíble —digo sin aliento—. Perfecta.

Me sonríe.

—Me encanta.

—Es normal que le encante. Es absolutamente perfecto.

—Espero que a Ed le guste.

—A Ed le parecería que pareces una diosa si llevaras unas botas de pesca —replico—. Se va a volver loco cuando te vea con esto puesto.

Katherine sonríe, con expresión radiante.

—¿Crees que el escote es demasiado pronunciado, mamá? —Ni siquiera se le ve una pizca de escote. ¿Por qué piensa que es demasiado pronunciado?

Mi madre niega con la cabeza.

—Ahora no, ya lo han subido un poco. Estás preciosa.

El corpiño es de satén liso sin tirantes, con una falda fruncida en la cintura.

—¿Te has puesto los zapatos? —le pregunto.

Katherine asoma la punta del pie.

—Sí, siempre hacen las pruebas con los zapatos puestos.

—Con esos podrás bailar —apruebo. No tienen demasiadas tiras y el tacón no es demasiado alto. Menos mal, porque Ed no llega al metro ochenta.

—Espero que sí.

—¿No has ensayado? —le pregunto—. Deberías ponértelos por casa.

—No digas tonterías —protesta mi madre—. No quiere estropearlos antes del gran día.

—Tiene razón, mamá. Debería ir acostumbrándome a ellos.

No son los zapatos más incómodos del mundo, pero si me los pongo por casa, quizá me ayude a pasar ese día de pie.

—Mi madre chasca la lengua, pero no discute—.

¿Y qué te parece el velo? —me pregunta Katherine—.

¿Crees que debería elegir uno más largo?

—Ni hablar —interrumpe mi madre—. La longitud aceptable es hasta la punta de los dedos.

—Tienes razón —murmura Katherine.

—Me gusta cómo te has recogido el pelo, con el velo por encima.

Katherine esboza una amplia sonrisa.

—A mí también. Es un poco diferente, pero me gusta. —Le echa un vistazo a mi madre—. A mamá no le hace mucha gracia.

—Katherine tiene un pelo precioso. Creo que debería lucirlo.

—Tendrás mucho tiempo para lucirlo. Hay un montón de eventos antes de la boda. No todo el mundo estará en todos, pero podrás llevar el pelo suelto todo lo que quieras.

Katherine asiente.

—Sí. Tienes razón.

Mi madre suspira más fuerte de lo necesario.

—No puedes evitar imponer tus opiniones a todo el mundo, Lucy. Deberías dejar que Katherine tome sus propias decisiones.

Katherine y yo nos miramos con complicidad. Mi madre es, como mínimo, una hipócrita.

—Estoy de acuerdo con Lucy —dice Katherine—. Quiero llevar el pelo recogido ese día.

Ella suelta un pequeño bufido.

—Claro que sí.

Una de las dependientas se acerca y empieza a hacerle a Katherine un montón de preguntas.

—¿Y ya has pensado en qué ponerte para los días previos a la boda? —me pregunta mi madre—. No puedes dejarlo para el último momento y esperar encontrar algo decente.

—Mamá, yo no dejo las cosas para el último momento — replico.

La verdad es que aún no he decidido qué voy a ponerme.

Tengo varias opciones, pero todavía no he comprado nada.

Aunque eso no lo voy a admitir delante de mi madre.

Ella se lo tomará como una prueba de que soy tan poco fiable y voluble como siempre.

—Solo asegúrate de no ponerte ese cárdigan —me dice, señalándolo con la cabeza.

Katherine confirma su elección de velo y le dice a la modista que le gustan el escote y el largo. Hay una pequeña discusión sobre la cremallera y, a continuación, Katherine regresa al probador.

Una de las dependientas asoma la cabeza desde la esquina y me hace señas para que entre en la zona de probadores, donde está colgado mi vestido de dama de honor. Es un bonito vestido azul claro con hombros al aire. Es discreto y elegante, igual que mi hermana.

Me cambio con rapidez y me sorprende gratamente lo bien que me queda y lo bien que le sienta el azul a mi tono de piel.

Me preocupaba un poco parecer pálida, pero, por supuesto, Katherine ha elegido el tono perfecto.

Me vuelvo hacia un lado y luego hacia el otro, intentando verme desde todos los ángulos.

—Sal ya —me dice Katherine desde la zona de sofás—. Estoy deseando verte.

La dependienta me lleva un par de zapatos de tacón plateados que me quedan como un guante. Me siento como la princesa de la reina de las hadas que es Katherine. Es como retroceder un cuarto de siglo y volver a jugar a disfrazarnos.

Me acerco a la zona de descanso y miro a Katherine y a mi madre. Katherine y yo nos sonreímos.

—Es un color precioso —digo.

—Me alegro mucho de que te guste —responde Katherine, con los ojos muy abiertos y expresión de felicidad—. Estás preciosa.

Mi madre hace una mueca.

—¿No le queda un poco ceñido? —le pregunta a la modista. Luego se vuelve hacia mí—. Quizá deberías elegir una talla más.

Echo un vistazo hacia abajo. No me queda ceñido. Me miro en el espejo y no veo que la tela tire o se arrugue en ningún sitio. —No, te queda perfecto —aprueba Katherine.

—Es cuestión de gustos —dice la modista—. Pero está cortado al bies, así que no está pensado para quedar holgado. Yo diría que le queda perfecto.

Mi madre arquea las cejas, pero no dice nada más.

La emoción que he sentido al verme por primera vez se va desvaneciendo.

Al menos a la modista y a Katherine les gusta, aunque a veces me preocupa que el apoyo de mi hermana no sea más que su forma de intentar protegerme de las críticas más duras de mi madre.

Katherine se levanta y regresamos juntas a los probadores.

—Estás muy guapa —me dice cuando entro para cambiarme—. No le hagas caso a mamá. Ya sabes cómo es.

—Lo sé. Quiere que sea como tú. Por desgracia para las dos, no lo he conseguido.

—A mí también me critica —comenta ella—. Pero es cierto que tanto como a ti no.

—Supongo —digo, abriendo la cortina—. Solo tengo que ignorarlo. Pero es difícil. Es la voz que oigo en mi cabeza. Dios sabe lo que va a decir sobre la cena de la despedida de soltera.

Katherine se ríe.

—Ah, pues entonces no tienes que preocuparte por ella. Ya sabes cómo se pone cuando tiene público. Tiene que montar todo un espectáculo para aparentar que somos la familia perfecta.

—Claro. Pero todos sabemos que no lo somos.

—¿Sabes lo que creo? —pregunta Katherine—. Su forma de criarnos ha sido un magnífico manual de cómo no se debe educar a dos niñas. Cuando nos toque a nosotras, tendremos que aceptar las diferencias de nuestras hijas.

—Y dejar que crezcan y cambien —insisto—. Ya no soy la chica despistada que era a los quince años.

—Claro —aprueba ella—. Tienes un trabajo estupendo, un piso estupendo y eres una amiga y una hermana increíble. — Pero no soy la hija perfecta—. ¿Has vuelto a ver a Hunter desde que fuiste a su piso? —pregunta con expresión pícara.

Niego con la cabeza.

—Solo nos hemos estado mandando mensajes.

—Es un chico estupendo, ya lo sabes. Es el mejor amigo de Ed. Es muy leal y nos apoya mucho con esta boda y con nuestra relación.

—¿Tiene que apoyar vuestra relación? —le pregunto.

Recuerdo lo que dijo Hunter sobre que Katherine no es perfecta y que a veces le resulta irritante.

Me pregunto hasta qué punto la apoya en realidad.

Me da la impresión de que Katherine no es precisamente su persona favorita.

Aunque tampoco es que vaya a decirle nada a ella.

—Ayuda que tus amigos te apoyen, ¿no? —pregunta ella—.

Al menos para las chicas. La verdad es que no entiendo muy bien cómo funciona eso con los chicos.

Sé que Ed cree que Hunter lo ha hecho genial echándole una mano cuando Ed estaba liado con los preparativos de la boda y cosas así.

— Hunter me da la impresión de ser un tipo centrado.

Cuando nos conocimos… no estaba centrado en la despedida de soltero.

Pero encontró la casa y responde a mis mensajes nada más enviárselos.

Si además ha estado haciendo el trabajo de Ed, eso debe suponerle cierta presión.

Quizá he sido un poco dura con él. Se ha mostrado bastante colaborador desde aquel día en su piso.

Esa fue la última vez que lo vi, de hecho.

Fue tan… amable conmigo—. Es un buen chico —continúa Katherine—. Y… muy guapo, ¿no crees?

—Si te gusta esa clase de tíos… —respondo.

—¿Y a ti te gusta? —pregunta Katherine.

Por un momento, me pregunto si me lo pregunta porque Hunter haya dicho algo. Pero no parece propio de él. De todos modos, me odia.

—No es mi tipo —contesto.

Katherine arruga la nariz.

—¿En serio? Tiene un cuerpazo que… —Se le iluminan los ojos.

—¡Katherine! —le reprendo—. Te vas a casar dentro de un par de meses.

—Pero no soy ciega. Hunter es un tío guapo con un cuerpo estupendo. No sé cómo lo hace, porque es un auténtico adicto al trabajo. Quizás levanta pesas durante las reuniones o hace ejercicio en una cinta de andar en su despacho. O tal vez no duerme.

—Parece más probable —reflexiono—. Tampoco descartaría que fuera un vampiro.

—¿Porque es guapísimo? —pregunta Katherine, esperanzada.

No quiero desilusionarla y decirle que probablemente esté deseando hacerme una herida en el cuello.

—No está nada mal —admito. Estoy segura de que Debbie está de acuerdo conmigo.

Katherine abre mucho los ojos.

—Lo sabía. Entre vosotros dos hay química. Ya lo vi en nuestra fiesta de compromiso.

Pongo los ojos en blanco, pero no le llevo la contraria.

¿Para qué? Si pensar que Hunter y yo tenemos química hace feliz a Katherine, entonces se merece quedarse en su burbuja.

Solo nosotros dos tenemos que saber que nuestra «química» era pura y auténtica hostilidad hasta hace poco.

Eso ya es agua pasada. Hemos entrado oficialmente en nuestra etapa de tregua.