Un acuerdo inocente 7 #3
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—¿Por qué no organizas la cena de la noche que lleguemos?

Yo me encargo del sábado —sugiero—. Puedes encargarte del transporte de los chicos.

Yo me ocuparé del nuestro, del de las chicas.

Así no tendremos que planificarlo juntos y podrás librarte de mí.

—Esbozo una sonrisa forzada, me levanto y guardo los papeles que he dejado sobre la mesa de nuevo en la caja.

—Estás loca. No estaba intentando ser un capullo.

—No hace falta que lo intentes —replico, y cierro la tapa de la caja. Ya no hay rastro de rebeldía en mi tono. Ni siquiera me molesto en ofenderme.

—Lo siento —dice él, cogiendo la caja—. No era una crítica.

—Claro. —Hunter no ha dejado de lanzarme una avalancha de insultos y críticas desde que nos conocimos. Y ya estoy harta. Se ha pasado un poco de la raya. El agotamiento que sentía al llegar me invade de nuevo como una ola—. Gracias por organizar lo de la casa. Es preciosa.

—¿Estás segura de que quieres irte? Podemos planificar juntos las comidas y el transporte. No hace falta separarnos por sexos, sobre todo porque muchos de los invitados son parejas que viajan juntas.

—Podemos coordinarnos por correo.

Algo parpadea en la tele y los dos nos volvemos para mirar.

Es una llamada de FaceTime. De alguna manera, su móvil se ha conectado con la tele.

Hunter coge el teléfono, pero los dos hemos visto que no es su madre quien llama, sino una mujer llamada Debbie, que tiene los labios rojos y un escote del tamaño y la profundidad del Gran Cañón.

Tal y como pensaba: Hunter es un mujeriego.

Y un mentiroso. Y le viene de perlas que yo me encargue de todo el trabajo pesado mientras él se lleva los méritos por haber conseguido la casa.

Para ser justos, hay que reconocer que es una casa muy bonita.

Al fin y al cabo, eso era todo lo que necesitaba de él.

El resto lo puedo hacer yo sola mientras Hunter se dedica a lo que sea que esté haciendo con Debbie.

—Deberías contestar. —Señalo con la cabeza hacia la pantalla—. Parece que tu madre tiene muchas ganas de charlar.

—Esa no es mi madre, boba. Es mi tía abuela Deborah — dice entre risas.

Ni siquiera él se cree que me vaya a tragar eso.

Siento la necesidad de darme una ducha. Dios sabe qué habré cogido estando en su piso tanto tiempo.

Me dirijo hacia la puerta y Hunter me sigue, llevando mi caja—.

Te la bajaré y te la meteré en el taxi. —Está intentando ser amable, pero a pesar de haber encontrado la casa de Vineyard, ya he visto cómo es.

—No hace falta. —Estiro la mano para cogerla, pero antes de que llegue a hacerlo, suena mi móvil y lo saco del bolsillo. Es Katherine.

—Hola, Katherine —respondo—. Estoy con Hunter, organizando la fiesta del fin de semana.

Ella da un gritito de alegría. Sonrío ante el entusiasmo de mi hermana.

—¿Y os lleváis bien? —pregunta.

—Por supuesto. Somos uña y carne —contesto. Hunter arquea las cejas en una acusación silenciosa.

—No sabes lo feliz que me hace eso —dice Katherine—. Cuando Ed y yo tengamos hijos, vais a ser los mejores tíos del mundo. —Me pregunto qué pensaría Katherine si supiera que, a veces, Hunter la encuentra irritante—. Vale, pues llámame más tarde. Podemos ponernos al día cuando vuelvas a casa.

—Claro que sí —acepto—. Y no te preocupes.

Todo va a salir perfecto. —Hunter niega con la cabeza de forma inquietante.

Cuelgo el teléfono tras hablar con Katherine y vuelvo a coger mi caja—.

¿Por qué no firmamos una tregua? Al menos delante de mi hermana y de Ed.

Pongámonos de acuerdo en que, para hacer felices a las personas más importantes de nuestras vidas, podemos fingir que nos llevamos bien.

—Claro, Lucy —aprueba, y no consigo descifrar su tono.

Quizá sea sincero, pero da igual si está fingiendo o no.

No quiero que Katherine se preocupe pensando que Hunter y yo nos llevamos como el perro y el gato.

Ella quiere que nos llevemos bien, así que eso es lo que va a conseguir.

Aunque tengamos que fingirlo. Suelta la caja y me abre la puerta de su casa.

Me dirijo de nuevo hacia el ascensor y echo un vistazo hacia el piso de Hunter.

Se ha cruzado de brazos y está apoyado en el marco de la puerta, mirándome.

La camiseta que lleva pone de relieve sus brazos musculosos, y no me había dado cuenta de que los vaqueros le quedaran así de bajos en las caderas.

Es casi obsceno. Se ve diferente a como estaba en Massachusetts.

No es el tipo de «Colin Firth ha tenido un hijo con Matthew Macfadyen », pero no está mal—.

Gracias por meterme en un Uber en la fiesta de compromiso —me dice en voz alta—. Podría haber hecho el ridículo.

—No hay de qué —respondo casi a voz en grito. Es un poco tarde para darme las gracias por eso. Solo lo ha hecho porque sabe que esta vez se ha pasado de la raya. Pero me da igual: voy a hacer todo lo posible por fingir que todo va bien con él. Es obvio que es importante para Katherine.