Un acuerdo inocente 7
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L ucy

Son las ocho menos cinco cuando pulso el timbre del piso de Hunter. Para cuando llegue a su puerta, serán las ocho, así que, técnicamente, no me habré adelantado a la hora.

Se oye un crujido de estática y, a continuación, Hunter habla por el interfono.

—Has llegado pronto, cómo no…

—Técnicamente, no voy a… —La puerta se desbloquea con un zumbido. Sostengo la caja Bankers Box en equilibrio sobre mi rodilla y abro la puerta. Podría haberse ofrecido a bajar a ayudarme…

Llego a su puerta y le doy un golpecito con el pie, ya que no quiero soltar la caja. Hunter ya está hablando cuando abre la puerta de golpe.

—¿Pero qué demonios, Lucy? ¿Por qué le estás dando patadas a mi…? —Ve que tengo las manos ocupadas y, al instante, los dos nos damos cuenta en silencio de lo rápido que ha sacado conclusiones. Conclusiones erróneas.

—Añádelo a la lista —digo.

—¿A la… qué?

—La lista que tienes de quejas sobre mí. Seguro que las estás apuntando en algún sitio.

Se apoya en el marco de la puerta y cruza los tobillos, como si ni por un momento se le hubiera ocurrido quitarme la pesada caja de las manos.

—Te olvidas de que conozco a tus padres. Conozco a tu hermana. Incluso conozco a tu tía abuela Mildred. Todos parecen tan… normales. ¿Qué te ha pasado? ¿Te caíste de cabeza de pequeña? ¿Te cambiaron de cuna al nacer? ¿Eres una dirigente suprema alienígena atrapada en un traje de piel humana?

Hay algo en sus bromas que me hace sentir como si me hubiera metido la mano en el pecho y me hubiera arrancado el corazón. Hunter puede ser muchas cosas —muchas cosas molestas—, pero hasta ahora no me había dado cuenta de que es cruel.

Le echo un vistazo a la caja que tengo en los brazos y me doy cuenta de que esto no tiene sentido.

No tengo fuerzas para seguir así y ni siquiera me molesto en decirle que la tía abuela Mildred es familia de Ed, no mía.

Nunca voy a ser como mi hermana. Nunca voy a tener una vida perfecta, nunca voy a ser un dechado de virtudes allá donde vaya.

Por muy organizada, puntual o centrada que esté, siempre seré solo yo. La otra hermana Jones.

Suspiro y me vuelvo hacia los ascensores. Ya estoy harta. No tengo fuerzas para discutir con alguien a quien no le importa nada. Al menos, esta noche no.

—Lucy —me llama Hunter. Ni siquiera me atrevo a responder—. Lucy —repite, siguiéndome fuera del piso—. Mira, lo siento. Me he pasado. Entremos de una vez. —Me coge la caja—. ¿Qué demonios hay aquí dentro?

—No importa —digo.

—Sí que importa.

Tengo los brazos cansados de cargar con la caja, me empieza a doler la espalda y daría cualquier cosa por quitarme los tacones. Pero lo peor de todo es lo cansada que está mi alma por intentar demostrar mi valía constantemente.

—Me voy a casa —digo—. Me rindo.

Hunter se pone la pesada caja bajo el brazo como si fuera un periódico, me agarra de la muñeca sin apretar y me lleva hasta su piso. Si tuviera fuerzas, le regañaría por intento de secuestro.

—Entra y tómate al menos una copa. —Su voz es suave, como si estuviera preocupado por mí.

Probablemente piense que los últimos hilos de mi cordura se han roto por fin.

Y tal vez no se equivoque. No me resisto cuando me lleva por el pasillo porque ya no tengo ánimos para hacerlo—.

Vale, podemos ponerla ahí. —Su tono ha cambiado.

No es tan ácido como de costumbre. Es como si se hubiera dado cuenta de que ha ido demasiado lejos—.

Siéntate aquí en el sofá, para que puedas ver la tele.

—Frunzo el ceño. No estoy aquí para ver Netflix y relajarme.

Tenemos que hacer planes. Pero no me opongo cuando me guía hasta el sitio que me ha asignado en el sofá.

Un momento después, me pone en las manos un vaso frío de limonada—.

Pensaba que podríamos empezar por la casa.

¿Te parece bien? —El tono de su voz es el que suelen usar las personas que trabajan con gente mayor: paciente pero cauteloso.

Me encojo de hombros y le doy un sorbo a la limonada.

Quizá el azúcar me anime un poco. ¿A quién quiero engañar?

Nada va a animarme. Hunter se sienta a mi lado y apunta con el mando a distancia a la pantalla fijada a la pared—.

Todo se ve mejor en una pantalla grande.

La tele cobra vida con imágenes de la casa más bonita que he visto en mi vida.

Está erigida sobre un lecho de hortensias blancas, con dos frontones gemelos, un amplio porche que rodea toda la casa, buhardillas y una torreta redondeada, y se parece más a la finca de los Kennedy que a una acogedora casa de playa.

Pero las tejas grises y los marcos de las ventanas, de un blanco inmaculado, le dan un aire… acogedor.

Le echo un vistazo a Hunter. ¿Se trata de una broma muy elaborada? No puede ser que haya conseguido esta casa. Es imposible. Entonces recuerdo su advertencia sobre la ubicación. Entrecierro los ojos, recelosa.

—¿Está disponible? —pregunto.

—Sí. No quería arriesgarme a perderla, así que ya he pagado el depósito.

—¿De esta casa? —digo, señalando con el dedo hacia la pantalla—. No te refieres a la casa de invitados de esta mansión, sino a esta casa, ¿no?

—Sí —responde él—. A esta casa.

—¿Dónde está el truco? —pregunto—. Porque no lo he visto mientras buscaba. Bueno, quizá no estaba buscando en el rango de precios adecuado, porque debe de costar unos cien mil dólares por el fin de semana. No creo que podamos permitírnoslo.

Hunter se encoge de hombros.

—Está controlado.

—Has dicho que no estaba en Cape Cod. Entonces, ¿dónde está? ¿En Maine? ¿En Canadá? —Es imposible que haya conseguido esta casa con tan poca antelación en ningún sitio cerca de Cape Cod. No es posible y ya está. Tiene que haber una trampa enorme.

Suspira y se pasa las manos por el pelo.

—No te enfades —me advierte.

Me preparo mentalmente y rezo en silencio para que la casa esté en algún lugar cercano a Cape Cod.

—No me voy a enfadar. ¿Dónde está?

—En Martha’s Vineyard .

Me levanto de un salto como si alguien me hubiera metido un atizador al rojo vivo por el trasero.

—Esta casa… —Me quedo paralizada un insftante y luego me acerco a la pantalla y señalo con el dedo la preciosa imagen que aparece en ella—.

Esta casa de aquí está en Martha’s Vineyard .

—Él asiente, presa del pánico, con los ojos muy abiertos, como si estuviera esperando a que le dé un puñetazo en la cara—.

¿Y está disponible para el fin de semana que necesitamos y entra dentro del presupuesto?

—Asiente de nuevo y a mí me da vueltas la cabeza.

¿Qué otras condiciones había? Tenía que estar en Cape Cod, pero Martha’s Vineyard es aún mejor.

Tenía que ser lo bastante grande, y este sitio podría albergar a una orquesta sinfónica.

Y tenía que estar en la playa. Ahí debe de estar el truco—.

¿A qué distancia está de la playa? —Coge el mando a distancia y cambia a otra imagen.

Muestra una vista lateral de la casa, con dunas de arena sedosa, espigado barrón y el espumoso oleaje del Atlántico.

Tiene que estar bromeando. Si yo hubiera diseñado una casa para nuestro fin de semana, no se me habría ocurrido una mejor.

Me alejo de la pantalla para contemplar la imagen al completo—.

¿Tienes más fotos? —No dice nada, solo pulsa el mando a distancia de nuevo.

La imagen cambia a una foto del porche, con vistas al mar.

Suelo de caoba, la bandera estadounidense y un columpio, todo ello rodeado de hortensias blancas.

Es lo más bonito que he visto en mi vida.

Me desplomo en el sofá y me tapo la cara con las manos.

No puedo contener la oleada de emociones que me inundan en este momento.

Esta casa es más que perfecta. Es más de lo que Katherine o cualquiera de sus amigos podrían esperar—.

Si esto es una broma, te voy a matar. —Mi voz se quiebra al pronunciar la amenaza.

—Dios mío, Lucy, ¿estás bien? —pregunta Hunter. El sofá se hunde cuando se acerca más a mí. Me pone una mano en el brazo con un poco de torpeza.

—No me lo puedo creer —digo, volviéndome para mirarlo. La preocupación inunda sus ojos, de un azul brillante, y no aparta la vista—. Gracias —murmuro con voz suave—. No sabes lo que esto significa para mí.

Coge mi vaso de la mesa y me lo pone en la mano.

Le doy un pequeño sorbo y empiezo a sentirme un poco mejor.

La energía va invadiendo mis extremidades y me cuesta menos respirar.

Es como si me estuviera recuperando de una prueba de resistencia, como si hubiera estado abandonada en una isla y por fin me hubieran rescatado, o como si acabara de cruzar la línea de meta tras una carrera de veintiséis millas.

Es alivio, gratitud y puro agotamiento, todo mezclado en uno.

—¿ Te vale Martha’s Vineyard ? —pregunta, esperanzado.

—Por supuesto —respondo, dejando el vaso sobre la mesa de centro—.

Es mejor que Cape Cod. Llegar hasta allí es toda una aventura.

Es más exclusivo. Más memorable. —Y entonces me doy cuenta de que toda mi planificación se ha centrado en Cape Cod y no en Martha’s Vineyard.

Tendré que volver a empezar desde cero. No podemos perder el tiempo yendo y viniendo en el ferry.

—He pensado en plantearnos alquilar un helicóptero para ahorrar tiempo, si eso supone un problema —dice.

Clavo la vista en Hunter. Lo dice totalmente en serio. Lo ha pensado bien. Se preocupa. Y me hace mucha ilusión no tener que cargar yo sola con el peso de organizar este fin de semana.

—Vaya —suspiro—. Sin duda deberíamos planteárnoslo. Y lo de pescar… Supongo que se puede pescar por allí, ¿no?

Hunter se encoge de hombros.

—He tenido una semana de locos. Aún no he concretado todos los detalles. —Una sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios—. Pero creo que podremos solucionarlo.

—Sí, seguro, aunque tengas que pedir que te recojan en barco desde Hyannis.

—Claro.