5
L ucy
Me estoy mordiendo frenéticamente el borde de la uña del pulgar y dando golpecitos con el pie en el suelo del bar donde estoy ahogando mis penas.
Es que no sé cómo le voy a decir a Katherine que no hemos encontrado ninguna casa en Cape Cod .
Por supuesto, Katherine lo entenderá porque ella es así.
Comprensiva. Dulce. Cariñosa. Pero, sea cual sea su reacción, me voy a sentir como la hermana pequeña que no tiene arreglo y que, comparada con ella, no hace nada bien.
—¿Qué tal algo en los Hamptons? —sugiere Charlotte.
Charlotte y yo somos amigas desde que teníamos tres años.
Me ha acompañado en cada diente que se me ha caído y en cada desengaño amoroso.
Me conocía cuando era un desastre que no dejaba de perder los libros del colegio y que siempre llevaba la camiseta manchada, y me conoce ahora, cuando soy toda hojas de cálculo y zapatos de salón de charol.
Charlotte conoce todas las versiones de mí y, lo que es más importante, las acepta todas.
Sabe que ya no soy la misma adolescente desaliñada que solía ser, esa que mi madre sigue creyendo que soy.
Igual que yo sé que ella ya no es una belieber .
Los tiempos cambian—. Es que allí hay muchísimo más donde elegir.
—Ya sabes que me encantan los Hamptons, pero Katherine quiere estar en Cape Cod .
Creo que lo más importante es estar en Massachusetts.
Aparte de estar con Ed. —Suspiro y echo la cabeza hacia atrás—.
Podríamos buscar un hotel, supongo, pero ninguno de los lujosos tiene suficientes habitaciones; ya lo he comprobado.
Y aunque las tuvieran, las habitaciones con vistas al mar para un grupo de nuestro tamaño tendrían un coste prohibitivo.
—Katherine lo entenderá dadas las circunstancias —dice Charlotte—. Al fin y al cabo, ha sido una decisión de última hora.
Ed y Katherine llevan juntos toda la vida, pero Ed quería que su negocio estuviera más consolidado antes de dar el «sí, quiero» porque sabía que Katherine quiere tener hijos nada más casarse.
Él prefería tener estabilidad económica antes de formar una familia.
En cuanto se sintió preparado, las cosas empezaron a marchar a toda velocidad.
Me alegro por ellos, me alegro de que se sientan preparados para esta nueva etapa de sus vidas.
Solo desearía que nos hubieran dado a todos un poco más de tiempo para organizarnos.
—Tienes razón —acepto—. Katherine lo entenderá. Pero esa no es la cuestión. Me apetecía darle lo que ella quiere. Es una persona tan buena, que hace tanto por los demás… Se merece una despedida increíble antes de casarse. —Charlotte arquea una ceja—. ¿Qué? —pregunto a la defensiva—. Es la verdad.
—Quizá esa sea parte de la razón por la que quieres organizar la despedida de soltera perfecta. Pero no es la única razón.
Me encojo de hombros.
—Pues demándame por querer que la gente vea que he madurado.
—¿Va a estar tu madre?
Asiento.
—Solo para la cena del sábado. No se va a quedar a dormir.
Lo mismo ocurre con mi tía y sus dos hijas.
—Charlotte arruga la nariz. Conoció a mis primas hace años, pero no han cambiado nada.
Son unas snobs terribles, siempre dispuestas a mirar por encima del hombro a cualquiera al que no consideren lo bastante bueno—.
Los únicos que se quedarán en casa son Katherine y Ed, tres amigas de Katherine de la universidad con sus novios, el padrino, otros dos amigos de Ed y yo.
—Eso es mucha gente.
—Lo sé. Y seguimos sin tener dónde quedarnos. Se suponía que el padrino iba a encontrar una solución. Le he dado de plazo hasta la hora de comer de hoy, pero no he sabido nada de él, a pesar de que le he enviado al menos diecinueve mensajes.
Charlotte se ríe. Aunque estoy furiosa con Hunter por no responderme, sonrío. Probablemente me he pasado un poco con el aluvión de mensajes.
—¿Y qué tal el glamping ? —sugiere Charlotte—. Ya sabes, uno de esos campings glamurosos. ¿Crees que le gustaría la idea?
La despedida de soltera me tiene tan ocupada la mente que cuando echo un vistazo al otro lado del bar juraría que veo a Hunter. Me vuelvo hacia Charlotte.
—No estoy segura de que a Katherine le entusiasme, pero se lo tomaría con calma —respondo—. Pero no quiero que Katherine tenga que tolerar su despedida de soltera. Quiero que la disfrute.
—Pero si es imposible, es imposible —dice Charlotte, justo cuando el chico que creía que era Hunter se vuelve hacia mí y nuestras miradas se cruzan.
Es Hunter.
Hunter, que ha pasado del plazo que le di para encontrar una casa en la playa y que ha ignorado todas y cada una de mis diecinueve peticiones de información. Por lo que parece, estaba demasiado ocupado planeando su noche de fiesta en el bar.
—No me lo puedo creer —mascullo, furiosa.
—¿Qué? —pregunta Charlotte.
—Es el padrino borracho, el que se supone que tiene que encontrarme una casa en la playa.
—¿Dónde? —pregunta ella—. ¿Es el guapo?
—No es guapo. —Es mentira, pero en este preciso momento, aunque se pareciera a un hijo de Colin Firth y Matthew Macfadyen, me darían ganas de arrancarle la cara de un tirón.
Me levanto y Charlotte me tira de la mano.
—No, Lucy. Siéntate. No vayas por ahí.
—Claro que voy a ir por ahí —digo; aprieto los puños y miro a mi alrededor en busca de un arma adecuada—.
No puedo quedarme aquí sentada y dejar que se salga con la suya…
con… con no encontrarme una casa en la playa.
—Suspiro, intentando contener la ira que ha empezado a hervir en mis venas—.
«No hay nadie tan capaz como yo». Es mi castigo.
—¿Estás citando Persuasión ? Sé razonable —dice Charlotte—
. Tú misma acabas de decir que encontrar una casa en la playa era imposible.
El corazón me late con fuerza en el pecho y estoy lista para la pelea. ¿Cómo se atreve a salir a divertirse cuando ni siquiera ha cumplido con sus obligaciones básicas como padrino de boda? Por lo que yo sé, ni siquiera ha hecho el más mínimo esfuerzo para cumplir con su parte
—No pienso tratarlo con tanto respeto. Así es como se les malcría.
Charlotte suelta un gruñido y me agarra de la mano. Sabe que, si estoy tergiversando citas de La abadía de Northanger es que voy en serio. Me libro de su mano y me dirijo dando pisotones hacia donde Hunter está charlando alegremente con sus amigos.
—¡Caballero, es muy grosero por su parte entretenerse socializando!
—suelto al acercarme a la mesa. Es como si se me hubieran roto todos los diques de contención porque no tengo ni idea de por qué estoy hablando como si estuviera en una adaptación de Jane Austen, igual que mi madre suele hacer cuando intenta impresionar a alguien.
Hunter se vuelve hacia mí con una expresión de total desconcierto. De repente, se me quitan las ganas de pelear. Me doy cuenta de que todo su grupo me está mirando y me siento cohibida. Estos hombres son mayores que Hunter y no parece que hayan salido a divertirse. El ambiente es más formal.
Soy una idiota. Esto es un asunto de negocios.
Me gustaría retroceder diez segundos y volver al momento en el que Charlotte me tiraba de la mano.
Entonces Hunter se echa a reír.
—Esta es la futura cuñada de Ed. Me alegro mucho de verte, Lucy.
—Se muestra muy formal y profesional, aunque no se ha puesto a imitar a Darcy.
Se vuelve hacia el grupo de cinco hombres—.
Estamos organizando juntos la despedida de soltera y de soltero conjunta.
—Se vuelve hacia mí, con los ojos muy abiertos, instándome a que acceda a lo que va a pedirme—. ¿Puedo llamarte mañana por la mañana?
Esbozo una sonrisa perfecta y asiento.
—Claro, Hunter. Es un placer conocerlos. —Sin darme cuenta, hago una pequeña reverencia inexplicable antes de alejarme de la mesa y regreso junto a Charlotte, derrotada y humillada. ¿Quiénes eran esos tipos? ¿Y por qué estoy tan fuera de mí?—. Necesito un trago —digo.
—Me lo imaginaba. Acabo de pedir dos tequilas porque la vergüenza ajena que siento es tan fuerte que ahora mismo preferiría que se me tragara la tierra.
—«La gente enfadada no siempre es sabia» —digo con un suspiro—.
Austen tenía razón. —Me tapo la boca con la mano.
Quiero retirar cada sílaba—. Charlotte, me he vuelto completamente loca.
—Ella asiente como si le acabara de decir que tengo pie de atleta.
Se muestra muy comprensiva y empática, pero no quiere acercarse demasiado a mí—.
¿Me estoy convirtiendo en mi madre? —pregunto.
Me he transformado en Elizabeth Bennet hace un momento, aunque sin esos ojos tan bonitos.
Creo que mi madre debe de habérmelo transmitido en su ADN o algo así.
Charlotte se encoge de hombros de una forma que, para mi gusto, se parece demasiado a un «quizás»—
. Tengo que dejar de abordar a la gente en lugares públicos. Y cuando digo «gente», me refiero a Hunter. A partir de ahora, prometo gritarle solo en privado. Y —añado ante la mirada fulminante de Charlotte—, en lugar de gritar, voy a bajar el tono hasta un grito susurrado.
—Yo diría que eso es un verdadero crecimiento personal.
— Ladea la cabeza—. Al menos desde tu punto de partida, aunque no deberías quedarte ahí.
Podrías pensar que a él le está costando tanto como a ti encontrar un sitio.
Quizá haya evitado responder a tus mensajes porque…
, bueno, en primer lugar, porque son muchísimos, y en segundo lugar, porque tal vez no quiera decepcionarte.
Pienso en Hunter, borracho en la fiesta de compromiso.
—No creo que a Hunter le importe un comino decepcionarme. Pero eso no significa que pueda gritarle en público.
—Por la sencilla razón de que no parece surtir ningún efecto, salvo…
—¿Mi propia humillación? —sugiero.
Charlotte levanta uno de los chupitos que acaban de ponernos delante.
—El que se pica…