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H unter
A menudo me salto la comida. O estoy llamando a alguien o reunido.
Mi asistente me deja una ensalada en el escritorio, y a veces ni siquiera tengo tiempo de mirarla y mucho menos de comerla antes de que la mayoría de la gente se vaya a casa.
No noto el hambre. Estoy demasiado ocupado.
Demasiado absorto en hacer que Portis Investments sea un éxito.
Siempre he sido una persona centrada, pero ver cómo fracasa un negocio y estar al timón mientras se hunde te hace concentrarte aún más.
Si puedo aportar algo, prefiero hacerlo antes que ponerme a la cola para comprar un sándwich de pastrami con pan de centeno.
Pero hoy la reunión ha terminado temprano, en la oficina no paran de decir lo bonito que está el día y mi asistente me ha mandado salir a buscar la comida. Ha insistido en que era su forma de cuidar de mi salud mental.
Quizá tenga razón. Aunque me siento un poco culpable por no haber devuelto las diez llamadas que tengo en la lista, me hace bien estar al aire libre, a la luz del día.
Hay gente por todas partes, corriendo en todas direcciones.
Otros están sentados en los muretes o en los escalones, a la sombra.
Está claro que no tienen tiempo para recorrer las cinco manzanas hasta el parque, pero quieren estar al aire libre.
Los taxis tocan el claxon. El tráfico está paralizado.
Todo parece tan… normal. Pero yo no suelo verlo: llego a la oficina cuando aún está oscuro y, en las seis últimas semanas no he salido antes de medianoche más de dos veces.
Resulta irónico que en esas dos ocasiones fuera por culpa de Ed y Katherine.
Primero, quedé a cenar con la feliz pareja cuando vinieron a Nueva York hace un mes.
Después tuve que coger un vuelo a Boston para asistir a la fiesta de compromiso el viernes.
Los preparativos de su compromiso y su boda nos están distrayendo tanto a mí como a Ed.
Y quien va a salir perjudicado es Portis Investments.
No podemos estar los dos desconectados mentalmente al mismo tiempo. Alguien tiene que mantenernos a flote.
Me dirijo a mi tienda de bocadillos favorita, Stranger than Fiction .
Cada bocadillo lleva el nombre de algo relacionado con los libros.
Está pensado para turistas, pero que me perdone Holden Caulfield —el de El guardián entre el centeno, que no pedía otra cosa en todo Manhattan—, porque a mí también me pierde un sándwich de queso suizo con batido de malta.
No es gran cosa, pero la leche malteada aporta muchas vitaminas.
Me pongo en la cola, que llega hasta la puerta, y miro el móvil para ver qué tengo pendiente en el correo.
El primero es de Ed. El asunto dice «Lo siento, tío», lo que nunca es buena señal.
Echo un vistazo rápido al correo y hago todo lo posible por no soltar un taco ni darle un puñetazo a la pared más cercana.
No va a venir a la cena con FMCH mañana, aunque sabe lo importante que es.
Conseguir un cliente como FMCH podría suponer un aumento del treinta por ciento en nuestros ingresos del año que viene.
¿En qué está pensando? Miro el correo con más detenimiento.
Tiene una cita para probar el menú de la boda.
Lo vuelvo a leer para asegurarme de que no estoy alucinando.
No puede ser verdad que vaya a perderse la oportunidad de sentarse con los responsables de FMCH para comerse un puto pollo.
Hasta ahora, no le he dicho nada a Ed de que creo que ha perdido la concentración. Pero esto ha ido demasiado lejos. No puedo llamarlo ahora mismo porque estoy demasiado alterado, así que inspiro hondo para tranquilizarme y le echo un vistazo a la cola. Algo o alguien está tardando mucho.
Abro un correo de un viejo amigo de la universidad, Jack.
Proviene de una familia adinerada de Nueva York y tiene una casa preciosa en Martha’s Vineyard , donde me alojé un verano cuando estaba en la universidad.
Conoce bien la zona, así que le envié un correo para preguntarle si sabía de algún sitio bueno para celebrar la fiesta.
Le pedí a mi asistente que buscara en todas las páginas web habituales, pero todo está completo o sin más no es lo bastante grande.
Justo cuando estoy abriendo el correo, oigo una voz aguda junto a mí.
—¿No deberías estar buscando una casa en la playa en lugar de estar tomando el sol un martes cualquiera?
Alzo la vista y me encuentro cara a cara con Lucy.
Gimo para mis adentros. Creía que me había librado de ella en Boston.
—¿Qué haces aquí? —pregunto.
—Trabajo en ese edificio. —Señala el edificio acristalado que está al lado del de Portis Investments.
Claro que sí.
—He venido a buscar un bocadillo. Mátame si quieres — replico.
—Con mucho gusto, pero no tengo pistola. —Se encoge de hombros—. Y, además, el naranja presidiario no me queda bien.
—Supongo que eso también es culpa mía.
Me mira como si estuviera sopesando lo difícil que le resultaría estrangularme.
—¿Has encontrado algún sitio? —pregunta, suavizando un poco el tono—. La fiesta de despedida de soltero y soltera conjunta es dentro de tres semanas. Necesitamos un sitio donde alojarnos, y Katherine se ha empeñado en una casa en la playa en Cape Cod . No podemos decepcionarla.
—No podemos seguir llamándola «la despedida de soltero y soltera conjunta». Es demasiado largo.
—Llámalo como te dé la gana siempre y cuando encuentres una casa.
—Esta mujer me odia y no entiendo qué problema tiene conmigo.
Vale, quizá estaba un poco borracho la primera vez que nos vimos y con un poco de resaca la segunda, pero tampoco es como si me hubiera emborrachado a propósito para cabrearla. ¿Por qué se lo toma como algo personal?
—He estado hablando con un par de contactos para ver si puedo encontrar algo.
—No me importa lo que estés haciendo. Quiero resultados.
No hace falta que me pongas al día: lo que quiero son resultados concretos.
—Se me crispan un poco las comisuras de la boca.
Se parece un poco a mí cuando reviso el trabajo de la gente y me dan todos los antecedentes y me cuentan lo que han investigado hecho cuando lo único que quiero saber es la conclusión—.
¡Quiero una casa! —Ha alzado la voz y la gente que está haciendo cola empieza a mirarnos de reojo mientras mantenemos nuestro pequeño téte-à-téte .
—Gritarme no va a hacer que los anuncios inmobiliarios aparezcan por arte de magia. —Vuelvo a mirar mi móvil para ver si el correo de Jack dice algo que haga que Lucy me deje en paz.
Lucy sigue hablándome sin parar mientras leo la respuesta de Jack. La casa de su familia, bla, bla, bla, acaba de comprar una vivienda como inversión… bla, bla, bla… y hay un enlace.
—¿Me estás escuchando siquiera? —espeta Lucy.
—No. Estoy intentando leer un correo sobre el alquiler para la puñetera fiesta previa a la boda.
—Entrecierro los ojos para mirar la pantalla.
Las fotos de la página web son preciosas, y está en Martha’s Vineyard .
No es el Cabo, pero está bastante cerca.
Vuelvo al correo de Jack para asegurarme de que está disponible.
La acaban de reformar y no la habían puesto en alquiler hasta la semana pasada, por eso está libre para el fin de semana que necesitamos. Me ha tocado la puta lotería.
—Claro que sí —dice Lucy—. Pero en serio, deja de ver ESPN o lo que sea que estés haciendo en el móvil y ponte a buscar una solución. Tenemos que resolverlo.
Gruño. ¿Por qué sigue quejándose? No voy a decirle que acabo de dar con una solución a nuestro problema con el alquiler de la casa. Que se preocupe un poco más.
Dejo caer la mano en la que sostengo el móvil y miro a Lucy.
Por un momento, me quedo atónito. Había olvidado lo absolutamente hipnóticos que son sus ojos.
Lleva un poco más de maquillaje que cuando la vi este fin de semana y está espectacular.
La recorro de arriba abajo con la vista: lleva un vestido ceñido y tacones altos, y el pelo recogido en uno de esos peinados que la hacen parecer una estrella de cine de los años cuarenta.
Algo se me remueve en el pecho y noto un rubor que me sube por el cuello.
¿Cómo es posible que me sonroje solo por mirar a una mujer?
Sobre todo a una mujer tan pesada como Lucy.
¿Le hace pasar un mal rato a todo el mundo así, o es que reserva toda su mala leche para mí?
Por un segundo, me imagino agarrándola de la muñeca, empujándola contra la pared junto a la tienda de bocadillos y besándola solo para que deje de hablar.
—¡Hunter! —dice, arrancándome del curso de mis pensamientos.
—¿Qué? —pregunto, irritado por su sarcasmo, irritado por el correo de Ed, irritado por llevar veinte minutos haciendo cola para conseguir un puto bocadillo.
—No tienes remedio —dice ella—. Te doy cuarenta y ocho horas para que encuentres la mejor casa de playa de Cape Cod.
No me importa cuánto tengas que pagar ni a quién tengas que matar.
Hazlo y ya está. —Se da la vuelta y se marcha; sus tacones repiquetean en el suelo como si me estuvieran diciendo: hazlo. Hazlo. Hazlo. Hazlo. ¡Hazlo!
¿Se da cuenta de con quién está hablando? Dirijo una empresa con treinta empleados e invierto en activos por valor de más de trescientos millones de dólares. No acepto órdenes de nadie.
La cola empieza a avanzar, pero he perdido el apetito. Todo me resulta abrumador. No solo tengo que asumir ahora la falta de apoyo de Ed a Portis, además de mis propias responsabilidades, sino que también debo organizar una fiesta. No es así como me imaginaba que iba a ser el año.