2
H unter
Tampoco es que no me alegre por mi mejor amigo. Me he desplazado desde Nueva York hasta aquí para asistir a su fiesta de compromiso, ¿no?
—¿Me pones otro chupito? —le pido al camarero.
Estoy evitando a todo el mundo. No conozco a los amigos de Ed de su ciudad natal, y el único que tenemos en común está trabajando en Hong Kong.
Entablar una charla trivial con un montón de gente que no conozco es mi idea del infierno.
Y todo el mundo está tan alegre de cojones.
No puedo soportar más comentarios del tipo «Qué pareja tan adorable» y «Sus hijos van a ser guapísimos».
Todo eso no hace más que recordarme de forma desoladora que mi futuro está en juego mientras esta fiesta sigue su curso.
El camarero me pasa la botella de tequila.
Desenrosco el tapón y me sirvo una generosa cantidad en el vaso bajo en el que me dieron uno de los cócteles temáticos.
Quizá fuera el Algo prestado… No, ese era el de fresa.
Estaba buenísimo. A lo mejor fue el Lanza el ramo.
No, ese era de limón. Ah, no, ya sé, sin duda fue el En lo bueno y en lo malo. Ese tenía un toque picante.
Probablemente debería haber pedido una copa limpia, pero la verdad es que ni siquiera noto el sabor del alcohol al tragarlo.
Solo quiero desconectar de la realidad durante una hora más o menos, hasta que pueda irme al hotel a dormir, para luego regresar a la ciudad y hacer mi trabajo.
Y el de Ed. Ya se nota que no está tan concentrado como suele estarlo.
Juraría que se ha pasado toda la semana organizando la luna de miel.
—Hola —dice Katherine al acercarse a la barra, del brazo de Ed.
—Al parecer has encontrado el bar, tío —comenta Ed.
—¿Qué puedo a decir? No hay nada como el aire del mar y un trago de tequila.
—¿Y qué te ha parecido Lucy? —pregunta él.
Katherine le da un golpecito juguetón en el brazo.
—¡Tienes que ser más sutil!
Tengo la sensación de que se me escapa algo.
—¿Ha habido química entre vosotros dos?
Katherine pone los ojos en blanco y me quita una pelusa invisible de la chaqueta, como siempre hace. Es raro… Yo nunca veo nada en mi ropa, pero Katherine siempre encuentra algo.
—Solo queremos que la organización de la fiesta vaya sobre ruedas —dice Katherine con una sonrisa.
—Así será —respondo.
—No queremos acabar en un club de striptease en Las Vegas —dice Ed.
Katherine suelta una risa un poco histérica.
—No, ni hablar de clubes de striptease . Sabes que queremos quedarnos en Massachusetts, ¿verdad?
—Claro —digo, intentando recordar si tomé alguna nota cuando Katherine me llamó poco después de que Ed le pidiera matrimonio.
—Y va a ser algo conjunto. Así que tú y Lucy trabajaréis juntos y os encargaréis de la planificación y los preparativos. Va a ser superdivertido, ¿verdad?
Asiento le doy otro trago al tequila.
—Lucy —repito—. Divertidísimo.
Al otro lado del jardín, la madre de Katherine parece estar echándoles un sermón a un pequeño grupo de invitados.
¿Están embelesados? ¿Son rehenes? Es difícil saberlo desde esta distancia.
Curiosamente, creo oírla decir algo sobre alguien que es rico y busca esposa.
Sacude las manos en el aire para subrayar sus palabras y luego se ríe. De lo que sea que esté diciendo.
Vuelvo la vista hacia una mujer que se abalanza hacia nosotros con los puños apretados y el ceño fruncido.
—Mamá ha empezado a leer Orgullo y prejuicio, Katherine — dice con la mandíbula tensa.
Sin duda me han presentado a esta mujer.
Creo que es la hermana, con la que tengo que organizar la despedida, pero estoy un poco aturdido por el tequila y tengo el cerebro atascado en melaza.
No recuerdo haber pensado que la hermana de Katherine estuviera buena hace una hora más o menos, cuando nos han presentado, pero esta mujer es preciosa.
Tiene unos enormes ojos verdes y brillantes, y un pelo tan lustroso que me pregunto si se habrá puesto mantequilla, aceite o algo así.
¿Se hace eso? Y sus pechos son hipnóticos.
Estoy convencido de que no lleva sujetador y, sin embargo, son turgentes, redondos y…
Joder. Puede que esté un poco borracho, pero no he bebido tanto tequila como para no darme cuenta de que estoy mirando fijamente el pecho de la cuñada de mi mejor amigo.
Al menos llevo gafas de sol, así que espero que nadie se haya dado cuenta.
—No podemos hacer nada —responde Katherine—. Ya sabes cómo se pone después de tomarse un combinado de vino blanco.
—No puedes echarle la culpa al vino. Solo necesita un público para ponerse a dar la tabarra con Austen. —La guapa suspira—. Esa copa de vino solo significa que papá va a tener suerte esta noche.
—¡Qué asco! —dicen Katherine y Ed al unísono.
Estudio a la feliz pareja. Son básicamente la misma persona, pero de sexos opuestos.
Los van siempre bien peinados y tienen una sonrisa perpetua en los labios.
A los dos les gusta el yoga y el puñetero kimchi.
Apuesto a que ninguno de los dos ha ido nunca al trabajo con resaca al día siguiente de una gran noche de fiesta.
Son unos santurrones. Así son Katherine y Ed.
Siempre he sabido que Ed es así. Fue una de las razones por las que acepté asociarme con él.
Sabía que podía confiar en que siempre iba a ser sincero: el tío es incapaz de mentir.
Pero desde que se comprometió con Katherine las cosas han cambiado; sus prioridades han cambiado.
No para de hablar de la boda y de lo que él y Katherine tienen planeado para esto y lo otro.
Y me alegro por él, pero me gustaba saber que estaba al cien por cien comprometido con el negocio.
Yo lo estoy. Tengo que estarlo. No puedo permitirme otro fracaso empresarial en mi balance. No voy a permitir que eso ocurra.
—Espero que no se ponga a hablarles a tus padres de todo lo relacionado con Austen —le dice Katherine a Ed , estirándole la solapa con la palma de la mano—. No se da cuenta de que imitar a la señora Bennet no queda nada bien.
—¿Qué va a decir? —pregunta Ed—. ¡ Orgullo y prejuicio es la mejor obra de Jane Austen!
Quizá esté más borracho de lo que pensaba, pero no tengo ni idea de qué está pasando. ¿Por qué estamos hablando de Jane Austen?
La mujer de los pechos generosos, que sin duda debe de ser la hermana de Katherine, le hace un gesto con la mano a Ed para que se calle.
—No pienso permitirte eso. Todos los que no han leído los libros piensan que Orgullo y prejuicio es la mejor obra de Austen, cuando no lo es en absoluto —Ed intenta intervenir, pero Lucy no está dispuesta a escucharlo—.
Y no, ni siquiera la miniserie protagonizada por Colin Firth justifica no haber leído los libros.
Katherine resopla al oír hablar de la miniserie.
—Trescientos veintisiete minutos…
—Que nos obligara a ver esa adaptación tantas veces fue casi traumático —dice Lucy—.
La odio. La única razón por la que se me dan tan bien las matemáticas es porque hacía cálculos mentales mientras me obligaban a verla.
Lizzy Bennet es una cazafortunas y Darcy es un idiota pomposo.
No, el mejor libro de Austen es, obviamente, Persuasión.
El capitán Wentworth es un guaperas devoto.
—¿Capitán? ¿Escribió sobre navegación? —pregunto.
Lucy pone los ojos en blanco, pero no responde. Solo intentaba participar en la conversación.
Seguramente se pasa el día en las bibliotecas y tiene diecinueve gatos en casa. Le doy un sorbo a mi copa. De todos modos, no hace falta que participe en este debate.
— Persuasión no pasa de moda, y Wentworth es un auténtico macho alfa. No es un chico malcriado con un palo metido en el culo —explica Lucy—. Está claro que Wentworth sabe qué hacer con Anne cuando por fin consigue desnudarla.
Casi me atraganto con mi bebida cuando Lucy dice «desnudarla» y el calor me invade las mejillas, como a un adolescente al que pillan hojeando un catálogo de ropa interior.
—«Nunca he amado a nadie más que a ti» —dicen Katherine y Lucy al unísono.
Estoy totalmente perdido. Le echo un vistazo a Ed, pero él les está sonriendo a las dos mujeres como si estuviera viendo una película de esas que se ruedan solo para televisión. Dejo la copa sobre la mesa alta. Quizá haya bebido de más.
—Va a citar a Austen durante de toda la fiesta —dice Katherine—. Y Ed no es el señor Bingley. —Se vuelve hacia Ed—. Si solo ganas cuatro mil al año, no me casaré contigo. — Ed y ella se echan a reír, pero yo estoy totalmente confundido.
Me subo las gafas de sol a la coronilla y miro de reojo a Lucy.
—¿Quién demonios es el señor Bingley? —susurro.
Ella suspira.
—El mejor amigo del protagonista de Orgullo y prejuicio, que se enamora de la hermana de la protagonista. Mi madre estaba decidida a que Katherine encontrara a su Bingley.
—Parecen personajes secundarios. ¿No deberían ser el héroe y la heroína si todo el mundo está tan obsesionado con ellos?
—¡Imposible! —exclama Lucy, como si acabara de sugerir que lanzáramos hormigas rojas en lugar de confeti en la boda— .
Jane y Bingley son perfectos. Impecables.
Igual que Katherine y Ed. Los personajes principales deben tener defectos; si no, no son lo bastante interesantes como para mantener la atención del lector.
—Me mira fijamente, como si de verdad quisiera asegurarse de que la entiendo—.
En fin, nuestra madre cree que Katherine es la Jane perfecta de Orgullo y prejuicio y que Ed, aquí presente, es el mejor amigo rico que le va a permitir mantener el nivel de vida al que le gustaría acostumbrarse.
—¿Quiere que Katherine se case por dinero? —pregunto—. ¿Es decir, la anima a ser una cazafortunas?
Lucy se queda paralizada un momento.
—Jane y Lizzy se casaron por amor. —Su tono es firme—. Pero casualmente sus maridos eran la hostia de ricos.
—Quizá tú seas el señor Darcy —dice Katherine, sonriéndome.
Sé que se me escapa algo, porque Lucy le da a Katherine un fuerte codazo en las costillas.
—No seas gilipollas.
—Y tú que decías que yo no era sutil —murmura Ed.
Nos interrumpe alguien a quien no me han presentado. Katherine y Ed se van con la mujer y me dejan solo con Lucy.
—Estás borracho —dice ella.
Me encojo de hombros.
—Y tú eres preciosa.
Ella no responde y se queda mirando cómo Ed y Katherine atraviesan el césped.
Normalmente, decirle a una mujer que es guapa cambia las reglas del juego.
No digo que todas las mujeres se derritan al oír algo así, pero sueles ganártelas un poco.
Y no es mentira: Lucy es, sin duda alguna, guapa.
Tiene unas cuantas pecas en la nariz y ojos verdes con reflejos ámbar.
Lleva el pelo sobre los hombros y se le ha enganchado a los botones de su vestido, como un hilo de agua entre sus pechos.
Joder. Mi erección despierta en mis pantalones.
Me incorporo de la mesa donde estaba apoyado y trastabillo. Lucy vuelve la cabeza de golpe.
—Estás muy borracho. ¿No crees que deberías irte al hotel? —Sus ojos reflejan pánico.
—Estoy bien —le digo—. Quizá debería tomarme un vaso de agua.
—Quizá debería llamarte a un taxi.
—No pienso marcharme —le espeto—. Ed es mi mejor amigo. No me voy a ninguna parte.
—Sí, mucho mejor quédate aquí y cáete de bruces. Quizá puedas meterle mano a su tía abuela Mildred. Eso sería perfecto.
—Eres una estirada —rezongo.
—Qué gracioso. Y yo que pensaba que era guapa.
Siento una oleada de náuseas y me agarro a la mesa.
—Creo que quizá… —Me quedo quieto, preguntándome si voy a tener que sentarme en el césped para no caerme.
Lucy coge el móvil.
—¿Dónde te alojas? ¿En el Harbor Inn ? —Asiento, incapaz de llevarle la contraria. Tengo el estómago revuelto y la gente de la fiesta ha empezado a pasear frente a mí. Esa última copa de tequila me ha sentado fatal—. Venga. Me encargaré de que cojas el Uber.
Me agarra del brazo y yo no me opongo. No puedo.
Está claro que estoy demasiado borracho para una fiesta diurna como esta.
Debería haberme puesto un límite de dos copas.
Lucy huele a pétalos de rosa y a algo que no acabo de identificar.
De alguna manera, eso me calma un poco el estómago, y conseguimos llegar hasta la entrada de la casa sin que me caiga de culo.
—Tengo que avisar a Ed —digo.
—Le diré que has tenido que irte.
—Es mi mejor amigo. —Es más que eso. Es el tipo que me salvó de una carrera sin futuro detrás de un escritorio, trabajando para otra persona. Es mi socio.
—Vale —replica Lucy—. Me aseguraré de decirle que es tu mejor amigo.
—Lucy habla con el conductor del Uber, que acaba de llegar, y ayuda a entrar.
La oigo gritar—: ¿Doscientos dólares? No se va a poner a vomitar.
—De repente, se deja caer en el asiento de al lado—.
Me debes una por esto, Hunter. Vas a dejarme hacer lo que quiera en la despedida, ¿me oyes?
—No sé qué está pasando, pero me limito a asentir.
El Uber se pone en marcha para recorrer el circuito de obstáculos desde la casa de los padres de Katherine hasta la posada.
Juro por Dios que de camino hasta aquí no había baches del tamaño del Vesubio ni curvas como si estuviéramos compitiendo en el Gran Premio de Mónaco.
Lucy se echa sobre mí y baja la ventanilla.
Le acaricio el pelo mientras se estira sobre mi regazo.
Es tan suave y sedoso como parece—. Hunter —espeta Lucy—.
No me toques. —Levanto las manos al darme cuenta de que no debe de apetecerle que la acaricie como a un perro.
Ha sido una buena idea marcharme de la fiesta.
Lo que no sé es por qué Lucy ha venido conmigo—.
Si vas a vomitar, por favor, hazlo por la ventanilla.
Ni de coña voy a pagar los doscientos dólares de la limpieza.
Abro la boca para responder, pero Lucy me coge de la mejilla y me lleva la cabeza hacia la ventanilla.
—¡No voy a vomitar! —exclamo—. Solo quería decir eso.
Lucy niega con la cabeza, pero retira la mano de mi cara.
—Los hombres sois unos críos.
—No necesito que me mimen —digo—. No tenías por qué venir conmigo en el coche.
—Eh, perdóname si me preocupa mi valoración en Uber. He tardado meses en recuperarla después de… Da igual. No voy a dejar que me la estropees.
Justo cuando estoy a punto de preguntarle qué ha pasado con su valoración en Uber, llegamos al hotel.
—Siento que hayas tenido que irte de la fiesta.
—Al menos ya sabemos que definitivamente no eres el señor Darcy —dice mientras salgo a trompicones del Uber. Literalmente, me empuja fuera del coche con los pies y da un portazo detrás de mí.
Observo cómo el coche da la vuelta en el camino de entrada y regresa en dirección a la fiesta. Cuando se incorpora a la carretera principal, Lucy se gira y nuestras miradas se cruzan. Algo me golpea en el pecho, como una bola rápida directa al corazón.