Un acuerdo inocente 1
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Un acuerdo inocente

Un acuerdo inocente

Por Louise Bay

© inepub.com

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Mi hermana, Katherine, tiene justo el aspecto que debe tener una prometida. Locamente feliz, perdidamente enamorada y perfecta en todos los demás aspectos. La perfección no es nada nuevo para Katherine, pero ahora además está comprometida. Con el hombre perfecto, por supuesto.

—No me puedo creer que aún no hayas conocido al padrino de Ed —dice Katherine, guardando el aplicador de rímel en el tubo—. Hunter te va a encantar.

Sin duda, Hunter será perfecto. Igual que Ed, mi futuro cuñado.

Ed procede de una buena familia de Boston cuyos orígenes se remontan al menos a quince generaciones.

Se dedica a «las finanzas» —sea eso lo que sea—, igual que su padre.

A él y a Katherine les encanta vestirse a juego con ropa de Ralph Lauren y, por supuesto, nunca discuten.

Su futuro estará lleno de hijos perfectos que sacarán notas perfectas, y todos vivirán las vidas perfectas que mi madre previó cuando nació Katherine.

Según ella, las primeras palabras de Katherine fueron «Por favor».

Nunca se queja ni se enfada ni se irrita.

Cuenta la leyenda que Katherine salió del útero serena y tranquila, como si ya tuviera la sabiduría suficiente como para saber que llorar no iba a servirle de nada con nuestra madre.

Por el contrario, a mi madre le gusta contar que a mí ya se me oía llorar en su vientre antes de que me sacaran por cesárea, lo que, indudablemente, estuvo muy lejos de ser un comienzo perfecto.

Siempre he sido Cochino y Katherine, Snoopy ; la Bestia y Katherine, la Bella.

Elizabeth Bennet y Katherine, Jane Bennet.

—Lucy —me llama mi madre desde el pie de la escalera—. Ya es hora de que bajéis las dos. No quiero que hagas que tu hermana llegue tarde.

—¡Señora Jones! —exclama mi padre—. ¿Dónde está mi corbata?

Mi madre insiste en que cualquiera que no la conozca desde hace un par de décadas la llame «señora Jones» y a mi padre le gusta tomarle el pelo con eso.

Al menos, eso creo. Mi madre está obsesionada con Jane Austen y convencida de que vive en una novela de la época de la Regencia.

No me sorprendería que mi padre y ella tuvieran unos trajes de época escondidos en el fondo del armario que se ponen en privado cuando Katherine y yo no estamos por allí —y al pensar eso quiero lavarme el cerebro con jabón—.

Nuestra madre veía la adaptación de Orgullo y prejuicio —la protagonizada por Colin Firth— una y otra vez mientras estaba embarazada de Katherine.

Según mi padre, fue entonces cuando se afianzó su obsesión por Jane Austen en general y por Orgullo y prejuicio en particular.

Al menos no nos llamaron Lizzy y Jane. Katherine es demasiado guapa para llamarse Jane.

La cojo la mano mientras ella se afana en arreglarse el lazo perfecto del pelo, y bajamos las escaleras.

—Estás preciosa. —Lleva un vestido de tafetán rosa pastel con unos zapatos de tacón de Ferragamo a juego. Parece una muñeca.

—Tú también. —Katherine sonríe y me estrecha la mano—

. No sé si ya habrá llegado, pero le he dicho a Ed que se asegure de presentarte a Hunter enseguida. Al fin y al cabo, tenéis que conoceros para organizar la despedida conjunta de soltero y soltera.

Oculto mi creciente temor tras una sonrisa cortés.

Como dama de honor, me encargo de todos los preparativos.

El problema es que quiero que la fiesta —o, para ser más exactos, el evento previo a la boda que durará todo el fin de semana— sea tan perfecta como la propia Katherine, y no estoy muy convencida de que eso pueda suceder conmigo al mando.

Me preocupa olvidarme de algo fundamental, como las reservas en los restaurantes o la banda con la leyenda « FUTURA NOVIA », o provocar algún tipo de caos.

Eso es lo que todo el mundo esperará de mí.

Tengo que recordarme a mí misma que ya no soy esa niña desaliñada que tropezaba tras mi esbelta y elegante hermana por los pasillos del colegio.

He crecido. Me he mudado a Nueva York, he renovado mi armario y he mejorado mis habilidades organizativas.

Pero cada vez que regreso a Massachusetts para visitar a mi familia, parece que retrocedo en el tiempo.

Me convierto en la chica que solía ser en lugar de en la mujer que soy ahora.

Al llegar al final de las escaleras, aparece Ed con un chico al que no reconozco. A Ed se le iluminan los ojos al clavar la vista en mi preciosa hermana.

—Katherine, estás guapísima —dice.

—Absolutamente impresionante —aprueba el desconocido.

—Tú también, Lucy —añade Ed, y yo sonrío ante su cumplido forzado.

Echo un vistazo al desconocido, esperando recibir el cumplido de rigor, pero él está mirando por encima del hombro hacia lo que ocurre en el jardín, en lugar de volver la vista hacia mí. Bueno, al menos no está fingiendo.

—Este es Hunter —presenta Katherine.

Es un poco más alto que Ed y tiene el pelo negro azabache, que lleva peinado hacia atrás como si acabara de pasarse los dedos por él.

A pesar de sus hombros muy anchos, el traje azul le queda como un guante y la camisa blanca hace que su rostro parezca el de alguien que acaba de llegar de unas vacaciones de dos semanas en Aruba.

Es guapo —de eso no cabe duda—, pero estoy decidida a dejar su aspecto en lo más recóndito de mi mente.

Solo necesito su ayuda y su colaboración para la fiesta.

Mientras consiga eso, no me importa qué aspecto tenga.

—Justo estábamos hablando de cómo vais a organizar Lucy y tú nuestra despedida.

—Katherine saluda a Ed con un beso en la mejilla al llegar al pie de las escaleras, y Hunter le da a Katherine un abrazo discreto—.

Quizá podáis quedar los dos después de la fiesta o, incluso, cuando regreséis a la ciudad.

Hunter vive en Nueva York, igual que tú, Lucy.

Entrecierro los ojos, sintiendo de repente cierta desconfianza.

¿Por qué le importa tanto a Katherine que nos veamos?

¿Acaso no confía en mí para organizar una despedida estupenda?

Katherine siempre ha estado de mi lado, defendiéndome, diciéndole a mi madre que no sea tan dura conmigo, diciéndome a mí que soy tan guapa como ella.

Pero quizá no lo cree de verdad. Quizá piense que soy incapaz de organizar un evento para ella.

Bueno, pronto se dará cuenta de que está equivocada. Igual que todos los que me conocieron de pequeña y siguen dudando de mí hasta hoy en día. Voy a demostrarles a todos que se equivocan.

Katherine y Ed se dirigen al jardín y nos dejan solos a Hunter y a mí. Le tiendo la mano para estrechársela.

—Soy la hermana de Katherine, Lucy . —Le dedico mi mejor sonrisa de Massachusetts. Esa que habla de casas de madera, brisa marina y una pizca de la seguridad de los Kennedy.

Pero no corresponde al gesto. Está claro que la madre de Hunter no era una fanática de Austen cuando estaba embarazada. Probablemente vio el brillo en los ojos de su hijo cuando nació y decidió su nombre. Hunter significa cazador, y él me está mirando como si quisiera dispararme.

—Lucy —dice, estrechándome la mano con el ceño fruncido.

—¿Tienes alguna idea para la fiesta? —le pregunto cuando seguimos a Katherine y a Ed al jardín. El día es deslumbrante y yo saco las gafas de sol del bolsillo—. Tenemos que hacer que sea absolutamente increíble. Son una pareja estupenda, ¿verdad?

—¿Qué? —espeta Hunter. Su tono me provoca una punzada de vergüenza. ¿Qué he dicho?

—La fiesta —digo, con un poco más de vacilación—. Me preguntaba si tenías alguna idea. Creo que Katherine y Ed quieren que sea en Massachusetts, en la playa, pero, aparte de eso, tenemos libertad absoluta.

Él responde con un gruñido y no dice nada más.

Me vuelvo para ver si me ha oído, pero es como si ni siquiera estuviera allí. Como si fuera invisible.

Está claro que no tiene ningún interés en escucharme ni en organizar la fiesta. Capullo.

Bueno, él no va a echar a perder mi oportunidad de reinventarme públicamente. Todo el mundo va a ver que soy la hermana perfecta de Katherine Jones, y Hunter no va a estropear mi nueva reputación.

—¡Lucy! —me llama mi madre desde el otro lado del jardín. Dejo plantado a Hunter y me dirijo hacia donde está esperándome con cara de preocupación—. ¡Lucy! ¿Dónde está esa chica?

—Aquí mismo, mamá. Estás preciosa. —Lleva un traje pantalón azul claro. Se vuelve y examina mi atuendo—. Oh, al final te has decantado por el amarillo limón.

Extiendo la falda a los lados, pellizcándola con la punta de los dedos, y espero un cumplido que nunca llega.

—Es bonito, ¿verdad?

Suspira.

—No pasa nada. Quiero que lleves estas bandejas a la mesa donde está el champán.

Bajo la vista

—Pero se me podría manchar el vestido. —Mis padres estaban deseando celebrar la fiesta de compromiso en su precioso jardín.

Por culpa del mal tiempo Ed y Katherine han tenido que esperar cinco meses desde que se comprometieron para la celebración oficial, pero al menos mi madre está contenta.

Además, eso significa que solo quedan dos meses para la boda.

Massachusetts y yo vamos a volver a vernos.

A pesar de estar relativamente cerca, no vengo mucho.

Katherine suele ir a Nueva York con Ed cuando él tiene asuntos que atender en la ciudad, así que puedo verla sin tener que ir a casa.

Mis amigos del colegio y yo no nos mantuvimos en contacto, así que no tengo muchos motivos para regresar.

—Ponte un delantal. Venga. Los invitados van a llegar en cualquier momento.

Quizá debería ir a cambiarme rápido y ponerme algo más adecuado para cargar con el equipo de catering.

Todos los amigos del colegio de Katherine estarán aquí pronto, junto con los amigos de mis padres, que me conocen desde que nací, y no quiero recibirlos con este aspecto desaliñado.

Es justo la impresión contraria a la que intento dar.

Ya no soy la hermana pequeña que solía ir a todas partes en monopatín, con unas zapatillas ajadas y una camiseta de Nirvana que me quedaba enorme.

Soy una neoyorquina seria y sofisticada.

Vale, no soy banquera. Pero soy asistente jurídica. Y eso es un trabajo serio.

—¡Lucy! —me regaña mi madre—. Venga, ve a llevar esas bandejas. Dejo caer los hombros al darme cuenta de que no tengo tiempo para cambiarme.

Justo cuando estoy a punto de coger la enorme pila de bandejas de plata, Ed me frena.

—Ya lo hacemos nosotros —dice.

Me vuelvo y me encuentro cara a cara con Hunter. Sigue con expresión asesina y no dice nada, pero al menos coge las bandejas y las lleva al otro lado del jardín.

Mi madre pone los ojos en blanco.

—Te he dicho que te dieras prisa —se queja—. Ahora el pobre Ed tiene que hacer de mula de carga.

—En lugar de que lo haga yo, que soy la auténtica mula, ¿no?

—No espero la respuesta de mi madre porque, de todos modos, seguro que será poner los ojos en blanco de nuevo.

Ya he tenido suficiente. Necesito un par de minutos para recomponerme antes de que lleguen los invitados.

Me dirijo al baño e intento recuperar mi sonrisa de Massachusetts.