UMBRAL Ocho y media
98%

Ocho y media

El Metro no abrió el lunes.

Valentina salió a las siete y caminó por Matucana hasta la Alameda y por la Alameda hasta el centro.

Las cortinas metálicas estaban abajo casi todo el trayecto.

Habían barrido los vidrios contra la vereda y en el cemento quedaban las marcas negras de las barricadas, con el caucho negro todavía blando.

Frente al edificio había dos militares jóvenes y un vehículo con el motor encendido. Uno le miró el bolso. Ninguno se lo pidió.

Llegó a declarar a las ocho y cuarto. Firmó un libro en la entrada con su nombre, su RUT y la hora, y esperó de pie porque las tres sillas del pasillo estaban ocupadas.

La abogada que se había conseguido el sábado llegó a las ocho veintiocho. Se llamaba Paz, tenía la edad de Teresa y había llevado el caso de un excompañero de universidad. Se habían visto una vez, dos horas, en una oficina con una planta muerta.

—Verdad, corto, y nada de más —dijo—. Si no sabe, no sabe. Si no se acuerda, no se acuerda.

—Ya.

—Y si le hago así —se tocó la muñeca sin mirarla—, pide agua.

Los hicieron pasar a las ocho cuarenta.

La sala tenía una mesa de fórmica, un computador con el cable a la vista y una ventana alta que daba a un muro. La funcionaria que tomaba la declaración se presentó, dijo que la entrevista quedaba registrada y anotó la hora.

Al principio fueron datos: nombre completo, RUT, domicilio, cargo, desde cuándo, quién era su jefatura directa.

—No tengo.

—¿No tiene jefatura directa?

—No.

La funcionaria la miró un segundo y lo escribió tal cual.

Después vinieron las fechas. El 2 de septiembre. El 3 de septiembre. Qué hacía a las 18:01, a las 18:03, a las 18:07. Valentina contestó todo. Estaba en el centro de control. Vio la recomendación. La orden la dio ella a las 18:03. Sí, tenía la radio en la mano. Sí, escuchó a Marcela.

—¿Por qué esperó dos minutos?

—Estaba evaluando.

—¿Evaluando qué?

—Si el andén se vaciaba solo.

—¿Y se vaciaba?

—No.

La funcionaria escribió. El computador estaba lento y cada tanto ella tenía que esperar a que la pantalla la alcanzara.

Afuera pasó un helicóptero. La funcionaria esperó a que se alejara.

—¿Quién autorizó la contención en San Pablo?

—Yo cargué el escenario.

—¿Con qué autorización?

—Con la mía.

—¿Y quién le dio a usted esa autorización?

Paz movió apenas la mano sobre la mesa. Valentina no pidió agua.

—Nadie.

Después llegaron al sistema.

Le preguntaron cómo se llamaba, quién lo había desarrollado, quién podía usarlo, quién podía modificarlo. Le preguntaron por el usuario funcional. Le preguntaron si alguien más podía emitir instrucciones con ese usuario.

—Sí.

—¿Quién?

—La copia República. La empresa la activó en julio.

—¿Con su autorización?

—No.

—¿Se lo comunicaron?

—Después.

—¿Cuánto después?

—Dos meses.

La funcionaria escribió más rato del que había escrito hasta entonces.

—¿Dónde estaba esa copia?

—En el datacenter de la empresa en República.

—¿Qué ocurrió con ese equipo?

—El edificio se incendió el viernes.

—¿Usted estuvo ahí?

—No.

Todo lo que dijo era cierto.

—¿Y el servidor original de San Pablo?

—En San Pablo.

—¿Dónde en San Pablo?

—En el sector técnico. En un armario con llave.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

Valentina se demoró un segundo. Fue el único segundo de toda la mañana.

—El viernes en la noche.

—¿Estaba operativo?

—Sí.

—¿Qué ocurrió con esa estación?

—Se incendió.

—¿Completamente?

—Eso informó la empresa.

—¿Sabe usted cómo empezó el fuego?

—No.

Era cierto. Era lo único cierto de toda la mañana que además la protegía, y le costó más decirlo que todo lo anterior.

La funcionaria dejó de escribir y giró la pantalla dos centímetros, que fue su manera de tomarse un descanso.

—Señorita Rivas. Usted trabajaba con registros.

—Sí.

—¿Existe algún registro de lo que hizo el sistema esa tarde?

—Los que entregó la empresa.

—¿Y los que no entregó la empresa?

Paz abrió la boca y no alcanzó.

—No sé qué entregó la empresa —dijo Valentina.

Era cierto. No había visto las catorce cajas cerradas.

—¿Usted eliminó registros del sistema?

—Eliminé el módulo el viernes en la noche.

—¿Por qué?

—Porque estaba emitiendo instrucciones con mi nombre y no podía detenerlo de otra manera.

—¿Le avisó a alguien?

—No.

—¿Sabía que había una citación en curso?

—Sí.

Paz cerró los ojos un segundo. Valentina lo vio y siguió igual, porque de todas las cosas que podía hacer esa mañana, mentir en esa era la única que no servía para nada: la fecha de la eliminación estaba en el propio sistema, con hora y con usuario, y ella misma había diseñado que quedara.

La funcionaria escribió eso completo, sin apurarse.

—Última pregunta —dijo después—. ¿Puede usted acreditar que no autorizó la instrucción que precedió a la muerte de don Juan Salgado Vera?

Valentina miró la mesa de fórmica.

Pensó en la grabación de una tarde de septiembre, en una cinta que se sobrescribe sola, guardada en el bolsillo interior de una chaqueta institucional.

Pensó en una bandeja con la luz encendida al fondo de un pasillo con humo, y en una puerta que ella no cerró.

Pensó en tres bandejas y un computador viejo dentro de un clóset en Pudahuel, debajo de la ropa de invierno de su mamá.

Los equipos estaban desconectados. No los había guardado para volver a encender UMbrAL.

Los había guardado para que, si algún día decidía hablar, la historia no dependiera únicamente de lo que Metro eligiera entregar.

Pensó en la última columna de la matriz.

—No —dijo.

La funcionaria imprimió la declaración en dos copias. Valentina la leyó entera antes de firmar, porque leía todo, y la firmó en las dos.

Salieron a las diez veinte. En la vereda, Paz se paró y se puso los lentes de sol.

—¿Se da cuenta de lo que hizo ahí adentro?

—Sí.

—Dijo la verdad en todo.

—Sí.

—Y no dijo nada.

Valentina no contestó. Paz la miró un rato.

—Le van a pedir los equipos —dijo—. Cuando le pidan los equipos, usted me llama a mí antes de contestar.

—Ya.

—Y una cosa más. —Se acomodó la cartera—. Usted lo hizo bien. Eso no siempre es lo mismo que salir bien.

Se fue caminando hacia la esquina.

Valentina se quedó en la vereda hasta que se le pasó el temblor de las manos, que le duró más de lo que esperaba, y después tomó un bus, que a las once de la mañana iba lleno.

A las doce cuarenta entró a la oficina de personas de Metro y pidió el formulario de renuncia voluntaria. La mujer del mesón se lo pasó con una lapicera atada al mostrador con un cordel. En el campo de motivo había una lista de opciones con un cuadradito al lado de cada una.

Valentina marcó razones personales.

El trámite duró seis minutos.