UMBRAL Cada cien metros
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Cada cien metros

Salieron y cruzaron la calle. Mauro le pasó el bolso y se quedó al lado de Rosa, mirando la boca del acceso.

Valentina se sacó el chaleco del brazo y se lo devolvió.

—Rosa.

—Ya sé.

—No sabís lo que te voy a decir.

—Sé lo que me vai a decir. —Rosa se puso el chaleco y se lo abrochó hasta arriba—. Y no fui yo.

—Tú llamaste.

—Llamé. Eso no es salvar a nadie. —Miró hacia la esquina por donde se habían ido los cuatro—. Los que te salvaron son ellos. Y a ellos no les vai a pagar con plata.

Rosa sacó el teléfono, miró la hora y se lo volvió a guardar sin marcar.

—¿A quién le pago, entonces?

Rosa se quedó un rato mirando el humo que salía por el acceso, que ya no subía derecho.

—Cuando sepái, ya vai a estar pagando.

—¿Con qué?

Rosa se subió el cierre del chaleco.

—Con lo único que se puede pagar un favor.

Le tocó el brazo dos veces.

—Come algo, mijita.

Se fue con Mauro hacia el oriente, hacia donde estaba la gente, y ninguno de los dos se dio vuelta.

Valentina se quedó sola en la vereda, con el bolso al hombro.

Caminó hacia el poniente por la vereda del sur, que era por donde caminaba siempre, con las manos negras de un polvo que no se salía, y un corte en el dedo que había dejado de sangrar en algún momento y que ella no había visto cerrarse.

Le dolía la espalda de estar en cuclillas.

Llevaba los zapatos con que se había vestido el viernes en la mañana para estar sentada en un escritorio.

A media cuadra sacó el teléfono. Lo revisó entero, buscando algo, sin saber qué. VIGILANTE seguía ahí, el proceso chico que había escrito para que le avisara cada vez que alguien usara su nombre, y no tenía nada que decirle.

Nada.

Después levantó la cabeza. Era la primera vez que la levantaba desde que Rosa le había dicho que se tapara la cara.

Hacia el nororiente, entre dos edificios, había una claridad anaranjada que no era de alumbrado público. Más al sur vio otra al cruzar la esquina. Detrás, sobre el techo de la estación de la que acababa de salir, el aire se movía de una manera que no era la del aire.

Valentina empezó a contar.

Tres, con la de San Pablo.

En la segunda cuadra, una abertura entre los techos dejó ver otra luz hacia el norte. No supo si era una cuarta o la misma del nororiente vista desde otro ángulo.

A lo lejos se escuchaban sirenas. El tráfico era poco y había mucha gente caminando. En la esquina había un auto parado con las puertas abiertas y la radio prendida. Un hombre y dos mujeres escuchaban parados, apoyados en el capó, como se escucha una final.

La radio, con la programación habitual interrumpida, informaba de más de veinte estaciones dañadas.

Cien metros más allá, un tipo con casco de moto le decía a otro que eran ocho, que él había pasado por tres y que en las otras cinco no había llegado nadie. Nombró una. Valentina la conocía: era de las que no tenía nada adentro que a nadie le importara.

Una señora sentada en el paradero, con un bolso en las rodillas, dijo que se habían quemado todas.

No pudo hacer coincidir dos.

De todo lo que estaba pasando esa noche sabía una sola cosa con precisión: qué había ocurrido dentro de San Pablo y quién había abierto la puerta antifuego.

Las demás cifras cambiaban.

Dos cuadras después pasó al lado de dos hombres que fumaban en el umbral de un local cerrado.

—Se quemó entera —decía uno.

—Adentro no. La boletería y las oficinas.

—Igual no van a abrir en un año.

Lo dijo sin darle importancia, como se dice un inventario, y siguió fumando. Valentina siguió caminando.

En la Alameda la gente iba por la calzada.

No era una marcha. No iban gritando ni llevaban nada escrito. Iban a sus casas. Ocupaban los cuatro carriles porque en la vereda no cabían, y avanzaban a la velocidad del más lento, que en una masa así es siempre alguien con zapatos de trabajo.

Valentina se paró en la esquina a mirarlos pasar, que era lo que sabía hacer.

Densidad alta, sin nudos. Nadie empujaba. Una columna que se alimentaba de las calles laterales y no se cortaba: llevaba andando el tiempo suficiente para haber encontrado su propio paso.

Un bus pasó lleno con las puertas cerradas y no paró. Nadie de la calzada le hizo señas. Ya sabían.

Después pasó otro y tampoco. Las sirenas venían de tres direcciones distintas y ninguna se acercaba.

Había gente parada en las esquinas, mirando en una dirección, sin ir a ninguna parte. En un pasaje, tres personas se habían subido al techo de un auto viejo para ver por encima de los techos. Alguien filmaba con el teléfono en alto, girando despacio para abarcarlo todo.

En la puerta de un edificio, un tipo tenía el teléfono en el altavoz y cinco personas alrededor.

Estaban pasando de nuevo lo que el presidente había dicho pasada la medianoche desde La Moneda. Estado de emergencia. Provincias de Santiago y Chacabuco. Un general al que Valentina no había oído nombrar nunca.

Una de las mujeres preguntó si eso significaba que no se podía salir. Nadie sabía.

Valentina llegó a su edificio a la una veinte.

Subió los tres pisos a pie porque el ascensor estaba con el letrero de siempre. Abrió con la llave, encendió la luz del pasillo y cerró la puerta con el hombro, como cerraba siempre, porque la puerta rozaba abajo.

La pieza estaba exactamente como la había dejado el viernes a las siete de la mañana.

La taza en el escurridor. La cama sin hacer.

El pote de Teresa arriba del refrigerador, lavado, donde llevaba semanas esperando que ella lo devolviera.

Un chaleco en el respaldo de la silla, en el mismo lugar donde lo había dejado al salir.

Se sacó el abrigo. Olía a bencina y lo dejó sobre la mesa.

Se lavó las manos. El agua salió negra por un buen rato.

Después se quedó de pie en la cocina, sin encender nada más.

El primer golpe de cacerola vino del edificio de enfrente.

Fue uno solo y quedó colgado.

El segundo vino de más arriba y no era el mismo metal.

Al tercero ya no se podían separar. Empezaron los del pasaje del lado, y después los del block de atrás, y después una ventana del piso de arriba, tan cerca que se oyó la mano contra la olla. En un minuto era toda la cuadra, en una cadena que subía, bajaba y volvía a subir.

Valentina se quedó quieta.

No era el ruido. Era el orden.

Conocía esa secuencia desde los diez años.

Esta vez no anunciaba a nadie.

Abrió la ventana de la cocina.

Venía de todas partes al mismo tiempo, sin nadie adelante, sin nadie que lo hubiera pedido, sin una hora de inicio que se pudiera anotar. No se distinguía dónde había empezado. No sabía cuántos eran.

Fue el primer cacerolazo de muchos que iban a venir.