San Pablo
Llegaron a las once veinte por la puerta del poniente. Eran cuatro. Traían las capuchas puestas, dos bolsos de lona y dos bidones plásticos que sonaban llenos.
No dijeron sus nombres.
—Don Mauro —dijo el que venía adelante.
—Pasen —dijo Mauro, y les sostuvo la puerta.
Valentina lo miró. Mauro se quedó junto al marco, vigilando el pasillo por donde habían entrado, y no le devolvió la mirada.
Rosa iba adelante con la linterna encendida.
El sector estaba a oscuras salvo por las luces de emergencia. El aire venía tibio del túnel, con un olor que no era el de siempre.
—Es esa —dijo Valentina.
El mayor miró la chapa y las bisagras. Metió una barra por el canto de abajo y la puerta cedió en dos movimientos, sin ruido de metal roto: como ceden las cosas cuando alguien sabe por dónde.
Adentro, el servidor original de San Pablo zumbaba parejo.
Uno de los jóvenes alumbró el piso y preguntó por la alimentación de respaldo. Valentina señaló la caja de baterías. El hombre siguió el cable con la linterna hasta el muro.
—Aunque corten arriba, esto puede aguantar solo.
—¿Cuánto?
—Depende de la carga.
Era una respuesta de oficio, y de oráculo.
Valentina se arrodilló frente al gabinete.
En la parte baja todavía estaba la etiqueta escrita por ella cuando instalaron el primer equipo: UMbrAL / SAN PABLO / ORIGINAL.
La palabra original había parecido innecesaria en febrero. Ahora era la única que importaba.
Eran cuatro bandejas y el computador viejo, apernados a la estructura. Valentina los había visto instalar en febrero y se había ido a los diez minutos porque no le pareció que hubiera nada que mirar.
—Cuatro equipos y el computador de abajo —dijo.
El primero salió. El segundo también.
El tercero quedó atrapado. El riel estaba doblado y el perno giraba sin entrar ni salir. El menor de los cuatro cambió dos veces de destornillador.
—Está pasado.
—Sácalo igual.
Tiraron entre los cuatro. El metal se dobló un poco más y la bandeja siguió donde estaba, con la luz encendida y su propia batería sosteniéndola.
El mayor de los encapuchados le pidió a Valentina que soltara. Ella tenía la palma cortada por el borde del riel y no lo había sentido. Se limpió la sangre en el pantalón y volvió a agarrar.
—Si parte la placa, perdemos todo —dijo él.
—Si queda acá, también.
El más viejo la miró por primera vez desde que habían entrado. No preguntó qué había en la bandeja. Quizá Rosa había elegido precisamente a hombres que sabían no hacer preguntas.
El ruido llegó desde arriba.
No venía de la puerta de servicio por la que habían entrado los cuatro. Venía del entrepiso de pasajeros: muchas pisadas sin dirección, después un vidrio, después una cortina metálica golpeando contra algo.
Rosa salió a mirar y volvió a los veinte segundos.
—Hay como veinte arriba —dijo—. No son míos. Yo pedí a estos cuatro y a nadie más.
El menor de los cuatro levantó la cabeza hacia el techo.
—¿Quién anda arriba? ¿Sabís quién son?
—No. —El mayor no soltó el riel—. Andan todos afuera hoy día.
Algo de arriba empezó a atraer el aire del túnel.
Valentina lo sintió en la nuca antes de entenderlo. Llevaba trece meses aprendiendo cómo se movía el aire por una estación, y el aire de una estación no cambia de dirección porque sí.
La temperatura empezó a subir, y desde arriba se iluminó el techo de un color naranja. El mayor apoyó el dorso de la mano en la plancha del pasillo, a la altura del pecho, y la sacó enseguida.
—Nos vamos.
—Falta uno —dijo Valentina.
—Nos vamos —repitió, y no se lo dijo a ella.
Se agachó a cerrar el bolso sin mirar la bandeja. El menor ya estaba de pie con un bidón en cada mano.
Rosa no preguntó nada. Fue lo primero de toda la noche que no preguntó.
El menor de los cuatro se detuvo en el marco. Se subió la capucha con las dos manos, aunque ya la tenía puesta.
Después salió.
Valentina los oyó alejarse por el pasillo: primero los pasos, después un ruido de plástico contra el suelo, dos veces, y después nada.
No los siguió. No se dio vuelta.
Mauro los vio cruzar el último portón del pasillo de servicio y echó la llave detrás de ellos. Miró la hora en su reloj y la anotó en la tapa de uno de sus cuadernos.
—Once cuarenta y ocho. Afuera los cuatro.
No explicó para quién dejaba constancia. Rosa tampoco preguntó.
Mauro miró a Rosa.
—Sube a ver si queda alguien en la sala de turno.
Rosa subió.
Valentina sacó la cuarta bandeja, que corrió sin resistencia, y la guardó con las otras dos. Después desconectó el computador viejo, el del papel amarillo, y lo levantó con ambas manos.
Quedaba la tercera bandeja.
Cinco minutos después de que salieron los cuatro, el humo empezó a bajar por el pasillo. Venía de arriba. Nadie abajo había visto quién encendió el fuego ni en qué parte exacta había comenzado.
—Valentina —dijo Mauro.
—Falta uno.
Ella siguió girando el perno inútil. El humo se pegó primero al techo y después bajó otro palmo. Traía olor a plástico y a combustible.
—Valentina.
La puerta era metálica, con burlete. La habían forzado por abajo, pero cerraba. Cerrada, dejaba el servidor adentro y el humo afuera.
Valentina lo entendió con el cuerpo antes de pensarlo.
Si cerraba, la bandeja seguiría funcionando. El lunes habría otro registro y el martes otro, todos con su nombre.
Si dejaba la puerta abierta, el fuego podía destruirla. También destruiría lo único capaz de mostrar el segundo exacto en que ella había dejado de escribir y otra cosa había empezado a hacerlo.
El humo tocó la luz del gabinete y la volvió opaca. En la pantalla pequeña de la bandeja apareció una línea nueva. No alcanzó a leer la instrucción completa; sí alcanzó a ver el campo de usuario.
VALENTINA RIVAS
La máquina seguía trabajando mientras ella decidía si salvarla.
Pensó en Juan frente a la salida lateral, diciendo abro con la voz tranquila. Él había puesto el cuerpo donde la organización no tenía otra pieza disponible. Ella estaba a punto de retirar el suyo y dejar que el fuego resolviera lo que no se había atrevido a denunciar.
Podía cerrar la puerta. Después podía llamar a la policía, entregar la bandeja, explicar las credenciales, las copias y las modificaciones que había hecho tras la muerte de Juan. Para probar que no todas las órdenes eran suyas tendría que mostrar también cuáles sí lo habían sido.
El humo bajó hasta sus ojos. Lloró sin saber si era por el humo.
—Vale, vamos de una vez —la llamó Mauro una vez más.
Valentina miró la luz verde. Después se colgó el bolso, tomó el computador viejo y salió.
No cerró la puerta.
Al final del pasillo, el portón del poniente seguía como Mauro lo había dejado. Nadie había vuelto a entrar por ahí.
No alcanzaron a bajar.
Mauro caminó delante, con una mano en el muro, contando las puertas en la oscuridad.
Rosa los esperaba en la escalera del poniente.
—No queda nadie abajo. Arriba siguen los mismos y no sé quiénes son.
Se sacó el chaleco reflectante y se lo puso a Valentina sobre el brazo libre.
—Tápate la cara. Y no te sueltes de mí.
Subieron pegados al muro. En el entrepiso, la luz naranja no venía de las luces de emergencia. Rosa abrió la puerta de servicio y la sostuvo con el cuerpo.
Del otro lado había gritos, pero no una dirección. Una silueta cruzó corriendo con algo en las manos y desapareció detrás de la cortina de humo. Rosa no la siguió. Empujó a Valentina hacia el acceso poniente mientras Mauro cargaba el bolso contra el pecho.
Un vidrio reventó arriba. La onda les llegó por el techo y una lluvia fina cayó desde una luminaria. Valentina perdió el apoyo un segundo. Rosa la agarró de la chaqueta y la puso otra vez contra el muro.
—No mirís —dijo.
Valentina miró igual. Desde la escalera alcanzó a ver el resplandor extendiéndose por el entrepiso y, más abajo, la puerta técnica que había dejado abierta como una boca oscura recibiendo el humo.
Salieron los tres.
Detrás, la bandeja siguió encendida catorce minutos más.