UMBRAL A la antigua
90%

A la antigua

—¿Qué pasa?

Mauro le señaló la puerta con el mentón. Rosa la miró como se mira una puerta.

—¿Y esa?

—Hay que abrirla —dijo Valentina.

—¿Ahora?

—Ahora.

Rosa apoyó la mano en la plancha, igual que había hecho ella, y la sacó enseguida.

—Está caliente.

—No es de eso. Es lo de adentro.

Valentina se quedó callada un momento. Había pasado las últimas dos horas dándole vueltas a las cuatro cosas que podía hacer, y las cuatro terminaban en el mismo lugar.

Si denunciaba el servidor, tenía que explicar cómo sabía que estaba ahí, y explicarlo era decir que llevaba semanas sabiendo que algo firmaba con su nombre y no había hecho nada.

Si lo dejaba funcionando, el lunes iba a haber un registro más, y el martes otro, y en algún momento una de esas instrucciones iba a coincidir con alguien parado en el lugar equivocado.

Si renunciaba, la máquina seguía igual. Y si la apagaba, apagaba también lo único que podía probar que las órdenes no habían salido de sus manos.

—Necesito entrar —dijo—. Y no puedo pedirlo por los canales, porque los canales están todos apagados y porque no puedo dejar constancia de que pedí entrar.

Rosa la escuchó entera, sin interrumpir, que era algo que no hacía nunca.

—Ya —dijo—. ¿Y qué necesitái, mijita?

—Rosa, esto no es algo que puedas hacer tú.

Lo dijo apurada y lo escuchó apenas lo dijo.

Rosa no se ofendió. Se apoyó en el muro, se cambió la linterna de mano y esperó, como esperaba en el andén cuando todavía no llegaba el tren.

—¿Y qué voy a saber yo de servidores? —dijo.

—Rosa…

—Nada. No sé nada. —Se guardó la linterna en el cinturón—. Pero de puertas, de llaves y de gente que debe favores sé bastante más que tú.

Valentina fue a contestar y no le salió. Se le fue la respiración primero y después la cara, que se le desarmó de una manera que no supo detener.

—Están usando mi nombre —dijo.

Le salió con la voz partida y siguió igual, porque una vez que empezó no encontró dónde parar.

—Yo lo hice bien. Todo. Lo probé, lo dejé escrito, guardé las versiones. —Se pasó la manga por debajo de los ojos y no sirvió de nada—. Y el lunes a las ocho y media me van a preguntar si maté a un hombre. Y no tengo un papel. Ni uno.

Rosa no dijo nada.

—Si me quedo, lo siguen usando. Si me voy, firma igual. Si lo apago, borro lo único que me defiende. —Buscó por dónde ordenarlo, que era lo que hacía con todo, y esta vez no había por dónde—. Lo miré por los cuatro lados, Rosa. Por los cuatro. No da ninguno.

Se quedó con la espalda contra el muro y se tapó la cara con las dos manos.

Rosa la dejó un rato. Después se le puso al lado, la tomó de la nuca como se toma a alguien que se va a caer, y esperó a que se le pasara. Se le pasó rápido. Tampoco tenía práctica en eso.

—Ya —dijo—. Ya está.

Le corrió el pelo de la cara con dos dedos.

—Valentina. Mírame.

Valentina la miró. Era la cara de siempre, la de la zumba y la del papel doblado en cuatro con su propio nombre escrito en plumón azul, y no era esa cara.

—¿Querís arreglar esto? Sí o no.

—Sí.

—No te pregunté si querís que se arregle. Te pregunté si querís arreglarlo tú.

—Sí.

—Ya.

Rosa se enderezó y miró la puerta.

—Entonces se arregla.

—¿Cómo?

—Eso lo veo yo.

—¿A quién vai a llamar?

—A nadie que tú conozcái.

Valentina se secó la cara con el dorso de la mano.

—¿Cuánto me va a costar?

Rosa se quedó mirando la franja de luz debajo de la puerta.

—Estas cosas no se pagan con plata.

—¿Podís abrirla?

—Yo no. —Rosa ya estaba sacando el teléfono—. Pero conozco a los que sí.

Marcó de memoria. Se alejó un par de pasos, lo justo para que no la oyeran bien, y habló poco. Valentina alcanzó a escuchar dos cosas: una hora y la palabra mantención.

Cortó.

—Las cámaras de este sector quedan en mantención una hora, desde las once —dijo—. No las apagan. Quedan en mantención. Es distinto, porque queda escrito que estaban en mantención.

—¿Y quién lo hace?

—Un cabro que me debe un cambio de turno del año pasado.

Marcó otra vez. Esta llamada fue más larga y no fue tan fácil: Rosa tuvo que recordarle algo a alguien, dos veces, con el tono con que se le habla a un pariente que se hace el desentendido.

Cuando cortó, se quedó mirando el teléfono un segundo antes de guardarlo.

—Vienen cuatro —dijo—. Con herramientas. A las once veinte, por la puerta de servicio del poniente.

—¿Cuatro?

—Cuatro. —Rosa se ajustó el chaleco—. No son de acá. Son de otro lado. Buena gente. Trabajan callados.

El teléfono de Valentina vibró. Camila había mandado una foto de las doce piezas de greda alineadas sobre la mesa del comedor, cada una con una etiqueta en blanco.

¿SIETE?, decía el mensaje.

Valentina escribió: SIETE. NO BAJES.

Camila contestó con un pulgar levantado. Valentina puso el teléfono en silencio.

—Mijita. —Rosa esperó a que la mirara—. ¿Eso de adentro es tuyo?

—Sí.

—¿Y por qué no lo apagái tú?

—Porque no me deja.

Rosa lo pensó un rato, con la boca cerrada, y después movió la cabeza como se mueve cuando algo no tiene arreglo pero tampoco tiene misterio.

—Ya —dijo—. Entonces vamos a sacarlo.

Se fue por el pasillo a buscar los chalecos y dejó a Valentina y a Mauro solos frente a la puerta.

Mauro no se había movido en toda la conversación.

—Ella no sabe lo que hay adentro —dijo Valentina.

—No.

—¿Se lo digo?

—Si se lo dice, va a querer ayudarla igual. —Mauro miró el pasillo por donde se había ido Rosa—. Y va a quedar sabiendo. Esas dos cosas no se pueden tener juntas.

Valentina se guardó el formulario doblado en el bolsillo interior, donde llevaba la citación.

—Mauro.

—Díeme.

—La cinta.

Mauro no se hizo el tonto. Ese hombre no se hacía el tonto nunca.

—La tengo yo.

—¿Se la vas a dar a alguien?

—No.

—¿Por qué?

Mauro se demoró en contestar lo justo para que no pareciera que lo tenía preparado, aunque lo tenía preparado desde el andén.

—Porque es mía —dijo—. Yo la grabé, yo la guardé y yo no le he pedido nada a nadie por ella.

—Todavía.

Mauro no dijo que sí ni que no. Sacó las llaves del cinturón, buscó una sin mirar el llavero y la separó de las demás con el pulgar.

—Esta es la del poniente —dijo—. Se la voy a abrir yo, porque si se la abre otro va a quedar en el libro de novedades con la hora.

Se la mostró y se la volvió a guardar.

—Y ahora me vai a hacer un favor. Cuando salgái de acá esta noche, no me llamís por teléfono. Ni mañana. Ni el lunes. Si necesitái algo, baja.

Valentina lo miró.

—¿Por qué?

—Porque las llamadas quedan.

Al final del pasillo se oyó la voz de Rosa, más fuerte, dándole una instrucción a alguien en el entrepiso. Mauro se acomodó la chaqueta y echó a caminar hacia allá.

—Once veinte —dijo, sin darse vuelta—. No traigas la credencial.