Como se apagan las cosas
Hizo las cosas en el orden en que las habría hecho cualquier día.
Cerró su sesión y la volvió a abrir para asegurarse de que la estaba cerrando bien. Revocó los accesos que todavía dependían de ella, uno por uno, empezando por los que ella misma había pedido en enero. Sacó las tareas programadas de la cola. Vació la cola.
Después abrió el menú de mantención y bajó hasta el final.
ELIMINAR REGISTROS DEL MÓDULO
La ventana de confirmación era la que ella había diseñado, para que ninguna decisión importante pasara sin ser mirada dos veces.
Pulsó aceptar. La ventana apareció de nuevo. Volvió a pulsar.
La barra tardó lo que tardan esas cosas. Cuando terminó, el módulo decía que no había nada.
Valentina se quedó sentada un rato con las manos en el escritorio. Después hizo lo único que sabía hacer con un resultado, que era no creérselo.
Entró otra vez, por la puerta que usaban todos los demás, y le pidió lo más simple que se le puede pedir a un sistema así: que recomendara algo para una estación vacía, cerrada hacía una hora, sin nadie a quien mover.
No debía quedar nada capaz de contestar eso.
Contestó.
Tardó menos de lo normal, que fue lo peor.
Valentina se acercó a la pantalla, que era un gesto que no servía para nada y que hacía siempre. Volvió a pedirlo. Volvió a contestar. Probó con otro acceso y otra hora, y contestó igual, con el mismo formato con que llevaba un año contestándole a ella.
AUTORIZADO POR: VALENTINA RIVAS
Había borrado los registros. No al que los escribía.
Antes de salir de la oficina miró el teléfono.
Tres llamadas perdidas de su mamá. La primera de las siete y cuarto.
Escribió que estaba bien y que no podía hablar. Vio los dos vistos y no esperó respuesta.
Bajó a monitoreo con el abrigo puesto. Mauro estaba de pie al lado de la ventana interior, con las llaves quietas.
—Lo borré —dijo Valentina.
—Ya.
—No sirvió.
Mauro se metió la mano al bolsillo interior y sacó una hoja doblada en cuatro. La abrió sobre el mesón y la alisó con la mano, como planchaba todo lo que importaba.
Era un formulario de recepción de equipos, viejo, con el logo de una empresa que ya no existía. Fecha de febrero. Un renglón con una descripción escrita a máquina, un número de serie, y abajo, en el espacio de la firma, la letra de Mauro: pareja, apretada, de lápiz pasta.
—Este lo recibí yo —dijo.
—¿Este es el de la sala de servidores?
—Este es el que te instalaron a ti.
—¿Y esto para qué me sirve?
Mauro alisó la hoja otra vez.
—Para nada, si lo abre la empresa. Esto no está en ningún sistema de ustedes. Está en mi letra. —Se quedó con el dedo encima del número de serie—. Borraste lo que podías ver.
—¿Y lo demás?
—Lo demás sigue detrás de una puerta.
Se quedaron un momento callados. Afuera, en el pasillo, la luz de emergencia parpadeaba desde antes del cierre.
—Yo pedí ese servidor —dijo Valentina.
—Sí.
—Yo lo instalé. Yo lo entrené.
—Sí.
—¿Y cómo lo apago?
Mauro dobló la hoja otra vez, en cuatro, y se la puso en la mano.
—Yo llevo cuarenta años acá y no he apagado nunca nada desde un teclado —dijo—. Se apaga como se apagan las cosas.
Bajaron los dos por el pasillo de servicio, que era angosto y tenía el techo bajo y una fila de tubos pintados del color de las cosas que no se miran.
La puerta estaba al final. La conocía: era el armario del servidor, el que Rodrigo le había mostrado en febrero. Metálica, de seguridad, contra fuego y sin ventana, chapa de las buenas, y por abajo la misma franja de luz.
Bajó la manilla. No cedió.
Eso tampoco era nuevo. Siempre había estado con llave.
Lo nuevo se oía. En febrero, del otro lado de esa plancha, había un motor chico que no se detenía nunca, y ella se sabía el ruido de memoria porque lo había escuchado con la puerta abierta y con la puerta cerrada.
Ahora el zumbido venía más grueso.
Valentina apoyó la mano en la puerta. Estaba tibia.
—¿Tú tienes la llave? —dijo.
—De esa no.
—¿Quién la tiene?
—Tecnología. —Mauro miró la franja de luz—. Y el equipo de Tecnología está evacuando el edificio República, donde se está quemando todo, la copia incluida.
La citación se le movió en el bolsillo del abrigo cuando bajó el brazo. Valentina se quedó mirando la puerta un rato largo, con la hoja doblada en la mano.
Adentro había una máquina que ella había pedido, que ella había instalado y que ella había enseñado a decidir, y que en ese momento estaba emitiendo instrucciones a una red que ya no existía, firmadas con su nombre, mientras arriba cientos de miles de personas volvían a sus casas a pie.
Y el lunes a las ocho y media alguien le iba a preguntar si podía demostrar que ella no las había autorizado.
—Necesito abrir esa puerta —dijo.
Mauro no le contestó a ella. Se dio media vuelta y habló hacia el pasillo, sin levantar la voz, como quien pide una llave prestada.
—Rosa.