UMBRAL República
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República

—No estoy viendo nada. Acá abajo no hay nada que ver.

Valentina estaba en la oficina de San Pablo con la estación cerrada, las cortinas a medio bajar y la luz de emergencia parpadeando en el entrepiso desde antes del cierre. En el segundo monitor, VIGILANTE seguía anotando.

—Se cortó la energía en el sector —dijo Rodrigo—. Estamos con el generador.

—¿Y aguanta?

—Aguanta un rato.

Se oyó de fondo una conversación que no era con ella, dos voces al mismo tiempo, y después Rodrigo tapando el micrófono con la mano.

—Valentina, te llamo después.

Cortó.

A las siete cuarenta y uno VIGILANTE dejó de escribir.

Ella lo notó por la costumbre: la ventana llevaba seis semanas escupiendo líneas cada tanto y de pronto no escupió más. Se quedó mirándola. Pasó un minuto. Pasaron tres.

Bajó al andén y volvió a subir sin razón.

A las ocho dos, Rodrigo llamó otra vez y se oía distinto, más lejos, como se oye alguien que está caminando por una escalera.

—Nos estamos yendo del edificio.

—¿Qué pasó?

—Hay humo en el segundo. No sé de dónde. —Un ruido de puerta—. La sala de equipos está en el segundo.

—¿La copia República?

—La copia República está en el segundo.

Valentina se apoyó en el escritorio.

—Rodrigo. ¿Está abajo?

—Está sin energía y sin generador. —Se oyó gente hablando fuerte, y él subiendo la voz sin querer—. No sé si está abajo o quemándose. Da lo mismo.

—No da lo mismo.

—Hoy da lo mismo, acá está la cagada.

Cortó él.

Valentina se quedó de pie en la oficina, con el teléfono en la mano. Lo que sintió no tuvo nombre y le duró poco.

Se sentó, abrió la consola y pidió una recomendación para un acceso cualquiera, a esa hora, con la estación cerrada y sin un solo pasajero adentro.

Esperó.

No contestó.

Volvió a pedirlo y tampoco. La tercera vez cambió el acceso, la hora y la línea, y la consola le devolvió lo que devuelve cuando no hay nadie al otro lado.

Valentina cerró los ojos un segundo.

Después empezó a hacer lo que había que hacer para irse: sacó el disco de respaldo de la gaveta, arrancó una hoja del cuaderno y la dobló en cuatro, ordenó dos carpetas por costumbre, buscó el abrigo en el respaldo de la silla.

Estaba metiendo el brazo en la manga cuando el segundo monitor volvió a escribir.

Una línea.

ACCIÓN EN CURSO — USUARIO: VALENTINA RIVAS

Se quedó con el abrigo a medio poner.

La leyó entera, y después leyó la hora, y después leyó de dónde venía, que era el campo que en ese año largo nunca había necesitado mirar porque siempre decía lo mismo.

ORIGEN: SAN PABLO

Valentina volvió a sentarse. Afuera, en el entrepiso, la luz de emergencia siguió parpadeando con su ritmo, que no tenía nada que ver con nada.

Debajo de esa línea apareció otra, y debajo otra. VIGILANTE anotaba y volvía a anotar, con la misma prolijidad con que había anotado durante seis semanas, y en cada una decía lo mismo abajo.

Ella se quedó mirando la pantalla hasta que dejó de contar las líneas.

No estaba en un centro de datos a nueve kilómetros, detrás de un mostrador y un lector de tarjeta y un edificio que se estaba llenando de humo con gente bajando por la escalera.

Estaba a treinta metros de donde ella estaba sentada, del otro lado de un pasillo de servicio, en un armario con llave que ella había visto abrir una vez, en febrero, al que no había vuelto a entrar.

Sacó el brazo de la manga y dejó el abrigo en el respaldo.

Después miró la hora en el teléfono, y debajo de la hora, la cita a declarar del lunes.