Epílogo — El contrafactual
En el recuadro del motivo había escrito:
RAZONES PERSONALES
La funcionaria señaló dónde faltaba una firma, timbró las dos copias y le pasó una. No le preguntó nada. El trámite duró ocho minutos.
Pedro Amenábar le mandó la resolución de archivo provisional catorce meses después. Tenía siete páginas.
La causa por la muerte de Juan Salgado quedaba archivada porque no se habían reunido antecedentes suficientes para fundar una acusación. Se nombraba una convergencia no previsible de contingencias operacionales.
Alfonso Pérez pasó al directorio. Nombraron gerente general a otro. En el comunicado se agradeció su liderazgo durante la contingencia.
Los cuadernos de Mauro no aparecieron. Declaró el lunes y nadie le pidió que llevara nada.
A Silvia, la viuda de Juan, le otorgaron la pensión completa en enero. Nadie le explicó por qué.
Reinaldo Gómez siguió en el acceso norte de Blanqueado. En julio cumplió doce años en el mismo puesto. No hubo diploma.
Tampoco preguntaron por una caja gris de una repisa de monitoreo. En cuarenta años nadie la había puesto en un inventario, y en el de lo que se quemó en San Pablo tampoco estaba.
El inventario de lo quemado listaba el rack por número de sistema y no por equipo. Nadie pudo establecer cuántas bandejas habían estado adentro.
Valentina dobló la resolución y la guardó en el cajón de las cuentas. Al fondo seguía la hoja que había arrancado del cuaderno la noche del dieciocho.
No la leyó.
En noviembre acompañó a Camila a la feria del centro comunitario. Vendieron nueve de las doce piezas. Camila cobró siete mil por cada una y no le bajó el precio a ninguna.
En el balance del año siguiente, UMbrAL figuraba como descontinuado.
La funcionalidad de reemplazo se había adjudicado a un proveedor externo que debía hacerse cargo de la responsabilidad civil de las decisiones tomadas con su sistema.
Después de siete meses de uso, seguía en piloto. No había optimizado nada.
Setenta y siete de las ciento treinta y seis estaciones de la red resultaron dañadas. Seis se quemaron completas. Años después, la mayoría de esos incendios seguía sin responsables identificados.
En uno de los videos de las evasiones que circularon en octubre, una chica saltaba el torniquete y se daba vuelta a esperar a las otras. Valentina lo vio muchas veces. Nunca le había visto la cara a Fernanda Ríos Ovalle —de ella tenía dos hojas y una firma con letra de colegio— y aun así lo pensó.
San Pablo reabrió en dos partes después de diez meses. Valentina volvió una vez. Pagó como cualquier pasajera. La estación olía a pintura y las bancas eran de otro modelo.
Oyó a Rosa antes de verla.
—Circulen muchachos, que me están haciendo taco.
Rosa ordenaba a un grupo frente a unos planos nuevos. Un guardia se movió hacia el lado equivocado y ella se rio fuerte, hizo el gesto correcto con la mano y el flujo volvió a abrirse.
Valentina se quedó donde estaba.
Llegó el tren.
No se acercó.
Mauro le había dicho una vez que si necesitaba algo, bajara.
No bajó.
En marzo de 2021 empezó a enseñar Métodos Cuantitativos a estudiantes de primer año, en una facultad de la Universidad de Chile, donde casi nadie había elegido la carrera pensando en números.
Le asignaron dos secciones de alumnos, una oficina compartida y un escritorio con una pata calzada con cartón. El sueldo alcanzaba para el arriendo y las cuentas, y para ayudar un poco con lo que faltaba en Pudahuel.
Durante el año sin trabajo, Teresa había vuelto a tomar turnos los domingos. En marzo los dejó otra vez.
A Valentina le gustó enseñar más de lo que esperaba.
Podía corregir. Podía advertir. Podía poner una mala nota y que eso fuera lo peor que ocurriera ese día.
Descubrió que no era tener razón. Era explicar de otra manera y ver el segundo exacto en que alguien entendía.
Ese segundo se le notaba a la gente en la cara. Ella se había pasado un año buscándolo en pantallas.
En abril les enseñó comparación de grupos.
Dos comunas. Un programa aplicado en una y no en otra. La pregunta era cuánto de la diferencia posterior correspondía al programa y cuánto a que las dos comunas nunca habían sido iguales.
Una alumna levantó la mano.
—¿Cómo sabemos qué habría pasado con los mismos casos si no interveníamos?
—No lo sabemos —dijo Valentina—. Lo estimamos.
Escribió en la pizarra:
CONTRAFACTUAL: LO QUE HAbrÍA OCURRIDO SIN LA DECISIÓN.
—No podemos observar las dos cosas al mismo tiempo. Elegimos una comparación, la defendemos y medimos cuánto podríamos estar equivocándonos.
En mayo, después de una reunión de departamento, un colega se quedó ordenando papeles.
—Tuviste suerte con este cargo —dijo—. Salió justo antes del cierre presupuestario. Una semana después y no sale.
Valentina dijo que sí.
Esa tarde buscó la resolución que creaba el puesto. La universidad publicaba sus actos administrativos en un archivo digital. Le tomó cuatro minutos encontrarla.
Era un PDF escaneado. El cargo de jornada parcial para Métodos Cuantitativos y Causalidad estaba financiado por un convenio de fortalecimiento académico.
La fecha de la esquina superior era de nueve semanas antes de que ella postulara.
Valentina siguió bajando.
Detrás de la resolución venía la ficha de solicitud, escaneada torcida, con el sello corrido. Tenía seis campos. Los leyó en orden, como leía todo.
Unidad. Jornada. Financiamiento. Duración. Fundamento.
El sexto estaba al final, en letra más chica, en la esquina, donde van las cosas que no necesita leer nadie. Y ahí, nueve semanas antes que ella postulara, alguien había escrito.
PERFIL SUGERIDO: VALENTINA RIVAS
Valentina no se movió.
En el pasillo alguien arrastró una silla.
El teléfono sonó encima de la mesa y siguió sonando hasta que ella lo dio vuelta.
—¿Aló? ¿Valentina?
—Sí.
—Hola. Soy Camila.
No era la voz de su hermana.
—No nos conocemos. Soy egresada de Geografía, de la Chile. —Hablaba con la confianza de quien ya tiene un sí—. Estamos armando el equipo de datos para la campaña presidencial, y me dijeron que tú eras experta en comportamiento de masas.
Valentina miró la esquina de la pantalla.
—Necesito pedirte un favor.