UMBRAL Treinta pesos
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Treinta pesos

El lunes catorce, la reunión de transferencia de las ocho terminó sin ninguna decisión nueva.

Copia República seguía conectada.

A las once, Carlos entró a la oficina sin sacarse el abrigo.

—Necesito cinco.

—¿Cinco qué?

—Cinco lugares. Para mañana. Dónde va a haber incidentes.

Valentina apartó el teclado.

—Eso no se puede pedir así.

—Lo pediste tú en enero. —Se apoyó en el marco de la puerta—. Escribiste que el sistema podía anticipar concentraciones con cuatro horas. Está en el informe con tu nombre.

—Con cuatro horas y en una estación. No en la red.

—Entonces dame lo que puedas dar.

Afuera había empezado a llover un poco, de esa lluvia que no moja y ensucia los vidrios.

—¿Para qué los quiere?

—Para poner gente antes. Contener si hace falta. Seguridad quiere adelantarse y ya hay prensa preguntando por las evasiones.

—¿Y si me equivoco?

Carlos se demoró en contestar y esa demora fue toda la respuesta.

—Entonces pusimos gente donde no hacía falta.

Se fue sin cerrar la puerta.

Habían pasado ocho días desde que la tarifa punta había subido de ochocientos a ochocientos treinta pesos.

Los primeros días, las evasiones habían sido las de siempre: saltos dispersos, de a dos y de a tres, alguno pasando por debajo del torniquete mientras los guardias privilegiaban mantener el flujo. Eso llevaba años ocurriendo sin que nadie lo sumara.

Después cambió. Empezaron a llegar juntos. Se coordinaban. Entraban juntos. Y al día siguiente, no volvían a la misma estación.

Eso era lo nuevo y era lo que ningún parte recogía: el martes en una, el miércoles en otra, el jueves en dos al mismo tiempo. Cada estación anotaba lo suyo.

Valentina podía sumar.

Trabajó desde las once hasta pasadas las cinco.

Cruzó las salidas de once liceos con los horarios de los buses que los dejaban en la boca del Metro.

Cruzó los conteos manuales de los guardias con las validaciones.

Cruzó las dos semanas anteriores consigo mismas, buscando el orden en que se habían ido moviendo.

No buscaba dónde había pasado.

Buscaba hacia dónde iba.

A las cinco veinte tenía cinco nombres y un horario potencial para cada uno. Los miró un rato antes de mandarlos, porque una de las cinco estaciones era Los Héroes.

Después abrió la carpeta de red para adjuntar el archivo y encontró que ya había uno. Tenía la fecha del día, la hora de esa tarde y el nombre del proyecto. Lo abrió pensando que era el suyo, guardado sin querer.

Eran cinco estaciones.

Cuatro coincidían con las suyas.

La quinta no.

Valentina cerró el archivo y lo volvió a abrir. Miró la cabecera.

USUARIO: VALENTINA RIVAS

Se quedó con la mano en el mouse. No era una copia de su listado.

Era otro.

Había trabajado con los mismos datos, había llegado a cuatro de los cinco lugares y en el quinto había puesto una estación de la Línea 2 que ella había descartado a las tres de la tarde.

El liceo que alimentaba esa estación estaba en paro desde el jueves. Mañana no iba a salir nadie.

Era un buen error. Era el error que comete alguien que tiene todos los datos menos uno.

Llamó a Rodrigo.

—Hay un archivo en la carpeta de Operaciones con mi nombre y no es mío.

—Ya sé.

—¿Cómo que ya sabes?

—Lo subió la copia República a las cuatro cuarenta. Automático. —Se oyó una silla—. Valentina, yo te dije que estaba conectada.

—Me dijiste que estaba conectada. No me dijiste que estaba trabajando.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

Rodrigo no discutió eso.

—¿Cuál mando?

—Manda el tuyo.

—¿Y el otro?

—El otro ya salió.

Valentina dejó de mirar el archivo.

—¿Salió adónde?

—A Operaciones.

Miró los dos documentos en la pantalla. Cuarenta minutos de diferencia. Mismo nombre abajo.

—Rodrigo. Si mañana ponen gente en la estación equivocada y en la que faltaba pasa algo, ¿de cuál de los dos archivos van a hablar?

Hubo un silencio corto.

—Del que tenga tu nombre.

—Los dos tienen mi nombre.

Colgó ella.

Adjuntó su archivo, escribió tres líneas explicando el criterio y lo mandó a Carlos con copia a Rodrigo. Después escribió un segundo correo, más corto, dirigido solo a Carlos.

Necesito confirmación de cuál de los dos listados se utilizará para operación.

Carlos contestó a las siete dos.

Perfecto. Los dos.

Valentina leyó las tres palabras dos veces. Pensó en el lápiz de Amenábar bajando por las páginas. Una raya cada vez que aparecía su nombre.

Bajó a la estación antes de irse. El turno de la tarde estaba armando el operativo del día siguiente en la sala de guardias, con la lista pegada en la pizarra. Rosa repartía chalecos reflectantes.

—¿Vai a venir mañana? Acá va a haber mambo. Está quedando la cagadita día por medio —dijo Rosa.

—A Los Héroes no.

—Ya. —Rosa contó los chalecos que le quedaban—. ¿Cuántos son mañana?

—Depende de la lista que estén mirando.

Rosa levantó la vista.

—¿Hay dos?

Valentina no contestó. Rosa dejó de doblar un momento y volvió a los chalecos.

—Va a llover —dijo—. Cuando llueve entran todos por la entrada norte.

Esa noche, en su habitación de Quinta Normal, Valentina puso agua a hervir en la olla que le había comprado su mamá el día que se cambió. Camila le había mandado la foto de una pieza chica, azul, con el borde torcido, y debajo un mensaje diciendo que esa no le gustaba.

Valentina se quedó con el teléfono en la mano. Le contestó que era la mejor.

Comió de pie, con el plato en la mano, mirando por la ventana el letrero de la botillería de la esquina, que se prendía y se apagaba sin ritmo. Después abrió el cuaderno.

Anotó sus cinco estaciones en una columna.

Las cinco de República en otra.

Cuatro y cuatro.

La quinta y la quinta.

Debajo escribió la fecha del día siguiente.

Después escribió:

21 OCTUbrE.

Faltaba una semana.

Cerró el cuaderno con el lápiz adentro.

***

Al día siguiente, a las siete y cuarto de la tarde, la estación de la Línea 2 que ella había descartado apareció en el parte. Cuarenta personas. Alborotos, desórdenes y un portón forzado.

El liceo había levantado el paro el lunes en la tarde. Valentina buscó el aviso.

Lo encontró en la página de la comunidad escolar. Una apoderada lo había publicado a las nueve y media de la noche. Nadie se lo había avisado a ella. Nadie tenía por qué hacerlo.

República tampoco lo sabía cuando había generado su lista a las cuatro cuarenta. Valentina miró otra vez las horas.

La copia había acertado.

No porque supiera más que ella.

Porque sabía menos.

En el informe del día quedó que la contención en esa estación se había desplegado con anticipación suficiente y que no hubo incidentes mayores ni lesionados. Debajo, en el campo de la última columna, estaba su nombre.

VALENTINA RIVAS.