Evasión
Un torniquete golpeado con la palma abierta suena distinto que uno empujado.
Valentina lo oyó desde la mitad de la escalera, antes de ver nada. Dos golpes, una pausa, cuatro golpes. No era rabia. Tenía ritmo.
Había ido a Los Héroes porque a las tres y media habían salido dos instrucciones para esa estación con el mismo nombre abajo, y una decía abrir y la otra decía cerrar.
—¿Cuál mando? —le había preguntado el jefe de turno por teléfono.
—La mía.
—Las dos son suyas.
Rosa la esperaba arriba, con el chaleco puesto y la radio en la mano.
—Me trajeron con todo y guardias —dijo—. Dejaron San Pablo con el de la boletería haciendo dos cosas.
—¿Cuántos son hoy?
—Depende de la hora. —Rosa miró la escalera de la calle—. El lunes en Neptuno fueron como sesenta.
Llegaron a las cuatro veinte y no llegaron corriendo.
Entraron caminando, mezclados en la fila normal, hablando entre ellos. Recién en la línea de torniquetes se abrieron. Uno se apoyó con la mano y pasó por encima. Otro se agachó y pasó por debajo mientras alguien le tiraba la mochila.
Y la señora que iba adelante, con dos bolsas y un carro de feria, empujó la puerta de servicio con la cadera y la sostuvo abierta.
No los conocía. No los miró.
La sostuvo hasta que pasaron todos, la soltó y siguió a lo suyo.
Se acabó en once segundos. Nadie gritó. En el andén, abajo, la gente que esperaba el tren no se enteró.
—¿La viste? —dijo Valentina.
—¿A cuál?
—A la de las bolsas.
Rosa siguió mirando el andén.
—La vi.
—¿Y no hizo nada?
—¿Qué querís que le haga? ¿Que la saque del carro?
Se acomodó la radio en el hombro.
—A mí también me subieron el pasaje —dijo.
Después se fue hacia la escalera. A esa hora, si nadie ordenaba el flujo, se trababa en minutos.
Uno de los cabros se había quedado atrás. Tendría dieciséis, el uniforme abierto sobre una polera negra. La midió entera: los zapatos, el abrigo, la cara de estar esperando a alguien.
—¿Va a pasar o va a mirar? —Juntó las manos a la altura de la rodilla, ofreciéndole pie.
—No, gracias.
Bajó las manos.
—¿Usted es del Metro?
—No.
La credencial siguió en el bolsillo.
—Yo tengo escolar —dijo, encogiéndose de hombros—. A mi mamá le subieron el pasaje igual.
Con el mismo tono le contó lo que de verdad lo tenía preocupado: al día siguiente tenía prueba de química y no había abierto el cuaderno.
Los otros lo llamaron desde la escalera.
—Ya, tía. Que le vaya bien.
En el remolino de mochilas algo cayó y quedó dando vueltas sobre la baldosa. Una tarjeta escolar, con la foto de cuando el niño tenía menos cara y el pelo más corto, y abajo el nombre completo, con los dos apellidos.
Valentina la levantó. Ya no había nadie.
Se la guardó en el bolsillo del abrigo.
A las cinco diez, la reja bajó.
No la bajó ella. La instrucción venía firmada con su nombre, decía cierre preventivo ante concentración, y había salido a las cuatro cuarenta desde un lugar donde ella ya no podía entrar.
Llamó a Marcela.
—Diles que abran.
—Con cuatro personas no puedo hacer la tuya, Rivas. Mantener abierto y poner gente arriba necesita once. Tengo cuatro. —Un ruido de radio detrás—. Con cuatro, cierro.
La fila empezó contra la reja y a los diez minutos daba la vuelta y seguía por la vereda. Gente saliendo del trabajo, un tipo con una escalera de aluminio que le pegaba a todo el mundo al girarse, una mujer con un coche detenida a mitad de la escala sin espacio para subir ni bajar.
—¿Y yo qué salté, señor? —le reclamaba una señora a un guardia—. Yo pagué.
Los guardias dejaron la línea de torniquetes para ordenar aquello.
Por el hueco que dejaron entró el grupo, caminando.
No saltó ninguno. Entraron mezclados, con la mochila colgando de un hombro, y no había manera de distinguir quién iba a validar y quién no. Uno tomó el coche de las ruedas delanteras y lo subió hasta el descanso.
—Gracias —dijo la mujer.
El muchacho siguió caminando.
Casi al final, un guardia joven alcanzó a uno y lo agarró de la camisa, demasiado arriba. La costura del hombro se abrió con un ruido corto. El chico se dobló; detrás alguien gritó sin palabras. El guardia lo soltó como si acabara de darse cuenta de lo que tenía en la mano.
Media cuadra más allá, en la vereda, el grupo volvió a reírse. A uno le temblaban las manos mientras se reía.
Y desde el otro lado de la reja, alguien levantó un pedazo de cartón de caja a la altura de la cara, escrito con plumón negro.
AQUÍ NO ERA
La cámara del acceso lo tomó entero.
Esa noche Carlos le devolvió el informe con una sola corrección.
En el título había tachado una palabra.
ESTUDIANTIL