UMBRAL Domingo
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Domingo

—Si me siento arriba, no la puedo perder —explicó.

—Bueno, tiene razón —dijo Teresa.

Valentina miró el tablero.

—Faltan diecisiete minutos.

Camila volvió a acomodarse sobre la mochila. Llevaba una polera azul, calzas negras y una chaqueta amarrada a la cintura. Valentina le había metido otra polera en una bolsa de supermercado.

—No me voy a meter al agua —había dicho Camila.

—Ya.

—Voy a mirar.

—Ya.

—Entonces no me voy a mojar.

Valentina había guardado la polera igual.

Teresa repartió las marraquetas con jamón y queso que había preparado y volvió con tres cafés de máquina.

—¿Cuánto te salieron? —preguntó Valentina.

—Vale.

—Preguntaba no más.

—Mentira. Estabai calculando.

Desde que Valentina podía pagar las cuentas de la casa, Teresa había desarrollado una sensibilidad especial para detectar cuándo su hija estaba haciendo cuentas que nadie le había pedido.

—Hoy no —dijo.

—¿Hoy no qué?

—Hoy no calculís tanto.

Camila levantó un dedo.

—Dijo que faltaban diecisiete minutos.

—Eso no cuenta.

—Sí cuenta.

Teresa le pasó una marraqueta a Valentina.

—Come.

***

El bus salió con siete minutos de atraso. Valentina no dijo nada, pero lo pensó.

Camila se quedó dormida antes de llegar a Maipú, con la frente apoyada en el vidrio. Teresa duró un poco más y después también cerró los ojos. Valentina quedó despierta en el asiento del pasillo.

Había comprado los pasajes el viernes en la noche. No llevaba meses prometiendo ese viaje. Ni siquiera lo había pensado antes. Había vuelto de la citación, se había sentado frente al computador para buscar un abogado y terminó comprando tres pasajes a El Quisco.

Hizo lo que hace la gente cuando lo único que le queda seguro es el presente. No entendió por qué hasta después de pagar.

Camila no conocía el mar. Veintiún años y no conocía el mar. No porque estuviera lejos. Dos horas, más o menos.

Pero las distancias de su casa nunca se habían medido en kilómetros. Se medían en cuentas, turnos, domingos trabajados y quién se quedaba con Camila. Ahora Valentina podía comprar tres pasajes un viernes porque sí. El pensamiento la hizo sentir bien durante unos segundos.

Después apareció Juan. Después las ocho páginas de Alfonso. Después Pedro Amenábar marcando su nombre con un lápiz.

Sacó el teléfono. No tenía mensajes nuevos.

—Te pillé —dijo Teresa, sin abrir bien los ojos.

—¿Qué?

—Ya estái trabajando.

—No estaba trabajando.

—Peor. Estabai pensando.

Cerró los ojos otra vez.

—Duerme.

Valentina apoyó la cabeza en el respaldo. No durmió.

***

Camila escuchó el mar antes de verlo.

Habían caminado unas cuadras entre restaurantes, negocios y cabañas con letreros de SE ARRIENDA. Al final de una calle apareció una franja azul.

Camila se detuvo. Valentina alcanzó a caminar tres pasos antes de darse cuenta.

—Cami.

Su hermana no contestó.

El mar llenaba todo lo que había después de las casas. No parecía una superficie. Parecía una cosa que tenía volumen y vida propia.

Una ola se levantaba, se doblaba y desaparecía. Atrás ya venía otra. Y después otra.

A Camila no le gustaban los ruidos fuertes, pero ese ruido era distinto. Se repetía. Tenía una regla.

Lo miró durante tanto tiempo que Teresa se acercó también.

—Es grande.

—Sí.

—En la tele se ve más chico.

Teresa soltó una risa.

Camila bajó hacia la playa más rápido de lo que solía bajar cualquier escalera.

—¡Oye! —gritó Teresa—. ¡Espéranos!

No esperó.

A los veinte metros se sacó las zapatillas, guardó los calcetines uno dentro del otro y caminó hacia el agua.

—No se iba a meter —dijo Teresa.

—Dale treinta segundos.

La primera ola le alcanzó los tobillos.

Camila gritó.

No de miedo.

Corrió hacia atrás.

La ola volvió al mar.

Camila la siguió.

La siguiente llegó más arriba.

—¡Está fría!

A la cuarta ya tenía mojadas las calzas hasta las rodillas.

A la sexta, la polera.

—Menos mal que no se iba a meter —dijo Teresa.

Valentina sacó el teléfono.

Camila levantó una mano.

—¡No!

Lo bajó al tiro.

—Ya.

—Después.

—Ya.

Un perro café apareció corriendo por la orilla y entró al agua junto a Camila. Esperaba las olas, saltaba sobre la espuma y arrancaba cuando rompían.

Camila empezó a copiarlo.

El perro corría hacia el agua.

Camila detrás.

Venía la ola.

Los dos arrancaban.

Al tercer intento, Camila empezó a reírse.

No sonreír.

Reír. Con la boca abierta y los brazos separados del cuerpo, como si necesitara más espacio.

Teresa dejó la cartera en la arena.

—Mira la Cami.

—La estoy mirando.

—No. Mira.

Valentina miró.

Y entendió.

No recordaba la última vez que las tres se habían reído de la misma cosa.

Quizá era la primera.

***

Comieron empanadas fritas sentadas en una manta bajo el quitasol. Camila pidió de queso. Teresa, pino. Valentina compró una de mariscos porque estaban frente al mar y le pareció que correspondía.

Se arrepintió al primer mordisco.

—¿Mala? —preguntó Teresa.

—No.

Teresa le quitó un pedazo y lo probó.

—Está mala.

—Te dije.

—Dijiste que estaba buena.

—Ahora tenemos dos opiniones.

Teresa volvió a reírse. Camila no entendió el chiste, pero sonrió porque ellas se reían.

Camila contó que en noviembre llevaría doce piezas a la feria del taller y que todavía no sabía cuánto cobrar. Valentina hizo la cuenta antes de acordarse de que ese día no calculaba.

—Siete lucas.

—La Marta cobra dos.

—A las de la Marta se les cae la oreja.

Camila lo pensó.

—Siete, entonces.

Teresa miró a Valentina.

—Eso también cuenta.

***

A las tres había más gente en la playa. Camila seguía entrando al agua. Valentina estaba sentada junto a Teresa con los jeans y las zapatillas puestas.

—Tú tampoco conocíai el mar a su edad —dijo Teresa.

—Sí lo conocía.

—Por el paseo del colegio.

Valentina se acordó de Cartagena, en octavo básico. Un microbús arrendado, profesores contando alumnos y panes con mortadela.

—Y una vez vine con la Javi.

—Bueno.

Teresa enterró los dedos de los pies en la arena.

—Está lindo.

—Sí.

—Hace años que no venía.

—Podemos venir de nuevo.

Teresa tardó un poco.

—Sí.

No preguntó cuánto costaría.

No dijo que mejor guardaran la plata.

Solo dijo que sí.

El viento le cruzó el pelo por la cara. Teresa se lo acomodó detrás de la oreja.

—Gracias, mijita.

Valentina la miró.

—¿Por qué?

—Por traernos.

—No fue nada.

Teresa hizo una mueca.

—No digái eso.

Siguió mirando el mar.

—Gracias por todo.

—Mamá.

—Déjame hablar.

Eso sí era raro. Valentina se quedó quieta.

—Yo sé que te tocó hacerte cargo de cosas que no te correspondían —dijo Teresa—. De la casa. De la Cami. De mí también, a veces.

—No…

—Te dije que me dejarai hablar.

Valentina cerró la boca.

—Y nunca te di las gracias.

Una pelota pasó rodando frente a ellas. Un niño vino a buscarla y se fue. Teresa esperó.

—Eres una buena hija, Vale.

Valentina miró el mar. No porque quisiera. Porque no encontró otro lugar donde mirar.

Tragó.

—Ya, mamá.

—No me digái ya.

—¿Qué querís que te diga?

—Nada.

Teresa le apoyó una mano en la rodilla. Solo eso. Valentina se la dejó.

Camila estaba frente a ellas, esperando una ola. Saltó demasiado pronto y la ola la revolcó. Salió riéndose.

Teresa apretó una vez la rodilla de Valentina.

—Pero una cosa te voy a decir.

—Sabía.

—Nosotras estamos bien.

Valentina no respondió.

—No millonarias —dijo Teresa—. No te entusiasmes. Pero estamos bien. Yo dejé los domingos. La Cami tiene el taller. Tú pagaste lo atrasado. Si un mes falta, veremos qué hacemos.

Miró a Valentina.

—No tenís que aguantar un trabajo por nosotras.

—No la estoy aguantando por ustedes.

Teresa asintió. No pareció sorprendida.

—Entonces averigua por qué.

***

Camila se cambió la polera detrás de una toalla antes de irse.

—Te dije que te ibai a mojar.

—No imaginé que tanto.

El perro había desaparecido. Camila lo buscó un rato por la playa y después volvió.

Compraron tres helados aunque ya hacía frío.

***

En el bus de vuelta, Camila se durmió con la cabeza sobre el hombro de Teresa. Tenía arena detrás de una oreja. Teresa también se durmió.

Valentina quedó junto a la ventana. Sacó el teléfono.

Cuatro mensajes. Dos correos. Una notificación del calendario. Y el navegador abierto donde lo había dejado la noche anterior.

CUASIDELITO DE HOMICIDIO CHILE

DIFERENCIA IMPUTADO TESTIGO

Lo cerró. El viernes esas palabras no existían en su vida. Ahora llevaba una citación en la cartera.

LUNES 21 · 08:30

Pensó en Juan. En República emitiendo instrucciones con su nombre. En Alfonso diciéndole que el proyecto respondía.

El proyecto no tenía RUT.

Pensó en el documento que no había firmado. En el bono. En Pedro Amenábar marcando VALENTINA RIVAS una vez y después otra.

Fiscalía quería saber qué había pasado con Juan. En algún momento podían decidir que ella no estaba ahí para explicar lo ocurrido. Podían decidir que estaba ahí porque era responsable.

Miró a Camila dormida. Dos horas antes había corrido detrás de un perro por la orilla del mar.

Su mamá le había dicho que era una buena hija. Que ellas estaban bien.

Valentina había pasado años pensando que, si trabajaba suficiente, si ganaba suficiente, si resolvía suficiente, algún día podría dejarlas a salvo.

Y por fin lo estaban.

El teléfono vibró.

CONTINUIDAD UMbrAL — REVISIÓN DEL PLAN DE TRANSFERENCIA

LUNES 14 · 08:00

CONVOCA: ALFONSO PÉREZ

ACEPTAR · PROVISIONAL · RECHAZAR

La citación era el lunes siguiente, a las ocho y media. Valentina miró las tres opciones.

Hasta esa semana había pensado primero en la estación. En que nadie se cayera. En que nadie muriera.

Juan había muerto igual.

Pulsó ACEPTAR.

Volvería el lunes.

No para salvar UMbrAL.

Miró otra vez a su mamá y a su hermana dormidas.

A ellas ya las había salvado.

Ahora tenía que salvarse ella misma.