La citación
El viernes a media mañana la llamaron del edificio central. No dijeron para qué.
La sala del piso ocho no era de reuniones.
Tenía una mesa larga sin sillas suficientes, un carro de esos que usan para mover archivadores, y catorce cajas de cartón numeradas con plumón en el costado.
Dos personas que Valentina no conocía sacaban hojas de una impresora, las ordenaban y las metían en las cajas.
Trabajaban sin hablar, como se trabaja cuando hay que terminar.
En la caja más cercana, en el lomo del primer archivador, alguien había escrito UMbrAL con letra de imprenta.
—Siéntate donde puedas —dijo el abogado.
Se llamaba Pedro Amenábar y era de la empresa. Valentina lo había visto dos veces en el pasillo del piso diecisiete y no habían hablado nunca. Traía una carpeta rígida y un lápiz mina, de esos con la goma en la punta.
Corrió una silla y no se sentó.
—¿Qué es todo esto?
—Requerimiento de Fiscalía. Hay que entregarlo el lunes catorce.
Una de las mujeres levantó la vista, la volvió a bajar y siguió ordenando.
Amenábar abrió la carpeta y la giró para que ella pudiera leer. Era el listado de lo que iban a entregar: registros operacionales, grabaciones de frecuencia, autorizaciones, correos, actas de comité, y una línea que decía equipos desde los que se emitieron instrucciones.
—Esa última —dijo Valentina.
—Sí.
—¿Se llevan los computadores?
—Los que estén en la lista.
Valentina miró las cajas otra vez. Contó las que le quedaban cerca y dejó de contar.
Amenábar pasó a la segunda hoja y empezó a leerla con el lápiz en la mano. Cada tanto se detenía y marcaba el margen con una raya corta. Lo hacía sin apuro, como quien revisa una guía de despacho.
Valentina miró por encima de la mesa. Lo que marcaba era su nombre.
VALENTINA RIVAS. Una raya. Cuatro líneas más abajo, VALENTINA RIVAS. Otra raya. Dio vuelta la hoja y siguió marcando.
—¿Todas esas instrucciones son mías?
—Todas esas dicen tu nombre. —Terminó la página y la puso boca abajo—. No es lo mismo y esa es la parte que a mí me importa.
Sacó de la carpeta un sobre abierto y se lo pasó.
Adentro había una hoja con el escudo, un número de causa que empezaba con diecinueve, y su nombre completo con su RUT. La citaban a prestar declaración por la muerte de Juan Salgado Vera. Daban una dirección que no era la Fiscalía sino un cuartel de la Policía de Investigaciones.
Lunes veintiuno de octubre, ocho treinta.
Valentina la leyó entera. Después la leyó otra vez, buscando el dato que faltaba.
—¿En qué calidad voy?
Amenábar miró la hoja.
—No lo dice. Por ahora te están citando como testigo.
—¿Eso es normal?
Amenábar se tomó su tiempo.
—Lo que están investigando es si en la muerte de Juan hubo responsabilidad de terceros. Un posible cuasidelito de homicidio.
Valentina volvió a mirar su nombre completo.
La palabra homicidio no estaba en la hoja.
Durante un segundo fue la única palabra que pudo leer.
Detrás de Amenábar, la impresora arrancó otra vez. La mujer que estaba más cerca esperó a que terminara la bandeja, emparejó las hojas contra la mesa y las guardó.
—Te voy a decir tres cosas, Valentina. Nos convienen a todos.
—Ya.
—Primera: no hables del sistema con nadie. Ni con la empresa. Ni con tus jefes. Ni con tu familia.
—Ya.
—Segunda: no modifiques ningún archivo. No borres, no ordenes, no corrijas. Nada. Ni siquiera lo que esté mal.
—Hay cosas que están mal.
—Peor.
Levantó el lápiz sin apuntarle.
—Todo lo que toques desde hoy queda con fecha de hoy.
Si corriges un error verdadero el lunes, el martes eso es un archivo modificado después de la citación.
Fiscalía puede leerlo como una alteración posterior de los antecedentes.
Yo he visto caer gente inocente por eso y no he visto caer a nadie por dejar un error quieto.
Valentina no dijo nada.
—Y tercera. —Cerró la carpeta—. Yo soy abogado de Metro. No soy tu abogado. Mi trabajo es proteger los intereses de la empresa. Si en algún momento a la empresa le conviene una cosa y a ti otra, voy a hacer lo que le conviene a la empresa.
—¿Necesito un abogado?
—Yo no te puedo aconsejar eso.
—Ya le pregunté.
Amenábar se guardó el lápiz en el bolsillo de la camisa.
—Consíguete uno.
Se fue con la carpeta bajo el brazo y dejó la puerta abierta.
Valentina se quedó de pie al lado de la mesa. Las dos mujeres seguían con lo suyo. Una de ellas rotuló una caja nueva con el plumón y la dejó al final de la fila.
Se acercó a la primera. No la tocó.
Adentro estaban los informes de septiembre, con las tapas de siempre y los separadores de colores que ella misma había ordenado por área. Encima venía el catastro impreso, el de las veintinueve fuentes, con su letra en el margen. Alguien lo había sacado de su archivador y lo había puesto ahí.
Después miró el listado que Amenábar había dejado sobre la mesa y lo leyó completo, línea por línea, con las manos atrás.
Estaban los registros. Estaban las autorizaciones. Estaban los correos y las actas y los equipos.
Las grabaciones de frecuencia figuraban por sistema: las que se guardan en el centro de control, en digital, con respaldo automático.
No decía nada de una caja gris en una repisa del fondo de monitoreo, que graba cada vez que alguien aprieta el botón y va sobrescribiendo lo más viejo, y que en cuarenta años nadie había puesto en ningún inventario.
Valentina la buscó tres veces en el listado antes de aceptar que no estaba.
Sintió alivio.
Le duró un segundo.
Volvió a mirar las catorce cajas.
En todas esas hojas, la empresa iba a entregar cada cosa que había salido con su nombre. Y la única grabación de esa tarde que la empresa no tenía —su propia voz en la frecuencia— no estaba en ninguna caja.
Estaba en el bolsillo interior de la chaqueta de un hombre que se había sentado a mostrárselo en un andén vacío y después se lo había guardado.
Bajó por la escalera. Eran ocho pisos.
Afuera, en la vereda, sacó el teléfono y se quedó con él en la mano.
Pensó en llamar a Mauro, pero no supo qué decirle.
Abrió el calendario y creó la cita. Escribió la fecha, la hora y la dirección. No puso el motivo.
CITACIÓN — LUNES 21 · 08:30
Le puso aviso con dos días.
Después se quedó ahí parada, en medio de la vereda, con la gente pasándola por los dos lados, y por primera vez en trece meses no supo hacia dónde caminar.