Funcionó
Alfonso la recibió de pie, con la chaqueta puesta, en la sala chica que había al lado de su oficina.
—Tengo veinte minutos.
—No necesito veinte.
—Mejor.
En la mesa había un vaso de agua sin tomar y una carpeta cerrada. Alfonso no se sentó y por lo tanto ella tampoco.
—Necesito que desconecten la copia República.
—No.
Lo dijo antes de que ella terminara de decirlo, sin subir la voz, como quien contesta una pregunta que le vienen haciendo hace semanas.
—Está emitiendo instrucciones con mi nombre.
—Sí.
—Yo no autoricé eso.
—No —dijo Alfonso—. Y tienes razón en que debimos avisarte. Eso fue un error mío y te lo digo mirándote.
Abrió la carpeta.
Encima había un resumen de operación de las últimas tres semanas: incidentes contenidos, tiempo promedio de respuesta, minutos de servicio recuperados. Los números venían con una flecha al lado y todas las flechas apuntaban hacia el mismo lado.
—Mira esto antes de seguir.
Valentina no lo tocó. Lo leyó desde donde estaba, que era lo que sabía hacer.
Eran buenos.
—El martes pasado —dijo Alfonso— hubo una acumulación en Baquedano a las siete de la tarde. Se contuvo en cuatro minutos. Nadie se cayó, nadie reclamó, nadie escribió una carta. ¿Sabes de dónde salió esa instrucción?
—De la copia República.
—De la copia República. —Cerró la carpeta—. Y si te hubiéramos preguntado, tú habrías dicho lo mismo.
—Probablemente.
—Entonces la discusión no es esa.
—La discusión es que no me preguntaron.
Alfonso apoyó las dos manos en el respaldo de una silla.
—La discusión es que la empresa no puede depender de que una persona esté disponible —dijo—. Eso te lo dije en enero, en el almuerzo, y estuviste de acuerdo. Yo no puedo tener una red de dos millones de personas colgando de que tú contestes el teléfono.
—Yo contesté siempre.
—Hasta el tres de septiembre.
Lo dijo sin crueldad, y después se quedó callado el tiempo justo para que ella entendiera que no lo iba a repetir.
Valentina se quedó mirando el vaso de agua.
—Eso no lo hizo la copia República —dijo.
—No. Eso lo hicimos entre todos. —Alfonso corrió la silla y por fin se sentó—. Y por eso mismo no voy a apagar lo único que hoy está funcionando.
—Está firmando con mi nombre.
—Es el nombre con que aprendió.
Valentina buscó por dónde entrarle a eso y no encontró.
—Alfonso, si mañana esa cosa se equivoca, ¿quién responde?
—El proyecto responde.
—El proyecto no tiene RUT.
Alfonso la miró un segundo más de lo necesario.
—Vamos a resolverlo. La transferencia tiene que terminar con responsables y nombres. Toma tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—El que toman las cosas.
En la mesa, sobre la carpeta, el teléfono de Alfonso vibró dos veces. Lo dio vuelta con un dedo, lo leyó sin tomarlo y volvió a darlo vuelta.
—¿Tú publicaste una recomendación para Los Héroes hace veinte minutos?
Valentina se enderezó.
—Sí. Mantener el acceso abierto y reforzar arriba.
Alfonso volvió a dar vuelta el teléfono, leyó otra vez y se quedó con el dedo encima de la pantalla.
—Acá hay otra. Contener el acceso, diez minutos.
—Esa no es mía.
—Ya sé que no es tuya. —Levantó la vista—. Las dos tienen tu nombre, así que Operaciones me está preguntando a mí cuál corre.
Valentina se acercó a la mesa.
—La mía tiene el dato del liceo. La otra no lo tiene, porque ese dato lo cargué yo esta mañana a mano y no está en ninguna base.
—¿Y qué pasa si se corre la otra?
—Cierran un acceso que no había que cerrar y el grupo entra por el poniente, que es más angosto.
—¿Alguien se cae?
—No necesariamente.
Alfonso asintió despacio, como se asiente a una respuesta honesta que no sirve.
Escribió tres letras en el teléfono con un solo pulgar y lo dejó boca abajo sobre la carpeta.
—¿Qué contestaste? —dijo Valentina.
—Que corran la de diez minutos.
Ella se quedó quieta.
—¿Por qué esa?
—Porque la anterior funcionó —dijo Alfonso.
Miró la hora.
—Me quedan dos minutos. Hay otra cosa.
Sacó de debajo del resumen un documento corcheteado y lo dejó sobre la carpeta. Arriba decía:
RECONOCIMIENTO DE AUTORÍA Y CONTRIBUCIÓN TÉCNICA
PROYECTO UMbrAL
—Esto es para ti —dijo—. Queremos dejar constancia de que UMbrAL lo creaste tú.
Valentina volvió a acercarse.
Eran ocho páginas.
En la primera aparecían su nombre, el proyecto y una descripción de su trabajo. Después venían párrafos más largos. No los leyó completos. Buscó los verbos.
RECONOCE.
DECLARA.
VALIDA.
ASUME.
Volvió atrás.
En la primera página decía autoría. En las otras siete, la palabra que más se repetía era responsabilidad.
Una cláusula dejaba constancia de su responsabilidad técnica sobre los criterios y recomendaciones emitidos bajo su usuario durante la implementación del sistema.
Valentina levantó la vista.
—República está emitiendo bajo mi usuario.
—Por eso tenemos que ordenar estas cosas.
—Yo no validé lo que emitió República.
—El documento reconoce tu trabajo en UMbrAL.
Valentina volvió a mirar la hoja.
El título decía reconocimiento. El cuerpo hacía otra cosa: dejaba su firma debajo de recomendaciones que ella acababa de pedir que desconectaran.
Alfonso señaló la última página.
—Incluye un bono extraordinario. Te lo ganaste.
Valentina llegó hasta la hoja de firmas. Junto a la línea con su nombre había un lápiz pasta.
—¿El bono es por mi trabajo o por firmar esto?
—Es por tu trabajo. La firma deja constancia.
Valentina cerró el documento.
—Entonces páguenmelo sin la firma.
Alfonso no respondió enseguida.
—Llévatelo. Léelo tranquila.
—Ya leí lo que necesito.
Dejó el documento donde estaba.
Alfonso se levantó y se acomodó la chaqueta. Fue hasta la puerta y la abrió para ella, con esa educación que tenía y que no significaba nada.
—Valentina. —Esperó a que pasara—. Nadie está en tu contra. Estamos todos tratando de que esto ande.
Ella salió al pasillo.
El lápiz quedó sobre la mesa.
A las siete veintitrés de esa tarde, en Los Héroes, cerraron el acceso norte por diez minutos.
El grupo entró por el poniente, que era más angosto. No hubo accidentes.