UMBRAL La copia
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La copia

Rodrigo la citó en Los Héroes, no en el edificio.

—Prefiero que lo veas —dijo por teléfono, y no explicó qué.

Se juntaron en el entrepiso a las once, a esa hora en que una estación está llena de gente que no tiene apuro. Rodrigo traía la libreta y no la abrió.

—En un datacenter de ustedes.

—La copia República.

—Apagada.

—Apagada —dijo Rodrigo—. Eso te dije y era verdad cuando te lo dije.

Un tren entró abajo. El ruido subió por el hueco de la escalera y les tapó la voz. Rodrigo esperó, mirando el andén, con las manos en los bolsillos.

—¿Hasta cuándo estuvo apagada? —dijo Valentina.

—Hasta julio.

—¿Y qué pasó en julio?

—Alfonso pidió continuidad. —Rodrigo se sacó una mano del bolsillo y se frotó los ojos—. La encendimos y la conectamos a Operaciones.

—¿Conectada cómo?

—Como el UMbrAL original de San Pablo. Recibe lo mismo, mira lo mismo y puede emitir órdenes, o recomendaciones.

Valentina se quedó mirando la boca de la escalera.

—Eso es un sistema, no un respaldo.

—Sí.

—¿Y firma con qué?

Rodrigo no contestó. Un guardia pasó al lado de ellos y saludó a Rodrigo con la barbilla, porque a Rodrigo lo conocía todo el mundo.

—Cuando copiamos el sistema copiamos todo —dijo—. Incluida la credencial con que firma.

—La mía.

—El sistema no tiene una tuya y otra suya. Tiene una.

—Yo las revoqué todas. Cambié el token.

—Y la copia pidió el nuevo, como pide todo lo demás. Está configurada para no quedarse sin credencial nunca.

Valentina buscó dónde apoyarse y no había dónde, así que se quedó parada.

—Rodrigo, yo no autoricé eso.

—No.

—¿Alguien me lo iba a decir?

—Te lo estoy diciendo.

—Dos meses después.

—Sí.

Lo dijo sin defenderse, que fue lo peor, porque un hombre que se defiende todavía cree que hay algo que discutir.

Valentina abrió la boca para decir otra cosa y en ese momento habló la radio del guardia que estaba a diez metros de ellos, en la línea de torniquetes.

Se oyó con esa nitidez que tienen las radios en los entrepisos, rebotando en el cemento.

—Los Héroes, contener acceso norte, ocho minutos. Instrucción de Rivas.

El guardia levantó el brazo y empezó a mover gente hacia la escalera del centro, sin apuro.

Valentina no se movió.

—Yo no di esa orden —dijo.

Rodrigo miró al guardia.

—No.

—Yo estoy aquí.

—Sí.

La cola del acceso norte empezó a desarmarse. Una señora con un carro de feria dobló hacia el centro y siguió sin mirar a nadie. Un muchacho con audífonos se demoró dos segundos más y también dobló.

Ocho minutos. Era una buena decisión. Era, más o menos, la que ella habría tomado.

—¿Cuánto lleva haciendo esto? —dijo.

—Depende de lo que llames esto.

—Emitiendo órdenes, con mi nombre.

Rodrigo se quedó callado.

—Rodrigo.

—Desde julio.

Valentina hizo la cuenta sin querer, que era lo único que su cabeza sabía hacer con una fecha, y le salió el número antes de que alcanzara a decidir si quería tenerlo.

Julio. Agosto. Septiembre.

El tres de septiembre estaba adentro.

Se dio vuelta y quedó de frente a Rodrigo, que era más alto y que en ese momento parecía menos.

—¿La orden de la contención de San Pablo salió de ahí?

—No. Esa la cargaste tú.

—¿Estás seguro?

—Sí. —Rodrigo lo dijo rápido, y después más lento—. Esa la cargaste tú.

—¿Y la recomendación de abortar?

Rodrigo no contestó.

—¿La de las dieciocho cero uno?

—Esa la generaron los dos.

Abajo, el guardia levantó la mano otra vez y dejó pasar. Habían sido ocho minutos exactos.

Valentina miró el reloj del andén y anotó la hora en el teléfono, porque era lo que hacía con las cosas que después iban a importar y porque no se le ocurrió qué otra cosa hacer con las manos.

—Necesito que la apagues —dijo.

—Yo no puedo apagarla.

—Es tuya.

—Es de la empresa. —Rodrigo por fin abrió la libreta, y lo que había adentro no era una nota: era el organigrama de la decisión, con tres nombres y una flecha—. Yo administro el fierro. La instrucción de encenderla no la firmé yo.

—¿Quién la firmó?

Rodrigo giró la libreta.

Arriba de la flecha había un nombre y abajo un cargo, y los dos eran el mismo hombre.

—Habla con él —dijo Rodrigo—. Yo hasta acá.

Cerró la libreta y se fue por el pasillo hacia la combinación, saludando a alguien en el camino.

Valentina se quedó en el entrepiso hasta que el acceso norte volvió a llenarse solo.

Antes de subir a la calle pasó por la línea de torniquetes y se paró al lado del guardia, que estaba anotando algo en una hoja plastificada.

—Disculpe. Lo de recién, lo del acceso norte. ¿De dónde le llegó?

El guardia terminó de escribir.

—De control, po.

—¿Y ellos de dónde?

El hombre la miró como se mira a alguien que pregunta por qué llueve.

—Del sistema.