Cero
Carlos Sepúlveda comía a las cuatro de la tarde, de pie, comida china de una caja cuadrada blanca que tenía una casa china roja en uno de los lados, con un tenedor del casino que envolvía en una servilleta y volvía a envolver entre bocado y bocado.
Era el gerente de Operaciones, un par de escalones más arriba que Juan. Decidía cuánta gente y cuánta plata iba a cada estación.
—Yo leo la primera página —dijo—. Si algo importa y está en la tres, para mí no existe.
Detrás de él, pegado al muro, había un plano de la red con papelitos amarillos encima de las estaciones. Algunos estaban decolorados por el tiempo.
—En esa silla no. La otra.
Valentina se cambió de silla.
—¿Cuánta gente hay en turno en la red un martes a las siete de la tarde?
—No sé.
—Yo tampoco, y llevo catorce años acá. —Pinchó el arroz—. Tengo tres números. Uno me lo da Recursos Humanos, otro me lo da Seguridad y el tercero me lo dan los jefes de estación. Ese último cambia según lo que me vayan a pedir después.
—¿Los tres son de la misma semana?
—Los tres dicen que sí.
Dejó la caja de comida encima de unas carpetas.
—Quiero un análisis de dotación. La red entera, ciento treinta y seis estaciones, no solo esta. Dónde falta gente. —Se limpió el pulgar en la servilleta—. Y dónde estamos pagando para que no pase nada.
—¿Lo segundo cómo se mide?
—Para eso te llamé.
Le anotó una clave provisoria en el borde de una hoja. Le dijo que los libros de turno se los iban a mandar en papel, y algunos escaneados, que era peor.
—El veintiséis. Después del veintiséis el área de presupuesto cierra el mes y esto me sirve de adorno.
—Hoy es cinco.
—Entonces tenís tres semanas.
Valentina se levantó. Carlos ya estaba mirando la pantalla.
—Una cosa. No me traigái la red promedio. Los promedios ya me los sé.
***
Los libros llegaron en cajas. Veintiocho estaciones mandaron papel, once mandaron planillas y dos mandaron la foto de una pizarra.
En las planillas la gente no tenía nombre: tenía código.
TURNO 2. G-4 NORTE. APOYO VESPERTINO. A Valentina le tomó cuatro días descubrir que el mismo código significaba una cosa en la Línea 1 y otra en la Línea 5.
Después vinieron los relojes.
Estaba cruzando una escalera detenida en Gruta de Lourdes —el aviso de Mantención, el parte de Seguridad, el video— cuando le apareció una diferencia de cuatro minutos que no se explicaba con nada. La escalera se detenía en la cámara antes de que el sensor supiera que se había detenido.
Llamó a Mantención. Le contestó un hombre que masticaba.
—Ah, ese grabador. Lo pusimos el 2016.
—¿Cuánto se atrasa?
—Depende.
—¿De qué depende?
—De cuándo se cortó la luz la última vez.
No tenía cómo medirlo contra nada, hasta que se dio cuenta de que sí. Había un repartidor de pan, con delantal y el carro cargado, que entraba todas las mañanas por el mismo torniquete, a la misma hora, y ese torniquete marcaba con la hora del servidor. Puso la validación al lado del video.
Cuatro minutos doce segundos.
Lo hizo en once estaciones. Ninguna mentía lo mismo.
Esa noche dejó fija en el escritorio una hoja escrita a mano.
VALIDACIONES: HORA DEL SERVIDOR.
CÁMARAS: LA HORA QUE TENÍAN CUANDO LAS INSTALARON.
RADIO: LA HORA DEL QUE HABLA.
LIbrO DE NOVEDADES: LA HORA EN QUE ALGUIEN SE SENTÓ A ESCRIBIR.
PARTES A MANO: HORA REDONDA. EL OCHENTA Y UNO POR CIENTO TERMINA EN CERO O EN CINCO.
Mauro la leyó por encima del hombro, camino al hervidor eléctrico.
—La tabla de las mentiras.
En el fondo de monitoreo, debajo de un estante con manuales, había una caja gris del porte de un microondas, con dos carretes y una luz roja fija.
—¿Y eso qué es?
—Graba las frecuencias de radio. Sola, acá mismo. Está desde antes que yo entrara.
—¿Quién la escucha?
—Nadie.
—¿Y por qué sigue andando?
—Porque nadie ha dado la orden de pararla.
A las doce y media Valentina pagó el taller de Camila, que se cobraba los primeros cinco días del mes, guardó el comprobante en una carpeta llamada CAMI y volvió a la planilla.
***
El jueves la fueron a buscar dos veces y no la encontraron.
Estaba con el resto de la estación en la capacitación de seguridad, que Rosa dictaba cada cierto tiempo en horario valle. Protocolo. Nada que a nadie le importara demasiado.
—Bienvenidos, equipo. Gracias por venir. —Rosa dejó un sobre cerrado sobre la mesa, a la vista—. Antes de partir, una noticia: llegó el resultado del ADN que le mandamos a hacer a la obra de arte. Al mojón de más de un kilo que nos dejó sin baño de personal dos días.
Levantó el sobre con las dos manos, como un animador de programa infantil.
—¿Lo abrimos?
—¡Que lo abra! ¡Que lo abra! —empezaron a corear.
Rosa lo abrió con la misma solemnidad con que lo había levantado. Adentro había una sola hoja, doblada en cuatro. La desdobló y la dio vuelta para que todos la vieran.
Dos palabras, en plumón azul, escritas a mano:
ROSA FUENTES.
Se rieron hasta quedar sin aire. Rosa hizo una reverencia, se guardó el papel en el chaleco y siguió con lo suyo.
Nadie averiguó nunca si era verdad.
***
Con los relojes corregidos, los incidentes se dejaron ordenar por hora-guardia.
Arriba de la lista quedó el andén norte de Cumming: cuarenta y un registros en seis meses, un guardia que además cubría el entrepiso.
Abajo del todo quedó un acceso con dos puestos fijos y ningún registro.
Cero caídas. Cero riñas. Cero hurtos. Cero reclamos. Ni un OTROS.
Valentina buscó el error primero, porque los ceros suelen ser accesos cerrados.
El acceso norte de Blanqueado estaba abierto: once mil doscientas validaciones al día, dos torniquetes, cuatro máquinas de carga, escalera fija al andén.
Junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre. Seis meses sin un solo hecho anotado.
Abrió el formulario de material audiovisual. Pedía estación, fecha, tramo horario. Más abajo pedía N° DE INCIDENTE ASOCIADO.
En seis meses no había ninguno.
Escribió SIN INCIDENTE y apretó enviar.
EL CAMPO N° DE INCIDENTE ES OBLIGATORIO.
Mauro podía poner una grabación sin ningún papel. Le contestaba el teléfono aunque fueran las once de la noche, sobre todo si eran las once de la noche.
Valentina miró la fecha en la esquina de la pantalla. Faltaban cinco días.
Cerró el formulario.
***
El lunes veintiséis entregó cuarenta páginas. Carlos leyó la primera adelante de ella, que era el resumen ejecutivo, y hojeó el resto rápido, dando vuelta las hojas con el dorso de la mano. Se detuvo en la de Blanqueado.
—¿Cuántos movimientos son?
—Nueve. Seis son cambios de horario. Tres son traslado de puesto.
—¿Y el ahorro?
—No hay ahorro. Es la misma gente en otra parte.
Carlos volvió a la primera página y se la empujó por la mesa.
—Firma.
—Es un análisis.
—Sin una firma de análisis, Recursos Humanos no me mueve a nadie. —Sacó una lapicera del bolsillo de la camisa—. Puede ser cualquier firma. Tiene que haber una.
La lapicera no escribió. Valentina la rayó en la esquina de una hoja suelta hasta que agarró, y firmó abajo de su nombre impreso, con el mismo garabato apurado con que había firmado el contrato en el piso cuatro.
Arriba, la máquina la había escrito RIVAS MUNOZ, VALENTINA. Sin la eñe.
Juan estaba en la punta de la mesa con el maletín todavía colgando, porque a las cuatro había reunión de jefes de estación y había llegado antes.
—¿Averiguaste por qué no pasa nada ahí? —dijo.
—Revisé seis meses.
—Ya. Los registros.
Se cambió el maletín de hombro y salió antes que ella.
***
El traslado del personal salió el miércoles veintiocho, en un correo con cinco personas en copia. El jefe de estación de Blanqueado contestó a todos, en una línea, sin saludar:
MANDO AL REINALDO GÓMEZ.SANDOVAL TIENE CERTIFICADO MÉDICO.
Adjuntó el certificado: EVITAR TAREAS EN ANDÉN Y BORDE DE PLATAFORMA. En ese acceso había dos guardias, y el otro era Reinaldo.
En la planilla de movimientos, la fila decía GÓMEZ, REINALDO — 11 AÑOS 4 MESES EN EL PUESTO — TRASLADO TRANSITORIO.