Uno está
El viernes por la mañana Valentina abrió los registros de Cumming para ver si el andén norte había bajado en incidencias.
Había bajado.
Después, por costumbre, abrió los de Blanqueado. La estación que no había tenido incidentes estaba reportando.
En la segunda había un campo abierto para observaciones.
Sin proponérselo, Valentina le restó los cuatro minutos doce a la hora del parte. Le dio diecinueve treinta y siete con cuarenta y ocho.
Se quedó con la mano en el mouse.
Juan pasó por atrás, miró la pantalla el tiempo justo y siguió hasta la puerta.
—¿Comiste?
—No tengo hambre.
—Come.
***
Carlos revirtió el traslado esa misma tarde, por teléfono, delante de ella. Cuando colgó se quedó un rato con la mano encima del aparato.
—¿Habías revisado las cámaras de ese acceso?
—No.
—¿Por qué?
—Por el plazo.
Carlos asintió una vez, sin ninguna intención particular, y ese fue todo el comentario.
—Ahora escúchame. Puede que esto no tenga nada que ver.
Un jueves a las siete y media, tres tipos, una chiquilla sola.
Pasa en la calle, pasa en el mall, pasa en estaciones donde hay cuatro guardias mirando.
—Se paró—. Y puede que sí tenga que ver.
El asunto es que no sé cuál de las dos, y no lo voy a saber nunca.
—¿Quién eligió a Gómez?
—Nadie. El otro guardia del sector tiene restricción médica para trabajar en el andén. Tu planilla decía un puesto y de operaciones sacaron al que se podía mover.
Le pasó una carpeta.
—Quiero que averigües qué hacía Reinaldo en ese acceso, y lo quiero escrito, con fecha, en algo que yo pueda mostrar. Todavía no sabemos qué moviste.
—¿Y si no se puede escribir?
—Escribe que no se puede explicar. —Ahora sí la miró—. Y otra cosa, Rivas. La incertidumbre va en la primera página.
***
El acceso norte de Blanqueado tenía cuatro máquinas de carga contra el muro poniente, dos torniquetes al medio y la escalera fija al fondo, donde el pasillo doblaba y ya no se veía nada.
Valentina llegó a las siete y veinte de la tarde y se quedó parada donde no molestaba.
Contó los lugares desde los que se veían las máquinas: seis. Desde los que se veía la boca de la escalera: cuatro. Desde los que se veían las dos cosas al mismo tiempo, sin girar la cabeza: uno.
Era una columna cuadrada, corrida un metro y medio del muro, entre la tercera máquina y el pasamanos.
A la altura del hombro, la pintura estaba gastada en una mancha lisa y ovalada, del ancho de una espalda. Alrededor la pintura era rugosa.
El guardia de turno estaba junto a los torniquetes, dándole la espalda a las máquinas.
***
Mauro consiguió el material audiovisual de las estaciones sin pedirlo por sistema.
—Me lo pasó el Checho, que trabajó conmigo en Neptuno. No pongái de dónde salió.
—No voy a poner.
—Ni el nombre del Checho.
Lo aceleró ocho veces. El acceso se llenaba y se vaciaba a tirones, la gente entraba como agua que sube y baja, y en el borde izquierdo había un hombre que casi no se movía.
—Once años y no aparece en ningún registro —dijo Mauro—. Yo aparezco tres veces al mes y no hago nada.
A velocidad normal, Reinaldo Gómez caminaba seis metros, se detenía junto a la columna y volvía a los torniquetes. En una hora lo hizo once veces. Nueve de las once, menos de diez segundos después de que alguien entrara por la puerta norte.
A las 19:38 del martes veintisiete, dos hombres entraron por la puerta norte y se quedaron frente a la última máquina de carga, sin sacar tarjeta. Un tercero se apoyó en el vidrio de la boletería. Ninguno miró a los otros dos.
Reinaldo caminó los seis metros y se puso al lado de la columna. No sacó la radio. No dijo nada. Se quedó de frente al acceso, con las manos abajo.
El del vidrio se despegó del vidrio. Los otros dos salieron por donde habían entrado, sin apurarse.
Cuarenta segundos.
Mauro lo devolvió y lo pasó de nuevo.
—¿Y qué hizo? —dijo—. No hizo nada.
Valentina miró la hora en el borde de la imagen. Martes veintisiete, 19:38. Después buscó la del parte de la agresión: jueves seis, 19:42. Nueve días, cuatro minutos, el mismo acceso. La diferencia estaba en la columna.
—Se movió un poco.
***
Reinaldo Gómez llegó veinte minutos antes.
Se sentó muy derecho, con el gorro en las rodillas, y le pasó un cuaderno donde había escrito sus turnos de los últimos dos años, con fechas.
—Perdón por la letra.
—No necesito eso.
—Por si acaso.
—Don Reinaldo, ¿qué hace usted en ese acceso?
Lo pensó de verdad, con la vista en un punto de la mesa.
—Miro.
—¿Qué mira?
—A la gente.
—¿A quién en particular?
—A nadie en particular.
Valentina le mostró una foto impresa de la columna.
—Usted se para acá.
Reinaldo la miró un rato.
—Sí.
—¿Por qué ahí?
—Porque ahí no corre el aire de la escalera. —Se acomodó la gorra en la rodilla—. Al frente da todo el día.
—¿Y ve algo distinto desde ahí?
—Se ve la caja y se ve el fondo.
Ella anotó la frase entera. Después le mostró el video en el teléfono: los seis metros, la columna, los cuarenta segundos.
—¿Por qué se movió ahí?
—Entraron de a tres y ninguno sacó la tarjeta de acceso.
—¿Y qué hizo?
—Me puse donde me vieran.
—¿Para qué?
—Para que me vieran.
Valentina esperó.
—Yo tengo la mirada pesada. Eso ayuda. —Se pasó la mano por la boca—. No es que uno haga algo, señorita. Uno está.
—¿Cuántas veces al mes pasa esto?
—¿Qué cosa?
—Esto. Que alguien iba a hacer algo y no lo hizo.
—Es que no pasa —dijo Reinaldo—. Cuando resulta, no pasa.
Después preguntó, sin cambiar el tono, si la niña estaba bien.
—No quiso ir a urgencias.
—Ah. —Se quedó con el gorro entre las manos—. Es que ahí la calle está oscura de ese lado. Se lo dije al jefe el año pasado, lo del foco. Yo por eso me paraba cerca de la puerta a esa hora.
***
La base de datos nueva la armó el segundo lunes de diciembre, en el escritorio de siempre.
Cuatro campos eran fáciles: FECHA. HORA. RELOJ DE ORIGEN Y SU DESFASE. LUGAR.
Los otros no existían en ningún sistema del Metro y tuvo que inventarles el nombre. INTERVENCIÓN SIN INCIDENTE. PRESENCIA PREVENTIVA. QUÉ DEJÓ DE PASAR.
El último lo dejó abierto y le puso GRADO DE CERTEZA. Debajo anotó las tres maneras de estimarla y cuánto se equivocaba cada una.
Estaba anotando eso cuando Rosa entró bailando.
No era una manera de decir: entró marcando el paso, un-dos-tres, con los brazos en algo que era mitad bachata y mitad calentamiento deportivo, y cruzó así la oficina como si fuera la pista y los archivadores el público.
—Hoy tengo zumba —anunció—. Nos toca bachata. Deberíai venir.
—Estoy cerrando una cosa.
—Ayuda para el estrés y para la pena. —Rosa siguió con lo suyo, ahora unos pasos laterales de una elegancia inesperada—.
Las chiquillas allá tienen todas algún problema, que el marido, que la pega, que la rodilla.
Pero en la zumba como que se les olvida.
Una hora sin problemas, mijita. Eso no lo vende nadie.
—¿Y a ti qué se te olvida?
—A mí nada, si yo voy por el profe. —Se abanicó con la mano—. Treinta años. De Maipú. Un churro.
Hizo una pausa de conocedora.
—Un churro con poco manjar, eso sí. Porque es más flaco que un dedo. —Levantó el meñique y se rio.
Se fue como llegó, marcando el paso, cantándose a sí misma el «Rosa, Rosa» de Sandro, en el volumen justo de quien no necesita público, aunque no le molestaba tenerlo.
Valentina cargó el primer registro.
Martes veintisiete de noviembre. 19:38 según la cámara tres, cuatro minutos doce atrasada desde 2016. Blanqueado, acceso norte, columna entre la tercera máquina y el pasamanos. Tres individuos. Cuarenta segundos.
En QUÉ DEJÓ DE PASAR dejó el cursor parpadeando un rato largo y escribió NO SE SABE.
En GRADO DE CERTEZA escribió lo mismo.
Quedaba una columna. Era la primera de la izquierda, la que en todos los formularios del Metro pedía cuatro dígitos, y decía CÓDIGO DE TURNO.
Escribió otra cosa.
REINALDO GÓMEZ.