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Volvió a San Pablo esa misma tarde con las seis hojas selladas adentro de la mochila.

Juan estaba en el pasillo de servicio, subido a una escalera de tijera, cambiando el tubo fluorescente que llevaba tres semanas parpadeando.

—Jefe.

—Pásame ese de allá.

Valentina le pasó el tubo nuevo. Juan lo calzó, giró, y la luz se quedó quieta por primera vez en tres semanas.

—Firmé el contrato.

—Ya sé. —Bajó de la escalera con el tubo quemado en la mano—. Indefinido.

—Sí supe.

—Ya.

Ella se quedó ahí. Había preparado tres frases distintas en el bus, y ninguna servía.

—Quería…

—Ayúdame con esto. —Le pasó el tubo viejo, que era largo y frágil y obligaba a usar las dos manos—. Con cuidado, que si se rompe queda polvo por todas partes.

Caminaron hasta el depósito. Juan abrió con la llave del llavero grande y le indicó dónde apoyarlo.

Sobre el escritorio, entre facturas y guías de despacho, había una carpeta abierta. Valentina reconoció la funda plástica: era el convenio de su práctica, el que le había mostrado el primer día.

En la última página, la fecha de término estaba tachada y corregida con la letra de Juan.

—Cierra bien la puerta al salir —dijo Juan, y se fue a buscar la escalera.

***

El primer sueldo entró el último día hábil, a las 00:17. A las 00:22 había salido casi entero. Valentina pagó las cuatro cuotas vencidas, descargó el comprobante y revisó dos veces el número de operación.

Se lo mandó a Teresa.

Su mamá contestó con un pulgar arriba.

Esa tarde, al volver del trabajo, Valentina pasó por un cajero antes de llegar a la casa. La máquina demoró unos segundos en entregar los billetes de veinte mil. Durante ese tiempo, Valentina alcanzó a preguntarse si el saldo de la pantalla podía desaparecer.

Contó los billetes frente al cajero y otra vez dentro de la billetera. El comprobante del giro decía cien mil pesos. Antes de cruzar la avenida abrió la aplicación y miró el saldo una vez más.

El negocio de la esquina estaba donde siempre había estado: pegado a una casa verde, con un letrero de helados desteñido y una cortina de tiras plásticas que en invierno dejaba pasar el frío igual.

Detrás del mesón, los estantes subían hasta el techo sin un orden que Valentina pudiera entender, aunque la señora Eliana encontraba cualquier cosa sin mirar.

Eliana la conocía desde antes de que Valentina alcanzara el mesón.

Conocía a Teresa, a Camila y la forma en que compraban: dos panes, tres láminas de mortadela, una bolsita de té cuando se acababa el efectivo antes de fin de mes.

Casi siempre con monedas. A veces Teresa compraba sin pagar en el momento, a pesar del cartel de NO SE FÍA pegado detrás de la caja: Eliana anotaba el monto en un cuaderno bajo el mesón, sin mucha certeza de cuándo iba a recuperar esa plata.

La campanilla sonó cuando Valentina entró.

—Hola, mijita. Tanto tiempo.

—Hola, tía.

Eliana estaba sentada junto a la balanza, viendo una teleserie en un televisor pequeño apoyado entre las cajas de cigarros. Bajó el volumen con el control remoto.

—¿Qué te doy?

Valentina miró el refrigerador de bebidas.

—Una Coca-Cola de dos litros y medio. Y una Fanta igual.

—¿Retornables?

—Sí.

Eliana abrió la puerta del refrigerador y sacó las dos botellas. Las dejó sobre el mesón.

—¿Y los envases?

—No tengo.

La mujer apoyó una mano sobre las botellas.

—Pucha, mijita, tú sabís que acá no prestamos envases.

Era la misma frase que había escuchado desde niña. No tenía dureza. Era una regla, como que el pan se pagaba por kilo o que los domingos cerraban más temprano.

—No se preocupe —dijo Valentina—. Pago los envases.

Eliana tardó un segundo en soltar las botellas.

—Ah. Ya.

Valentina recorrió los estantes detrás del mesón.

—¿Salchichas tiene?

—Sí. ¿De cuáles?

—De las buenas.

Eliana abrió el refrigerador pequeño y sacó un paquete.

—¿Cuántas?

—Dos paquetes.

La mujer volvió a mirarla, esta vez con atención. Valentina sostuvo la mirada.

—¿Pan de completo?

—Llegó recién.

—Deme dos bolsas. Mayonesa grande también.

Eliana empezó a poner las cosas junto a las bebidas.

—¿Kétchup?

—Sí.

La mujer buscó debajo del mesón y le mostró un sachet chico, de una marca chilena.

Valentina negó con la cabeza.

—Ese no. El de las películas gringas.

—¿Cuál de las películas?

—El Heinz.

Eliana soltó una risa corta.

—Ah, estamos finas.

Buscó en el estante más alto y bajó una botella roja con la etiqueta blanca.

—Este es más caro.

—Ese mismo.

—Ya.

Valentina vio una caja de madera junto a las papas.

—¿Paltas maduras tiene?

Eliana apretó una con el pulgar.

—Esta está para hoy. ¿Te doy una?

—Deme cuatro.

La mano de la mujer se quedó sobre la caja.

—¿Cuatro?

—Cuatro. Y tres tomates.

Eliana eligió las paltas con más cuidado que antes y las puso en una bolsa aparte. Ya no preguntaba de cuáles ni cuántas: buscaba espacio en el mesón.

—¿Algo más?

Valentina miró la vitrina de los dulces chilenos. La distribución no había cambiado en años: los berlines adelante, los mendocinos con su chocolate y su papel, y al fondo seis empolvados que casi no se veían. Cuando compraban uno, Camila elegía por dónde partirlo.

—Cuatro berlines. Cuatro mendocinos. ¿Empolvados le quedan?

—Sí.

—Cuatro también.

Eliana abrió la vitrina, pero no sacó nada todavía.

—Subieron los berlines. Están a quinientos.

Lo dijo con delicadeza, como si estuviera ofreciéndole una salida.

—Démelos no más.

La mujer empezó a envolverlos en papel café.

Valentina apoyó los antebrazos sobre el mesón. Podía sentir la billetera contra la espalda, como si necesitara comprobar que seguía ahí. No había preguntado el precio de una sola cosa.

Eliana terminó de envolver los dulces. La campanilla sonó otra vez: una mujer del pasaje entró a comprar pan. Mientras esperaba, miró las bebidas, las paltas y los paquetes de dulces ocupando el mesón. Después miró a Valentina.

—¿Quién está de cumpleaños? —preguntó Eliana.

La pregunta salió demasiado casual. Valentina sonrió.

—Nadie. ¿Por qué?

—Por nada. Como llevái tanta cosa.

—Es para tomar once.

Eliana asintió, aunque la respuesta no pareció resolverle nada.

—¿Eso no más? —preguntó.

Ahora había cierta ironía en su voz. Ya no la trataba como a la niña que había entrado por pan con las monedas apretadas en la mano.

Valentina miró la libreta que asomaba debajo de la caja.

—Oiga, tía. ¿Mi mamá le debe algo?

Eliana dejó de doblar el papel de los empolvados.

—No te preocupes por eso. Yo lo veo con ella.

—¿Le debe?

—Un poco no más.

—Súmelo.

—No, mijita. De verdad. Después viene ella y arreglamos.

—Súmelo a la cuenta.

Eliana miró hacia la puerta, como si Teresa pudiera aparecer para impedirlo. Después sacó la libreta.

No era un cuaderno de deudas como Valentina lo había imaginado. Era una agenda escolar vieja, con publicidad de una compañía de teléfonos en la tapa. Cada familia tenía una página. En la de Teresa había fechas, cantidades y descripciones pequeñas.

TRES PANES.

MORTADELA.

LECHE.

PAN + TÉ.

BEBIDA CHICA.

Después del veinte, las fechas se juntaban y las compras se achicaban. Valentina reconoció el patrón antes de terminar de leerlo.

Eliana sacó una calculadora grande, de teclas amarillentas que alguna vez habían sido blancas. Sumó la compra primero. Después pasó el dedo por las líneas de la agenda e incorporó la deuda de Teresa. Se equivocó, borró y empezó de nuevo.

No levantó la vista.

—Mira, lo de ahora son veintitrés cuatrocientos. Y lo de tu mamá, veintidós trescientos.

Volvió a sumar. La calculadora pitó con cada tecla.

—Serían cuarenta y cinco mil setecientos.

Giró la pantalla hacia Valentina casi con vergüenza.

Durante un instante, ninguna de las dos dijo nada.

La cifra era mayor que algunas semanas completas de compras. Mayor que cualquier cuenta que Valentina hubiera pagado en ese negocio. Eliana tenía una mano apoyada sobre la agenda, como si todavía pudiera cerrarla y retirar la deuda.

Valentina abrió la mochila.

—Ando con billetes de veinte. ¿Tiene cambio?

Sacó tres.

Eliana miró la plata. Después miró a Valentina.

—Tengo que revisarlos, mijita. No es por ti.

Sacó una linterna pequeña de debajo del mesón. Iluminó uno de los billetes, después el segundo y el tercero. Los giró para comprobar la franja y la marca de agua.

—Calentitos, directo del cajero —dijo Valentina.

Eliana sonrió, pero siguió revisando.

—Están bien.

Guardó los billetes en la caja y empezó a buscar el cambio. Abrió un cajón, después otro. Contó dos billetes de cinco mil, cuatro de mil y tres monedas de cien.

—Te puedo dar dos de cinco.

—Sí. Deme no más.

Era ella ahora quien esperaba.

Eliana volvió a contar el cambio, esta vez más rápido. Después empezó a embolsar la compra con una energía distinta. Puso las bebidas en bolsas separadas, reforzó la de las paltas y acomodó los dulces arriba para que no se aplastaran.

—Oye, que te está yendo bien —dijo.

Valentina guardó el cambio.

—Muy bien, gracias.

Tomó cuatro bolsas. Eliana salió de detrás del mesón para ayudarla con una quinta.

—Llévate estas dos juntas, que son las que pesan menos.

Valentina acomodó las bolsas entre las manos y abrió la puerta con el hombro.

La campanilla volvió a sonar.

—¡Mijita, lo que necesites, me avisas! —gritó Eliana desde atrás.

Valentina siguió caminando sin darse vuelta.

Teresa abrió la puerta antes de que Valentina alcanzara a sacar las llaves. Llevaba el delantal puesto y un paño de cocina en las manos. Al ver las bolsas, se apuró a recibirle dos.

—Pero, mijita. ¿Y todo esto? ¿De dónde salió?

—Del negocio.

—Claro que del negocio, pues. ¿Acaso lo asaltaste?

Valentina entró con las bebidas y dejó las bolsas sobre la mesa.

Camila apareció desde el pasillo. Miró el kétchup, las paltas, los tomates, los paquetes de salchichas y los dulces.

—Compraste dos bebidas —dijo.

—Sí. Fanta para ti. La Coca es para nosotras con la mamá.

Teresa abrió una de las bolsas y encontró los berlines.

—¿Y esto?

—Para que tomemos once.

—Chuta. ¿Y viene un regimiento?

—Es para celebrar.

Teresa dejó de sacar las cosas.

—¿Y qué celebramos?

Valentina miró la mesa llena: las dos bebidas, las cuatro paltas, los tres tomates, el pan de más y los dulces que, por primera vez, iban a sobrar.

—Que en esta casa nunca más nos va a faltar nada.