UMBRAL Recursos
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Durante cuatro días, San Pablo había empezado cuarenta y tres segundos antes. Las detenciones del flujo desaparecieron. Valentina registró cada resultado en una planilla que Juan no le había pedido y que abría apenas llegaba, antes incluso de sacarse la mochila.

El viernes, Rosa apareció en su rincón con una gravedad que le hizo apartar las manos del teclado.

—Vale, necesitamos ayuda urgente de tu sistema.

Valentina abrió el registro de incidentes de la estación.

—¿Dónde?

—Baño de operarios.

—¿Qué pasó?

Rosa sostuvo la cara dos segundos más.

—Alguien depositó un troncal.

Valentina ladeó la cabeza.

—¿Un qué?

Rosa soltó la carcajada.

—Un mojón, mijita. Pero una cosa industrial. El baño quedó clausurado por exceso de tráfico. —Juntó los índices y los pulgares formando un círculo—. Así de grueso.

En casi un mes, era la primera vez que a Valentina se le desarmaba la cara en horario de trabajo.

—El papá de la criatura tiene que hacerse responsable —continuó Rosa—. Pensión alimenticia, mínimo.

Valentina intentó contenerse y terminó riéndose.

—Suelta la planilla, mija. Yo llevo veintitantos años acá sin meterme en nada, y por eso voy llegando a vieja.

Sacó el teléfono.

—Le saqué una foto. ¿Querís ver el medio poema que dejó el Neruda ese?

Valentina se tapó la boca con la manga y se acercó.

—A ver.

Rosa le mostró apenas una mancha y un rincón de baño antes de retirar la pantalla.

—¿No habrái sido tú, Vale?

—¿Yo? No.

Le salió demasiado rápido. Rosa la examinó con cariño.

—No. Tú no tenís cara de poder hacer una cosa así. Tú tenís cara de hacer bolitas de conejo.

Volvió a reírse y guardó el teléfono.

—Bueno. Sigo con la investigación. Cuando pille al poeta, que se prepare.

Salió sin cerrar. Desde el pasillo se la oyó llamar a su próximo público.

—¡Mauro! ¿Supiste lo del troncal?

A la hora de almuerzo, la broma todavía le duraba en la cara.

Cuando volvió, a las dos y cuarto, había una hoja sobre el teclado. El reverso de un formulario de objetos perdidos, puesto de manera que no pudiera trabajar sin tocarlo.

RIVAS:PASA POR RR.HH.PISO 4.ANTES DE LAS 16.URGENTE.

La silla de Juan estaba vacía. El café, frío. La puerta de su oficina, abierta. Valentina leyó la nota tres veces. Lo primero que pensó fue que la iban a sacar.

Después encontró motivos. Había usado una radio sin autorización, revisado registros que no estaban en su convenio y propuesto invertir una escalera durante la hora punta.

La maniobra figuraba autorizada por Juan, pero la idea y el riesgo habían sido de ella.

Durante cuatro días había alterado la operación de una estación del Metro de Santiago con una planilla que nadie le encargó.

Existía un solo cupo para treinta practicantes. La práctica no pagaba. En su casa ya habían puesto lo suyo: los almuerzos que le mandaba Teresa y los domingos que hacía de más. Si la despedían, no volvía al punto de partida: volvía cuatro semanas más atrás.

Guardó la nota en el bolsillo, como si esconderla pudiera volverla menos cierta. Esperó demasiado antes de salir. Ordenó los registros, cerró el archivo, lo abrió de nuevo y comprobó que ninguna celda quedara incompleta. Juan no regresó.

En el tren hacia La Moneda miró a la gente subir en Estación Central y no consiguió dejar de contarla. En el ascensor del edificio corporativo se vio en el espejo con la mochila puesta y el pelo amarrado sin cuidado. Se lo soltó, lo ordenó con los dedos y volvió a amarrárselo. Quedó igual.

Entonces leyó la nota como leía un andén, por lo que no decía. Urgente, pero con una hora exacta. Escrita a mano, no enviada por correo. Juan, que casi nunca abandonaba San Pablo, estaba ese día en Operaciones.

Las señales no componían una explicación. Solo conseguían asustarla de maneras distintas.

Recursos Humanos ocupaba un pasillo entero de puertas numeradas, mamparas grises y carros con carpetas. La oficina 4-17 estaba al fondo.

Golpeó dos veces.

—Pasa.

La funcionaria tenía unos lentes colgando de una cadena y el escritorio cubierto por formularios, un sello azul y un vaso de café de máquina. Levantó la vista.

—¿Tú eres Valentina?

—Sí.

—Esperaba a alguien mayor. Siéntate.

La silla chirrió. Volvió a hacerlo cuando Valentina respiró hondo.

La mujer pidió el RUT, la fecha de nacimiento y la dirección. Valentina dio villa, pasaje y número. La casilla no alcanzó y la funcionaria borró la mitad.

—¿Personas a tu cargo?

Valentina pensó en Camila.

—No legalmente.

—Entonces no.

Marcó una casilla.

—¿Contacto de emergencia?

—Teresa Muñoz. Mi mamá.

La funcionaria escribió Teresa Rivas.

—Muñoz —corrigió Valentina.

La mujer borró sin disculparse.

Cada pregunta parecía administrativa y, por eso mismo, definitiva. Era fácil imaginar que al final apareciera una línea que dijera término de práctica y que todo lo anterior solo hubiera servido para asegurarse de despedir a la persona correcta.

—¿Esto es por la maniobra de San Pablo? —preguntó—. La escalera.

—Aquí dice ajuste preventivo de accesos.

—La idea fue mía, pero Juan la autorizó.

La mujer tecleó sin reaccionar.

—¿Cuenta bancaria?

—CuentaRUT.

—¿Terminaste la práctica?

—No. Termina en enero.

—Aquí aparece octubre.

—La universidad corrigió la carga horaria.

—¿Tienes el documento?

—En la estación.

La funcionaria frunció el ceño. Valentina sintió que por fin habían llegado al problema.

—¿Es un sumario?

—Me mandaron tus antecedentes de Operaciones para ingresarte al sistema.

Abrió un cajón, sacó una resma de hojas y la dejó en la impresora. La máquina despertó con un zumbido y empezó a escupir páginas. Valentina contó seis. La mujer las cuadró contra el escritorio y se las pasó todavía calientes.

—Revisa tus datos.

El calor quedó en las yemas de sus dedos. Valentina tomó la primera hoja y leyó la línea de arriba.

La leyó otra vez.

—¿Quién pidió esto?

—Operaciones. Continuidad extraordinaria. El proceso general de prácticas sigue abierto.

—¿Juan?

La funcionaria buscó la aprobación en la última página.

—Juan Salgado. Aprobado por gerencia.

Bajó al cargo. Decía APOYO A OPERACIONES y nada más.

—¿De quién dependo ahora?

—En el sistema aparece Operaciones.

—¿Quién en Operaciones?

La mujer revisó la pantalla.

—No está cargado. Ahí te van a informar.

—¿Cuándo ingresaron la solicitud?

—Ayer en la tarde.

Valentina bajó a la jornada, a la fecha de inicio y al sueldo.

Volvió al sueldo.

Hizo la cuenta de Teresa sin querer: cuántos domingos eran, cuántos pasajes, cuántos meses faltaban para dejar de decidir qué cuenta podía esperar.

El sueldo era más del doble de lo que Teresa ganaba en un mes.

Leyó las seis páginas completas. En ninguna se mencionaba la práctica. Ni el cupo único. Ni las treinta practicantes. Tampoco decía por qué Operaciones había pedido una excepción antes de que terminara el proceso general.

No había fecha de término.

Firmó donde correspondía.

La mujer selló cada copia, una detrás de otra, sin ceremonia.

Volvió arriba, a la línea que había leído dos veces.

CONTRATO DE TRABAJO INDEFINIDO.