Capítulo 21
Después de varios días colaborando con los escribas, regresé a mi palacio buscando un momento de tranquilidad.
Todo permanecía exactamente igual que cuando había salido.
Los tulipanes se mecían suavemente con el viento y Miyi descansaba al sol, ajena a las preocupaciones que tantas veces ocupaban mi mente.
Cuando me disponía a entrar, un delicado aroma llamó mi atención.
Jazmín.
Sonreí casi por instinto.
Sobre uno de los escalones de la entrada había un pequeño ramo de flores recién cortadas.
Lo tomé entre mis manos y cerré los ojos para disfrutar de su perfume.
—¿Habrá sido Gad? —pensé sonriendo.
Después recordé a León.
—O quizás León...
Incluso imaginé que Naara, o tal vez Lauren, mi querida ángel de la guarda, habían querido sorprenderme.
Mientras contemplaba las flores, escuché unos pasos detrás de mí.
—Sabía que reconocerías ese aroma.
Aquella voz hizo que mi ser se estremeciera. Me giré lentamente.
Allí estaba Dante.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una palabra. Solo nos miramos.
Fui yo quien rompió el silencio.
—¿Papá...?
Él sonrió con humildad. Una sonrisa distinta. Llena de paz.
Corrí hacia él y lo abracé con todas mis fuerzas. Sentí cómo también él lloraba.
Cuando finalmente nos separamos, lo observé con detenimiento. La oscuridad que había visto la última vez había desaparecido por completo.
Sus ojos brillaban. Su rostro transmitía serenidad. Todavía no lograba comprenderlo.
—¿Cómo...?
Él sonrió.
—No escapé solo.
Fruncí el ceño.
—Entonces...
Bajó la mirada con emoción.
—Gad fue a buscarme.
Sentí que el corazón volvía a estremecerse.
—Después de que tú te marchaste... él regresó. Me habló de ti. Me habló del Reino. Me habló del amor con el que nunca dejaste de buscarme.
Guardó unos segundos de silencio.
—Casi se queda atrapado allí.
Las lágrimas comenzaron a correr nuevamente por mis mejillas.
Comprendí entonces por qué había encontrado a Gad perdido entre las sombras.
Dante sonrió.
—Cuando supe que fuiste tú quien fue a rescatarlo... comprendí que el Reino había terminado de escribir nuestra historia.
Tomó mis manos.
—Gracias por no rendirte conmigo.
Negué suavemente con la cabeza.
—Nunca dejé de ser tu hija.
Él respiró profundamente.
—Y yo nunca dejé de ser tu padre... aunque en la Tierra no supe cómo demostrarlo.
Bajó la mirada.
—Perdí demasiados años.
Volvió a levantarla.
—Pero si tú todavía quieres... me gustaría que empezáramos ahora.
Sentí que el alma se me llenaba de paz. Sonreí entre lágrimas.
—Me encantaría.
Nos sentamos juntos frente al campo de tulipanes. Hablamos durante horas. De la niña que fui. Del hombre que él había sido. De los errores. De los sueños. De las oportunidades perdidas. Y también de todas las que todavía nos esperaban.
Antes de marcharse, Dante tomó nuevamente mis manos.
—Quiero que sepas algo.
Lo miré en silencio.
—Te amo, hija. Siempre te amé. Aunque nunca supe hacerlo bien.
Respiré profundamente.
Él continuó.
—Y estoy inmensamente orgulloso de la mujer en la que te convertiste. De la madre que fuiste. De la esposa. De la amiga. Y del alma que hoy sirve con tanto amor al Reino.
Lo abracé una vez más. Esta vez ya no quedaban reclamos. Solo gratitud hacia el y mi hacia Inés por haber sido una parte clave en mi llegada al Sendero Mortal.
Cuando se alejó por el campo, volví a llevar el jazmín hasta mi rostro. Su perfume seguía siendo el mismo. Pero ahora también tenía otro significado. Era el aroma de una historia que, después de una eternidad de espera, por fin había encontrado su reconciliación.
***
Encontré a Gad caminando por el sendero que bordeaba el campo de tulipanes. El sol iluminaba suavemente el paisaje y, por primera vez en mucho tiempo, ambos podíamos respirar en paz.
Me acerqué despacio hasta quedar frente a él.
No hicieron falta palabras.
Lo abracé con todas mis fuerzas.
Permanecimos así durante varios instantes, disfrutando simplemente de la alegría de saber que ambos estábamos bien.
Cuando finalmente levanté la mirada, sonreí entre lágrimas.
—Gracias.
Él frunció levemente el ceño.
—¿Gracias por qué?
Tomé sus manos.
—Por haber vuelto a buscar a mi padre. Por haber arriesgado tanto para rescatarlo. Sé lo que te costó hacerlo. Sé el peligro al que te enfrentaste... y aun así fuiste.
Gad sonrió con humildad.
—No podía dejarlo allí. Sabía cuánto significaba para ti.
Negué suavemente con la cabeza.
—Lo hiciste por amor. Igual que hiciste tantas otras cosas durante nuestra existencia.
Guardó silencio unos instantes.
—Valió la pena.
Miré hacia el horizonte, recordando el abrazo con Dante apenas unas horas antes.
Sonreí.
—Sí... valió la pena.
Volví a mirarlo.
—Durante un momento pensé que iba a perderte. Cuando te vi entre aquellas sombras sentí el mismo miedo que cuando desapareciste antes de nuestra vida en la Tierra... y el mismo que sentí cuando creí que nunca volvería a encontrarte durante nuestra experiencia mortal.
Él acarició mi rostro con ternura.
—Pero aquí estamos.
Asentí.
—Aquí estamos.
Respiré profundamente.
—Y quiero que nunca olvides algo.
Esperó en silencio.
—Te amo, Gad.
Sus ojos se humedecieron.
—Gracias por elegir siempre el amor. Gracias por volver. Gracias por demostrarme, una vez más, que el Reino nunca deja de escribir historias de redención.
Gad apoyó su frente sobre la mía.
—Y yo te amo a ti, Lea. Si tuviera que volver a recorrer cada camino, enfrentar cada batalla y atravesar cada prueba para encontrarte otra vez... lo haría sin dudarlo.
Sonreí mientras una suave brisa movía los tulipanes a nuestro alrededor.
En ese instante comprendí que todo el dolor vivido, todas las búsquedas, las despedidas, los reencuentros y los sacrificios habían tenido un propósito.
Y, tomados de la mano, contemplamos el horizonte con la paz de quienes sabían que todo... absolutamente todo... había valido la pena.