Umbral del Ser Epílogo
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Epílogo

Los días siguientes estuvieron marcados por un silencio diferente. El Umbral del Ser continuaba funcionando con el mismo orden de siempre, pero todos sabíamos que algo había cambiado para siempre. Ya casi no llegaban nuevas almas desde el Sendero Mortal. Los escribas habían concluido los últimos registros. Los ángeles de la guarda regresaban, uno tras otro, después de haber acompañado a las últimas generaciones de la humanidad. Los rescatistas también volvían de sus misiones. Poco a poco, el Umbral comenzaba a vaciarse.

Una mañana, una voz recorrió cada rincón de aquel inmenso lugar.

—Es tiempo.

Nadie necesitó preguntar qué significaban aquellas palabras. Todos comprendimos. Los servidores comenzaron a reunirse en una inmensa llanura que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Miles... millones de almas ocupaban sus lugares en perfecto orden. Nunca había contemplado una reunión semejante.

Me coloqué la armadura por última vez. Ajusté mi manto rosado sobre los hombros y tomé la espada entre mis manos. No la sostenía con temor, sino con una profunda gratitud. Recordé mi primera misión como ángel de la guarda, a Leonor, a Georgina, las almas perdidas que habíamos rescatado, las horas junto a los escribas, las lágrimas por mi padre, el rescate de Gad, los abrazos con mis hijos y los incontables reencuentros con quienes había amado tanto en la Tierra como en el Reino. Comprendí que ninguna de aquellas experiencias había sido casual. Todas me habían preparado para ese momento.

A mi derecha estaba Gad, cuya mano buscó la mía con naturalidad. A mi izquierda permanecían Baruj, Dan y Uriel. Un poco más atrás sonreían León, Moriah, Naara, Francisco, Grecia y tantos seres queridos que la eternidad me había permitido volver a abrazar. Más adelante distinguí a Leda junto a Miguel, Ariel, Abigail, Samuel, Diana, Victoria, Booz, Laura y Eleazar. Todos ocupaban su lugar. Todos esperaban. Nadie hablaba. No hacía falta.

Entonces el horizonte comenzó a iluminarse. No era una luz como las demás. Era una claridad viva, imposible de describir con palabras humanas. Su sola presencia llenó de paz cada rincón del Umbral. Miles de servidores se arrodillaron, otros inclinaron la cabeza y yo sentí que las lágrimas comenzaban a recorrer mi rostro. Había esperado aquel momento desde mucho antes de nacer, desde mucho antes de la Tierra, desde el mismo Reino.

La luz continuó creciendo. Podía sentirse el amor, la autoridad y la justicia emanando de aquella presencia. Entonces comprendimos.

Emanuel había llegado.

Un profundo silencio envolvió toda la creación. Nuestras espadas permanecían firmes, las armaduras resplandecían y los mantos ondeaban suavemente con la brisa. No había miedo. Solo una profunda disposición para servir una vez más.

Miré a Gad. Él sonrió. Después observé a mis hijos y los tres asintieron en silencio. Respiré profundamente.

Todo estaba listo. El Sendero Mortal había terminado. El Umbral del Ser había cumplido su propósito. Solo restaba esperar la voz de Aquel a quien habíamos seguido desde el principio.

Emanuel avanzó unos pasos. Nos miró con un amor imposible de explicar. Sonrió.

Y levantó lentamente su mano.

La eternidad entera aguardó aquella orden.