Umbral del Ser Capítulo 20
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Capítulo 20

Me acerqué hasta Gad y tomé sus manos. Sentía que la luz que siempre había brillado en él comenzaba a debilitarse lentamente. Las sombras seguían rodeándolo, alimentando sus culpas y sus antiguos temores.

—Mírame —le pedí con suavidad.

Él levantó apenas la vista.

—¿Recuerdas aquella tarde en la que cocinamos juntos y terminamos riéndonos porque quemamos la comida? ¿Recuerdas cuando recorríamos el campo a caballo y competíamos para ver quién llegaba primero al arroyo? ¿Recuerdas los abrazos, los besos, las largas conversaciones bajo las estrellas? ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos en aquella librería? Nuestros ojos se reconocieron antes de que nosotros pudiéramos entender por qué. Nos volvimos a encontrar después de una eternidad... y volvimos a elegirnos.

Las lágrimas comenzaron a recorrer el rostro de Gad.

—También recuerdo las veces que tuvimos que estar lejos... y aun así seguimos adelante, confiando en que la vida volvería a reunirnos.

Él sonrió con tristeza.

—Te amo, Lea... pero siento que, si permanezco aquí un poco más, terminaré perteneciendo a este lugar.

Guardó silencio unos segundos.

—Quise rescatar a alguien muy especial... me quedé demasiado tiempo... y comencé a perder fuerzas. No quiero que te ocurra lo mismo. Vete. Yo ya estoy demasiado débil para salir.

Negué lentamente con la cabeza.

—No.

Lo abracé con fuerza.

—¿Recuerdas quién fue a buscarte mucho antes de que naciéramos en la Tierra?

Gad me miró sorprendido.

—Cuando decidiste marcharte con Lucio y con quienes lo siguieron... fui yo quien fue a buscarte. No me rendí hasta volver a abrazarte y traerte de regreso al Reino.

Acaricié su rostro.

—Y si aquella vez el amor fue más fuerte que la oscuridad... también lo será hoy.

Lo envolví con mi manto rosado.

—No voy a permitir que permanezcas un minuto más aquí.

Apoyé mi frente sobre la suya.

—Te amo, Gad.

Cerró los ojos.

Entonces comencé a recordarle el día de nuestra boda en la Tierra. El instante en que nuestras manos volvieron a unirse, las promesas que nos hicimos, la emoción con la que comenzamos aquella vida juntos y la felicidad inmensa que compartimos hasta el final de nuestra experiencia mortal.

Poco a poco sentí cómo su luz volvía a encenderse.

Las sombras comenzaron a retroceder. El valle oscuro empezó a desvanecerse como si nunca hubiera existido.

Cuando abrimos nuevamente los ojos, el perfume de los tulipanes nos envolvía otra vez. Estábamos de pie en nuestro campo. La brisa movía suavemente las flores.

Gad respiró profundamente y sonrió. Habíamos regresado a casa. Y una vez más, el amor había demostrado ser más fuerte que la oscuridad.

***

Más tarde, mientras caminábamos entre los tulipanes, no pude evitar mirarlo con cierta severidad.

—Ahora explícame qué fue lo que estabas haciendo allí.

Gad sonrió con esa expresión que siempre aparecía cuando sabía que iba a recibir un reto.

—Quería ayudar...

Suspiré.

—Ya lo sé. Pero te arriesgaste demasiado.

Lo miré fijamente.

—Por favor, no vuelvas a hacerme pasar por algo así.

Él bajó la cabeza con una sonrisa culpable.

—Lo siento.

Permanecimos unos segundos en silencio hasta que no pude evitar reír.

—Aunque, pensándolo bien... ya deberías estar acostumbrado a darme sustos.

Gad levantó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Claro que sí. Primero me asustaste en el Reino cuando decidiste marcharte con Lucio. Después, en la Tierra, desapareciste durante años de mi vida y llegué a pensar que nunca volvería a encontrarte. Y ahora, aquí, casi haces que vaya a rescatarte otra vez.

Negué con la cabeza mientras sonreía.

—Ya no más, ¿me oyes?

Gad soltó una carcajada.

—Prometo intentarlo.

—No. Prométemelo de verdad.

Él tomó mis manos.

—Te lo prometo.

Lo abracé sonriendo.

—Más te vale. Ya he tenido suficientes emociones fuertes contigo para varias eternidades.

Ambos reímos con ganas, disfrutando de aquel momento de tranquilidad después de todo lo vivido.

Fue entonces cuando escuchamos unos pasos acercarse.

Al girarnos vimos a Naara caminando hacia nosotros con la serenidad de siempre.

Nos sonrió a ambos.

—Perdón por interrumpir.

Le devolvimos la sonrisa.

—¿Ocurre algo? —pregunté.

Naara asintió.

—Eleazar quiere verte.

Mi sonrisa se fue apagando lentamente.

Si Eleazar me mandaba llamar, era porque una nueva misión estaba a punto de comenzar.

Miré a Gad.

Él me respondió con una expresión tranquila.

—Ve.

Asentí. Respiré profundamente y seguí a Naara, preguntándome qué nuevo desafío me esperaba ahora.

***

Cuando llegué junto a Eleazar, sonreí al verlo esperándome junto a alguien más que no alcance a divisar quien era.

—Creí que eras tú quien quería hablar conmigo.

Él rio con tranquilidad.

—En realidad... hay alguien que quiere verte.

Fruncí levemente el ceño, intrigada. Fue entonces cuando una figura comenzó a acercarse desde el otro extremo del jardín.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Miguel...?

No pude contener la emoción. Corrí hacia él y lo abracé con fuerza. Las lágrimas comenzaron a brotar antes incluso de que pudiera decir una palabra.

Miguel me sostuvo con el mismo afecto con el que tantas veces lo había hecho durante mi formación en el Reino.

—Qué alegría volver a verte, Lea.

Me aparté apenas unos centímetros para contemplarlo. Su presencia seguía transmitiendo aquella paz, fortaleza y sabiduría que siempre lo habían caracterizado.

Él sonrió.

—Estoy muy orgulloso del camino que has recorrido. He seguido cada uno de tus pasos desde el Reino.

Sentí que mi corazón se llenaba de gratitud.

—También traigo el cariño de todos mis hermanos que permanecen sirviendo allí... y, muy especialmente, el amor de Edén y de Eloy.

Aquellas palabras bastaron para volver a emocionarme.

Miguel esperó unos instantes antes de continuar.

—Esta vez no he venido solamente a saludarte. Necesito pedirte una ayuda muy especial.

Lo miré con atención.

—Los escribas del Umbral están trabajando sin descanso. Las almas llegan cada vez en mayor número y los registros aumentan día tras día. Necesitamos que los ayudes, que supervises parte de ese trabajo y colabores con la organización de los escritos.

Asentí inmediatamente.

—Será un honor.

Miguel sonrió.

—Sabía que aceptarías.

Luego su expresión se volvió más solemne.

—El fin se acerca, Lea. El tiempo del juicio está cada vez más próximo y el Umbral debe prepararse para ello. Muy pronto necesitaremos cada uno de esos registros.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre nosotros. Comprendí la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Miguel apoyó ambas manos sobre mis hombros.

—Gracias por tu disposición constante para servir. Nunca has dejado de responder cuando el Reino te ha necesitado.

Sentí una profunda emoción.

Antes de despedirse volvió a mirarme con aquella ternura que siempre había reconocido en él.

—Y recuerda algo.

Esperé en silencio.

—Eres muy especial para el Reino.

Sus ojos transmitían una certeza absoluta.

—No olvides nunca lo que un día mi Padre te mostró acerca de lo que tiene preparado para ti. Has servido con fidelidad, has amado aun cuando dolía y has permanecido firme en medio de la oscuridad. Continúa así.

Sonrió con serenidad.

—El tiempo de la recompensa se acerca. No pierdas nunca eso de vista.

Sentí que aquellas palabras se grababan profundamente en mi alma. Mientras observaba a Miguel regresar hacia el Reino, comprendí que una etapa estaba llegando a su fin... y que otra, mucho más trascendente, estaba a punto de comenzar.

***

Los días siguientes estuvieron completamente dedicados al trabajo junto a los escribas.

Aquel lugar era extraordinario. Cientos de ángeles trabajaban en perfecta armonía, registrando con precisión la vida de cada alma que había pasado por el Sendero Mortal. Todo estaba cuidadosamente organizado y coordinado. Cada pensamiento, cada palabra y cada obra encontraban su lugar dentro de aquellos inmensos registros que algún día serían necesarios.

Me sorprendió descubrir que muchos de aquellos escribas eran personas a quienes había conocido durante mi vida en la Tierra. Algunos habían sido amigos, otros lectores, maestros, compañeros de camino. Fue hermoso volver a abrazarlos, conversar unos momentos y descubrir la alegría con la que servían en aquella labor tan importante para el Reino.

Pronto comencé a colaborar supervisando parte del trabajo, revisando registros y ayudando a organizar aquella inmensa cantidad de escritos que no dejaba de crecer a medida que nuevas almas llegaban al Umbral.

Mientras recorría aquellos grandes salones repletos de libros, pergaminos y registros luminosos, no pude evitar sonreír.

Recordé mis años como escritora en la Tierra.

Las largas horas frente al teclado. Las historias que intentaban dejar una huella en el corazón de los lectores. Las incontables páginas que escribí creyendo que simplemente estaba contando vidas.

Ahora comprendía que, de alguna manera, toda aquella experiencia también me había estado preparando para servir allí.

Sonreí para mis adentros.

Después de todo... escribir siempre había sido una forma de cuidar almas.

Solo que ahora lo hacía desde el otro lado de la eternidad.

***

Mientras revisaba algunos registros, uno de ellos llamó especialmente mi atención. Pertenecía a una de mis descendientes que aún vivía en la Tierra. Observé con curiosidad cómo dedicaba parte de su tiempo a reconstruir la historia de nuestra familia. Buscaba documentos antiguos, partidas de nacimiento, fotografías olvidadas y árboles genealógicos con una pasión que me resultaba profundamente familiar.

No pude evitar sonreír.

Recordé mis propios años en la Tierra, cuando pasaba horas intentando descubrir quiénes habían sido mis antepasados. Siempre había sentido una extraña necesidad de conocer de dónde venía, como si aquellas historias antiguas también formaran parte de mí.

Mientras contemplaba aquellos registros, una de las escribas que trabajaba cerca de mí se acercó sonriendo.

—Me llamó mucho la atención verte hacer eso cuando aún estabas en el Sendero Mortal.

La miré con curiosidad.

—¿Lo recuerdas?

Ella asintió.

—Claro. Me sorprendía la tenacidad con la que buscabas a tus antepasados. Querías conocer sus nombres, sus historias, comprender cómo habían vivido. Valorabas profundamente a tu familia.

Sonrió con dulzura.

—Por eso también quise conocerte.

La observé con mayor atención.

Había algo extrañamente familiar en su rostro.

Ella sonrió aún más.

—Creo que es momento de presentarme. Soy una de tus tataratatarabuelas.

Abrí los ojos con sorpresa.

Durante unos segundos no pude decir una sola palabra.

Luego ambos comenzamos a reír.

De pronto recordé un antiguo periódico familiar que había encontrado durante mi vida en la Tierra, donde aparecía mencionada una mujer cuya historia me había conmovido profundamente.

—¿Eras tú...?

Ella asintió.

—Era yo.

Sentí un inmenso cariño por aquella mujer.

La abracé con emoción.

—Ahora empiezo a entender que todo tiene un propósito mucho más grande de lo que imaginamos cuando estamos en la Tierra.

Ella sonrió.

—Así es. A veces creemos que solo estamos siguiendo una curiosidad... cuando, en realidad, nuestra alma recuerda mucho más de lo que nuestra mente alcanza a comprender.

Nos despedimos con un abrazo lleno de afecto.

Después, cada una volvió a su tarea.

Mientras retomaba mi trabajo entre los registros del Reino, no pude evitar pensar que incluso aquellas búsquedas silenciosas que un día había hecho entre viejos documentos familiares...

también habían formado parte del camino que Eloy había preparado para mí desde el principio.