Capítulo 19
El tiempo continuó transcurriendo en el Umbral del Ser, aunque allí el tiempo tenía un significado muy diferente al que había conocido durante mi experiencia mortal.
Seguí sirviendo en distintas funciones. Algunas veces como ángel de la guarda, otras acompañando almas en su transición y muchas otras participando en misiones de rescate junto a otros servidores del Reino. Cada experiencia seguía enseñándome algo nuevo y fortaleciendo mi comprensión del amor de Eloy.
Con el paso de los años fui recibiendo, uno a uno, a todos aquellos que habían permanecido en la Tierra cuando llegó mi momento de partir. Primero fueron mis hijos. Después mis nueras, mis nietos y, más tarde, mis bisnietos. Cada reencuentro era distinto, pero todos tenían la misma intensidad. Cada abrazo confirmaba que el amor nunca había desaparecido; simplemente había esperado el momento oportuno para volver a encontrarse.
Llegó un momento en que, al mirar hacia la Tierra, ya solo podía observar a mis tataranietos continuando la historia de nuestra familia. Me emocionaba pensar que la vida seguía floreciendo generación tras generación y que, aunque ellos no pudieran verme, el Reino nunca había dejado de acompañarlos.
Mi hogar también se había llenado de vida. Disfrutaba profundamente del amor de Gad, de las largas conversaciones con León, de los encuentros con Moriah, Naara, Oram y tantos amigos del Reino. Algunos permanecían allí por un tiempo; otros partían constantemente hacia nuevas misiones y luego regresaban para compartir lo aprendido. Aquel lugar nunca dejaba de estar lleno de movimiento, de servicio y de esperanza.
Dan, mi querido hijo, con quien ahora también recordábamos el profundo vínculo que nos unía desde antes de la Tierra, solía acompañarme en muchas de mis asignaciones. Había dejado de ser solamente mi hijo para convertirse también en un gran compañero de misión y en un verdadero amigo. Trabajar juntos era un regalo. Muchas veces bastaba una mirada para comprender lo que el otro estaba pensando.
Ahora sabía algo que jamás había imaginado durante mi vida mortal. Los vínculos verdaderos no desaparecen con la muerte.
Se transforman.
Madres e hijos continúan amándose. Esposos siguen encontrándose. Amigos permanecen caminando juntos. Y cuando el velo del olvido finalmente cae, el amor deja de estar limitado por un solo papel y comienza a expresarse con una profundidad mucho mayor.
Así transcurrieron muchos años de servicio, aprendizaje y reencuentros. Hasta que un día, una nueva misión volvió a cambiar para siempre el rumbo de mi existencia.
***
El Umbral del Ser jamás había vivido algo semejante.
Las almas llegaban sin descanso. Terremotos, inundaciones, guerras, epidemias y otras grandes catástrofes comenzaban a sacudir la Tierra mientras el tiempo de la humanidad avanzaba hacia el cumplimiento de los últimos acontecimientos anunciados desde hacía tanto tiempo.
Los jardines, los salones de bienvenida y los lugares de descanso permanecían llenos de servidores recibiendo a quienes cruzaban desde el Sendero Mortal. Los ángeles de la guarda apenas lograban responder a los innumerables clamores que ascendían desde la Tierra. Las misiones de rescate se multiplicaban y muchos servidores partían una y otra vez sin apenas detenerse a descansar.
El sufrimiento de la humanidad se hacía sentir incluso en el Umbral.
Fue en medio de aquellos días cuando Booz nos reunió.
Baruj, Dan, Uriel y yo acudimos inmediatamente.
Su expresión era serena, pero reflejaba la enorme responsabilidad que recaía sobre todos nosotros.
—La Tierra necesita ayuda —dijo con firmeza—. Miles de personas están clamando al Reino en este mismo momento. Debemos responder allí donde nos sea permitido hacerlo.
Frente a nosotros apareció la imagen de una gran ciudad sacudida violentamente por un terremoto. Edificios enteros habían colapsado y enormes columnas de polvo cubrían las calles. Los gritos, el miedo y la desesperación parecían extenderse por todas partes.
Entonces mi ser reconoció el lugar. Entre los escombros se encontraba parte de mi propia familia.
Mis bisnietos. Y varios de mis tataranietos.
Se habían reunido para celebrar un cumpleaños familiar cuando la tierra comenzó a temblar. El edificio donde se encontraban cedió en pocos segundos, dejando a muchos atrapados bajo los escombros.
Vi a una madre abrazando a sus hijos para protegerlos.
Vi a un anciano intentando abrirse paso entre los restos de concreto.
Vi pequeños grupos tomados de las manos mientras, entre lágrimas, elevaban una misma oración.
—Dios... ayúdanos.
Aquellas palabras atravesaron mi alma.
Miré a mis tres hijos. Baruj ya tenía la mirada fija sobre la escena. Dan respiró profundamente mientras contenía la emoción. Uriel cerró los ojos un instante, como si también estuviera orando por quienes permanecían atrapados.
Booz dio un paso hacia nosotros.
—Ustedes conocen a esa familia mejor que nadie. Saben cómo fortalecer sus corazones y cómo inspirar esperanza en medio del miedo. Vayan. Protejan a quienes puedan ser protegidos. Consuelen a quienes estén solos. Fortalezcan a quienes claman al cielo. Y acompañen con amor a quienes hayan llegado al final de su jornada mortal.
Nos miramos los cuatro. No hacían falta palabras. Éramos madre e hijos. Pero también éramos servidores del Reino.
Tomamos nuestras espadas y ajustamos los mantos sobre nuestros hombros.
Una intensa luz comenzó a envolvernos. Instantes después descendíamos hacia la Tierra. Debajo de nosotros, la ciudad seguía temblando.
Y entre el polvo, el dolor y los escombros... Nuestros propios descendientes seguían clamando ayuda al cielo.
***
Los días que siguieron fueron de una intensidad imposible de describir.
Baruj, Dan, Uriel y yo recorríamos una y otra vez los edificios derrumbados, acompañando a nuestra familia desde un lugar donde ellos no podían vernos, pero muchas veces sí podían sentir nuestra presencia. Los ángeles de la guarda asignados a cada uno trabajaban sin descanso, sosteniendo sus vidas, inspirando esperanza a los rescatistas y fortaleciendo el corazón de quienes, desde la superficie, no dejaban de buscarlos.
Yo iba de un lado a otro intentando inspirar a los equipos de rescate. En más de una ocasión me acercaba a alguno de ellos, sembrando en su mente la intuición de buscar entre determinados escombros o de no abandonar un sector que otros ya daban por perdido. Sabía que sus decisiones seguían siendo libres, pero también sabía que el Reino podía inspirar pequeñas certezas capaces de salvar una vida.
Debajo de las ruinas, mis descendientes resistían como podían. Rezaban, se animaban unos a otros y, cuando el miedo parecía vencerlos, volvían a elevar una sencilla súplica al cielo.
—Dios... por favor... no nos abandones.
Aquellas oraciones conmovían profundamente el Umbral.
Fue entonces cuando mi mirada se detuvo en una pequeña niña, una de mis tataranietas. Tendría unos cinco años. Permanecía atrapada entre los restos del edificio, abrazada a su madre, cada vez con menos fuerzas.
Me acerqué para sostenerla. Y entonces ocurrió algo que jamás olvidaré. La niña levantó lentamente la vista...
Y me miró.
Sus pequeños ojos seguían cada uno de mis movimientos. Comprendí inmediatamente que podía verme.
Me arrodillé junto a ella y le sonreí.
—Hola, pequeña.
Ella no respondió enseguida. Solo extendió una de sus manitos hacia mí.
—¿Eres un ángel...? —susurró con la voz muy débil.
Sonreí con ternura.
—Soy una amiga que vino a ayudarte.
La niña respiró con dificultad.
—Tengo frío...
Sentí que el corazón se me quebraba.
Sin dudarlo extendí mi manto rosado y la cubrí cuidadosamente con él.
Ella cerró los ojos unos instantes.
—Ahora ya no tengo tanto frío...
A su lado, su madre lloraba desesperadamente, creyendo que su hija comenzaba a perder el conocimiento.
Yo la sostuve entre mis brazos mientras levantaba la mirada hacia lo alto.
—Padre Eloy... por favor.
Mi voz tembló.
—Dale fuerzas. Permítele resistir un poco más.
La pequeña apoyó su cabeza sobre mi pecho. Su respiración comenzó a hacerse más tranquila. Poco a poco se quedó dormida. No era el sueño de quien se rinde. Era el descanso de una niña que, aun entre los escombros, seguía sostenida por el amor del Reino.
La abracé con más fuerza mientras seguía orando en silencio.
Y, al verla dormir serenamente, comprendí que Eloy había escuchado una vez más la súplica de una madre... y también la de una bisabuela que jamás dejaría de cuidar a los suyos.
***
Los días continuaron pasando. A pesar del enorme esfuerzo de los rescatistas, de los ángeles de la guarda y de todos los servidores del Reino, no fue posible salvar a todos.
Algunos cuerpos ya no resistieron.
Vi a Baruj, Dan y Uriel acompañar con inmensa ternura a quienes acababan de abandonar el Sendero Mortal. Los recibían con calma, les hablaban con amor y los guiaban hacia el Umbral mientras el miedo iba desapareciendo de sus rostros.
Yo permanecí entre los escombros. No podía marcharme. Todavía quedaban niños con vida.
Seguía abrazando a mi pequeña tataranieta bajo mi manto rosado mientras su madre hacía todo lo posible por mantener la esperanza. Cada cierto tiempo la niña abría los ojos, me sonreía y volvía a quedarse dormida sobre mí.
Hasta que, finalmente, escuchamos un sonido diferente.
—¡Aquí!
—¡Hay sobrevivientes!
Las voces de los rescatistas comenzaron a acercarse.
Sentí una inmensa gratitud.
Con muchísimo cuidado comenzaron a retirar los bloques de concreto hasta abrir un pequeño espacio por donde primero lograron sacar a la niña.
La sostuvieron entre varias personas mientras revisaban rápidamente su estado.
Ella abrió lentamente los ojos.
Uno de los rescatistas le preguntó con dulzura:
—¿Cómo hiciste para aguantar tanto tiempo, campeona?
La pequeña sonrió con toda la inocencia de sus cinco años.
—Porque una mujer muy hermosa vino a cuidarme.
Los rescatistas intercambiaron miradas.
—¿Quién?
La niña señaló el lugar donde yo me encontraba.
—Mi amiga. Ella me dijo que no tuviera miedo... me tapó con su manta porque tenía frío... y me dijo que todo iba a salir bien.
Los adultos sonrieron conmovidos, convencidos de que la pequeña hablaba desde su imaginación o desde un sueño.
Yo, en cambio, sentí que el corazón rebosaba de alegría.
A unos pasos de mí apareció Eleonora, el ángel de la guarda de la niña.
Había permanecido luchando incansablemente junto a ella durante todos aquellos días.
Nuestras miradas se encontraron. Le sonreí. Ella respondió con otra sonrisa llena de gratitud. Le guiñé un ojo con complicidad.
No hicieron falta palabras.
Las dos sabíamos que aquella pequeña había sobrevivido gracias al esfuerzo de muchas manos... visibles e invisibles.
Observé por última vez cómo la abrazaban, cómo su madre lloraba de alivio al volver a tenerla entre sus brazos y cómo los rescatistas daban gracias a Dios por aquel milagro.
Entonces levanté la vista hacia el cielo. Una suave luz comenzó a envolverme.
Había otras almas esperando ser recibidas.
Con el corazón lleno de gratitud emprendí nuevamente el camino hacia el Umbral del Ser, sabiendo que, una vez más, el amor del Reino había permanecido junto a quienes más lo habían necesitado.
***
Una extraña inquietud comenzó a crecer dentro de mí. No era una voz ni un mensaje. Era una certeza que nacía desde lo más profundo de mi alma.
Gad me necesitaba.
Cerré los ojos apenas un instante y me dejé guiar por aquella impresión. Cuando volví a abrirlos, ya no estaba en el Umbral. Frente a mí se extendía un valle cubierto por una oscuridad densa. La niebla parecía devorar la luz y el aire transmitía una angustia difícil de describir.
Entonces lo vi.
Gad permanecía de pie en medio de aquel lugar. Mi corazón dio un vuelco al descubrir que no llevaba su armadura, ni su espada, ni el manto que siempre lo acompañaba. Era la primera vez que lo veía completamente desprotegido.
Las huestes del enemigo lo rodeaban lentamente.
—Míralo... —dijo una de ellas con una sonrisa cruel—. Ya una vez caminó con nosotros.
Otra dio un paso al frente.
—Y volverá a hacerlo.
Las voces comenzaron a repetirse por todo el valle.
—Siempre nos perteneciste.
—La oscuridad nunca dejó de habitarte.
—Esta vez nadie podrá salvarte.
Corrí inmediatamente hacia él y me interpuse entre Gad y aquellas sombras. Levanté mi espada con firmeza.
—¡Atrás!
Las huestes soltaron una carcajada.
—¿Otra vez tú, Lea?
Una de ellas me señaló con desprecio.
—No podrás hacer nada esta vez.
Otra volvió a mirar a Gad.
—Ella todavía no sabe quién fuiste... todavía no conoce toda tu historia.
Giré hacia él.
Fue entonces cuando comprendí que aquella batalla no era solamente contra las huestes.
Gad tenía la cabeza baja. Sus manos temblaban y una profunda congoja se reflejaba en su rostro. Nunca lo había visto así. Parecía un hombre aplastado por el peso de recuerdos que no lograba vencer.
Me acerqué lentamente.
—Gad...
Él levantó apenas la mirada. En sus ojos no había rabia. Solo un miedo inmenso. El miedo de quien teme volver a convertirse en la persona que un día juró dejar atrás.