Capítulo 18
Busqué a León al caer la tarde. Lo encontré caminando junto al lago, como si hubiera sabido que tarde o temprano iría a buscarlo. Apenas me vio, sonrió.
—Sabía que vendrías.
Me acerqué lentamente.
—Quiero volver.
Él asintió sin hacer preguntas.
—Lo imaginé.
Permanecimos unos instantes contemplando el agua en silencio hasta que respiré profundamente.
—Todavía tengo miedo.
León me miró con esa serenidad que tantas veces me había transmitido durante nuestra vida en la Tierra.
—No confíes solamente en ti, Lea. Confía en la luz que habita en tu alma. Esa luz ha estado contigo desde mucho antes de nacer. No desaparece cuando llegan las dudas.
Bajé la mirada.
—¿Y si no soy capaz de rescatarlo?
León sonrió con ternura.
—Déjame recordarte algo.
Lo miré.
—¿Recuerdas cuando yo estaba distanciado de mi padre?
Asentí inmediatamente.
—Claro que lo recuerdo.
—Yo estaba lleno de orgullo. Pensaba que nunca iba a perdonarlo. Hasta que un día me enteré de que estaba gravemente enfermo.
Guardó unos segundos de silencio.
—Fuiste tú quien se sentó frente a mí y me dijo que no permitiera que el resentimiento escribiera el último capítulo de nuestra historia. Me animaste a ir a verlo, a cuidarlo y a despedirme de él desde el amor.
Sentí que aquellos recuerdos regresaban con una claridad sorprendente.
León sonrió emocionado.
—Gracias a ti pude abrazarlo antes de que partiera. Gracias a ti pude perdonarlo. Cuando llegó el momento de despedirlo en el Sendero Mortal, ya no quedaban culpas ni resentimientos dentro de mí.
Tomó mis manos entre las suyas.
—Nunca te agradecí lo suficiente por aquello.
Las lágrimas comenzaron a humedecer mis ojos.
—No hice nada extraordinario.
Él negó suavemente con la cabeza.
—Hiciste lo que siempre has hecho. Amar cuando parecía más difícil hacerlo.
Acarició mis manos con afecto.
—Has sido una amiga maravillosa para mí desde el Reino, durante nuestra vida en la Tierra y también aquí. Ahora permíteme devolverte una pequeña parte de todo lo que hiciste por mí.
Respiré profundamente.
Sentía que el miedo seguía allí, pero ya no era más grande que mi deseo de intentarlo.
Levanté la vista y sonreí.
—Vamos.
Juntos emprendimos nuevamente el camino hacia la vieja casa.
Al llegar, la oscuridad seguía envolviendo el lugar como la primera vez. Todo permanecía en silencio.
León se detuvo antes de cruzar el umbral.
Me miró con firmeza.
—Esta parte debes hacerla tú.
Asentí lentamente.
—¿Te quedarás aquí?
Sonrió.
—Estaré esperándote exactamente donde me ves ahora. Como un soldado que no abandona a quien ama. Pase lo que pase ahí dentro, cuando salgas volverás a encontrarme aquí.
Sentí una profunda paz. Le sonreí por última vez. Después respiré hondo, ajusté mi manto sobre la armadura y crucé sola la puerta de aquella casa sombría, decidida a encontrar, por fin, a mi padre.
***
Entré nuevamente en aquella vieja casa. Dante seguía caminando entre las ruinas, repitiendo el mismo recorrido una y otra vez, como si el tiempo jamás hubiera avanzado.
Esta vez se detuvo al verme.
—¿Otra vez tú?
Asentí con serenidad.
—Otra vez yo.
Durante unos instantes caminamos en silencio.
—Háblame de tu hija —le pedí.
Su expresión cambió levemente.
—¿Para qué?
—Porque todavía la recuerdas.
Él negó con dureza.
—No.
—Sí la recuerdas.
Suspiró con cansancio.
—Era una niña...
Guardó silencio unos segundos.
—Le gustaban las flores... creo.
Sonreí con ternura.
—¿Qué más recuerdas?
Bajó la mirada.
—Tenía una risa muy linda.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Le prometí muchas cosas... y no cumplí ninguna.
Permanecimos unos instantes en silencio.
—¿Cómo se llamaba?
Sus labios temblaron.
—Jazmín...
Pronunció aquel nombre casi como un suspiro.
—La extraño todos los días.
Respiré profundamente.
—Todavía puedes hacer algo por ella.
Su rostro volvió a endurecerse.
—¡No!
Retrocedió varios pasos.
—¡No quiero hablar más de Jazmín!
Su voz resonó con rabia por toda la casa.
—¡Déjame en paz!
En ese mismo instante la temperatura descendió bruscamente. Las sombras comenzaron a moverse. Varias huestes aparecieron alrededor de nosotros.
Una de ellas comenzó a reír.
—¿Todavía pierdes el tiempo con él?
Otra me miró con desprecio.
—Ese borracho te abandonó cuando más lo necesitabas.
Una tercera señaló a Dante.
—Ya pertenece al reino de las sombras.
—Déjalo aquí.
—Nunca cambiará.
Las voces comenzaron a rodearnos.
Dante se cubrió la cabeza con ambas manos.
Yo permanecí inmóvil.
Entonces él volvió a mirarme. Lo hizo con una intensidad distinta. Como si, por primera vez, realmente estuviera viéndome. Frunció el ceño.
—Tus ojos...
Guardó silencio.
—Yo...
Retrocedió un paso.
—No...
Su respiración comenzó a agitarse.
—Tú...
Las lágrimas aparecieron de golpe.
—¿Jazmín...?
No respondí con palabras.
Solo levanté lentamente la espada hacia el cielo.
La luz del Reino descendió nuevamente sobre aquella vieja casa, alejando a las huestes que comenzaron a retroceder entre gritos de rabia.
La claridad iluminó el rostro de Dante. Entonces me acerqué hasta él. Las lágrimas corrían por mis mejillas.
—Sí...
Mi voz apenas era un susurro.
—Soy yo.
Dante cayó de rodillas.
—Perdóname...
Levantó las manos temblando.
—Perdóname, hija...
Me arrodillé frente a él.
—¿Sabes cuántas veces te necesité?
Él comenzó a llorar desconsoladamente.
—Necesité que estuvieras cuando era una niña. Necesité que me abrazaras. Necesité que me dijeras que todo iba a salir bien. Necesité un padre... Y tú no estabas.
Cada palabra parecía atravesar también mi propia alma.
Respiré profundamente.
—Lloré muchas veces preguntándome por qué no me habías elegido. ¿Por qué no habías luchado por mí? ¿Por qué nunca volviste?
Dante no podía levantar la mirada. Solo lloraba. Entonces tomé suavemente su rostro entre mis manos.
—Pero hoy...
Mi voz se quebró.
—Hoy ya no vine como aquella niña que esperaba a su padre. Vine como tu hija. Y hoy... Yo te necesito.
Él levantó lentamente la vista.
—Necesito que vengas conmigo. Necesito que dejes esta oscuridad. Necesito que elijas la luz. Porque no quiero pasar la eternidad sabiendo que mi padre decidió quedarse aquí cuando todavía podía volver a casa.
Le señalé el resplandor que seguía iluminando la habitación.
—No pude compartir contigo muchos años en la Tierra. Pero todavía podemos compartir una eternidad. Ven conmigo. No dejes que este sea el final de nuestra historia.
Las lágrimas corrían sin descanso por el rostro de Dante. Por primera vez desde que había llegado a aquella casa... La oscuridad ya no era lo que más pesaba sobre él.
Era el inmenso amor de una hija que, aun después de todo, seguía llamándolo... papá.
Dante permanecía de rodillas frente a mí, completamente quebrado. Durante unos instantes pensé que aceptaría mi mano. Pero, de pronto, el miedo se apoderó de él. Comenzó a retroceder lentamente mientras negaba una y otra vez con la cabeza.
—No... Jazmín... vete.
Su voz temblaba.
—No pierdas el tiempo conmigo. Siempre fui un bueno para nada. Nunca supe ser un buen esposo, nunca supe ser un buen padre... y tampoco sabría vivir en ese Reino del que hablas. Déjame aquí.
Mientras lo escuchaba, sentí cómo la luz que brotaba de mi espada comenzaba a debilitarse. No porque el Reino hubiera dejado de sostenerme, sino porque mi propio corazón comenzaba a quebrarse.
Las huestes lo advirtieron inmediatamente.
—¿Lo ves? —comenzaron a decir entre risas—. Ni siquiera él quiere ir contigo. Siempre te rechazó. Nunca te eligió. Déjalo aquí. Pertenece a las sombras.
El resplandor terminó por apagarse y las huestes se lanzaron sobre Dante. Corrí hacia él para protegerlo, pero inmediatamente cambiaron de objetivo y comenzaron a rodearme.
Entonces hicieron algo mucho peor.
Trajeron nuevamente a mi memoria los momentos más dolorosos de mi vida en la Tierra. Volví a verme siendo una niña esperando a mi padre. Sentí otra vez el abandono, las noches de llanto, las preguntas sin respuesta, las despedidas, las pérdidas y todas aquellas heridas que creía haber superado.
Cada recuerdo golpeaba mi corazón con una fuerza insoportable.
Caí de rodillas.
La espada escapó de mis manos.
Ya no lograba distinguir qué era verdad y qué era mentira.
Y desde lo más profundo de mi alma brotó un grito desesperado.
—¡Papá... ayúdame!
De pronto todo desapareció.
La vieja casa.
Las sombras.
Las voces.
El dolor.
Cuando abrí nuevamente los ojos, una suave brisa acariciaba mi rostro. Me encontraba recostada sobre un inmenso campo iluminado. Tardé unos segundos en comprender dónde estaba.
Giré lentamente la cabeza.
A un lado estaba León.
Al otro, Gad.
Ambos me sostenían mientras sus mantos me envolvían formando un refugio de luz que me había protegido del ataque.
León sonrió con alivio.
—Ya pasó.
Gad apretó suavemente mi mano.
***
Caminé sola por la orilla de un río cristalino. El agua corría serenamente entre las piedras, pero mi corazón seguía detenido en aquella vieja casa.
No podía dejar de pensar en Dante.
Había deseado con todas mis fuerzas rescatarlo y, aun así, no lo había conseguido.
—Ojalá hubieras aceptado venir conmigo, papá... —susurré mientras las lágrimas volvían a aparecer.
Escuché unos pasos detrás de mí.
Al girarme encontré a David. O, mejor dicho, a Baruj. Ahora ambos recordábamos nuestros nombres del Reino, pero al verlo seguía sintiendo el mismo amor inmenso que una madre siente por su hijo.
Se acercó y me abrazó sin decir una palabra.
—Supe lo que pasó —me dijo con ternura—. Lamento mucho que hayas tenido que pasar por esa angustia.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Pensé que aquella herida ya estaba sanada... pero todavía seguía dentro de mí.
Baruj acarició suavemente mi brazo.
—Eso no cambia todo el bien que has hecho. Solo demuestra que también tú sigues aprendiendo y creciendo.
Sus palabras llevaron paz a mi corazón.
Después sonrió.
—Hay alguien que quiere verte.
Levanté la vista y vi acercarse a una joven que reconocí inmediatamente.
—¡Grecia!
Corrí a abrazarla con enorme alegría. Ella me recibió con el mismo cariño de siempre.
—Qué felicidad volver a verte, Jazmín.
Me aparté apenas unos centímetros para contemplarla y luego miré a Baruj. Sonreí al verlos juntos nuevamente.
—Me alegra tanto saber que mi hijo está acompañado.
Grecia tomó mis manos.
—Siempre lo estuvo.
Sonreí emocionada.
—Cuéntame... ¿y mis nietos? ¿Cómo están?
Su rostro se iluminó.
—Muy bien. Todos viven vidas hermosas y han formado sus propias familias.
Sentí un profundo alivio.
—¿Y tú? ¿Cómo fue tu partida?
Grecia sonrió con serenidad.
—Muy parecida a la tuya. Fue tranquila, llena de paz y rodeada de amor. Sentí que simplemente regresaba a casa.
Una cálida paz me recorrió mientras contemplaba a los dos. Después de la oscuridad que había vivido junto a Dante, aquel encuentro era un recordatorio de que el amor sembrado en la Tierra nunca desaparecía.