Capítulo 17
León y yo caminamos hasta uno de los grandes salones del Umbral, donde los maestros Samuel y Diana ya nos estaban esperando. Ambos nos recibieron con una cálida sonrisa, aunque sus rostros reflejaban una seriedad que me hizo comprender que aquella misión sería diferente.
Samuel fue el primero en hablar.
—Lea, necesitamos pedirte una ayuda muy especial. Existe un alma que lleva muchísimo tiempo vagando por lo que alguna vez fue su hogar. Han pasado muchos años y aún no ha logrado comprender que su experiencia en el Sendero Mortal terminó. Hemos intentado acercarnos en otras oportunidades, pero todavía no ha aceptado dejar ese lugar.
Lo escuché atentamente.
—¿Qué esperan de mí?
—Que intentes rescatarla —respondió Samuel—. Creemos que tu manera de acercarte a las almas puede marcar la diferencia.
Asentí sin dudar.
—Acepto la misión.
Samuel sonrió con aprobación y luego miró a León.
—Esta vez no irás sola. León te acompañará y te apoyará durante toda la misión.
Lo miré con una sonrisa agradecida. Él simplemente asintió, dispuesto a caminar a mi lado.
Entonces Diana dio un paso al frente. Tomó mis manos entre las suyas y me miró con una ternura que contrastaba con la preocupación de sus ojos.
—Solo quiero pedirte una cosa, Lea.
Esperé en silencio.
—Por difícil que resulte... procura mantenerte fuerte.
Aquellas palabras me sorprendieron.
Había participado en otras misiones difíciles y nunca antes me habían dado una advertencia semejante.
Miré a Samuel y luego a Diana.
—¿Hay algo que deba saber?
Los dos intercambiaron una breve mirada.
Samuel sonrió con serenidad.
—Lo comprenderás cuando llegue el momento.
Sentí curiosidad, incluso una leve inquietud. Sin embargo, ninguna de esas emociones fue suficiente para hacerme retroceder.
Respiré profundamente, ajusté mi manto sobre la armadura y tomé la espada entre mis manos.
—Estoy lista.
León sonrió.
—Entonces... vayamos a buscar a esa alma.
Y juntos emprendimos el camino hacia una misión que, sin saberlo todavía, pondría a prueba mi corazón de una manera que jamás había imaginado.
***
Cuando León y yo llegamos al lugar, encontramos una casa completamente transformada por el paso del tiempo. Apenas quedaban algunas paredes en pie y gran parte de la antigua construcción había sido reemplazada por una vivienda nueva. Sin embargo, el ambiente conservaba una pesada sensación de tristeza.
No tardamos en encontrar al alma que había motivado nuestra misión.
Era un hombre que vagaba sin descanso entre los restos de lo que alguna vez había sido su hogar. Los actuales habitantes de la casa no podían verlo, pero percibían su presencia. De vez en cuando las puertas se abrían solas, algunos objetos cambiaban de lugar y, durante las noches, un profundo sentimiento de inquietud invadía la vivienda, hasta el punto de hacerlos creer que aquella casa estaba embrujada.
Nos acercamos lentamente.
Durante largo rato intenté conversar con él. Al principio respondió con hostilidad, pero poco a poco comenzó a hablar de su vida en la Tierra. Descubrí que había sido un hombre impulsivo, mujeriego y conflictivo. Había desperdiciado muchas oportunidades y tomado decisiones que terminaron destruyendo su propia familia. Aun así, mientras lo escuchaba, sentía que detrás de tanta oscuridad todavía quedaba una pequeña chispa capaz de recordar la luz.
Entonces, casi sin darle importancia, mencionó algo que hizo que el tiempo pareciera detenerse.
—Una vez estuve casado... —dijo mirando el suelo—. Mi mujer se fue de esta casa llevándose a nuestra hija. Después todo empeoró. Me refugié en el alcohol... y nunca más volví a verla. No sé qué fue de ella.
Sentí un montón de recuerdos, emociones y frustraciones, atropellarme con fuerza.
Lo observé en silencio mientras cada una de sus palabras despertaba recuerdos que creía completamente enterrados.
Giré lentamente hacia León. Él comprendió la verdad antes de que pronunciara una sola palabra.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—León... tenemos que salir de aquí.
Él asintió sin hacer preguntas. Nos alejamos unos metros de la casa hasta quedar solos. Apenas nos detuvimos, ya no pude contenerme.
Las lágrimas comenzaron a caer con fuerza. León me abrazó sin decir nada. Apoyé la cabeza sobre su hombro intentando recuperarme como tantas veces en la tierra había hecho cuando el era mi esposo.
—Ahora lo entiendo... —susurré entre sollozos—. Ese hombre...
Levanté la mirada completamente quebrada.
—Es Dante.
Mi padre.
Aquel a quien nunca volví a ver desde que era una niña. Durante unos instantes no pude decir nada más.
Solo lloré.
Porque comprendía que la misión que Samuel y Diana me habían confiado nunca había sido casual. El alma que debía rescatar...
Era la de mi propio padre.
***
Regresé sola al palacio. No tenía fuerzas para hablar con nadie. Caminé lentamente hasta el campo de tulipanes y me senté junto al pequeño arroyo donde tantas veces había encontrado paz. El viento movía suavemente las flores, pero aquella belleza no lograba calmar la tormenta que llevaba dentro.
Durante mucho tiempo permanecí en silencio.
Pensaba que ya había sanado toda mi historia en la Tierra. Creía que al recordar el Reino y comprender el propósito de cada experiencia, todas las heridas habían quedado atrás.
Pero estaba equivocada.
Allí, frente a mí, había aparecido una herida que todavía seguía viva.
Mi padre.
Dante.
El hombre cuya ausencia había marcado mi infancia y cuya historia siempre había intentado comprender sin conseguirlo del todo.
Respiré profundamente.
—Todavía duele... —susurré para mí misma.
Las lágrimas comenzaron a caer otra vez. Comprendí que no era la niña quien lloraba.
Era Lea.
Un alma que, incluso después de haber atravesado la muerte, seguía descubriendo rincones de sí misma que aún necesitaban ser sanados.
Escuché unos pasos acercarse. No necesité girarme para saber quién era.
Gad se sentó a mi lado sin decir una palabra. Permanecimos largo rato contemplando el paisaje.
Finalmente habló.
—León me contó lo que ocurrió.
Asentí lentamente.
—No puedo hacerlo.
Mi voz apenas era un susurro.
—No puedo rescatarlo.
Gad no respondió enseguida. Esperó pacientemente hasta que continué hablando.
—Pensé que lo había perdonado. Pensé que aquella historia ya no tenía poder sobre mí. Pero apenas escuché su voz... volví a sentirme como aquella niña que esperaba que su padre regresara a casa.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—No puedo entrar nuevamente allí y mirarlo como si fuera una misión más.
Gad tomó mi mano con ternura.
—Y nadie espera que lo hagas.
Lo miré.
—Entonces... quiero renunciar a esta misión.
Él negó suavemente con la cabeza.
—No tomes una decisión mientras el dolor siga hablando por ti.
Guardó unos segundos de silencio.
—Tómate el tiempo que necesites para procesar lo que acabas de descubrir.
Respiré profundamente.
—Siento que todavía tengo que sanar.
Gad sonrió con esa serenidad que siempre lo caracterizaba.
—Eso no te hace más débil, Lea. Al contrario. Solo demuestra que sigues siendo un alma que nunca deja de crecer.
Acarició mi mano con dulzura.
—Las heridas más profundas no siempre desaparecen. A veces simplemente esperan el momento adecuado para terminar de sanar.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
Por primera vez desde que había llegado al Umbral, no era yo quien sostenía a otra persona. Era yo quien necesitaba ser sostenida.
Y Gad permaneció allí, en silencio, recordándome con su sola presencia que incluso quienes dedicaban su eternidad a sanar almas... también necesitaban, de vez en cuando, permitir que alguien sanara las suyas.
***
Me encontraba de pie sobre el borde de un acantilado contemplando un inmenso valle cubierto por sombras. El viento movía suavemente mi vestido y mi manto rosado mientras mi mirada permanecía perdida en el horizonte.
No podía dejar de pensar en él.
En algún lugar de aquella inmensa oscuridad seguía mi padre, atrapado entre los recuerdos de una vida que ya había terminado y la incapacidad de encontrar el camino hacia la luz.
—¿Cómo rescato a alguien que primero necesita sanar una parte de mí? —susurré.
Escuché unos pasos acercarse.
—Hija... tengo cosas que hablar contigo.
Reconocí inmediatamente la voz de Moriah.
Me giré y la vi acercarse lentamente. Sus ojos reflejaban una mezcla de ternura y tristeza.
Permanecimos unos instantes en silencio hasta que ella tomó mis manos.
—Necesito pedirte perdón.
La miré sorprendida.
Moriah respiró profundamente.
—Muchas veces Dante intentó acercarse a ti durante tu vida en la Tierra. Quiso verte, hablar contigo y recuperar el vínculo que había perdido.
Sentí que el corazón volvía a estremecerse.
—¿Qué ocurrió?
Bajó la mirada.
—Fui yo quien lo impidió.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotras.
—Cuando aún era Inés y tú eras Jazmín, sabía que Dante se había refugiado en el alcohol y que llevaba una vida muy desordenada. Temía que pudiera hacerte daño o que te arrastrara a una realidad que ninguna niña merecía vivir. Por eso bloqueé todos sus intentos de acercarse a ti.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Creí que estaba haciendo lo correcto.
Guardó silencio unos instantes antes de continuar.
—Hoy comprendo que también vulneré tu derecho a decidir, a conocer a tu padre y a construir tu propia historia con él. Tomé esa decisión por ti... y lo lamento profundamente.
Las lágrimas también comenzaron a correr por mis mejillas. Miré a aquella mujer que había sido mi madre y comprendí que, incluso después de toda una eternidad, seguía teniendo la humildad de reconocer sus errores.
La abracé con fuerza.
—Te perdono.
Ella rompió a llorar entre mis brazos.
Acaricié suavemente su espalda.
—Cuando vivimos en el Sendero Mortal olvidamos muchas cosas. La distancia con el Reino hace que, aun intentando amar, muchas veces nos equivoquemos. Todos hacemos lo mejor que podemos con la luz que tenemos en ese momento.
Moriah sonrió entre lágrimas.
—Gracias, hija.
Permanecimos unos instantes contemplando juntas el valle. Finalmente volvió a hablar.
—Quiero pedirte algo más.
La miré.
—No abandones la misión.
Dirigió su vista hacia la inmensa oscuridad que se extendía frente a nosotras.
—Ve a buscar a tu padre.
Respiré profundamente.
—Tengo miedo de no conseguirlo.
Ella tomó nuevamente mis manos.
—Tal vez lo logres... tal vez no. El albedrío seguirá siendo suyo. Pero si no lo intentas, siempre quedará esa puerta abierta en tu corazón.
Guardé silencio.
—Haz el esfuerzo de rescatarlo. Si él decide aceptar la luz, habrás cambiado su eternidad. Y si decide permanecer donde está... al menos sabrás que lo amaste lo suficiente como para ir a buscarlo.
Sentí que aquellas palabras encontraban un lugar muy profundo dentro de mí. Miré una vez más el valle de sombras. Ya no veía solamente el lugar donde estaba mi padre.
Veía la oportunidad de cerrar una historia que había comenzado mucho antes de mi nacimiento.